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«Snoopy y Carlitos» (1950-2000), de Charles M. Schulz

De todos los momentos dichosos que me han proporcionado los cómics, hay bastantes que he de agradecer a Charles M. Schulz (1922-2000), el creador de Carlitos y Snoopy. La serie, que comenzó a publicarse el 2 de octubre de 1950 y se prolongó hasta la muerte del autor, se ganó el afecto de tres generaciones de lectores, y aún hoy permanece en el olimpo de los tebeos gracias a culto de sus innumerables seguidores.

No sé hasta qué punto es posible calcularlo con eficacia, pero dicen los expertos que las historietas de Carlitos llegaron a editarse en 2.600 periódicos. Así descubrí a Charlie Brown, a Snoopy, a Linus, a Lucy… en los periódicos de los setenta y en los álbumes que, por aquellas fechas, publicó en España Buru Lan.

Comparado con aquello, los lujosos tomos en los que Planeta DeAgostini reunió la obra completa de Schulz resultan formidables. No solo por su criterio cronológico, sino por la elegancia con la que está diseñada cada una de las 26 entregas. No en vano, esta edición española reproduce la de Fantagraphics Books, The Complete Peanuts, publicada entre 2004 y 2016.

El tomo que ahora tengo entre manos reúne las tiras diarias y dominicales que salieron de imprenta entre 1969 y 1979. Coincide, por consiguiente, con uno de los mejores momentos de la serie.

Snoopy, el personaje más emblemático de la obra, alcanza aquí su mayor grado de carisma. El perro filósofo, a la manera de Walter Mitty –el famoso personaje de James Thurber–, se convence de todo un repertorio de identidades alternativas. Así, actúa como un piloto de la Primera Guerra Mundial: el oficial de la RAF Roy Brown, en constante persecución del Barón Rojo. Como un jugador de hockey sobre hielo que elude cualquier marcaje. Como un novelista que busca la inspiración frente a su máquina de escribir. Como un lector empedernido de periódicos, atento a las facetas más singulares de la existencia…

¿Y qué decir del propio Charlie Brown? Un chaval encantador, con sus dudas y fracasos, esforzado, y ante todo, buen amigo de sus amigos.

Las tiras de los setenta pueden ser leídas como un divertimento ingenioso, lleno de ternura, pero también admiten una interpretación más aguda. Los analistas de Schulz han descubierto en ellas algunas claves en torno a los derechos civiles, la política educativa, la religión, los movimientos juveniles puestos en marcha en las universidades californianas e incluso la guerra de Vietnam.

Puede que estas interpretaciones, sobre todo cuando provienen de especialidades como la sociología de la cultura, puedan resultar un tanto cargantes para quienes preferimos leer sin filtros, y sobre todo, anteponiendo el simple placer al placer intelectual.

De ahí que, a mi modo de ver, sea mucho más saludable descubrir –o redescubrir– esta obra maestra sin otra clave que la diversión. Créanme, la fiesta está asegurada.

En este cómic, la genialidad del contenido es constante. Claro que eso no es ninguna novedad cuando hablamos de un creador tan proteico y generoso como Schulz.

Ternura y fantasía son conceptos que se entrelazan de manera natural en estas tiras cómicas, rebosantes de ingenio, de humor y de inesperado surrealismo.

Cualquiera de las historietas de Carlitos nos permiten comprender por qué Snoopy es un icono cultural de primera magnitud, y sobre todo, por qué la obra de Schulz encapsula, con un tono amable, una época que también tuvo aspectos traumáticos (Hay analistas que llegan a percibir esos acentos más graves en algunas de las tiras. Confieso que a veces esa sobreinterpretación se me escapa).

A lo largo de los setenta, Schulz quiso renegociar su contrato con el United Feature Syndicate. La prueba de que nadie tenía claro si esa negociación iba a alcanzar un buen puerto es que el presidente del sindicato, William C. Payette, contrató a otro artista, Al Plastino, con la idea de sustituir al dibujante titular si no se llegaba a un acuerdo. Por suerte para sus seguidores, Schulz y Payette se entendieron finalmente, y no fue necesario recurrir a ese incómodo plan B.

Como bien saben sus millones de lectores, este cómic trata sobre la naturaleza de la amistad. Carlitos, Lucy, Violeta, Linus, el perro Snoopy… todos ellos habitan un microcosmos entrañable y poético, muchas veces risueño y ocasionalmente melancólico, reflejo casi siempre de un mundo imperfecto en el que los problemas de los adultos son revividos, a su manera, por los niños.

Quien mejor ha sabido describir este matiz de la obra de Schulz es Umberto Eco, que reconoce en esta «enciclopedia de debilidades contemporáneas» toda una serie de alegres variaciones.

«Los niños de Schulz –escribe el ensayista italiano– no son un instrumento malicioso para plasmar sin que nos demos cuenta los problemas de los adultos: dichos problemas son vividos por ellos según su psicología infantil, y por eso nos parecen sorprendentes y desesperanzadores». ¿La razón de esa desesperanza? Dice Eco que si los pequeños actúan así, es porque nuestros males ya han alcanzado los cimientos de la infancia.

Buen tema para reflexionar mientras uno lee y relee este cómic excepcional.

Sinopsis

Se pueden decir muchas cosas de Carlitos, la obra maestra de Charles M. Schulz al afirmar que «El mundo de Carlitos es un microcosmos, una pequeña comedia humana válida tanto para el lector inocente como para el sofisticado». Y la mejor manera de apreciar lo expuesto es esta edición en la que permite apreciar viñeta a viñeta la evolución tanto del artista como de los personajes. Un libro imprescindible.

Estas tiras han sido versionadas en forma de dibujos animados y también reproducidas en múltiples ítems de merchandising y de ropa téxtil.  Sin duda, Snoopy es la tira cómica con mayor influencia e importancia del siglo XX (con perdón del Garfield de Jim Davis).  Su fama lo ha llevado a ser incluso la mascota de la NASA. Se ha publicado en 2.600 periódicos en 40 idiomas, llegando a 355 millones de personas.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.