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«100 balas», de Brian Azzarello y Eduardo Risso

En 1998, Brian Azzarello y Eduardo Risso coincidieron en la miniserie policial Jonny Double: Two Finger Discount. Vértigo, el mismo sello que publicó esa obra, fue el que lanzó la obra maestra de este equipo creativo, 100 balas (agosto de 1999-abril de 2009), un cómic sensacional que ahora regresa a las librerías de la mano de ECC.

El universo en el que se ambienta este tebeo es una ciénaga moral: una sociedad con metástasis, en la que los laboratorios forenses deben de estar desbordados. Lo nota uno al llegar. Lo nota al cruzarse con sus personajes. El efecto acumulativo de la violencia, el dolor y la desesperación hace el resto.

En realidad, todo queda reducido a un tremendo dilema. ¿Es lícito matar para vengarse? En un escenario donde impera la ley de la jungla, se impone la necesidad de un desquite aplicado de forma selectiva, al margen de atenuantes. Sin criterios morales, derechos individuales o apelaciones judiciales.

Venganza. He ahí el punto de encuentro al que van acudiendo los protagonistas de esta serie excepcional, elaborada con los mejores materiales del género negro: lágrimas que se mezclan con la sangre, tugurios en los que suena un jazz salvaje, antihéroes que calculan mal las distancias, combinados de bourbon sobre la barra, asesinos que se expresan con epigramas y recuerdos que parecen pruebas de balística.

La figura que sirve de nexo a cada uno de los relatos es el Agente Graves. Un tipo estoico, de traje elegante y pelo canoso, ojos penetrantes y unas facciones ásperas, que vienen a ser un cruce entre las de Ronny CoxLee Marvin y John Spencer.

Graves sabe que una víctima siempre tiene enemigos. Por eso plantea una oportunidad que pocos pueden rechazar. En un maletín, regala las pruebas que demuestran quién se encargó de arruinar la vida de cada uno de sus candidatos. Una vez han puesto el culpable en su punto de mira, les ofrece cien balas que la policía no puede rastrear.

Inmunidad. Bam. El sistema no se entera. Bam. El castigo funciona. Bam. La morgue tiene nuevos inquilinos.

Azzarello escribe con sabiduría. Se nota que conoce la cartografía literaria del género, desde Dashiell Hammett hasta Ross MacDonald. Desde Joe Wambaugh hasta James Ellroy.

En sus tramas, el guionista acumula fiebre urbana, sexo sin alma, delitos que parecen cometidos por inercia, épica barriobajera y una letal granizada de cartuchos. Su percepción del mundo criminal es magistralmente plasmada por Risso, un artista que sabe cómo transformar un cómic en una obra de arte mayor.

El ritmo de la serie nunca decae. La segunda o la tercera entrega de 100 balas mantiene el nivel de pulsaciones de la primera. Episodio a episodio, Brian Azzarello continúa demostrando que sabe cómo extraer oro de las fantasías criminales, y su más estrecho colaborador, Eduardo Risso, convierte esos guiones en viñetas adictivas, coloreadas con los tonos de un garito a medianoche: uno de ésos en los que siempre ronda el fantasma del clasicismo noir.

La vida siempre te cobra un precio. El Agente Graves conoce esta ley no escrita. La venganza es una vocación profunda, y quienes reciben ese regalo saben que no cuesta demasiado ponerla en práctica.

Llegado a cierto punto, Azzarello nos da nuevas pistas de esa conspiración que da sentido a toda la serie. Por fin intuimos por qué el amenazante Sr. Shepherd dice que «justicia, verdad y estilo de vida americano nunca tendrían que aparecer en la misma frase». Por qué el Agente Graves está por encima de la ley. Y también, por qué los maletines forman parte de un plan secreto, urdido por el Trust.

¿Qué es el Trust? Una sociedad oculta. Dosificadores de orden en un mundo caótico. Una trama ominosa y omnipresente, que hace palidecer al crimen organizado. «Muy viejos, muy poderosos y muy sucios –dice uno de los personajes–. Llevan por aquí desde siempre». «Hacer preguntas –añade– es gratis, pero las respuestas pueden costarte la vida».

Los cien números de la serie concluyen con un título significativo, 100 balas: El declive. «Lo siento –escribe Brian Azzarello en esa entrega final–. Quería hacer algo que fuera más allá. No puedo escribir una introducción para el último capítulo de 100 balas. Como guionista, se me ha dado la última palabra, pero ya lo he dicho todo en la historia. Todo lo que quería decir lo he dicho ya en el tomo que tienes en tus manos y en los 12 que le han precedido. He escrito sobre América. Sobre el poder y la corrupción, la lealtad y la traición, y los lazos que los unen a unos con otros. Amigos y enemigos. Padres e hijos, madres e hijas, hermanos. He escrito sobre elecciones morales y su coste (las tomes o no). Y sobre cómo no tomar una decisión es, de por sí, tomar una decisión. Y he decidido dejarte a ti, lector, la interpretación de la historia (que posiblemente se esperara en esta introducción). Imagino que has estado aquí hasta el último momento porque has puesto parte de ti en estos personajes, en esta América, en esta historia que he intentado contar. Las palabras han sido mi contribución, pero ha habido otra gente que lo ha puesto todo de su parte en la historia (nunca podría haber contado esta historia sin el resto del equipo creativo). Porque 100 balas no es mi historia, es nuestra historia. Durante 100 números, las portadas de Dave Johnson han proporcionado al libro una intensidad y singularidad que han hecho que 100 balas destacase entre los demás cómics del estante. Se quedaba con una idea, una frase o una escena y la convertía en una imagen inolvidable. Es decir… ¿la empuñadura de una pistola recordando las curvas de una mujer? Nadie lo había hecho. Al igual que el propio Dave, sus portadas son realmente originales. Desde la primera página a la última, Clem Robins ha tipografiado cada una de las palabras que he escrito. Lo más sorprendente es que lo ha hecho sin que te dieras cuenta, consiguiendo que las imágenes y los bocadillos encajasen a la perfección. Es esa habilidad, esa sensibilidad, la que hacen que el trabajo de Clem sea tan íntegro. El color tiene que ver con las emociones. Patricia Mulvihill no solo ha coloreado el libro, ha intuido su estado de ánimo. Y hemos estado en sitios muy duros a lo largo de la serie. Personalmente, me alegro de haber tenido una mujer en el equipo, puesto que le ha dado una perspectiva única y vital al trabajo que desarrollábamos. Aunque la historia tiene muchos matices de gris, el verdadero poder de 100 balas reside en el austero blanco y negro de Eduardo Risso, mi compañero. Gracias a 100 balas, siempre me mencionan junto con él, lo que es un honor. Me ha sorprendido durante 2.200 páginas. Es uno de los mejores dibujantes de historias gráficas del medio y ha sido un privilegio contar esta historia con él».

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.