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«Los Cuatro Fantásticos», de Stan Lee y Jack Kirby: núms. 19-26 (octubre de 1963-mayo de 1964)

En el nº 19 de Los Cuatro Fantásticos (octubre de 1963) aparece Rama Tut, un personaje destinado a convertirse en el centro de uno de los enredos más complejos de todo el Universo Marvel. En el nº 5, la máquina temporal del Doctor Muerte había transportado a los Cuatro Fantásticos a los días del pirata Barbanegra. Ese dispositivo se recupera de nuevo en esta historia, en la que nuestros héroes se encuentran con un enigmático viajero temporal procedente del año 3000.

Este aspirante a tirano había usado la máquina de Muerte en el futuro para viajar al antiguo Egipto, donde se había instalado como el faraón Rama Tut. La historia finaliza con el villano escapando a otro continuo temporal mientras Reed explica que Rama podría incluso ser el propio Muerte.

Tenía razón, Mientras se dirige al año 3000, el faraón Tut se encuentra con Muerte en el siglo XX y ambos deciden que pueden ser dos versiones temporales del mismo hombre cuyas vidas se han cruzado bien en el pasado bien en el futuro. Eso sí, ninguno es capaz de explicar cómo pueden coexistir en el mismo momento del presente. Ahí comienza la confusión. En cuestión de unos meses, el enigmático Muerte/Tut se reencarnaría como Kang el Conquistador en Los Vengadores nº 8 (septiembre de 1964), luego como Immortus en Vengadores nº 10 y, más tarde, como el Centurión Escarlata en el Anual nº 2 de esa misma colección. Se sugirió que este villano podría haber asumido diversas identidades durante sus viajes a través de la corriente temporal. Su identidad acabó siendo un asunto tan complejo que ni un experto en la teoría de la relatividad podría haberlo descifrado.

En el nº 20 (noviembre de 1963) aparece otro villano patético llamado el Hombre Molécula, uno de los personajes más ridículos diseñados por Kirby. La estupidez de la historia queda mitigada por la aparición de El Vigilante, pero tras el magnífico Anual nº 1, el argumento parecía un esfuerzo infructuoso y aburrido. Tras la rápida progresión y radicales innovaciones de los seis primeros episodios, la serie pareció alcanzar cierto ritmo estable, como si la tormenta creativa se hubiera consumido a sí misma. En las páginas de los números 7-20 no habían aparecido villanos de la altura del Dr.Muerte ni acontecimientos realmente trascendentales más allá de unos cuantos destellos aquí y allá, como El Vigilante. Esto no significa que la etapa fuera estéril o que se limitara a repetir una y otra vez el mismo esquema. Pero sí parece que Lee y Kirby habían forzado las cosas hasta donde consideraban factible (por aquel entonces) y después pensaron que había llegado el momento de consolidar lo logrado, estabilizar la serie a través de episodios sólidos pero no revolucionarios. Así, los Cuatro Fantásticos adquirieron una nueva consistencia que no excluyó los cambios graduales, una continua progresión de fondo y crecimiento, tal y como demuestra el cambio que fue experimentando el temperamento de Ben tras conocer a Alicia.

En el nº 22, (enero de 1964), Susan recibía un nuevo poder, una especie de campo de fuerza «maternal» que pronto se convirtió en su principal arma por delante de la invisibilidad que le daba nombre. Esta adición respondió al deseo de aplacar las quejas de los lectores que afirmaban que el personaje no tenía razón de ser por su escasa contribución al equipo.

Un número atrás, Dick Ayers había sido retirado de las labores de entintado de la colección para encargarse de otros títulos de Marvel y su puesto fue cedido a George Roussos, un antiguo empleado de Simon y Kirby cuyo estilo tosco e incluso amateur los fans acabaron detestando. De repente, el aspecto visual de la revista retrocedió varios enteros. Otorgar el puesto de entintador al profesional equivocado fue algo en lo que Stan incurrió con más frecuencia de la deseable en estos años.

Aunque fue el principal factor, este paso atrás no fue sólo culpa de Roussos. Kirby estaba demasiado sobrecargado de trabajo como para poder realizar una labor de calidad. Marvel estaba en pleno lanzamiento de sus cómics colectivos (Sgt.Fury, X-Men y los Vengadores), todos dibujados por Kirby junto a Thor, los Cuatro Fantásticos y diversas portadas cada mes. Nadie en la editorial era capaz de soportar semejante ritmo y, aún así, hacerlo con una calidad aceptable.

Esas prisas daban como resultado errores como el que cerraba este número 22. En la última página se detecta algo que claramente no encaja: no hay señal de la isla del Topo explotando y hundiéndose en las profundidades; tan sólo una sobreabundancia de texto explicándonos lo que ha ocurrido. Parece que Kirby calculó mal el número de páginas y creyó que disponía de más espacio para desarrollar la historia. Stan hubo de narrar el auténtico desenlace que había pensado limitándose a los cuadros de texto.

En el nº 23 (febrero de 1965) regresa –otra vez– el Doctor Muerte, habiendo reunido en torno a sí a un grupo de tres villanos con diferentes habilidades: Bull Brogin, Handsome Harry Phillips y Yogi Dakor. El argumento tiene mucho en común con el que Lee y Ditko desarrollaron para el Amazing Spider-Man nº 10 (marzo de 1964). Ambas historias mostraban un trío de villanos con talentos diversos y un líder diabólico que les manipulaba en la sombra. Como estas dos aventuras aparecieron publicadas muy próximas en el tiempo y como la de Spiderman había tenido una portada de Kirby, es tentador especular con quién obtuvo su inspiración de quién…

Hacia el número 24, la colección había quedado temporalmente exenta de inspiración positiva, entusiasmo y dirección. George Roussos (que también firmaba como George Bell) tenía un estilo de entintado que disgustaba a los fans. El fandom había evolucionado hasta producir una nueva raza de lectores críticos y discriminadores, lectores que tenían opiniones muy claras sobre los guiones y los dibujos. Y estaba claro que aquéllos consideraban a George Roussos demasiado inepto para la tarea de insuflar la atmósfera necesaria en los lápices de Kirby. En la página de correo de los lectores del nº 26, Stan Lee explicaba que el querido Dick Ayers tenía la agenda completa con títulos como Strange Tales, Sgt.Fury, Two-Gun Kid y Rawhide Kid. Por eso había sido sustituido en los Cuatro Fantásticos. La aclaración/disculpa de Stan era claramente una respuesta al creciente número de fans que escribían para preguntar por qué el arte de la colección había empeorado tanto.

Lo cierto es que Lee no tenía en esta etapa demasiado buen ojo o suerte a la hora de encontrar el entintador adecuado para cada dibujante. Paul Reinman no lo hacía mejor que Roussos en las páginas de Los Vengadores y los X-Men. Era un problema no totalmente achacable a Lee. Al fin y al cabo no podía disponer de los mejores talentos de la industria debido a las rácanas tarifas que pagaba Martin Goodman.

El número 24 nos muestra el primer fotomontaje de Kirby, experimentos gráficos de los que hablaré más adelante y que no resultaron todo lo bien que debieran debido a las pobres técnicas de impresión de la época, que a menudo convertían la viñeta en un galimatías en el que no se distinguía nada. Se dice que el departamento de producción de Marvel detestaba los collages de Kirby. También Joe Sinnott, quien declararía: «Pensaba que eran una distracción visual de la historia; hubieran resultado mejor si Jack se hubiera limitado a dibujarlos». Kirby, obviamente, pensaba de otra manera.

El título de la aventura, The Infant Terrible es una propuesta tremendamente mediocre. Siempre que Lee y Kirby no podían imaginar un oponente digno de los Cuatro Fantásticos, acudían a su plan de contingencia: sacudir la caja y sacar del fondo otro monstruo u alienígena típico de la etapa Atlas. Era un recurso repetitivo y aburrido que seguiría lastrando muchos números en el futuro

Pero todos estos baches no importaron mucho porque a continuación apareció una historia tan épica que ningún entintador hubiera podido arruinarla. En el verano de 1941, Carl Burgos y Bill Everett, entonces trabajando para Atlas Comics, organizaron una macrofiesta en el apartamento del segundo. Duró tres días y nadie salió de allí salvo para comprar más comida y alcohol. Pero no sólo hubo diversión a raudales. La reunión de cinco guionistas y seis dibujantes dio como resultado una historia épica de sesenta páginas que se publicó en Human Torch nº 5 (otoño de 1941): un enfrentamiento brutal entre la Antorcha y Submariner que terminaba con la destrucción de Nueva York. La simple idea de dos superhéroes peleándose entre ellos era única, algo que nunca había ocurrido en los cómics de DC de los cuarenta.

Es posible que aquel número de Human Torch fuera el germen del número 25 (abril de 1964) de los Cuatro Fantásticos, un enfrentamiento en dos episodios (continuó el mes siguiente) entre la Masa y la Cosa, La Batalla del Siglo. Tras el primer y decepcionante crossover entre los 4F y Hulk en el nº 12, Stan Lee llegó a la conclusión de que la clave residía en eliminar a Reed, Sue y Johnny y dejar a los dos monstruos pelearse a gusto.

Y es que entre los números 25 y 29 (abril-agosto de 1964) se fueron sucediendo una serie de crossovers que algunos fans llegan incluso a calificar de excesivos. Hulk, los Vengadores, Namor, el doctor Extraño, los X-Men y el Vigilante tuvieron sus respectivos turnos en Los Cuatro Fantásticos.

La intención de Lee y Kirby estaba clara: dar forma a un universo consistente, en perpetua evolución y sostenido por una compleja red de interconexiones entre todos los personajes, un universo en el que lo que ocurría en una colección repercutía en las demás. El Universo Marvel estaba levantándose a pasos agigantados.

Casi desde el principio, Lee y Kirby habían establecido que todos sus personajes coexistían en el mismo mundo y que los super héroes de la Golden Age publicados por Timely habían vivido también en esa misma línea temporal aunque veinte años antes. Pero el punto exacto donde los creadores (ya conscientemente) consolidaron su Universo fue en los números 4 y 5 de Los Vengadores y 25 y 26 de Los Cuatro Fantásticos. La batalla entre Hulk y la Cosa en el nº 25 tenía su origen argumental en la última página de Vengadores nº 4 y, tras los dos episodios de los 4F la historia concluía en las primeras dos páginas de Los Vengadores nº 5. Esa secuencia no tenía precedentes. Reuniendo y relacionando a todos esos superhéroes, Stan pudo vender toda la línea Marvel como una unidad coherente e inseparable y, de esta forma, la unificación del Universo Marvel puede considerarse como el logro supremo de Lee. En su momento, cambiaría la industria del cómic de superhéroes de forma total y permanente.

Tras los acontecimientos narrados en Vengadores nº 4 (el rescate del Capitán América de un pedazo de hielo), este episodio y el siguiente dividieron el argumento en dos partes bien diferenciadas. En la primera, la atención se centra en el primer auténtico enfrentamiento entre La Cosa y Hulk, entonces dos de los pesos pesados de la editorial (el tercero era Thor). La acción comienza cuando el gigante verde, aún huyendo de los acontecimientos narrados en Vengadores nº 3, decide buscar camorra contra sus antiguos compañeros en Nueva York. Mientras tanto, vemos que los Vengadores y el ejército le siguen la pista de cerca. En Nueva York, Reed Richards ha sido hospitalizado a causa de una enfermedad la Chica Invisible está junto a su cama cuando Hulk es avistado en la ciudad. Así que recae en la Antorcha y la Cosa la misión de encargarse de la amenaza. Pronto, sin embargo, una inexperta Antorcha Humana es dejada fuera de combate despejando el camino para páginas y páginas de combate entre Hulk y la Cosa.

Kirby está a la altura de la tarea y demuestra por qué los fans siempre lo consideraron el rey de los cómics de acción. Cualquier otro artista habría necesitado un centenar de páginas para acomodar toda la acción de este episodio. No es el caso de Kirby, que de nuevo encapsula tanta acción en 22 páginas que incluso hoy nos seguimos preguntando cómo fue capaz de regalarle a cada personaje en tan poco espacio su propio momento de protagonismo.

En las páginas 9 y 10, en sólo tres viñetas, el imparable Hulk consigue abrirse paso por entre las filas de los Vengadores, secuestrar a Rick Jones y destrozar la mansión de Stark. Toda una lección de energía, velocidad y economía. A lo largo de toda la historia y a pesar de las incompetentes tintas de Paul Reinman, el ritmo de Kirby se traduce en una coreografía punteada por edificios en ruinas y maquinaria explotando. Caos, catástrofe, ruina y rabia dominaron un enfrentamiento tan monumental que la propia Nueva York se tambaleó. Incluso el gusto de Marvel por los aburridos y planos tonos marrones y verdes parece jugar a su favor potenciando el drama del guión de Lee para producir un episodio de acción arrolladora. Al final, la furia de Hulk era tan incontrolable que la Cosa quedaba contra las cuerdas. Tambaleándose a punto del colapso, Ben se negaba a rendirse. Parecía más heroico en la derrota de lo que nunca lo había sido en la victoria.

Los argumentos secundarios eran tan interesantes como la propia batalla. Reed estaba enfermo y Johnny herido, pero ambos trataban de sobreponerse a sus dolencias. Acudían vendados y delirando por la fiebre justo cuando Ben más los necesitaba. Y qué final: la Avispa resultar ser la clave de la derrota de Hulk, envolviéndole en un enjambre de insectos hasta que se vuelve loco y se lanza al río Hudson. Sólo Jack Kirby podía encontrar la forma de que el personaje más débil de Marvel se impusiera al más fuerte.

Comoquiera que Stan Lee editaba y escribía en solitario toda la línea de comic-books de la casa, le fue posible poner a todos sus personajes en un solo número, que es exactamente lo que ocurrió en el número 26 (mayo de 1964), La llegada de los Vengadores. Desde su colorida y original portada hasta su página final, este episodio constituía el epítome de todo lo que Marvel estaba haciendo para conseguir el favor de los lectores. Continuando la acción del episodio anterior, Nueva York se halla en un estado de sitio y bajo la ley marcial, estando la parte de la ciudad, en la que Hulk y La Cosa continúan peleando aislada por las fuerzas del orden. Finalmente, Hulk consigue zafarse de La Cosa y llegar a la mansión de los Vengadores, donde se enfrenta a sus antiguos compañeros. Kirby hace lo imposible para conseguir que los derrote en tan solo dos páginas antes de darse a la fuga con Rick Jones. Persiguiéndolo, los Vengadores y unos ahora completos Cuatro Fantásticos se encuentran cara a cara por primera vez y, no sin recelos ni fricciones, unen sus fuerzas. Además de ser uno de los primeros ejemplos de narración larga en la historia de Marvel, este episodio fue también el primer crossover de los dos principales supergrupos de la compañía.

A pesar de su torpe entintado, el lapsus de memoria de Stan acerca del nombre del alter ego de Hulk y que las proporciones del dibujo de la portada eran claramente absurdas, este thriller en dos partes, escrito por Lee con su habitual mezcla de drama y humor y coordinándolo con lo acontecido en otros títulos, es un momento clave en la historia primitiva de Marvel y un compendio de todo lo que hizo crecer a la editorial. También fue la mejor historia de los Cuatro Fantásticos hasta la fecha. Demostró que el género de superhéroes y sus lectores eran capaces de asimilar y disfrutar de conceptos y planteamientos más ambiciosos de lo que los editores de DC y la propia Marvel habían estado dispuestos a admitir. Rompiendo los límites de la historia unitaria, la batalla entre Hulk y la Cosa introdujo una escala épica, un aperitivo de lo que estaba por venir.

En mayo de 1964 apareció también el nº 120 de Strange Tales –recordemos, esa colección genérica que desde su nº 101 repartía sus páginas entre la Antorcha Humana y el Doctor Extraño de Steve Ditko–. Más allá de que en un momento u otro se tocara este o aquel tema importante, lo más relevante de estos años de consolidación seguía siendo la capacidad de divertir al lector.

Aunque las esotéricas aventuras del Doctor Extraño seguían siendo el plato fuerte de esa cabecera, la Antorcha aún podía brillar ocasionalmente siempre y cuando cayera en las manos adecuadas. Ya había sido así en el nº 114, en el héroe parecía combatir al Capitán América durante diez páginas antes de darse cuenta de que era un impostor. Ahora se encontraba con el Hombre de Hielo. La idea de un team-up entre los «señores adolescentes del fuego y el hielo» debió haber parecido algo natural desde el momento en que el Hombre de Hielo debutó en el nº 1 de los X-Men. No pasaba mucho tiempo antes de que ambos jóvenes dejaran de pelearse entre sí para unir fuerzas contra el pirata Barracuda y su tripulación (sí, un pirata en el río Hudson, en fin…) a bordo de un barco de crucero lleno de alegres adolescentes. ¿Alguién pensaba que un simple pirata no puede medirse contra dos héroes con superpoderes? Pues el astuto Barracuda imagina al menos media docena de trucos con los que dejar al Hombre de Hielo y a la Antorcha fuera de combate (incluyendo la utilización de una lona, gasolina y agua).

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".