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«Los Cuatro Fantásticos», de Stan Lee y Jack Kirby: núms. 14-18 (mayo-septiembre de 1963)

Harry Donenfeld, fundador de DC Comics, llevó una vida casi legendaria. Pero su director editorial e hijo, Irwin Donenfeld, no estaba a la altura de su padre. Harry regañaba constantemente a su vástago delante del personal de la empresa e Irwin afirmaría más tarde que el cofundador de la editorial, Jack Liebowitz, se comportaba más con él como un padre que el suyo propio. Una de las decisiones editoriales más cuestionables de Irwin fue que los monos vendían cómics. Al parecer, allá por 1951, un número de Strange Adventures en cuya portada aparecía un gorila, se vendió excepcionalmente bien, así que Irwin decidió que debía entre los aficionados debía existir una especie de oscura afición por los simios. Pronto, Superman se encontró luchando contra un supergorila llamado Titano y Superboy se hizo con una nueva mascota, Super Mono. Hubo historias de complemento protagonizadas por Congorilla y Bono el Chimpancé Detective. Y en 1958 apareció incluso un BatMono.

Alguien le debería haber avisado a Stan Lee de que no debía dejarse arrastrar por esa absurda fiebre. La idea de combinar en Los Cuatro Fantásticos nº 13 (abril de 1963) un malvado cosmonauta comunista con un trío de supersimios fue una de las ideas menos inspiradas de Lee.

Eso sí, semejante fallo quedaba hasta cierto punto compensado por el encuentro del equipo –los primeros hombres en llegar a la Luna en el Universo Marvel– con un extraño y sabio ser residente en la Luna, el Vigilante. Esfinge de neutralidad, se alzaba estoico y pasivo ante los sucesos apocalípticos que tenían lugar a su alrededor sin tomar parte en ellos. Fue el primer secundario de la colección y el primer personaje divino-cósmico de Kirby. El Vigilante era un adelanto de las futuras aventuras cósmicas del cuarteto, miembro de una especie de mitología espacial al que a no mucho tardar se unirían Silver Surfer, Galactus o los Kree. Como curiosidad, digamos que esta fue la primera historia de Los Cuatro Fantásticos entintada por el enigmático Steve Ditko. La segunda y última llegaría en el Annual nº 1. Según declaró el propio Lee, siempre consideró a Ditko como el mejor entintador del temperamental dibujo de Kirby, apreciación con la que no estoy en absoluto de acuerdo.

Tras el número entintado por Ditko, regresa Dick Ayers en el 14 (mayo de 1963) junto al Príncipe Namor en su quinta aparición en las páginas de esta colección. La aventura comienza cuando Reed descubre a Sue explorando con una cámara remota las profundidades submarinas, buscando a Namor. El conflicto sentimental de Sue con Sub-Mariner está lejos de resolverse. Éste tenía motivaciones y defectos con las que ella podía identificarse. Los fans de la revista se sentían intrigados por el extraño poder que Namor parecía tener sobre una Chica Invisible emocionalmente indecisa.

El padrastro de Alicia Masters, el andrógino Amo de los Muñecos, vuelve de su aparente muerte en el nº 8 para obligar a Namor con sus poderes a enfrentarse otra vez con los Cuatro Fantásticos y así conseguir su venganza a través de él. Namor secuestra a Sue con el fin de convertirla en cebo de una trampa. El plan del Amo de los Muñecos fracasa por la intervención de un pulpo gigante y el rey de Atlantis permite al grupo dejar sus dominios submarinos en paz después de que la influencia de aquél haya desaparecido. El elemento más extraño de la aventura es que Alicia, la novia de Ben, acompaña al equipo en su aventura aún cuando su presencia no aporta nada desde el punto de vista narrativo.

A partir de este número 14 comenzaría a imprimirse en la esquina izquierda de las portadas un pequeño recuadro de colores mostrando las caras de los personajes, el precio del cómic y el nuevo nombre de la compañía: Marvel Comics. Parece ser que esa denominación fue idea de Steve Ditko. Por fin, la línea de comic-books de Martin Goodman había conseguido una identidad propia y diferenciada tras lanzar sus colecciones sin el sello de editorial alguna desde 1957. Irónicamente, Stan Lee, cuyo propio nombre acabaría siendo sinónimo de Marvel, fue partidario de recuperar el antiguo nombre de Atlas, pero Goodman insistió en el nuevo. Había dado instrucciones al personal para que le sugirieran algunas de las palabras que aparecieran en los cómics mejor vendidos de su catálogo, como Astonish, Suspense, Uncanny …o la ganadora: Marvel.

Ahora que la compañía tenía un nombre en condiciones, Stan Lee podía empezar a publicitarla. Desde 1939, la división de cómics de Goodman había adolecido de falta de personalidad propia. Eso iba a cambiar y Lee se encargaría de ello. En sus esfuerzos recibiría la inestimable ayuda de Flo Steinberg, su nueva secretaria, una personalidad brillante y dinámica que se convirtió en un pilar de Marvel a comienzos de los sesenta. Graduada en la Universidad de Massachusetts y participante en las campañas políticas demócratas, llamó a las puertas de Magazine Management Company en marzo de 1963 pidiendo un trabajo.

Contrariamente a la leyenda popular, a comienzos de los años sesenta nunca existió un Marvel Bullpen en la forma en que Stan Lee lo describía –o sugería– en su página de correo, a saber: una especie de club en el que él mismo, Jack Kirby, Steve Ditko, Don Heck y otros colegas se lo pasaban en grande intercambiando amigablemente ideas en plena efervescencia creativa. Aquello fue una fábula propagada por Stan, probablemente arrastrado por la nostalgia del antiguo Bullpen de Timely, con la intención de dar a su plantilla de autores una identidad de grupo frente a la imagen fríamente corporativa de DC. En realidad, la primera oficina de Marvel no era más que un pequeño rincón en el interior de un aparato editorial mucho mayor.

La propia Marvel no era más que una oficina de dos habitaciones en la que trabajaba Lee, localizada en la parte trasera de las oficinas que Magazine Management Company (que editaba revistas masculinas) tenía en el 655 de Madison Avenue. En 1963, Stan Lee y Flo Steinberg eran los únicos empleados fijos en aquellas instalaciones. El resto del trabajo era realizado por los autores en sus domicilios, ya que no formaban parte de una plantilla, sino que trabajaban como autónomos, cobrando por encargo. Ocasionalmente, el director de producción y entintador ocasional Sol Brodsky se quedaba allí con su tablero de dibujo para echar una mano (fue él quien creó el diseño del título de portada para Los Cuatro Fantásticos).

Esta descripción puede resultar chocante para los aficionados más jóvenes, que crecieron en la creencia de que realmente existía el Marvel Bullpen. En aquellos tiempos, los fans más apasionados que acudían al 655 de Madison Avenue para echar un vistazo, quedaban inevitablemente desilusionados. Según afirma la propia Flo: «Siempre querían una visita guiada de la oficina. Entonces salía yo y tenía que bastarles. Y es que no había nada más que ver». Algunos de los aficionados no se lo creían y trababan de colarse a la fuerza, por lo que Flo pronto aprendió a ejecutar eficazmente bloqueos.

Flo no tenía más que un puñado de cartas que contestar cada mes en 1963, pero sorprendentemente para todos, estaban escritas por estudiantes universitarios e incluso adultos. No se trataba de los muchachos de diez años que escribían a DC para regañarles por un pequeño fallo que habían encontrado en el último número de Lois Lane. La Fantastic Four Fan Page se convirtió pronto en un punto de reunión de estudiantes y amas de casa, soldados y beatniks, todos ellos unidos por su devoción hacia la Cosa o el príncipe Namor.

De repente, por primera vez en su carrera, Stan Lee comenzó a fijar las tendencias y no a limitarse a seguirlas. En Fantastic Four nº 10 (enero de 1963) decidió aligerar la seriedad que solía fomentar la competencia y promover una especie de camaradería informal entre sí mismo y los lectores: «Veréis, por el momento ya es suficiente de esa jerga de Estimado Editor», exclamaba en su página editorial, e instó a los fans a dirigirse a él como «Queridos Stan y Jack«. Inmediatamente, las páginas de correo de DC parecieron impersonales y aburridas.

Stan Lee podía ser bravucón y exagerado acerca de sus declaraciones sobre Marvel, pero también sabía mostrarse humilde cuando los lectores escribían notificando errores de narrativa o continuidad. A diferencia de las estiradas páginas de correo de DC, en las que editores sin nombre trataban de justificar las equivocaciones propias o de sus autores mediante explicaciones implausibles, Stan no tenía reparos en reconocer el fallo, lo que le hizo ganar puntos ante los seguidores de sus cómics. Es más, se atrevió a otorgar un No-Prize (No Premio) a cualquier lector que descubriera un gazapo. Al principio, ese No-Prize era meramente conceptual, pero más adelante los lectores agraciados empezarían a recibir sobres con una cabeza de Hulk exclamando «¡Enhorabuena! ¡Este sobre contiene el auténtico No-Premio de Marvel Comics que has ganado!». El sobre, claro, estaba vacío.

Recuperando una ingeniosa idea que tuvo su origen en las páginas de correo de los lectores de las revistas pulp de ciencia-ficción de los años treinta, Lee no sólo hacía constar los nombres de los que escribían, sino su dirección completa. A comienzos de los sesenta, el fandom de los cómics estaba creciendo, agrupándose en torno a Marvel Comics y los Cuatro Fantásticos en particular. Sentían que eran parte de algo completamente nuevo, algo importante.

Hacia el final de esta primera etapa de la colección, sus innovaciones resultaban evidentes no sólo para los fans, sino para los propios profesionales de la industria. Contra todo lo esperado, la serie sobrevivió a la producción de baja calidad, arte disperso y entintado mediocre de los primeros episodios dejando atrás al resto de sus competidores. Los Cuatro Fantásticos se convirtieron en el barómetro de todo aquello a lo que las historias de superhéroes debían aspirar.

Es imposible sobrestimar la dimensión del impacto que tuvieron estos primeros episodios en la industria. La revista fue el catalizador de un renacimiento en el ámbito de los comic-books a través de unos personajes nuevos y complejos, pero sobre todo humanos, presentados con un estilo literario fresco y cotidiano. Al principio, la dirección de DC se limitó a despreciar a esas estrellas recién llegadas. Pero no tardaron en darse cuenta de que o seguían el mismo camino o quedarían relegados a un segundo plano. Así que comenzó a producir sus propios personajes un tanto extravagantes y retorcidos, como la Patrulla Condenada o los Metal Men. Pronto sería obligatorio para los héroes de acción el tener un pasado, personalidades claramente diferenciadas y un modo de hablar característico. En este sentido, el efecto catalizador de los Cuatro Fantásticos traspasó el énfasis que hasta entonces se hacía en la ciencia-ficción para situarlo en la caracterización. En el proceso, abrió las puertas a una auténtica innovación.

Es tentador especular que el Pensador Loco (nº 15, junio de 1963) fuera una idea de Stan Lee y su Androide una de Jack Kirby. La idea de un villano que se sienta quieto como una estatua de Rodin, sumido en complejos cálculos, no parece algo muy próximo al dibujante de cómics más orientado a la acción de toda la historia. Por otra parte, esa gran masa cuya cabeza es un bloque amorfo sin más facciones que una boca, sí parece puro Kirby. Era exactamente el tipo de creación grotesca que disgustaba a los editores de DC, siempre incómodos con el despliegue de energía de Kirby. Mientras que muchos de los primeros números de los Cuatro Fantásticos adolecían de la presencia de monstruos más bien ridículos, el Androide era tan sencillo y a la vez tan retorcido que funcionaba perfectamente.

El mayor sufridor de todos los hijos de Lee y Kirby siempre fue el Hombre Hormiga. En 1962, con The Amazing Spider-Man en camino de convertirse en un éxito de crítica y público, Stan probablemente pensó que otro héroe basado en un insecto y de extraño nombre podría convertirse en un nuevo éxito para la compañía. En este caso, no funcionó. Ni siquiera el poderoso arte de Kirby acompañado por el mejor entintador de la época, Dick Ayers, podía hacer pasable un personaje tan absurdo. Jack Kirby siempre pedía que las aventuras de Henry Pym –alias el Hombre Hormiga– le fueran asignadas a otro dibujante. Con la perspectiva que da el tiempo, probablemente le habría ido mejor al héroe si Ditko se hubiera encargado de él.

La aparición del Hombre Hormiga como héroe invitado en Fantastic Four 16 (julio de 1963) no fue mera casualidad. En este punto, las cifras de ventas iniciales del periodo que el diminuto superhéroe pasó en Tales to Astonish resultaron no ser muy buenas. Lee y Kirby estaban utilizando, una vez más, su colección insignia para impulsar los decepcionantes resultados obtenidos por otro título de la casa. Al mismo tiempo que este crossover, el romance del pequeño héroe con su compañera femenina, la Avispa, se presentó en Tales to Astonish nº 44 (junio de 1963). Lee confiaba en que la combinación de ambas iniciativas impulsara la carrera del Hombre Hormiga. De nuevo, sin resultado. La superficial e hipersexual Janet Van Dyne –la respuesta Marvel a Campanilla– resultó ser tan inoperante como su compañero.

En este segundo crossover (el primero, recordemos, fue el nº 12 con la presencia de Hulk), volvemos a encontrarnos con el Doctor Muerte, ahora convertido en tiránico gobernante de un mundo del microcosmos tras su drástica reducción de tamaño en el número 10. El cuarteto utiliza el suero de miniaturización de Pym para localizar a Muerte y derrotarlo. Tal y como sucedió en el nº 12 con Hulk, Lee ralentizó el ritmo y alargó la historia para que el Hombre Hormiga no apareciera hasta la página 19, y en la 22 ya todo ha terminado, lo que convierte al encuentro entre los Cuatro Fantásticos y Henry Pym en algo de escaso sentido aparte de la mera publicidad. Y en cuanto a Kirby, por fin obtuvo su deseo: tras Tales to Astonish nº 40, abandonó los lápices de esa colección y se los traspasó a su colega Don Heck. Tal y como fueron las cosas, la partida de Kirby redujo todavía más las posibilidades del Hombre Hormiga de llegar a alguna parte por cuenta propia.

La portada del número 17 (agosto de 1963) anuncia que Ha llegado la Edad Marvel de los Comics. ¿Y quién, aparte de DC, podría discutírselo a Stan Lee? En aquel momento parecía el amanecer de un nuevo y glorioso renacimiento de los cómics de superhéroes. Un nuevo Universo de personajes estaba surgiendo de la nada y las posibilidades eran infinitas. El diabólico Doctor Muerte regresa en su quinta aparición en la serie. A los fans les encantaba y como los guionistas no podían dar con otro villano ni la mitad de bueno que él, lo trajeron de vuelta.

En la portada del nº 18 (septiembre de 1963), los lectores pudieron tener la primera muestra del entintado de George Roussos. La Cosa se veía fenomenal, pero por desgracia ésta no sería la norma. En esta historia regresaban los Skrulls, aquellos alienígenas verdes del nº 2, pero esta vez su mundo ha creado un Super Skrull con el que derrotar a nuestros héroes. La suspensión de la incredulidad, ese pacto tácito entre guionista y lector, es puesto a prueba en esta aventura.

Primero: ¿por qué es este Skrull super? ¿Sólo porque puede metamorfosearse en cualquier miembro de los Cuatro Fantásticos? Eso estaba al alcance de cualquier Skrull y, de hecho, es lo que habían hecho en su pasada intervención en el mencionado nº 2.

Segundo: el Super Skrull tiene los poderes de los Cuatro Fantásticos, pero él sólo es uno mientras que ellos son cuatro, así que el resultado parecía claro desde el principio.

Como puede suponerse, estas consideraciones más o menos lógicas son antitéticas con la propia naturaleza de los cómics de superhéroes. Es mejor dejar aparte el escepticismo que a menudo aparece con la edad y redescubrir ese sentido de lo maravilloso que nos invadía en la infancia al leer una de estas aventuras. Con esto en mente, fijémonos en lo bien que luce el Super Skrull cuando adopta la forma de un ariete y utiliza los poderes de Reed para estirar su cuello en la página 14.

Y llegamos al Anual nº 1. En el momento de su publicación (julio de 1963), fue probablemente el comic-book más impresionante que se hubiera publicado hasta la fecha. Justo cuando parecía que la serie regular se había nivelado, Lee y Kirby volvieron a sobresalir y mostraron al mundo por qué los Cuatro Fantásticos habían revolucionado el género.

Los fans habían estado pidiendo algo parecido al 80-Page Giant que DC había lanzado con gran éxito ‒Superman Annual nº 1 salió a la venta en 1960, y cuatro años después, tras una larga serie de ediciones similares, apareció 80 Page Giant 01: Superman‒. Sin embargo, había un problema. Los anuales de DC incluían reediciones de cómics publicados décadas atrás, mientras que los Cuatro Fantásticos contaban con un recorrido de sólo 18 episodios. Ni siquiera Martin Goodman tenía tan pocos escrúpulos como para tratar de revender cómics que apenas tenían dos años. En un generoso gesto poco habitual en el editor, dio a Lee y Kirby luz verde para lanzar un número especial veraniego que ofrecería nada menos que 57 páginas de historias completamente nuevas, ilustraciones y otros contenidos especiales. Esta pequeña obra maestra del género no sólo contenía una historia épica de 37 páginas, sino también un crossover de 6 páginas con Spider-Man y 14 páginas de ilustraciones a toda página. Nadie hasta la fecha se había preocupado tanto como Lee y Kirby por ofrecer a los lectores más material por menos dinero. Probablemente, para muchos fans aquéllos fueron los 25 centavos mejor gastados.

La historia principal era un colosal enfrentamiento con Namor que Cecil B. De Mille habría llevado a la pantalla encantado. Además, la presentación de Lady Dorma complicaría el drama emocional entre Namor y la Chica Invisible; y las reclamaciones de Sub-Mariner sobre su reino perdido sustituirían a su odio contra los humanos, lo que diluiría la razón por la que Sue simpatizaba con él.

En esta historia queda patente el cariño de Kirby por el personaje de Namor, una afinidad que provenía de la amistad que unía al dibujante con el creador de Sub-Mariner, Bill Everett, y que se remontaba a los días de su juventud en los que ambos habían trabajado para el estudio de Victor Fox. A finales de los sesenta Kirby se sorprendió al enterarse de que Everett había estado entintando sus dibujos para Thor. Opinaba que su amigo debería haber estado dibujando sus propios cómics en lugar de entintar trabajo ajeno. Tenía razón, pero lo cierto es que nadie, ni siquiera Bill Everett, consiguió imbuir en el Príncipe de Atlantis, tanto sentido de poder, dignidad y elegancia como el propio Kirby, quien dibujó las escenas de acción como nunca nadie lo había hecho antes, creando batallas épicas que asombraron a los aficionados.

Con la perspectiva que otorga el tiempo, parece claro que este anual marcó el gran final de la primera etapa de Lee y Kirby en los Cuatro Fantásticos. A continuación vendrían nuevas fases y cambios.

Continúa en el siguiente artículo

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Los Cuatro Fantásticos, de Stan Lee y Jack Kirby: núms. 39-42 (junio-septiembre de 1965)

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El Cuarto Mundo, de Jack Kirby (1972): The Forever People, New Gods y Mister Miracle

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".