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«Los Eternos» (1976-1978), de Jack Kirby

Tras el decepcionante fracaso cosechado en su estancia de cinco años en DC, Marvel tentó de nuevo a Kirby. Y supo hacerlo bien. Según las nuevas condiciones ofertadas, Kirby no tendría que dibujar los guiones de Stan Lee, gozaría de total libertad creativa, podría disponer de nuevas colecciones y, sobre todo, cobraría una pequeña fortuna. Según parece, fue este último factor el que finalmente convenció al reacio Kirby para volver a la Casa de las Ideas. Lleno de nuevos conceptos como siempre, Kirby pidió primero encargarse del Capitán América, y claro, no podían negárselo. Al fin y al cabo había sido uno de sus creadores. Su siguiente proyecto fue algo mucho más personal y nuevo: Los Eternos.

Para poder apreciar Los Eternos resulta imprescindible tomar en consideración el marco cultural en el que apareció. Desde finales de los años cuarenta, la fiebre de los ovnis se había apoderado de una parte del imaginario colectivo estadounidense, una fiebre en parte provocada por el ya entonces considerable caudal de obras literarias y cinematográficas de ciencia ficción. Había informes de abducciones, encuentros directos o indirectos con inteligencias alienígenas y teorías a mansalva para apoyar toda esa alucinación colectiva. Una de ellas la planteó Erich Von Däniken en su libro Recuerdos del futuro (1968), en el que afirmaba que los extraterrestres visitaron nuestro planeta en la Antigüedad, influyendo en la cultura, el arte y, en general, el desarrollo de varias civilizaciones humanas.

La teoría trataba de explicar así el origen de varios mitos religiosos: no se trataba de ángeles, demonios o monstruos, sino de alienígenas. Aquello resultó ser una filfa, claro, pero Von Däniken (que antes de hacerse famoso con ese libro había sido condenado repetidas veces por robo, fraude, malversación y falsificación documental) y sus seguidores se las arreglaron para convencer o como mínimo intrigar a mucha gente. Por lo menos, ofreció buenos argumentos para los autores de ciencia ficción. Sin ir más lejos, en 1975, Marvel publicó dentro de su colección Marvel Preview un número titulado Hombres-Dioses de mas allá de las estrellas, con Neal Adams y Alex Niño.

Así que para la que iba a ser su nueva obra en Marvel, Kirby bebió de las teorías de Von Däniken (aunque no creía demasiado en ellas), las leyendas de continentes perdidos como la Atlántida, Lemuria o Mu o los supuestos fenómenos ocurridos en zonas «misteriosas» como el Triángulo de las Bermudas. Pero también y especialmente de la novela El fin de la infancia (1953), de Arthur C. Clarke, que en esos años estaba experimentando una segunda vida gracias a su reedición. En este libro se narraba cómo llegaban a la Tierra a bordo de sus enormes naves unos poderosos extraterrestres, los Superseñores, que determinarían el destino de la Tierra tras un periodo de cincuenta años. Cuando por fin los humanos ven el aspecto de estos seres, resultan ser muy parecidos a la representación tradicional de nuestros demonios.

En Los Eternos, Kirby trató de encajar esos conceptos propios de la ciencia ficción con su querencia por otro tema, el de los Dioses (recordemos los asgardianos de Thor y equivalentes, o los habitantes de Nueva Génesis o Apokolips en el Cuarto Mundo). El primer número nos narra la llegada a la Tierra de unos poderosos alienígenas, los Celestiales, a bordo de una nave de dimensiones colosales. Si los lectores esperaban ver en este episodio inaugural algo parecido a superhéroes como Thor u Orión, quedaron decepcionados porque lo único a lo que se alude son a estos extraterrestres, conocidos colectivamente como la Cuarta Hueste.

La premisa de la serie es que estos Celestiales, hace milenios, experimentaron con simios en nuestro planeta dando origen a tres líneas evolutivas diferenciadas. Por una parte, los Eternos, seres esencialmente pacíficos, de gran belleza y perfección física y mental, que se establecieron en parajes inaccesibles y se dedicaron a cultivar el conocimiento y el poder sobre la materia alcanzando la inmortalidad e interviniendo ocasionalmente en la vida de los humanos para protegerlos. Por otra, los Desviantes, inestables genéticamente y, por tanto, con tendencia a adoptar formas monstruosas. Construyeron su civilización en lugares subterráneos y su carácter era violento e imperialista. Y, por último, los Humanos, nuestra propia especie, a caballo entre las otras dos. Según nos cuenta Kirby, los Eternos fueron la base de las leyendas y cosmogonías de griegos y romanos mientras que los Desviantes dieron origen a los mitos sobre demonios y monstruos.

Los Celestiales regresan periódicamente a nuestro planeta para examinar la evolución de su obra. Ya en una ocasión anterior, al ver cómo los Desviantes habían esclavizado a los humanos y creado en el continente de Lemuria una civilización basada en la conquista y la muerte, asolaron la Tierra y devolvieron a todos los pueblos a una era de barbarismo. Ahora, han regresado de nuevo y permanecerán en la Tierra durante cincuenta años observando y juzgando antes de emitir su veredicto final e inapelable. Mientras que los Eternos permanecen indiferentes o les dan la bienvenida, los Desviantes se preparan para hacerles frente, todavía resentidos por su anterior derrota. Estos Celestiales son gigantes humanoides de cientos de metros de altura, tienen poderes inconmensurables y su verdadero aspecto está oculto tras unas corazas impenetrables.

A la hora de narrar esta historia, Kirby ya había aprendido por las malas en sus series del Cuarto Mundo que más valía centrarse en una sola colección e ir paso a paso, que ofrecer diversas cabeceras con tantos personajes que acabaran confundiendo al lector. De esta manera, las aventuras de los Eternos sólo se desarrollaban en su colección y la trama era perfectamente lineal. La historia se desarrolla poco a poco y la adición de conceptos nuevos se dosifica número a número. Los personajes van introduciéndose sin prisa pero sin pausa, dando tiempo a que los ya presentados se asienten. De hecho, el protagonista principal, Ikaris, no adopta su vestimenta característica hasta el número 3. Lo que no quiere decir que el ritmo en sí de cada capítulo sea lento; todo lo contrario. La acción y el suspense no cesan nunca.

Otros personajes del reparto principal que irán apareciendo en números posteriores son referentes de mitos clásicos: Sersi era Circe; Thena había servido de inspiración para Atenea; Makkari sería interpretado por los humanos antiguos como Mercurio, etc. Por su parte, en el bando de los Desviantes, Kro, con sus cuernos sobresaliendo de su cabeza y su aspecto monstruoso, era el origen del mito del Demonio. Pero Kirby no se limitó al panteón de dioses griegos sino que también tocó el de otras culturas. Ajak, en el segundo número, está construido a partir de la deidad azteca Quetzalcoatl.

Se ha querido muy a menudo comparar Los Eternos con El Cuarto Mundo, calificándolo de «copia pobre» del segundo o un intento de cuajar el mismo concepto en Marvel a ver si aquí tenía más suerte. No estoy de acuerdo. Ciertamente, Kirby jugaba, como siempre, con conceptos e ideas de altos vuelos y seres de gran poder. Ahora bien, El Cuarto Mundo era una clara alegoría del eterno conflicto entre el Bien y el Mal, una especie de poema épico construido alrededor de las relaciones entre padres e hijos (Darkseid y Orion, el Gran Padre y Mr. Miracle) y que transcurría en una parte considerable en entornos extraterrestres, básicamente Nueva Génesis y Apokolips, aunque la mayor parte de la guerra entre los Nuevos Dioses y Apokolips se libraba en la Tierra.

En Los Eternos, los humanos juegan un papel todavía más importante. De hecho, toda la saga transcurre en la Tierra y los personajes con los que se abre la colección, un científico y su hija que descubren una ciudad perdida en los Andes con evidencias del contacto entre civilizaciones antiguas y extraterrestres, son humanos. A través de ellos, el lector aprende el secreto de los Eternos, los Desviantes y los Celestiales.

Tanto en el Cuarto Mundo como en Los Eternos, los humanos tomaban conciencia de unos seres cuya existencia desconocían y un gran secreto hasta ese momento oculto para ellos (en un caso, la Ecuación de la Anti-Vida y en el otro la historia secreta de las tres razas creadas por los Celestiales). Los Eternos, más que del choque entre el Bien y el Mal, trata precisamente de la coexistencia entre las tres especies una vez Eternos y Desviantes salen a la luz y la amenaza del juicio de los Celestiales pende sobre todo el planeta.

Hay otras similitudes entre ambas obras, pero son más superficiales: el pasaje en el que los «dioses malvados» atacan una gran ciudad; Makkari se asemeja mucho en su rol a Lightray de los Nuevos Dioses, y Olimpia es un trasunto de Nueva Génesis. Mucho más importante es la ausencia en Los Eternos de un personaje del peso de Darkseid. Sin un villano central, Los Eternos pasan a tener unos parámetros éticos mucho más neutro. Los Celestiales tienen cincuenta años para juzgar a la Tierra, pero en el contexto de un comic-book de cadencia mensual, ese plazo carece de sentido.

En lugar de un villano carismático, Los Eternos presenta una variopinta serie de antagonistas que obstaculizan la misión de Ikaris y sus aliados. Están, claro, los Celestiales; Kro, cuyas intrigas y manipulaciones dirigen la trama en los primeros episodios, y diversas entidades que tratan de destruir a los Celestiales. Sin embargo y aun cuando Kro se hace pasar por el Demonio, Los Eternos no cuentan a la hora de la verdad con un personaje auténticamente malvado que pueda competir con Darkseid y su búsqueda de la Ecuación de la Anti-Vida. De hecho, el verdadero atractivo de esta corta colección es precisamente su premisa y el establecimiento del marco general más que la propia trama.

Aunque, como he dicho, el enfrentamiento arquetípico entre el Bien y el Mal no era el núcleo de Los Eternos, tampoco es que estuviera completamente ausente de la historia. Así, Kirby introdujo algunos comentarios acerca de los totalitarismos y el despotismo en la cultura de los Desviantes: utilizar a desgraciados para que luchen a muerte como gladiadores para diversión de la élite y el pueblo remite a los peores excesos del Imperio Romano; y la obsesión de los Desviantes por la pureza genética les lleva a eliminar a los más monstruosos de entre ellos por el expeditivo método de incinerarlos vivos en hornos crematorios, algo que indefectiblemente recuerda a las obsesiones raciales de los nazis (nº 8).

Quizá la parte más interesante de la colección sea la del despliegue de la Cuarta Hueste por todo el mundo y la sensación de amenaza que transmite. No hacen mucho más que observar, pero su sola presencia provoca el pánico en las poblaciones de los países… y sus gobiernos (sí que interfieren más directamente y causan cierto destrozo en el caso de la ciudad de Lemuria, capital de los Desviantes ‒nº 10‒, por haber sido una raza con la que, como dije, ya tuvieron un encontronazo en el pasado). El episodio 11, Llegan los rusos, nos narra cómo reacciona la Unión Soviética ante la presencia en su territorio del Celestial Nezzar: lanzan un ataque nuclear contra el alienígena, quien lo detiene con un simple acto de su mente. El final sorpresa es que la orden de lanzamiento nunca fue dada, sino que el extraterrestres la simuló en las mentes de los líderes ofreciéndoles una visión de cuál sería el resultado de su comportamiento hostil… y provocándoles como consecuencia un ataque al corazón.

También en ese número se narra la reunión en la ciudad de Olimpia, de los Eternos dispersos y ocultos por el mundo tras ser convocados por su líder supremo, Zuras (que inspiró a los griegos para imaginar a Zeus). La doble página de todos esos superseres volando alrededor de la torre central de la ciudad recuerda a los mejores momentos del Cuarto Mundo.

En el episodio siguiente, el 12, encontramos otra de esas locas ideas de Kirby: la Unimente. Se trata de la fusión física y mental de todos los Eternos en un cerebro dorado gigante que asciende hasta el espacio exterior para meditar sobre el regreso de los Celestiales. Es algo que recuerda a la Forever People del Cuarto Mundo, cuyos miembros se unían para convocar al Hombre Infinito. En ese caso algo diferente, los héroes intercambiaban su espacio dimensional con un ser proveniente de la Fuente, pero parece que era una idea en la que Kirby tenía un especial interés: gente uniéndose para conseguir un bien común.

Otra característica de ambas creaciones, Los Eternos y El Cuarto Mundo, es que Kirby nunca pudo finalizarlas a su entera satisfacción. De hecho, la serie, que acabó constando de 18 episodios y un Anual antes de su cancelación en enero de 1978, parece constar de dos partes bien diferenciadas. La primera de ellas es Kirby en estado puro, una de sus obras más interesantes de los setenta. La segunda, en cambio, está dominada por cierta desorientación, como si no supiera muy bien hacia dónde derivar la historia, quizá debido a interferencias de la editorial.

Y es que durante cinco números, resulta evidente que la intención de Kirby fue siempre la de narrar una historia totalmente independiente del Universo Marvel. De hecho, Los Eternos no tendrían sentido allí, puesto que se nos dice que la Humanidad ignora la existencia de seres con superpoderes que viven camuflados en su seno y que éstos son el origen de diversos panteones divinos y mitos de todo el mundo. En el nº 3, Margo Damian se queda de piedra al ver cómo Ikaris, vestido ya con su pintoresco traje, salta del avión y empieza a volar. Cuando unos seres de aspecto grotesco vestidos con trajes espaciales (los Desviantes) invaden y causan el caos en Nueva York en el nº 4, todo el mundo asume que son demonios, no los Skrulls. A nadie se le ocurre llamar a los Cuatro Fantásticos o Los Vengadores porque éstos no existen en este universo.

Y entonces, en el sexto número, un individuo escéptico acerca de la existencia de los Eternos es víctima de una broma de Sersi quien, con sus poderes de manipulación de la materia, le transforma la cabeza en la de La Cosa, de los Cuatro Fantásticos, algo que todos los que le rodean reconocen inmediatamente. Al final de ese mismo capítulo, aparece un grupo de soldados enviado a investigar lo que está ocurriendo en la ciudad de los Andes donde ha aterrizado uno de los Celestiales. Y este comando, nos dicen, pertenece a SHIELD.

¿Qué causó esta intromisión del difícilmente compatible Universo Marvel en la creación de Kirby? Es dudoso que fuera una iniciativa del autor. Esta su etapa setentera en la editorial vino marcada por su voluntario distanciamiento de su catálogo de personajes y la continuidad oficial de los mismos. Así, Kirby se hizo cargo del Capitán América, pero eliminó prácticamente de esa colección cualquier referencia al resto de los héroes Marvel; lo mismo haría con Pantera Negra, y 2001: Una Odisea del Espacio y El Hombre Máquina transcurrían claramente en otros universos. Una de las condiciones que había exigido para regresar a Marvel había sido su total independencia y ser su propio editor. Aunque nominalmente esto era así, había, digamos, un supervisor en la editorial que se encargaba de revisar su trabajo y servir de intermediario entre el autor y la compañía. En su caso fue Archie Goodwin, quien estaba considerado no sólo como un excelente profesional en su faceta de guionista y editor, sino además una gran persona de la que nadie habla mal. Pues bien, es probable que ante la negativa evolución de las cifras de ventas, Goodwin aconsejara a Kirby servirse de personajes y elementos del exitoso universo Marvel para tratar de enderezar el rumbo.

Kirby debió acceder pero solo a regañadientes. Y así, los últimos números están dominados por una absurda trama en la que Ikaris lucha contra Hulk, pero no el gigante verde que todos conocemos sino una versión robótica construida por unos universitarios y vitalizada accidentalmente con energía cósmica. Era como si Kirby se viera en la necesidad de añadir un popular personaje a su historia pero, receloso, optara porque no fuera el auténtico sino una mala copia, aunque igualmente poderosa y temperamental.

Previamente, ya había ido tomando algunas decisiones un tanto desconcertantes como cerrar el arco de Kro como «villano», convirtiéndole en amante trágico atrapado en una relación a lo Romeo y Julieta con Thena. De demoniaco y ambicioso Desviante, Kro pasa a ser un tipo razonablemente gentil que trata de recuperar su antiguo e imposible amor con Thena, un amor condenado al fracaso al pertenecer ambos a razas enfrentadas desde hace milenios. También parece Kirby haberse cansado algo de tener a Ikaris como protagonista, haciendo que Thena ocupe un lugar más prominente en la trama, reclutando para el bando de los Eternos al Proscrito y Karkas, quienes actuaban de gladiadores para los Desviantes.

Y es que, tras unos cuantos números, Kirby –y los lectores con él– debieron darse cuenta de que Ikaris era un personaje considerablemente más soso y con menor presencia que el Orion de Cuarto Mundo o el Thor de Marvel, y que carecía del carisma necesario para servir de conductor único de la historia. Por poner un ejemplo, un personaje que interviene brevemente en la serie (nº 13), El Olvidado (y que supuestamente es el referente del mito de Gilgamesh), tiene mucho más interés que Ikaris. Sersi, con su descaro, ingenio e inteligencia resulta una fémina refrescante en el mundo del comic-book y, de hecho, acabaría siendo bastantes años después miembro regular de Los Vengadores.

De la misma manera que DC acabó integrando en su universo oficial algo que parecía tener tan mal acomodo allí como El Cuarto Mundo, Marvel cogió a los Eternos, los Desviantes y los Celestiales y los llevó al universo compartido de Spiderman y Los Cuatro Fantásticos a partir del Anual nº 7 de Thor (1978) –cuyo guionista, Roy Thomas, dejó sin explicar el pequeño detalle de tener unos alienígenas gigantescos dispersos por todo el planeta–. En 2006, Neil Gaiman intentó cerrar esas lagunas en una miniserie dibujada por John Romita Jr., un trabajo que pasó sin pena ni gloria y que no puede compararse con la épica de Kirby.

Los Eternos es uno de los trabajos más espectaculares de Kirby desde el punto de vista gráfico. Todos los números cuentan con una impresionante viñeta a doble página. No es que esto fuera algo nuevo –de hecho, era una de sus marcas de fábrica–, pero se nota que en esta colección se sentía a gusto (al menos al principio) y vierte un mayor entusiasmo y grado de detallismo que, por ejemplo, en Kamandi. Hay aquí naves ciclópeas, inmensas ciudades precolombinas que parecen futuristas y, por supuesto, los Celestiales. En el tercer número vemos esa doble página que muestra el enorme tamaño de Arishem, líder de la Cuarta Hueste en relación a los Celestiales y Humanos que se agrupan a su alrededor. Estos terroríficos alienígenas eran una versión corregida y aumentada de otra de sus grandes creaciones, Galactus.

Los Eternos siguió la misma suerte que todos los proyectos de Kirby de los setenta (excepto Kamandi): la cancelación tras una corta andadura por no haber conseguido captar la atención de los lectores. Es cierto que la segunda parte de la colección resulta un tanto ramplona, pero los seis o siete primeros números se cuentan entre lo mejor del autor, un ambicioso despliegue visual y conceptual que pudo no tener buen acomodo en los gustos del momento, pero que hoy, con la perspectiva que da el tiempo, demuestra que sigue conservando una vitalidad maravillosa. Los Eternos es Kirby en su salsa, haciendo lo que mejor sabía y más le gustaba.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".