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«Sky Masters of the Space Force» (1958-1961), de Jack Kirby y Wally Wood

A mediados de los cincuenta tuvo lugar en Estados Unidos una gran implosión en la industria de los comic-books a raíz de la polémica despertada por las acusaciones del psiquiatra Fredric Wertham contra la nefasta influencia que supuestamente ejercían las historietas en la mente juvenil. No voy a entrar aquí a relatar ese lamentable episodio, pero las consecuencias del mismo condicionaron la evolución del medio en las siguientes décadas.

Wertham no consiguió derribar la industria del comic-book, pero estuvo cerca. La histeria que despertó arruinó la carrera de cientos de profesionales. Una de las víctimas de aquella caza de brujas fue la asociación de Joe Simon y Jack Kirby. En 1954, habían fundado Mainline Comics y publicado colecciones de calidad como el western Bullseye y el romántico In Love, pero las distribuidoras no quisieron hacerse cargo de ellas. Los padres protestaban, el asunto aparecía en los periódicos y las distribuidoras se asustaron, negándose a repartir comic-books. Tras el fracaso de su proyecto editorial, el inquieto Simon no tardó en encontrar trabajo en diferentes puestos editoriales, pero Kirby lo tuvo peor, y se vio obligado a buscar y aceptar encargos allá donde se los ofrecieran, recorriendo Nueva York con su portafolio y buscando a editores que demandaran un dibujante rápido.

El problema es que el mercado de trabajo en su campo distaba de ser bueno. Muchas compañías, golpeadas por la mala fama que les atrajo la polémica de la violencia en los cómics, decidieron minimizar sus pérdidas y cerraron sus divisiones de historieta. El panorama resultante quedaba así dominado por un puñado de grandes editores, cada uno de ellos defensor de un marcado estilo. Y desgraciadamente, el poderoso arte de Kirby no parecía ajustarse a ninguno de ellos. A finales de los cincuenta, tenía suerte de conseguir esporádicos encargos de DC, para quien años atrás había creado algunos de sus mayores éxitos.

Había vuelto a trabajar para Atlas (la antigua denominación de Marvel), donde Stan Lee le acogió con gusto a pesar de que Kirby y Simon habían sido despedidos con malos modos más de diez años atrás por una cuestión de royalties relacionados con el Capitán América. Pero por una serie de malas decisiones editoriales, la compañía se vio inmersa en una profunda crisis y Lee se encontró –una vez más– con la desagradable tarea de despedir a los artistas de plantilla y comunicar a los autónomos que no tenía encargos para ellos. Kirby fue uno de los que recibió la mala noticia. Lo cierto es que no le dolió mucho. Para entonces trabajaba con mejores tarifas para National Periodical Publicacions (la futura DC) dibujando historias de complemento de Green Arrow, docenas de relatos de misterio y ciencia ficción para las antologías de la casa, un western y la colección de Challengers of the Unknown, el primer equipo de héroes de la Edad de Plata.

Pero la industria del cómic seguía siendo escasa y dispersa y para un artista autónomo siempre existía la inseguridad de si el mes siguiente obtendría suficientes encargos como para llegar a fin de mes. Los cómics para los periódicos parecían una buena salida: gozaban de un prestigio que los marginales comic-books nunca habían tenido, su público potencial era muy amplio; y no solo niños, sino también adultos. Ello significaba mayores royalties y aportaba una bienvenida regularidad de ingresos. Eran, en definitiva, el Santo Grial de los dibujantes de cómic, el formato que les granjearía no ya seguridad, sino fama y hasta riqueza. Al Capp, Charles Schulz, Walt Kelly, Alex Raymond, Milton Caniff… eran auténticas celebridades nacionales gracias a su trabajo en los cómics para la prensa.

Jack era muy consciente de que el formato de tira diaria no se ajustaba ni a su estilo ni a su ambición artística. Tenía experiencia en el mismo, puesto que al comienzo de su carrera, en los años treinta, había creado bajo múltiples seudónimos toda una variedad de series sin éxito ni continuidad. Encontraba ese formato excesivamente limitado a la hora de narrar historias, pero no podía olvidar todas las ventajas económicas y de reconocimiento social y artístico asociadas al mismo, por lo que durante mucho tiempo trató de vender todo tipo de ideas a las agencias que se ocupaban de comprar y distribuir este tipo de material a los periódicos: Inky, Starman Zero, Surf Hunter, Chip Hardy, The Career of King Masters, Master Jeremy, Oddball, Kamandi of the Caves… Pero lo más cerca que estuvo de conseguir serie propia fue el dibujar, entre 1957 y 1958 y sin ser acreditado, una de ellas: la dominical Johnny Reb and Billy Yank, cuyo artista titular era Frank Giacoia.

Y ahora hacemos un pequeño inciso para situar el contexto de la época en la que se inscribe la génesis de la obra que comentamos.

A finales de los cincuenta, la ciencia ficción ya se había asentado con fuerza en el imaginario colectivo. Ello fue debido a tres factores. Por un lado, el excelente trabajo que los autores de la Edad de Oro del género estaban realizando en las revistas pulp, escritores como Isaac Asimov, Robert A. Heinlein, Alfred E. van Vogt, Arthur C. Clarke, Poul Anderson, Frederik Pohl, Clifford D. Simak…Por otra parte y desde 1950, el cine había vuelto a acoger la ciencia ficción en su seno, ofreciendo toda una serie de títulos (Con destino a la Luna, Ultimátum a la Tierra, Planeta prohibido, El enigma de otro mundo, La Guerra de los Mundos…) que cautivaron la imaginación de los jóvenes de esa generación. Y, finalmente, los cómics, que tanto en su formato de comic-book como de tiras y páginas de prensa, habían ido familiarizando al público norteamericano con los temas e iconografía propios de la ciencia ficción.

En este último ámbito, sin embargo y desde el final de la Segunda Guerra Mundial, se había producido un importante giro. Las space operas y romances planetarios, en los que varoniles e indestructibles héroes como Flash Gordon o Buck Rogers triunfaban una y otra vez sobre el villano o alienígena de turno, cedieron paso a historias que recogían una aproximación más realista de la nueva Era Espacial, propiciada por cohetes diseñados para llevar al hombre más allá de la atmósfera terrestre y rumbo a las estrellas. En 1950 y de la mano de Dan Barry, el propio Flash Gordon pasó a ser un héroe de capa y espada –y pistola láser‒, campeón de los pueblos del planeta Mongo y seductor de bellas princesas, a astronauta cualificado con base en la Tierra.

Fueron, por tanto, años en los que los creadores de ficciones especulativas, fuera cual fuera su lenguaje y soporte, se hicieron eco de las esperanzas y temores que esta nueva disciplina científica y técnica, la astronáutica, estaba suscitando. Durante unos años surgió una moda por las aventuras de astronautas, desde la serie televisiva Hombres en el espacio (CBS, 1959-1960) a la tira Drift Marlo (1961-1971, Phil Evans y Tom Cooke) pasando por comic-books como Space Man (1962-1964, Jack Sparling) o Race for the Moon (1958, con colaboraciones de Kirby).

Así que, como tantas otras por entonces, Sky Masters fue una obra hija de esa ramificación de la Guerra Fría que fue la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Un periodo en el que ambas superpotencias competían desesperada y obsesivamente por triunfar –y, sobre todo, hacerlo en primer lugar– en cada uno de los pasos que en un futuro cada vez más cercano les llevarían a la Luna: el primer satélite, el primer ser vivo en el espacio, el primer hombre en salir de la Tierra, el primer hombre en completar una órbita… En octubre de 1957, no mucho antes del lanzamiento de la serie en los periódicos, los rusos habían puesto en órbita con resonante éxito al Sputnik, el primer satélite artificial, asestando un duro golpe al orgullo americano. El gobierno de ese país se lanzó a un febril programa de fabricación y prueba de cohetes que capturó la atención de toda la sociedad.

Y ahora volvemos a los cómics. Harry Elmlark era el director de un sindicato de prensa, el George Matthew Adams Service, una de esas agencias que, como he dicho, contrataban tiras de prensa con los autores para luego venderlas al mayor número posible de periódicos. Elmlark vio las noticias del otoño anterior y se dio cuenta de que allí podía haber un filón. Su trabajo era encontrar modas y tendencias para luego explotarlas mediante los comics que producía. Pero, ¿dónde encontrar a los profesionales adecuados que pudieran satisfacer ese creciente deseo nacional por aventuras espaciales de corte realista?

Elmlark se dirigió a National Periodical Publications, editorial que publicaba cómics de ciencia ficción como Strange Adventures o Mystery in Space, y habló con uno de sus editores, Jack Schiff. Éste era un hombre muy ocupado y bastante poderoso dentro de la industria. No sólo supervisaba todas las colecciones de corte fantástico y de misterio, sino los títulos relacionados con Batman. Además, se encargaba de contactar con organizaciones e instituciones públicas o privadas que pudieran estar interesadas en servirse del comic como herramientas educativas y era el enlace de National con el Comics Code Authority. Coordinaba los calendarios de producción, escogía los equipos creativos y servía de intermediario entre los profesionales autónomos y la compañía.

Elmlark preguntó a Schiff si disponían de algún cómic «espacial» realista que pudiera adaptarse a la prensa y al circuito de sindicación. Ninguno de los que vio le convenció y sugirió a Schiff que quizá él mismo podría escribir el material requerido. El editor se dirigió a su jefe, Jack Liebowitz, vicepresidente de la compañía, quien le dijo que National no tenía interés en proyectos como ese, pero que tenía autorización para llevarlo a cabo a título particular, recurriendo a artistas que trabajaran para la casa como autónomos. Schiff estaba muy ocupado para ocuparse personalmente de escribir la tira pero recordó que dos de sus guionistas, los hermanos Dick y Dave Wood, habían tratado sin éxito de vender por su cuenta una series de astronautas, Space Busters, dibujada por Jack Kirby, otro de los colaboradores habituales de la casa. Reunidos todos ellos, acordaron plantear una historia nueva, que se titularía Sky Masters of the Space Force y que arrancó por fin en forma de tira diaria en septiembre de 1958 (las planchas dominicales a color y con un argumento independiente debutarían cinco meses después). Aunque George Matthew Adams Service no era una agencia de primera línea y pocos de sus cómics dejaron huella, gracias a la nueva moda espacial consiguió colocar la tira en más de 300 periódicos a nivel nacional.

El título Sky Masters no hacía en realidad referencia colectiva a los pioneros del espacio, sino al nombre del protagonista, un comandante de la Fuerza Espacial de Estados Unidos, rama militar que en un futuro cercano estaría encargada de la exploración espacial y el desarrollo de la tecnología necesaria (recordemos que la NASA empezó a operar en octubre de 1958, poco después de la preparación de la tira. Hasta entonces habían sido los militares los encargados de encabezar la carrera espacial). Así, la serie empieza con el lanzamiento del primer hombre al espacio, pero no tarda en empezar a construirse una estación espacial (la «Rueda») como base de operaciones e investigación en el espacio y a establecerse una red de satélites tanto militares como meteorológicos.

Los vehículos que se utilizan para realizar los viajes no son naves futuristas, sino cohetes y cápsulas muy similares a los del Programa Vanguard que los telespectadores podían ver por la televisión. Sólo al final de la tira se presentó una especie de avión espacial de formas estilizadas, el X-51, que se inspiraba en un plan de 1954 para fabricar un avión experimental, el X-15, que pudiera regresar del espacio y aterrizar convencionalmente. Estos proyectos fueron a su vez antecesores directos del auténtico transbordador espacial, el cual derivó de un plan de 1969 para fabricar aviones reutilizables y cuyo primer prototipo realizó su viaje de prueba en 1981. Vemos también cómo se utilizan sofisticados robots para explorar otros mundos, paseos espaciales para reparar satélites que se realizan con la ayuda de chorros de aire comprimido para impulsarse y cómo, anticipándose veinte años a Carl Sagan, un astrónomo descifra el mensaje de una lejana civilización extraterrestre que ha captado con su radiotelescopio (eso sí, nunca llegan a verse esos seres ni tal descubrimiento se hace público).

La carrera espacial estaba en las noticias y ya no había lugar para el barroco glamour del viejo Flash Gordon, por ejemplo. La intención de los Wood y Kirby fue, sin renegar del dramatismo, el suspense y el espíritu aventurero, tratar de mantenerse lo más fieles posible a los auténticos avances y desarrollos del mundo aeroespacial. Así, por ejemplo, los trajes que visten los astronautas se basan en los presurizados que llevaban los pilotos a reacción; se describen con acierto aspectos como los cohetes en tres etapas, el amerizaje de las cápsulas (cuando aún no se había producido ninguno), las velocidades, distancias e intervalos de las órbitas, estaciones de seguimiento planetarias, satélites espía equipados con cámaras de infrarrojo…. El esfuerzo de documentación y fidelidad a lo conocido es patente tanto en los argumentos como en los detalles. Eso sí, como toda buena ficción se especula también sobre otras cuestiones que entonces se ignoraban pero que podían perfectamente darse una vez el hombre llegase al espacio, como la reacción del cuerpo y la mente humanos a la radiación espacial, los efectos de una permanencia prolongada fuera de la Tierra o ese extraño –y totalmente inverosímil‒ fenómeno de transferencia de mentes que se da en el arco argumental Alfie.

En buena medida, Sky Masters es tanto una llamada al rearme anímico tras el golpe del Sputnik y el lanzamiento de la perra Laika un mes después como una prospección optimista de los logros que estaban por venir en un futuro cercano gracias no sólo a la superioridad técnica norteamericana sino a la altura profesional y ética de los hombres dedicados a ello. Así, el primer hombre en el espacio es el coronel Martin –y no, como sucedió en la realidad, el ruso Yuri Gagarin en 1961–, quien, tras sufrir un episodio de alucinaciones ha de ser rescatado, ya al principio de la tira, por el comandante Masters. Éste es el héroe nominal por supuesto, pero el trabajo siempre se realiza en equipo y el espíritu de cuerpo y la confianza en sus compañeros es tanto o más importante que las hazañas individuales.

Las referencias a los miedos y peligros de la época son abundantes y están imbricadas en los diferentes arcos argumentales. Así, en la segunda aventura, Sky tiene que descubrir la identidad de un saboteador infiltrado en el personal del programa espacial, un fanático que representa todos aquellos que opinaban que el único lugar para el hombre debía ser la Tierra. En el arco Salvar una vida, Masters se ve obligado a destruir una cápsula accidentada para evitar que caiga en manos de los comunistas («Los rojos darían dos plantas enteras del Kremlin para conseguir los secretos»). En Refugiado Robot, un misterioso disidente comunista envía a la Fuerza Espacial un sofisticado autómata experimental…

También encontramos reflejados en la obra otros aspectos relacionados con la carrera espacial, como el periodismo sensacionalista, la tensión entre el mundo civil y el militar, el miedo a la utilización de ingenios nucleares, la posibilidad de encontrar vida extraterrestre inteligente pero hostil, la avidez de los hombres de negocios sin escrúpulos o la actitud estrecha de miras de ciertos políticos («Le tiene miedo al espacio…Teme cualquier reto demasiado grande para su temeroso y diminuto cerebro… Borregos escépticos y chismosos como usted han negado el destino de la Humanidad desde el alba de los tiempos. Luego…una vez se ha conseguido lo imposible, gritan con más fuerza que nadie ¡Bravo!»).

Los personajes, en general, son bastante toscos y no revisten demasiado interés. El protagonista es el típico héroe masculino y virtuoso, un dechado de virtudes que jamás se equivoca ni duda de lo que es correcto. A su lado siempre se encuentra el sargento Riot, fiel ayudante, gruñón pero bondadoso. El doctor Royer es el sabio todoterreno residente, una suerte de Wernher von Braun, alma y motor del programa espacial.

Hay también mujeres, básicamente arquetipos de la época. Holly Martin es la rubia y virginal hija del coronel que Sky rescata en el primer arco argumental y que, como no podía ser de otra manera, acaba siendo el interés romántico (una relación sentimental pobremente desarrollada, quizá porque el propio formato de la tira impedía darle el espacio que requería). Holly se limita a servir de siempre breve interludio entre misiones, mostrarse comprensiva hacia la devoción que su amado siente por el deber y aguardar angustiada a que regrese sano y salvo de sus correrías.

Por otra parte, está Mayday Shannon, una famosa aviadora civil, al estilo de Amelia Earhart o Amy Johnson, que se convierte en la primera mujer admitida en el programa de adiestramiento para astronautas. Atractiva, desenvuelta, audaz, seductora y con una personalidad muy acusada, es, como toda mujer fatal, morena y buscalíos, tanto para ella misma como para el héroe protagonista. Los autores no pudieron sustraerse a encasillarla en los estereotipos de la época, aquellos que hoy nos parecen más rancios. Mujer de recursos y capaz de salir de mil y un peligros, se presta a hacer de casamentera de una compañera sacrificando a cambio su propia carrera; y más adelante demuestra tener un corazón tiernamente femenino cuando es engañada estúpidamente y luego secuestrada por unos criminales: «Puede que una chica esté física y emocionalmente preparada para los vuelos espaciales, pero los expertos pasaron algo por alto y es que sigue siendo una mujer…¡Y una punzada del corazón puede cortocircuitar su cerebro de astronauta en un periquete». O su igualmente machista reflexión «Para el hombre el amor es una cosa más, pero para la mujer es toda su existencia».

La tira contó con los guiones, como hemos dicho, de los hermanos Dick y Dave Wood, dos veteranos de la industria que habían trabajado para Quality Comics en los años cuarenta y primeros cincuenta y que por entonces prestaban servicio en DC, entre otras cosas escribiendo guiones para los Challengers of the Unknown que dibujaba Kirby. Otros trabajos posteriores firmados por el dúo son series tan poco ortodoxas como Dial H for Hero (1966-1968) o Ultra, the Multi-Alien (1965-1966), ambas incluidas en colecciones antológicas de DC. Kirby se ocupaba de trazar los argumentos generales mientras que los Wood aportaban básicamente los diálogos y la continuidad.

Jack Kirby era, ya por entonces, un maestro de la narrativa en viñetas, pero su trabajo, antes y después, a menudo se vio lastrado por entintadores que o bien eran totalmente inadecuados para su estilo o bien, sencillamente, eran profesionales mediocres. Pues bien, el que Sky Masters esté considerado uno de los mejores trabajos gráficos de Kirby está totalmente vinculado a la colaboración de otro Wood, Wallace, en el entintado.

Wally Wood fue, como Kirby, uno de los grandes del cómic americano, un creador conflictivo pero de enorme talento que había ayudado a cimentar la leyenda de la editorial EC gracias a sus personales historias de ciencia ficción. Tras el desplome del mercado del cómic, se dedicó sobre todo a lucrativas colaboraciones en la popular revista MAD e ilustraciones para el mundo comercial.

No se sabe muy bien cómo ni por qué se unió al proyecto de Sky Masters, pero quizá tuviera algo que ver la posibilidad de entrar en el prestigioso mundo de las tiras de prensa y la admiración que sentía por el arte de Jack Kirby (al que también entintaría puntualmente por aquella época en algunos números de Challengers of the Unknown). La sintonía entre ambos genios del comic resultó ser sencillamente magistral. Los dibujos enérgicos de Kirby, su capacidad para el diseño y su pericia narrativa hallaron un complemento perfecto en la atención por el detalle, la minuciosidad en los fondos y el sentido de la luz y el espacio de Wood. Basta echar un vistazo a las tiras dibujadas por Kirby sin entintar con el resultado final tras pasar por los pinceles y plumillas de Wood para darse cuenta de lo mucho que aportó éste.

Y claro, cuando Wood abandona la tira en julio de 1959, el nivel gráfico de la misma sufre un fuerte descalabro que no hará más que agravarse conforme pase el tiempo. Su sustituto, Dick Ayers (que más adelante sería uno de los principales entintadores de Kirby en Marvel, en colecciones como Two-Gun Kid o Sargento Furia) era considerablemente inferior a Wood y las viñetas caen en la tosquedad e incluso –sobre todo al final– en la mediocridad más preocupante cuando las tintas pasa a realizarlas la esposa de Kirby, Roz.

Sky Masters comenzó con fuerza, pero el problema con una tira que trata de seguir de cerca la actualidad, en este caso la aeroespacial, es que está condenada a envejecer con rapidez, especialmente si se trata de ciencia ficción.

Para colmo, su decadencia y ulterior desaparición vino condicionada por una disputa económica entre Schiff y Kirby que pronto degeneró en batalla legal. El primero reclamaba una comisión argumentando que había sido él quien había organizado el lanzamiento de la tira con la agencia y reunido a su equipo creativo. Schiff ganó en los tribunales, lo que enfrío considerablemente el entusiasmo de Kirby por el proyecto (y por el sistema de sindicación en general). No sólo canceló la página dominical (en febrero de 1960, totalizando 53 planchas) y, posteriormente, la propia tira diaria (en febrero de 1961, tras 774 entregas), sino que después de treinta meses trabajando para DC y dejar un legado de más de 600 páginas publicadas, Jack abandonó la editorial y no regresó hasta 1970, años después de Schiff se hubiera jubilado en 1967. Su destino fue Atlas Comics (futura Marvel), una compañía entonces en apuros y que pagaba a los artistas tarifas mucho más bajas. En unos pocos años, junto a Stan Lee, pasaría a la leyenda creando personajes como los Cuatro Fantásticos, Hulk, los X-Men, los Vengadores…

Durante décadas, esta serie permaneció olvidada. Se mencionaba como parte de la bibliografía de su autor, pero quedó eclipsada por el impacto de su contribución al éxito de Marvel y por la imposibilidad de hacerse con una compilación decente. En España, en el año 2008, Glénat publicó un par de lujosos álbumes editados y diseñados por Ferran Delgado en los que se reunían todas las tiras diarias en blanco y negro. Delgado ideó un tercer número con las planchas dominicales a color.

Sky Masters es una serie de acción, aventura y ciencia ficción muy ligada a su momento histórico y, como tal, un auténtico testimonio de los anhelos y miedos de su época. Imprescindible para amantes del arte de Kirby y muy recomendable para los interesados en la ciencia ficción clásica.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".