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«El Increíble Hulk» (1962-1963), de Stan Lee y Jack Kirby

En 1962, tanto DC Comics como Marvel quedaron sorprendidas por la respuesta de los lectores a su intento de reintroducir, renovados y modernizados, a los superhéroes. Por primera vez en años, esos lectores se molestaban en escribir a las redacciones de las editoriales y Stan Lee acertó de pleno dedicando en sus cómics una sección a publicar y responder algunas de esas cartas. Y ello aun cuando ese año ambas editoriales subieron el precio de sus cómics de diez a doce centavos.

Seis meses después del debut de Los Cuatro Fantásticos y animado por su éxito (en particular el de uno de ellos, la monstruosa Cosa), Lee está preparado para lanzar un nuevo personaje. Inserta anuncios redactados con su característico estilo altisonante en la parte inferior de las páginas de números de Los Cuatro Fantásticos anunciando a los lectores la llegada de un nuevo héroe revolucionario: «The Hulk is Coming!, What is the Hulk?, You´ve never seen anyone like the Hulk, Who is the Hulk?».

Pues bien, el tal Hulk resultó ser una criatura muy semejante a tantas otras que habían aparecido y que de hecho seguían apareciendo en los títulos de ciencia ficción y fantasía de la editorial como Tales to Astonish, Tales of Suspense o Strange Tales, dibujados por el propio Kirby. Ahora bien, si esas colecciones, aún conservando su título, irían abandonando su línea original para reconvertirse en plataforma de lanzamiento de distintos superhéroes (El Hombre Hormiga, Namor, Iron Man, Doctor Extraño), Hulk siguió siendo en buena medida un monstruo en la tradición de la casa. Stan Lee, por tanto, daba un paso más allá a la hora de ir expandiendo su todavía pequeño universo pero sin separarse demasiado del perfil sobre el que aún se asentaba el grueso de los cómics de la editorial.

Lo que sí hicieron tanto él como Kirby fue mantenerse fieles a su compromiso con la verosimilitud de estos nuevos personajes. Ciertamente, para entonces los Cuatro Fantásticos ya habían adoptado uniformes característicos, un cuartel general y algunos gadgets, pero con un matiz muy importante. Sus trajes eran básicamente monos de trabajo, funcionales y no particularmente llamativos, sin capas ni máscaras; su base eran los pisos superiores del Edificio Baxter, un bloque ficticio pero situado en el centro de la muy real ciudad de Nueva York; y su vehículo principal era algo que puede describirse como una bañera voladora. A pesar de las peticiones de algunos lectores para que se añadieran elementos más convencionales del género superheroico, Lee insistió en mantener a sus héroes en el mundo real. Un mundo y una actualidad que tuvieron que ver mucho con la génesis de Hulk, uno de los personajes más trágicos de la historia de los superhéroes.

Hulk bebía directamente de mitos de la literatura del siglo XIX devenidos iconos populares, como el Frankenstein de Mary Shelley o El Doctor Jekyll y Mr.Hyde de Robert Louis Stevenson. Por aquella época se asistió asimismo a una renovada popularidad de los viejos films de monstruos de la Universal que probablemente algo tuvo que ver con la idea de Lee. Pero su origen estuvo asimismo muy ligado al miedo a la radiación, tema recurrente en la ficción fantacientífica de las décadas de los cincuenta y sesenta y, como en Los Cuatro Fantásticos, aquélla volvía a ser la responsable de la transformación del protagonista en un ser superpoderoso. La ansiedad generada por la capacidad de manipular la energía atómica fue el origen de muchos héroes y villanos Marvel.

Para Jack Kirby, aquel concepto era algo más que un modo fácil de poner en marcha una historia: «Mientras experimentemos con radiactividad no hay forma de decir lo que va a suceder o lo que nos costarán nuestros avances científicos», declaró en una entrevista. Hulk fue la encarnación más siniestra del Universo Marvel de los peligros asociados a la Era Atómica.

Así, el primer número (mayo de 1962) arrancaba con la explosión de prueba de una bomba gamma inventada por un brillante pero tímido científico, Bruce Banner. Al ver que un joven civil, Rick Jones, entraba en el campo de pruebas, detiene la cuenta atrás y acude a avisarlo cuando un espía comunista infiltrado en el proyecto (con el transparente nombre de Igor) detona el artefacto a traición. La figura del espía era un solución muy propia de la Guerra Fría pero que venía utilizándose desde los años treinta en la literatura pulp (recordemos, por ejemplo, que también hubo uno involucrado en el origen del Capitán América) y en el futuro estos sobados recursos narrativos se abandonarían a favor de otros más imaginativos.

Banner consigue salvar a Jones empujándolo a una trinchera, pero él mismo es alcanzado por la explosión y su cuerpo sometido a un bombardeo de radiación gamma (en una rápida sucesión de impactantes y muy eficaces viñetas dibujadas por Kirby con su habitual habilidad para la concisión). Aparte del shock, no parece haber consecuencias pero al caer la noche, Banner se transforma en una criatura de aspecto y fuerza monstruosos y escaso intelecto que destroza instalaciones y equipo militar hasta escapar de la base en la que estaba confinado mientras los médicos lo estudiaban.

Jack Kirby estaba más que acostumbrado a dibujar monstruos para Marvel así que no le debió costar mucho dar con el aspecto de Hulk. Su diseño era una versión muy libre del maquillaje creado por Jack Pierce para el Frankenstein de 1931 interpretado por Boris Karloff. Su estilo aquí, apresurado como era habitual en aquella época en la que él debía encargarse en solitario de la mayor parte de las colecciones de la casa, tenía un toque más suave y al tiempo enérgico y físico que el que utilizaba para Los Cuatro Fantásticos. Al principio, su Hulk era poco más que un hombretón muy musculado pero poco después le otorgó un aspecto más monstruoso encorvando su postura, acentuándole la frente y el ceño y, en general, dándole un aspecto más amenazador que justificaba el terror que causaba a quien se cruzaba en su camino.

Por cierto, que la piel de Hulk fue inicialmente de color gris. Sin embargo, el impresor tuvo problemas para mantener un tono consistente de ese color y así, en el segundo número, se decidió darle su ya para siempre característico verde. Lo que no cambió fue su comportamiento agresivo, brutal y antisocial y el ser continuamente perseguido a causa de su aspecto por mucho que lo que él deseara fuera estar solo.

Un poco inspirado nº 2 (julio de 1962) enfrentaba a Hulk a la típica y estúpida invasión alienígena por parte de una avanzadilla de Hombres Sapo, que secuestran a Banner –y a Rick Jones con él– para que, siendo una de las mentes más brillantes de la Tierra, les revele el nivel de desarrollo de la ciencia humana. En este punto, Hulk aún mantiene cierto grado de inteligencia, es capaz de utilizar las armas de sus agresores y valorar el peligro de su tecnología. Una historia, en fin, que ha envejecido muy mal y cuyo dibujo está asimismo muy poco conseguido, quizá porque el entintado de Steve Ditko no casaba nada bien con los lápices de Kirby.

«¡Puede volar!», exclamaba un soldado histérico en la portada del número 3 (septiembre de 1962), señalando a un Hulk que surcaba los cielos con Rick Jones bajo su brazo. Aunque no era así, tampoco se alejaba mucho de la realidad. Teniendo los músculos más fuertes de la Tierra, Hulk podía impulsarse desde un punto fijo y saltar cientos de millas cada vez dando la ilusión de que estaba volando. Naturalmente, es un concepto absurdo pero también un recurso útil a la hora de mover rápidamente a la por lo demás torpe criatura de un lugar a otro. Y especialmente para que tras su nuevo altercado con los militares pueda regresar a tiempo para que Rick Jones lo encierre en la prisión secreta donde debe pasar las noches. Esta cámara había sido preparada por Banner en uno de sus momentos de lucidez y su función era contener al furioso monstruo hasta que al amanecer revertiera a su condición humana.

La responsabilidad de cuidar a un desesperado Banner y guiar en la medida de lo posible a su alter ego recaía sobre los hombres del adolescente Rick Jones, el único que en ese punto conocía su secreto. Este peculiar arreglo fue otro ejemplo de cómo Marvel –o lo que es lo mismo en ese momento, Stan Lee– estaba dispuesta a desbaratar los tópicos del cómic tradicional de superhéroes, dándole más importancia a los personajes adolescentes, elevándoles desde su típica función de sidekicks a la sombra de un mentor adulto hasta personas capaces de actuar con autonomía y tomar decisiones difíciles.

En el caso de la relación entre Rick y Hulk, cuando Banner se transformaba en el monstruo verde, el primero era el único que podía controlar su ira, por lo que la responsabilidad de proteger al resto del mundo de la fuerza destructora de la criatura era toda suya. Pero incluso su ascendiente sobre Hulk tenía sus límites, como se muestra en esta historia, cuando se deja convencer por los militares de que Hulk es el único que podría sobrevivir a un viaje en el interior de un misil experimental. Liberando al monstruo de su celda rocosa, Rick pone en peligro su propia vida al llevarlo hasta la cercana base militar: «No pude decirles que no controlo a Hulk. ¿Quién sabe lo que hará cuando le libere?…Si me coge, estoy perdido». Más tarde, después de que el misil ha sido lanzado, a Rick le asaltan las dudas: «¿Hice lo correcto? ¿Y si he condenado al doctor Banner?». ¡Qué fácil era para los antiguos –y contemporáneos– sidekicks dejar que sus adultos compañeros tomaran las decisiones difíciles!

El sentimiento de culpa de Rick aún empeoraría más al descubrir que le han engañado y que el único propósito de los militares para lanzar a Hulk en el misil era exiliarlo al espacio. Por supuesto, el monstruo vuelve y más enfadado que nunca…aunque también transformado. Su exposición a la radiación del cinturón de Van Allen (recordemos, la misma que otorgó sus poderes a los Cuatro Fantásticos) le permitirá en el futuro mantener su forma verde también durante el día. Como efecto secundario, Hulk se convierte en un obediente títere de Rick. Pero como tan a menudo ocurría en Marvel, las cosas no iban a ser tan sencillas. En el momento en que por cualquier causa, por ejemplo caer dormido, Rick dejaba de prestar atención a Hulk, la furia retornaba a éste. «Esto es demasiado para mí. Tengo al ser más poderoso del mundo bajo mi control y no sé qué hacer con él«. Su situación era incluso peor que antes porque ya ni siquiera se atrevía a dormir. A diferencia de otros personajes adolescentes de la casa, como Spiderman o la Antorcha Humana, Rick Jones no tenía ningún superpoder, lo que le colocaba en una posición mucho más cercana al lector medio de estos cómics.

La historia que cerraba el número 3 (septiembre de 1962) traía de vuelta a unos viejos personajes de Marvel cuyo debut había tenido lugar en los años cuarenta: El Señor de la Pista y su Circo del Crimen, un feriante con habilidades hipnóticas que desvalija las ciudades por las que pasa tras sumir a sus habitantes en un trance. Durante un breve periodo, consigue que un sumiso Hulk se convierta en parte de su espectáculo, aunque, claro está, el desastre está asegurado.

En el número 4 (noviembre de 1962), Rick Jones, desesperado, decide someter a Hulk a una máquina de rayos gamma diseñada por Bruce Banner y ver qué es lo que ocurre. Al principio, Rick tenía sus dudas respecto a manipular dicho artilugio; al fin y al cabo no era más que un alumno de instituto (aunque nunca le vimos atender sus estudios). Pero siente alivio cuando durante un instante la personalidad de Banner emerge de las brumas mentales de Hulk y le anima a intentarlo. Y así lo hace, con el resultado de que Hulk se transforma en Banner. Pero el científico no está satisfecho: «¡Hay demasiado por hacer!», dice sin entrar en detalles, justificando de este modo posteriores experimentos que le permitan mantener su inteligencia y personalidad dentro del cuerpo de Hulk. Tiene éxito, pero a costa de crear una amenaza todavía mayor contra la especie humana: ahora, la criatura poseía el cerebro de Banner, sí, pero su personalidad no era la misma: «¿Sabes lo que eso significa, Rick? ¿Te das cuenta de lo que puedo hacer? ¡Con mi cerebro y la fuerza de Hulk, puedo hacer cualquier cosa!».

Tampoco ésta fue una situación que se prolongó demasiado en el tiempo. Todos estos bandazos y giros dan la impresión de que ni Lee ni Kirby tenían muy clara la idea de hacia dónde llevar la serie. Al final, el primero optaría por darle a su personaje una especie de desdoblamiento de personalidad. Con cada cambio en Hulk, Banner iría perdiendo más y más control sobre su alter ego: este se hacía más agresivo, más prepotente e ingobernable por una mente racional, la de Banner, que iba enterrándose en el abismo de puro instinto que es la mente de Hulk. Así, serían las emociones de Banner las que dispararían el cambio lo que, metafóricamente, convertía a Hulk en un ser guiado exclusivamente por ellas. Esta fue una solución que seguiría vigente mucho tiempo. En el futuro, Hulk odiaría a Banner como si se tratara de otra persona completamente diferente, glorificando su fuerza física al tiempo que despreciaba la debilidad de su alter ego.

La segunda historia de ese número, Gladiador del Espacio Exterior es bastante olvidable y muy hija de la Guerra Fría: un grupo de soldados soviéticos, utilizando una argucia de lo más inverosímil, tratan de capturar a Hulk para llevárselo a su país y estudiar su poder. Por supuesto, les sale el tiro por la culata. Después de todo, Hulk era americano y sólo estaba a gusto destrozando cosas en su casa.

El equilibrio mental de Hulk continuó deteriorándose en el número 5 (enero de 1963) conforme las dos mitades de la psique fracturada de Banner, el ego racional versus el id bestial, colocaban a Rick Jones en una situación harto delicada. En la mayor parte de la gente, las exigencias del ego y del id están equilibradas por la influencia del superego (al menos de acuerdo con las cada vez más desprestigiadas teorías de Sigmund Freud), pero la brecha en la personalidad de Bruce Banner no hacía más que ampliarse sin nada que la compensase. Ahora, los deseos que antes controlaban la naturaleza impulsiva de Hulk ya no son aleatorios.

Con la adición de la mente racional de Banner a la brutalidad de Hulk, esos deseos son menores en número y están más certeramente dirigidos. Pero al estar ausente el código moral que una mente racional utiliza para medir hasta qué punto puede dejarse llevar por el deseo instintivo, la inteligencia de Banner no podía sobreponerse a las ansias primitivas de Hulk por el poder y el control de su entorno. Cierto, por el momento y como se cuenta en las dos historias que componen este número, elige repeler amenazas contra su país (Las hordas del General Fang) o ayudar a los que conoce (La Bella y la Bestia), pero parecía claro que era cuestión de tiempo el que dirigiera su fuerza hacia objetivos más personales.

Como le decía a Betty Ross tras salvarla de las garras de Tyrannus (el monarca de una raza subterránea sospechosamente parecida a la que servía al Topo, en Los Cuatro Fantásticos): «¡Que me tema! ¡Que todos me teman! ¡Puede que tengan buenas razones! ¡Ellos son sólo humanos y yo soy… Hulk!». Y con Rick Jones perdiendo la poca influencia que había tenido sobre él y sirviendo con alarmante frecuencia en diana de su rabia («¡Hulk no espera a nadie y menos a un mocoso!, ¡Calla estúpido!»), ¿cuánto tiempo tardaría el joven en traicionar a su compañero por el bien de los civiles inocentes a los que podría resultar dañar?

Hulk parecía ahora más salvaje, más brutal que nunca. ¿Podrían Lee y Kirby mantener ese ritmo, ese desarrollo tan inusual para un personaje protagonista de un comic-book? ¿Hasta dónde podrían profundizar en su carácter antisocial y violento antes de caer en la rutina? Más allá de los interesantes cambios que experimentaba Hulk y su relación con Rick Jones, lo cierto es que las tramas individuales de las historias eran repetitivas y carecían de interés. Y eso, a la postre, se tradujo en la cancelación del título con el número 6 (marzo de 1963).

En este último episodio se produce un cambio en el equipo gráfico, siendo sustituido Kirby por la otra «mula de carga» de la editorial, Steve Ditko. Si Stan Lee en ese punto no sabía aún que la cabecera iba a ser cancelada, las cifras de ventas de los números precedentes podían darle una pista y sabiendo que el talento de Kirby podía tener mejor uso en otros títulos (estaba dibujando Los Cuatro Fantásticos y las aventuras de la Antorcha Humana e Iron Man en Strange Tales y Tales of Suspense respectivamente, así como preparando un nuevo título bélico, El Sargento Furia y sus Comandos Aulladores), Lee probablemente decidió que Ditko, menos exprimido que su colega, podía ser un buen sustituto.

Acertó más de lo que supuso porque cuando el personaje, tras cancelarse su propio título, disfrutó de una nueva oportunidad dos años después dentro de la cabecera genérica Tales to Astonish, Ditko estuvo allí desde el principio. Aún más, fue él quien sugirió un cambio de formato, pasando de la sucesión de episodios autoconclusivos a un estilo seriado similar al de las tiras de periódico que obtendría mucha mejor acogida que su primera etapa.

Pero eso ocurriría en el futuro. Por el momento y en este número 6, Lee escribió otro cambio aleatorio y forzado en Hulk. En tan solo cinco números, había pasado de forzudo con la personalidad dividida que sólo se transformaba por la noche a marioneta sin mente de Rick Jones a cualquier hora del día, terminando por conservar la inteligencia de Banner con el cuerpo e instintos de Hulk. Pues bien, en esta ocasión el giro es aún más extraño: Banner se transforma en Hulk pero conserva no sólo su inteligencia sino ¡su propia cabeza! Sí: sobre el encorvado y masivo cuerpo de Hulk se asentaba la cabecita rosa de Banner. Por si no fuera suficientemente absurdo, Lee hizo que Banner se pusiera una capucha para ocultar al mundo la identidad de su alter ego (por suerte para él, cuando los soldados consiguen quitarle la máscara, la cabeza de Banner ya había mutado acorde con el resto del cuerpo de Hulk).

Cabe preguntarse una vez más qué pasaba por la cabeza de Lee ¿Hacia dónde creía que llevaba al personaje? Parecía que Kirby había salido de la colección justo a tiempo porque si al propietario de Marvel, Martin Goodman, se le ocurría buscar responsables de las bajas ventas de la colección no tendría que escarbar muy profundo. Y es que esta última ocurrencia había ido demasiado lejos. Del episodio El Increíble Hulk contra el Amo del Metal sólo podía salvarse la habilidad de Ditko a la hora de reflejar en el rostro de Hulk diferentes matices de su brutalidad.

Como curiosidad, se contaba aquí el origen de la Brigada Juvenil, un grupo de adolescentes radioaficionados reunidos por Rick Jones en una red nacional que luego tendría cierta relevancia en los primeros números de Los Vengadores. Al final, Hulk monta en cólera al encontrarse con que la máquina gamma que le permitía cambiar a Bruce Banner no funciona. «¡Siempre odié el débil cuerpo de Banner, siempre desee permanecer como Hulk! Pero ahora, ser Hulk para siempre, y ser perseguido, temido…»

Bajo esas estúpidas tramas, Lee nos ofrecía muestras de lo que iba a ser su visión personal y característica del superhéroe, invirtiendo las expectativas del lector acerca de lo maravilloso que sería disponer de superpoderes. En el mundo real, un ser superfuerte como Hulk sería perseguido por las autoridades; y un Superman sería obligado a registrarse oficialmente para que así la gente pudiera dormir tranquila.

No obstante, en estos primeros años formativos dentro del Estilo Marvel, Lee aún estaba aprendiendo a canalizar en sus cómics las ansiedades de sus lectores y de la propia sociedad. A su errática aproximación al personaje y sus poco inspiradas historias se unió el que los lectores de entonces no estaban todavía preparados para entender a ese «primer héroe existencial», como lo definió un lector. La difusa línea entre héroe y villano que constituía el atractivo de la serie no sintonizó con el gusto general y, como he dicho, fue cancelada en el sexto número. Los fans necesitarían unos cuantos años más de «educación» en el nuevo estilo Marvel antes de apreciar como se merecía al Gigante Esmeralda.

Aunque entonces hubiera resultado imposible predecirlo, Hulk ha demostrado ser uno de los más perdurables héroes de Marvel. Su atractivo y lo que primero que llama la atención es su combinación de furia y colosal fuerza. Pero hay bastante más que eso tras la fachada verde.

Como antes que él había sido el caso de Sub-Mariner, a veces Hulk podría bien calificarse de villano y sus arranques de rabia destructiva eran a su manera una forma de diversión e identificación para los lectores. Al mismo tiempo, sin embargo, su limitado intelecto y su fealdad lo convertían en una figura patética y digna de compasión. A pesar de la amenaza que suponía su combinación de furia, fuerza y volubilidad, su tormento interior y el continuo acoso al que era sometido también despertaba simpatías. En su primera aparición, Lee y Kirby lo mostraron como un monstruo relativamente astuto pero su pronta decisión de reducirle la inteligencia lo hizo más atractivo al alejarlo radicalmente de su alter ego, Bruce Banner, el primer protagonista de un cómic en odiar sus constantes e involuntarias transformaciones en un superhéroe. Hulk, por su parte, fue el primer héroe existencial, alguien movido por el puro instinto y para quien pensamiento y acto son equivalentes: si tiene hambre, come; si se enfada, golpea; si quiere algo, lo coge.

Para empeorar las cosas, en su identidad de Hulk, Banner se convierte en un ser amoral: todo aquello que lo satisface, lo considera bueno; lo que no, es malo. Sin embargo y paradójicamente, Hulk no actúa movido por la venganza o el resentimiento. Si reacciona, lo hace casi siempre porque se ha sentido en peligro o víctima de algún ataque o persecución. En posteriores apariciones, Lee le daría lo que los psicólogos calificarían como complejo persecutorio: la percepción de que todo el mundo está contra él, que todo el mundo le odia y que la especie humana nunca cesa de perseguirle.

Bruce Banner, en cambio, era casi puro intelecto, un representante de la ciencia al servicio de los militares, una alianza simbolizada por su romance con Betty, la hija del General Ross, el principal enemigo de Hulk. Investigador a sueldo del gobierno para inventar armas, Banner era una persona alienada de sus propios sentimientos e incapaz de entender su poder como científico ni las consecuencias de sus creaciones. Sólo cuando su propia bomba gamma lo transforma en Hulk se ve obligado a enfrentarse a sus más profundos miedos y emociones y aceptar que necesita a este embarazoso y tosco alter ego más de lo que le gustaría admitir.

Aparentemente, Hulk sugiere los peligros del antiintelectualismo pero el caso es que cuando se abandona a la furia y apaga todo pensamiento, habitualmente lo hace contra el objetivo correcto. Sus impulsos instintivos sirven de recordatorio para no despreciar ni nuestra faceta física ni la emocional. La ironía definitiva, por supuesto, es que el brillante Bruce Banner, inventor del más sofisticado armamento para los militares, es en el fondo mucho más peligroso que el brutal Hulk.

Con la creación de Hulk, Lee y Kirby idearon el vehículo perfecto para mostrar lo que podría significar tener superpoderes en el mundo real, dando un paso de gigante en la ampliación de su naciente universo de personajes al saltar desde las coloristas aventuras de Los Cuatro Fantásticos a las ansiedades del mundo moderno y el choque del intelecto y la pasión que simbolizaba Hulk.

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Los Cuatro Fantásticos, de Stan Lee y Jack Kirby: núms. 4-6 (mayo-septiembre de 1962)

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Los Cuatro Fantásticos, de Stan Lee y Jack Kirby: núms. 19-26 (octubre de 1963-mayo de 1964)

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Los Cuatro Fantásticos, de Stan Lee y Jack Kirby: núms. 39-42 (junio-septiembre de 1965)

Los Cuatro Fantásticos, de Stan Lee y Jack Kirby: núms. 43-45 (octubre-diciembre de 1965)

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Los Cuatro Fantásticos, de Stan Lee y Jack Kirby: núms. 56-58 (noviembre de 1966-enero de 1967)

Los Cuatro Fantásticos, de Stan Lee y Jack Kirby: núms. 59-64 (febrero-julio de 1967)

Los Cuatro Fantásticos, de Stan Lee y Jack Kirby: núms. 65-67 (agosto-octubre de 1967)

Los Cuatro Fantásticos, de Stan Lee y Jack Kirby: núms. 68-77 (noviembre de 1967-agosto de 1968)

Los Cuatro Fantásticos, de Stan Lee y Jack Kirby: núms. 78-88 (septiembre de 1968-julio de 1969)

Los Cuatro Fantásticos, de Stan Lee y Jack Kirby: núms. 89-97 (agosto de 1969-abril de 1970)

Los Cuatro Fantásticos, de Stan Lee y Jack Kirby: núms. 98-108 (mayo de 1970-marzo de 1971)

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El Increíble Hulk (1962-1963), de Stan Lee y Jack Kirby

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El Cuarto Mundo, de Jack Kirby (1971): The Forever People, New Gods y Mister Miracle

El Cuarto Mundo, de Jack Kirby (1972): The Forever People, New Gods y Mister Miracle

El Cuarto Mundo, de Jack Kirby (1973-1985): Mister Miracle y The Hunger Dogs

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".