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«El Cuarto Mundo», de Jack Kirby (1972): «Los Jóvenes Eternos», «Los Nuevos Dioses» y «Mr. Milagro»

Para muchos, 1972 fue el año en el que Kirby alcanzó su cénit creativo en la tríada Los Nuevos Dioses, Mr. Milagro y Los Jóvenes Eternos, que consolidó su idea del Cuarto Mundo.

«El barco glorioso», en Los Nuevos Dioses nº 6 (diciembre de 1971-enero de 1972) ha sido muchas veces calificado por los fans –y por el propio Kirby– como uno de sus mejores trabajos. En esta aventura fusiona varios de sus temas favoritos: el conflicto generacional; las formas en las que el pacifismo puede enfrentarse a la violencia; y los humanos ordinarios involucrados en eventos que les superan, en este caso, la guerra en curso entre Nueva Génesis y Apokolips, todo ello dibujado en planchas espectaculares. En el clímax, Lightray transforma una balsa de madera en una especie de tecnoorganismo de formas brillantes que lleva a un final que es un puro ejemplo de la forma en que Kirby podía reflejar lo sublime y lo cataclísmico, una plancha que muchos opinan que es la mejor de su carrera y que sólo le costó una hora realizar tal era su velocidad de ejecución.

En Los Nuevos Dioses nº 7 (marzo de 1972) aparece El Pacto, al que Jack Kirby se refirió como su mejor trabajo en varias ocasiones. Se trata de otro relato icónico del Cuarto Mundo, reuniendo personajes, explicando sus pasados y narrando el origen del conflicto en curso como una épica que abarca siglos y en el que se revelaban las relaciones que unían a los principales protagonistas. Aunque la historia puede leerse como una crítica a la guerra de Vietnam, es también pura creación de mitos en forma de cómic, aportando a los lectores el esperado contexto acerca de la larga guerra que libran los Nuevos Dioses y Darkseid y los grandes sacrificios necesarios para alcanzar la paz en el umbral de una destrucción absoluta.

El Pacto comienza de una forma idílica, un momento de paz: «Al principio», coloca Kirby en la primera página, evocando las palabras bíblicas, la vida es tranquila pero imperfecta. Izaya (el futuro Highfather) y su esposa Avia descansan en un paraíso natural. Pero como en cualquier edén, hay serpientes acechando. La guerra aparece ya en la segunda página, cuando unos incursores dirigidos por el malvado Lobo Estepario atacan a la feliz pareja para apoderarse del arma de él. El villano asesina a Avia y su sobrino, Darkseid, deja malherido a Izaya. De hecho, fue idea de Darkseid iniciar las hostilidades. Como hijo de la reina de Apokolips, puede liderar ejércitos. Un cuadro de texto nos informa de que «¡como maquinador de este incidente, Darkseid ha empezado la guerra!».

En buena medida, este capítulo constituye el núcleo del Cuarto Mundo al presentar todos sus conflictos simbólicos: Nueva Génesis contra Apokolips; la guerra contra el deseo de paz; la astucia frente al valor; la venganza frente a la piedad y la tolerancia; y el edén natural frente a la pesadilla tecnológica. Conforme la historia avanza, Kirby diseña todo un catálogo de monstruosidades futuristas, como la electro-hacha, las destructo-varas, la caballería canina… A medida que se regodea en estas máquinas de destrucción y dibuja imágenes de devastación más dinámicas y terribles que en toda su carrera, también puede adivinarse una ambivalencia respecto a este despliegue armamentístico, tal y como se pone de manifiesto en un diálogo entre Izaya y un dubitativo Metron que recuerda los debates sobre la utilización de la bomba atómica en la Segunda Guerra Mundial.

La batalla sube muchos enteros en su intensidad cuando Darkseid bombardea Nueva Génesis con planetoides y ambos bandos se entregan a experimentos genéticos creando nuevos y monstruosos seres destinados exclusivamente al combate. A partir de aquí, la guerra alcanza niveles cósmicos, transformando soles en rayos de energía y amenazando con provocar un cataclismo galáctico. Kirby, como veterano de la Segunda Guerra Mundial, reflexionaba aquí sobre cómo la bruma roja de la guerra acaba invadiéndolo todo, anulando el sentido común y los mejores sentimientos de todos los implicados. A medida que la batalla progresa y la destrucción se extiende alcanzando el clímax, vemos a Izaya emocionalmente deshecho. En un panorama de absoluta desolación, el Nuevo Dios tiene un momento de revelación: el apocalipsis debe parar. En ese instante de desánimo, Izaya, como un nuevo Moisés, se vuelve hacia Dios (en la forma de La Fuente), que responde manifestándose como una mano que escribe letras de fuego sobre un muro (otra referencia al Antiguo Testamento).

Al final, esa visión religiosa desemboca en un pacto secreto entre ambas partes, un acuerdo que traerá la paz a Apokolips y Nueva Génesis, al menos durante un tiempo. Darkseid continuará intrigando y maquinando para destruir a sus enemigos, pero los habitantes de Nueva Génesis podrán disfrutar de un periodo de descanso, un alivio a los horrores vividos en la guerra. Para ello, Darkseid e Izaya acceden a un compromiso que implica un gran sacrificio: el hijo del primero, Orion, será enviado a Nueva Génesis, mientras que el de Izaya –bautizado como Scott Free por la malvada Abuelita Bondad y más adelante apodado Mister Miracle– será educado en Apokolips. Por fin, Kirby revelaba a sus lectores la historia tras los personajes principales, lo que se escondía tras el odio y el resentimiento que separaba y al mismo tiempo unía sus destinos.

En el siguiente número, el 8, El deseo suicida de Turpin el Terrible (otro de los preferidos de Kirby), el propio autor se une a la juerga en la forma del detective de Nueva York Daniel Turpin (creado como un jovencito por el propio Kirby allá por los años cuarenta en Boy Commandos), un tipo duro, vestido a la antigua y con un eterno cigarro entre los dientes, que debe encabezar la lucha de la policía contra Kalibak, un poderoso guerrero de Apokolips.

A pesar de la paliza que le propina su adversario, nada parece achicar el espíritu y el ánimo de este humano. Él es el verdadero héroe de este episodio por mucho que Orión tome parte en el combate. Su irreductibilidad sirve de inspiración a sus compañeros y, por extensión, a toda la humanidad. Aunque al final Kirby sea ambiguo respecto a su destino (gravemente herido y trasladado al hospital, tanto puede sobrevivir como sucumbir), ha cumplido con su deber. Turpin adolece de la escasa profundidad de los secundarios de Kirby, un personaje extremo sin pizca de introspección, casi una fuerza de la naturaleza. No obstante, en esta ocasión y habida cuenta del tipo de historia que se narra, no es necesaria mayor sofisticación.

Los Jóvenes Eternos, en cambio y aunque sigue ofreciendo algunas ideas interesantes, pierde un tanto el rumbo al introducir en los argumentos a Deadman. Aparentemente, Kirby recibía presiones de la editorial para incluir a alguna estrella invitada y, en este caso, tratar de relanzar a ese personaje, que aunque había sido creado hacía relativamente poco (en 1967, en el título Strange Adventures), se había quedado sin colección. El resultado es insatisfactorio por varias razones y queda claro que el grupo de Jóvenes Dioses funcionaba mejor cuando su misión era detener la ofensiva de Apokolips y no servir de comparsas a un personaje del Universo DC. Tampoco la reinvención de Kirby de Deadman, a petición de Carmine Infantino y con miras a conectar el Cuarto Mundo con el Universo DC, resulta convincente. Ya dije al principio que a Kirby jamás le gustó trabajar con personajes ajenos y aquí se nota. De hecho, ni siquiera había leído previamente ningún cómic de Deadman.

Ese arco argumental termina con el sobrenatural héroe ocupando indefinidamente un cuerpo superpoderoso, lo que le hacía perder su rasgo distintivo y original, a saber, ser una entidad fantasmal. Y todo para que siga buscando a su asesino, una historia agotada que pedía a gritos cerrarse. Ni a los editores de DC ni a los lectores les gustó el intento de Kirby de cambiar al personaje y, de hecho, los posteriores guionistas de Deadman siempre han preferido ignorar estos cómics.

Mister Miracle fue una serie más irregular. Desde sus primeros números, se asiste a un desfile de estrafalarios villanos cuyo único propósito es capturar o matar a Scott utilizando diversas trampas mortales…de las cuales escapa el héroe utilizando trucos que no respetan no ya una mínima verosimilitud sino siquiera la lógica. Aunque se le califica de Superescapista, lo cierto es que Kirby no tenía interés o capacidad para inventar escapismos ingeniosos. A diferencia de Batman, cuyos guionistas siempre se han esforzado por explicar las formas en que aquél evadía una y otra vez la muerte, Kirby solventaba la papeleta dotando a su personaje de un arsenal de cachivaches tecnológicos adecuados para la ocasión y capaces de realizar la hazaña requerida. En otras palabras, los argumentos no son más que cascarones para desplegar escenas de acción no particularmente ingeniosas.

La primera parte de la serie transcurre en la Tierra y aunque hay destellos de brillantez (como el mencionado número con Funky Flashman-Stan Lee), está claro que el molde se estaba agotando rápidamente. El interés remonta cuando Kirby cambia el rumbo y traslada al protagonista a Apokolips, un lugar que se había podido ver de refilón en Los Nuevos Dioses y Los Jóvenes Eternos, pero que es aquí donde realmente cobra forma y vida. El viaje de Scott por este opresivo planeta mientras escapa de sus perseguidores (nº 7-9) tiene fuerza e interés e incluso los villanos que habían sido presentados en números anteriores encuentran ahora, en su hábitat natural, una mayor presencia y carisma.

Cabe también apuntar que Kirby no tuvo reparos a la hora de incluir personajes de otras razas distintas de la blanca, como negros (El Corredor Negro, Shilo Norman) u orientales (Sonny Sumo). También las mujeres reciben un tratamiento, si no complejo, sí al menos algo más alejado de las convencionales novia a la espera o damisela en peligro. De hecho, algunas de las mejores guerreras de Apokolips (como Big Barda y sus compañeras) son mujeres. En lo que se refiere a los nombres, éstos son derivaciones de personajes mitológicos, históricos o incluso juegos de palabras poco sutiles. Así, Orión proviene del cazador de los mitos griegos; Darkseid significa lado oscuro en inglés; su sicario Desaad es una transformación de Sade, el infame marqués; Izaya, luego convertido en Highfather, deriva del profeta Isaías; Granny Goodness (Abuelita Bondad), Glorious Godfrey o Big Barda contienen esas aliteraciones tan comunes en el comic-book de superhéroes…

Como he mencionado más arriba, hay muchos que consideran el arte de Kirby en Los Nuevos Dioses como el cénit de su carrera. Personalmente, no estoy del todo de acuerdo. Su sentido de la espectacularidad barroca y la acción es innegable y en este sentido tiene momentos que son antológicos, pero ello se consiguió a cambio de un mayor descuido en las figuras y la expresividad corporal y facial. Se acentúa su tendencia a la abstracción, dibujando personajes con anatomías esquemáticas rotundas y achaparradas y con expresiones exageradas. Su dibujo, en definitiva, había ganado en tosquedad tanto como en impacto en lo que se refiere a sus diseños y composiciones de viñeta

Por desgracia y a pesar de la grandeza que destilaban estas historias (y otras como la alabada Himon, en Mister Miracle nº 9), las ventas de los cómics del Cuarto Mundo, que al principio habían sido satisfactorias –aunque lejos de lo que DC había esperado del fichaje de Kirby-, no hicieron sino descender mes tras mes. Probablemente, varios fueron los factores, entre ellos la transformación que estaba experimentando la distribución de cómics. Antes de que existieran tiendas especializadas, éstos se vendían en quioscos y supermercados y sus dueños veían las cosas en términos de espacio-rentabilidad. Aquellas publicaciones no les dejaban demasiado margen económico así que el lugar que les destinaban en sus establecimientos era cada vez menor. Los diferentes títulos, por tanto, tenían que competir aún más duramente por ese espacio y no se les daba ningún periodo de gracia: si no funcionaban al cabo de pocos números, el comerciante ya no los pedía y la editorial los cancelaba. Por eso muchos títulos muy interesantes no consiguieron encontrar su público y acabaron en el limbo. Probablemente, algo de eso hubo en el caso de Kirby.

Pero es que además, la faceta de guionista de Kirby, como ya apunté antes, no ayudó. Su experimento narrativo resultó demasiado novedoso para una editorial y unos lectores acostumbrados a historias autoconclusivas. Ni consiguió darle al conjunto la suficiente coherencia interna ni supo plantear tramas que pudieran cerrarse para pasar a otra cosa, por lo que seguir las colecciones se convertía en un esfuerzo a menudo recompensado sólo por la confusión. Las ideas –algunas de ellas extravagantes en demasía– se sucedían a un ritmo de vértigo sin llegar a cuajar; se presentaban y abandonaban personajes nuevos prácticamente en cada número sin dar tiempo a que el lector los conociera o simpatizara con ellos. Con algunas excepciones (Darkseid, Orion), los personajes principales adolecían de falta de carisma y de evolución. Por ejemplo, aunque las personalidades de los distintos miembros de la Forever People estaban diferenciadas, tras once números apenas se había establecido la relación que existía entre ellos. El ritmo de trabajo al que se había sometido (con el guión, dibujo y portadas de cuatro colecciones diferentes cada dos meses, quince páginas a la semana) era tan sobrehumano como sus propios héroes y no tenía tiempo para detenerse, reflexionar, planificar… Sólo podía improvisar y seguir adelante a toda velocidad. Tan pronto como terminaba una historia, la olvidaba por completo y pasaba a la siguiente. Así era difícil mantener una línea coherente o plantear una continuidad.

Ahí tenemos por ejemplo al personaje del Corredor Negro, una extraña y fallida fusión de Silver Surfer y valkiria asgardiana. Había sido creado para protagonizar una colección independiente sin conexión con Darkseid o Nueva Génesis. Kirby ya tenía pensado el argumento para el nº 3 de New Gods cuando le telefonea Carmine Infantino y le dice que los lectores están encantados con todos esos personajes y que estaría bien que en cada episodio presentara alguno nuevo. Es más, sugirió uno que había visto meses atrás en uno de los borradores que le había mostrado Kirby… Sumiso como de costumbre, Kirby no discutió e introdujo al Corredor Negro en ese episodio para luego olvidarse prácticamente de él.

Por otra parte, su prosa, que algunos han calificado como operística y otros homérica, era demasiado altisonante y tremendista para el gusto del lector medio, especialmente al compararse con el tono relajado e irreverente que adoptaban muchos otros cómics de los setenta que intentaban acercarse más al lenguaje popular y juvenil. Los monólogos serios y filosóficos de algunos personajes no casaban bien con el tono coloquial y callejero de otros con los que compartían aventura. Por otra parte, los gustos estéticos de los lectores empezaban a distanciarse de él. Su dibujo cada vez más esquemático empezaba a quedarse atrás en relación a otros artistas más jóvenes y a su manera rompedores como Neal Adams, Bernie Wrightson o Paul Gulacy.

Las cosas empeoraron aún más cuando en 1971, ya lo comenté, la editorial decide subir el precio de sus cómics de quince a veinticinco centavos, lo que para el presupuesto de los lectores de entonces supuso un alza muy considerable que no compensaba el aumento de paginación ofrecida a cambio. Martin Goodman, por su parte, contraatacó vendiendo los suyos a veinte centavos y fijando mejores condiciones para los distribuidores (engranaje clave en la industria del cómic y editorial en general en un país tan extenso y con tantos puntos de venta como Estados Unidos). Aunque esa jugada no estuvo exenta de problemas para Marvel (Goodman acabaría despedido por sus nuevos dueños), el efecto inmediato fue que las ventas de DC se hundieron y Marvel adelantó a su eterno competidor por primera vez en su historia.

DC aguantó algunos meses, pero al final no tuvo más remedio que recortar el precio de sus cómics a veinte centavos y volver al formato anterior. Algunos títulos empezaron a recobrarse pero no los de Jack Kirby, que además de sus particularidades no tenían todavía el suficiente recorrido como para haber calado en los fans. La épica que estaba desarrollando era tan amplia y complicada que muchos de los que la abandonaron por el alza de precios luego no se reengancharon. Había incluso producido episodios piloto para otras dos nuevas series del Cuarto Mundo y estaba dispuesto a dejar las labores editoriales y artísticas en otras manos, pero DC ya no confiaba en él.

El primer título que abandonó fue Jimmy Olsen, en el que Kirby nunca se había sentido demasiado cómodo, sobre todo por tener que manejar un personaje, Superman, sometido a todo tipo de directrices corporativas. Así, en su número 148 (abril de 1972) apareció una pequeña nota en la página de correo en la que se leía: «Jack cree que se ha estirado demasiado. Está retrasándose en su calendario de entregas, así que le pasará esta revista a Joe Orlando en el siguiente número. Necesita más tiempo para sus otros títulos, incluyendo uno nuevo en el que está trabajando».

De forma harto simbólica, ese su decimosexto número terminaba con Jimmy y sus amigos de la Newsboy Legion, acompañados de Superman, finalizando sus aventuras y regresando a Metrópolis a bordo de su vehículo y con el sol poniente al fondo. Era el fin de una etapa (la colección no sobreviviría mucho más. Víctima de los nuevos aires, se cancelaría en 1974).

Kirby había conseguido en su contrato con DC total libertad creativa. Esto incluía el ser su propio editor, esto es, no aceptaba órdenes ni indicaciones de ningún superior. Pero a cambio la editorial se reservó el derecho de cancelar unilateralmente las colecciones si las cifras de ventas no acompañaban. Y así lo hizo. Los Nuevos Dioses fue cancelado en su número 11 (octubre-noviembre de 1972) y Los Jóvenes Eternos también en el 11 (agosto-septiembre de 1972).

Cuando le llamaron de DC para comunicarle que iban a cancelar los dos primeros títulos, dijo que había sido «uno de los peores días de mi vida». El Cuarto Mundo había quedado como su sinfonía inconclusa, su gran novela sin los últimos capítulos terminados. Aunque la guerra entre Apokolips y Nueva Génesis quedó sin resolver, la página final de Los Jóvenes Eternos nº 11 mostraba al grupo de jóvenes hippies exiliados en un planeta lejano, de espaldas al lector y caminando hacia el ocaso. Era como si los ideales utópicos de los sesenta hubieran colisionado con la amarga realidad de los setenta y hubieran perdido.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".