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«El enigma de otro mundo» (1951), de Christian Nyby y Howard Hawks

La Guerra Fría y la larga sombra de paranoia que proyectaba se hicieron sentir en la nueva generación de películas de ciencia ficción de los cincuenta y sesenta. En muchas de ellas, la humanidad se encontraba amenazada una y otra vez por criaturas enigmáticas provenientes del espacio exterior.

Dependiendo del punto de vista, estos seres eran metáforas bien de los soviéticos, bien de los anticomunistas –especialmente en el seno del gobierno de los Estados Unidos‒ embarcados en las cazas de brujas en Hollywood y otros círculos artísticos y que exigían la ciega comunión ideológica de todos los ciudadanos. Fruto de esa inquietud social por las nuevas amenazas que traía la nueva era atómica fue esta película fundacional en el cine de ciencia ficción.

Unos científicos estacionados en una remota base del Ártico piden ayuda a los militares para investigar unas anomalías magnéticas. Hasta allí llega una tripulación comandada por el capitán de las Fuerzas Aéreas Patrick Hendry (Kenneth Tobey) y acompañada por el periodista Ned Scott (Douglas Spencer). Lo que descubren no es, como creían, un meteorito, sino una astronave que se ha estrellado en el hielo quedando atrapada bajo él.

En el intento de rescatarla resulta destruida, pero consiguen salvar a un ser alienígena (James Arness), que es transportado a la base inerte y atrapado en un bloque de hielo. Una vez allí, la criatura despierta y siembra el caos, matando a quien se cruza en su camino y alimentándose de su sangre. Aislados y atrapados en el interior de las instalaciones por una furiosa tormenta de nieve, los hombres deben enfrentarse a la mortal amenaza.

El enigma de otro mundo (The Thing from Another World) fue la primera película de invasiones alienígenas (dejando al margen algún que otro serial de escasa calidad en la década de los cuarenta), y de hecho, la primera en mostrar un platillo volante con un extraterrestre ferozmente hostil a bordo.

Como suele ser habitual, el que llega primero suele ser el mejor, y en este caso, además, su propuesta argumental y su manera de fusionar el terror y la ciencia ficción sirvió de influencia directa a una larguísima lista de films que llega hasta nuestros días. Sin esta película, no existirían las franquicias cinematográficas de Alien, Species o Resident Evil, por nombrar sólo tres.

El enigma de otro mundo fue originalmente una historia corta titulada “¿Quién hay ahí?”, escrita por John W.Campbell Jr. y publicada originalmente en Astounding Science Fiction en 1938. Ya hablé de este trabajo en un artículo anterior, así que a él me remito. Cuando trece años más tarde RKO decidió realizar una adaptación cinematográfica, prescindió de buena parte del relato y se quedó con la idea central de un grupo de hombres atrapados en una base del Ártico y acechados por un alienígena (la adaptación que John Carpenter realizó del relato, La cosa, en 1982, fue mucho más fiel a la historia original).

El guión prescindía de una de las principales y más interesantes características del alienígena literario: su capacidad para cambiar de forma y hacerse pasar por humano. Renunciando a esa ambigüedad, la película optó por un ser mucho más “extraterrestre”, más alejado de lo humano, algo a lo que temer. Así, el extraterrestre es similar al que treinta años después presentaría Ridley Scott en Alien, el octavo asajero: una criatura cuyo único objetivo es la supervivencia y que, para conseguirlo, se alimenta de los humanos que le rodean.

De esta forma, El enigma de otro mundo no sólo fue la primera película en mostrar un extraterrestre que no era simplemente un individuo vestido con ropajes estrafalarios (al estilo del Ming de Flash Gordon, por ejemplo), sino que fue también pionera en plantear la hipótesis de que la vida alienígena podría ser muy diferente de la humana. Por fin el cine ascendía al nivel por el que la literatura ya llevaba años transitando. Sí, de acuerdo, en ausencia de los necesarios presupuesto y experiencia en efectos especiales, el alien seguía siendo un humanoide interpretado por un actor embutido en un traje de goma (volveré sobre eso más adelante); pero era grande, feo, brutal y realmente amenazador. Aquí se sentaron las bases para innumerables extraterrestres cinematográficos.

A pesar de su alejamiento del material original, El enigma de otro mundo es una película extraordinariamente eficaz. El director acierta al mostrar/ocultar siempre al alienígena en escenas con una siniestra cualidad estética. La primera vez que lo vemos es a lo lejos, como una silueta, durante una tormenta de nieve, mientras destroza a los perros. Una secuencia magistral es aquella en la que los hombres buscan a la criatura por toda la base, abriendo las puertas sin conseguir dar con él; y entonces, de repente, al abrir la última de ellas, se lo encuentran justo al otro lado, preparado para atacarles.

Es un ejemplo perfecto del “cine de susto” que desde entonces y hasta la actualidad ha venido utilizando exactamente el mismo recurso hasta la náusea.

La escena en la que los militares prenden fuego al alienígena en el dormitorio mientras se protegen con unos colchones no sólo es muy emocionante, sino que fue la primera vez que se prendía fuego a todo el cuerpo de un actor. El veterano especialista Tom Steele se enfundó en un traje de asbesto con un casco de fibra de vidrio conectado a una botella de oxígeno puro –altamente inflamable‒ con la que poder respirar. Fue un milagro que no se calcinara los pulmones respirando ese gas.

Igualmente conseguida es la escena en la que la tripulación se enfrenta al monstruo en un estrecho pasillo, tratando de atraerle hacia una trampa eléctrica. Dramática ya de por sí, el tono de suspense de la misma escala posiciones cuando el traicionero doctor Carrington desenchufa el generador.

Y todo ello a pesar de lo ordinario que resultó la traslación del extraterrestre a la pantalla: un joven James Arness con la cabeza afeitada y enfundado en un traje de goma que más parecía un monstruo salido de las películas de terror de la Universal que un ser verdaderamente inhumano. De hecho, el propio Arness consideró su participación en la película tan embarazosa para su carrera que no asistió al estreno de la misma en abril de 1951.

El aspecto vagamente “frankenstiniano” de Arness fue el resultado de cinco meses de agotadoras pruebas del maquillador de la RKO, Lee Greenway, hasta dar con algo que satisficiera a Howard Hawks. Sin embargo, pronto resultó evidente que su trabajo no resistiría el escrutinio de los planos cortos. Por ello, se optó por dosificar las apariciones de la criatura y desdibujar su aspecto mediante una iluminación tenue o planos rápidos que impidieran distinguirla con claridad. Lo que nació como una solución técnica a un problema, acabó siendo un acierto mil veces imitado, puesto que no ver claramente la amenaza provoca en el espectador un mayor grado de inquietud.

Hacia el final de la cinta, el extraterrestre se ve bastante mejor, pero el director ha conseguido para entonces acumular la suficiente tensión como para que su tosco aspecto ya no importe demasiado.

La justeza presupuestaria se detecta también en otras escenas, pero al mismo tiempo hay que admirar la astucia con la que se resuelven. Por ejemplo, todo lo que tuvieron que fabricar del ovni fue la parte superior de una aleta metálica, argumentando que el resto está enterrado en el hielo. Desde la superficie, los hombres del grupo de investigación buscan los bordes de la aeronave y forman un círculo alrededor de ella delimitando su perímetro. El periodista exclama: “¡Hemos encontrado un auténtico platillo volante!”. Una solución económica y elegante cuando no tienes dinero para construir una gran maqueta.

También resulta destacable la voluntad del equipo de producción a la hora de dotar de verosimilitud a la historia. A diferencia de casi todo el resto de películas de ciencia ficción de los cincuenta, rodadas en estudio, los exteriores de El enigma de otro mundo se rodaron en los gélidos meses de invierno en el rancho RKO, en el valle de San Fernando, y en el Parque Nacional Glacier. En algunas de las escenas de interior, cuando la criatura destruye el generador que calienta las instalaciones, podemos ver nubes de vapor saliendo de las bocas de los actores. Por supuesto, no era ningún truco digital; ni siquiera óptico: aquellas secuencias se rodaron en un almacén de hielo de Los Ángeles.

En el apartado musical, a cargo del gran Dimitri Tiomkin, El enigma de otro mundo fue una de las primeras películas de ciencia ficción en utilizar el theremín, un instrumento electrónico que se toca…sin tocarlo. Su extraño sonido ya había sido escuchado sobre todo en thrillers como Recuerda o dramas como Días sin huella. Desde este momento, el theremín quedaría asociado principalmente al género de terror y ciencia ficción.

Una de las características que más destaca en esta película respecto a otros films de invasiones alienígenas que la siguieron es su sentido del ritmo: transcurre más rápida y consistentemente que cualquier otra cinta de ciencia ficción de los cincuenta. En ello resulta capital el guionista: Charles Lederer, un experimentado escritor conocido sobre todo por sus rápidas comedias de enredo dirigidas por Howard Hawks como Luna nueva (1940), La novia era él (1949) o Me siento rejuvenecer (1952). En El enigma de otro mundo, Lederer aplicó lo que había aprendido de ese género en que tan bién se había desenvuelto: diálogos rápidos y chispeantes, rápida concatenación de escenas y eliminación de todo lo accesorio a la historia principal (a excepción quizá del inevitable romance entre el capitán Hendry y la científico Nikki Nicholson, interpretada por la debutante Margaret Sheridan, reminiscente de las comedias antedichas). Es necesario mencionar también que, aunque no figuran acreditados, colaboraron en el guión Ben Hecht (ganador de dos Oscars) y William Faulkner.

Desde el momento de su estreno y hasta hoy, El enigma de otro mundo ha estado acompañado de un controvertido debate acerca de quién realizó las verdaderas funciones de director. Porque aunque el profesional acreditado como tal es Christian Nyby, es el estilo del productor nominal, Howard Hawks, el que parece dominar en la película y elevarla por encima de la serie B que determinaba su reparto de actores segundones y sobriedad visual. Se ha dicho a menudo que fue Hawks quien dirigió el film tras arrebatarle esa función a Nyby una vez comenzado el rodaje, pero que permitió a éste llevarse el reconocimiento y obtener así la licencia del Sindicato de Directores. También se ha afirmado que, aunque Nyby efectivamente se sentó en la silla de dirección, estuvo estrechamente controlado por Hawks. James Arness dijo en una entrevista que aunque Hawks pasó mucho tiempo en el rodaje, fue Nyby quien realmente dirigió la película.

Lo que sí es cierto es que Nyby no volvió a dirigir nada relevante más allá de un puñado de westerns y films de espías bastante olvidables, y pasó el resto de su carrera hasta su jubilación, a mediados de los setenta, dirigiendo episodios de series televisivas como Lassie, Perry Mason, Bonanza o Kojak.

Por tanto, el argumento a favor de Hawks es el que más peso tiene, aun cuando su nombre en esta producción pueda resultar algo chocante, dado que la ciencia ficción no se había contado entre los muchos géneros que había tocado en su variada filmografía (western, comedia, acción, bélico).

El enigma de otro mundo tiene un pulso y una seguridad en sí misma que no suele darse en directores noveles. De la misma forma que Lederer dominaba el arte de escribir diálogos, Hawks sabía muy bien cómo insuflar vida y carisma a personajes que inicialmente resultaban de lo más estereotipado. Gracias a él, e independientemente del suspense y el terror, la verdadera esencia de la película descansa en la interacción entre los protagonistas, algo que se puede percibir claramente en la familiaridad entre el capitán Hendry y sus hombres, la aceptación condescendiente de éstos hacia el periodista o la tensión sexual entre el capitán y la ayudante de laboratorio interpretada por Margaret Sheridan.

Hawks exigió del reparto una interpretación por encima de lo común en las producciones de ese nivel, consiguiendo que todos convirtieran a sus personajes en seres creíbles y, sobre todo, muy humanos. Los personajes no son simple carnaza para el alienígena o introducidos en la trama por mera conveniencia del guión, sino que tienen personalidad autónoma. Sin caer en el moralismo, El enigma de otro mundo defiende la fuerza inherente a un grupo unido por el igualitarismo y una camaradería sincera. El grupo de humanos asediados –con excepción de los científicos, como ya veremos‒ define la América ideal para la audiencia de posguerra.

También característico de las películas de Hawks es el protagonista viril y autoritario, un hombre de acción más que de pensamiento que, sin embargo, sabe integrarse perfectamente con sus hombres. Kenneth Tobey, un actor con inconfundible aspecto de “duro”, supo interpretar al oficial cauto pero decidido y capaz de mantener una mente abierta ante una situación altamente volátil. Sus desenfadadas escenas con la ayudante del doctor Carrington, son ingeniosas y ágiles, recordatorio junto con la tensión sexual y las frases irónicas de que estamos ante un film de Howard Hawks.

Como muchas películas de la época, El enigma de otro mundo ha recibido su correspondiente interpretación política. Es cierto que el film, como todos los de ciencia ficción que se estrenarían en la década de los cincuenta, se sirve de la ansiedad, a menudo más nebulosa que concreta, que permeaba la sociedad estadounidense de la época. El alienígena sería una metáfora de las nuevas amenazas globales. Cuando al final de la película el periodista Ned Scott avisa dramáticamente al mundo: “¡En todas partes, seguid vigilando los cielos!”, los espectadores podían decidir o bien que se refería a los ovnis, o bien a los misiles nucleares soviéticos.

La fiebre de los “platillos volantes” comenzó en 1947. El 24 de junio de aquel año, el piloto estadounidense Kenneth Arnold dijo haber avistado unos misteriosos objetos voladores mientras sobrevolaba el monte Rainier, en el estado de Washington. Fue el inicio de una paranoia que no hizo sino aumentar en los años siguientes.

En 1950, el periodista de la revista Variety Frank Scully, publicó un libro titulado Tras los platillos volantes (Behind the Flying Saucers), en el que afirmaba que los militares habían encontrado tres astronaves accidentadas. En una de ellas hallaron nada menos que dieciséis extraterrestres y abundante documentación.

Los estafadores que habían iniciado ese engaño –trucando fotografías y fabricando “artefactos alienígenas” como pruebas de aquella conspiración gubernamental‒ acabarían siendo arrestados por el FBI acusados de fraude, pero, entretanto, su bulo había calado hondo en los individuos más crédulos y proclives a la fantasía.

No es que este asunto tuviera una influencia directa en la película que comentamos –recordemos que su inspiración hay que buscarla en un relato publicado en 1938‒, pero sí que ambos se inscriben en un clima de inquietud hacia lo desconocido y desconfianza hacia las autoridades.

Y luego, claro está, tenemos al otro enemigo, también extranjero pero más cercano: los comunistas. Ya desde el último tercio del siglo XIX, la ciencia ficción había venido fantaseando con las invasiones futuras (recordemos, por ejemplo, La Batalla de Dorking). Sin embargo, en aquellas novelas se especificaba muy claramente la naturaleza y origen de la amenaza, ya fuera prusiano, chino o anarquista. El enigma de otro mundo abrió la puerta a la utilización de la ciencia ficción como alegoría, más o menos sutil, de la invasión y los peligros del contacto con lo extraño. Al final de la historia, cuando el periodista radia al mundo la noticia de lo acontecido en la base, lo dice bien claro al calificar los sucesos como “una de las batallas más importantes libradas por la raza humana”, identificándose a sí mismo como representante de toda una especie y al alienígena con el enemigo venido allende las fronteras de nuestro planeta.

Aunque el extraterrestre no sea en la película más que un grotesco vegetal humanoide, la idea general estaba muy clara para el estadounidense medio de la época: con los comunistas no se puede razonar; deben ser derrotados mediante la fuerza por hombres decididos, que no tengan dudas de quiénes son y de lo que deben hacer para proteger a los suyos. El enemigo alienígena es un ser implacable, tan carente de emoción como dispuesto a cumplir sus objetivos a toda costa, características todas ellas asociadas al comunismo de la Guerra Fría.

Más allá de que efectivamente guionista y director tuvieran una intencionalidad política, la película plantea un interesante dilema que revela la actitud que, al menos parte de la audiencia, tenía hacia las figuras del científico y de la autoridad. Tan peligroso como el alienígena es la disensión que anida en las filas de los humanos. El capitán Patrick Henry es partidario de acabar con el extraterrestre a toda costa, puesto que no sólo sus vidas están en peligro, sino que puede tratarse de la avanzadilla de una fuerza invasora. En cambio, el brillante doctor Carrington, líder del grupo de científicos, se opone terminantemente a ello. Para él, la ciencia está por encima de cualquier otra consideración, incluyendo sus propias vidas y desobedece repetidamente las órdenes del capitán. Su extremista actitud acaba aislándolo y casi muere tratando de comunicarse con el monstruo.

Al final, su capacidad de sacrificio en aras de la ciencia le gana el respeto de los otros científicos, pero son los militares los que, dde acuerdo con el temperamento de la época, demuestran estar en lo cierto con su política de “dispara primero y pregunta después”. La sed de saber del científico es presentada como anormal y peligrosa, mientras que la curiosidad biológica de los militares, héroes de la historia, se limita a la del sexo opuesto. Ha sido el científico el que con sus secretos y maniobras traicioneras ha puesto en peligro a todo el mundo. La cautela y la moderación de la curiosidad deben ser la reacción adecuada ante el encuentro con lo desconocido.

Una parte nada despreciable de la ciencia ficción –especialmente en su vertiente cinematográfica, más proclive a las historias con pocos matices‒ gira en torno a si existen cosas que “el hombre no debe conocer”, un debate tan antiguo como la Biblia. En la película, el doctor Carrington ha ido claramente demasiado lejos. Piensa sólo en el saber, no en las consecuencias de sus actos para llegar al conocimiento. De su boca salen frases como “Sin emociones, sin corazón… nuestro superior en todos los aspectos”, admirando a la criatura que los está masacrando. No le importa que las esporas que toma del alienígena y a las que alimenta con la sangre en reserva de la enfermería, puedan convertirse en monstruos tan violentos como el que ya les está acosando. Defiende el martirio en nombre de la ciencia (“El conocimiento es más importante que la vida. Le debemos a nuestra especie permanecer aquí y morir”), pero aunque demuestra estar más que dispuesto a arriesgar su vida, tampoco le importa poner en peligro las de los demás sin pedirles su consentimiento. Para colmo, la película lo dibuja como melindroso e incluso se podría decir que, sutilmente, cuestiona su sexualidad: tiene el pelo teñido de rubio y con una ligera permanente, y en medio del revuelo de hombres uniformados de resolución varonil, el doctor se mueve con una delicadeza chocante.

La curiosidad de Carrington es el símbolo del intelectualismo llevado a sus últimas y más aberrantes consecuencias y son los científicos más razonables y moderados los que se unen a los militares para destruir al extraterrestre. La moraleja es clara: confiar en la autoridad y la opinión mayoritaria es lo correcto, mientras que el librepensamiento científico nos puede condenar a todos.

El enigma de otro mundo es, en muchos aspectos, la película inversa de Ultimátum a la Tierra. El alienígena no emite aviso alguno antes de empezar a matar y destruir. Mientras que la segunda retrataba a los militares como injustificadamente proclives a la violencia y a los hombres de ciencia como nuestra única esperanza para un futuro en paz, la primera presenta la interpretación opuesta. Tal y como Stephen King afirmaba en Danza macabra, su ensayo sobre la historia del terror en la literatura de ficción: El enigma de otro mundo es la primera película de los cincuenta en presentarnos al científico en el rol del Apaciguador, esa criatura que, ya sea por cobardía o por error, abrirá las puertas del Jardín del Edén y dejará entrar a los demonios”. Esta visión de la actitud del científico como defensor de engendros y creador de horrores tecnológicos ha llegado hasta nuestros días a través de películas como las sagas de Alien o Terminator (en la que, por cierto, también los perros enloquecían al percibir al enemigo).

Podría pensarse que la ciencia ficción es un género que defiende inequívocamente la exploración y la experimentación. Pero por cada Con destino a la luna (1950) o Encuentros en la tercera fase (1977), encontramos un Planeta prohibido (1956), un Tarántula (1955) o un La mosca (1958, 1986), que nos cuentan que hay ciertos conocimientos que se encuentran más allá de nuestra capacidad para manejarlos. El actual pseudodebate acerca de la validez de la Evolución puede entenderse mejor al observar la existencia de una larga tradición, incluso en el seno de la ciencia ficción, que trata de poner límites al conocimiento.

Según esta forma de pensar, afirmar que se conocen los orígenes de la vida equivale a invadir territorio divino. Como el mito de Ícaro, estos cuentos nos advierten de que demasiado conocimiento puede ser peligroso. Y en 1951, tan solo unos años después de Hiroshima y Nagasaki, esa actitud tenía su sentido. Películas como El enigma de otro mundo permitieron proyectar ese debate en el ámbito de la cultura popular, integrándolo en relatos aceptados y disfrutados por gente que ni quería ni podía abordar la cuestión en su vertiente más seria. Los mejores films de ciencia ficción, como la mejor literatura de este género, busca suscitar la reflexión; aquellos espectadores que sólo se quedan con los robots o las pistolas de rayos es que no han prestado la debida atención.

El enigma de otro mundo fue una película tremendamente influyente aunque el subgénero de invasiones alienígenas, en su forma más reconocible y tópica, lo establecería poco después La Guerra de los Mundos (1953). Siguiendo las líneas fijadas por este título, el subgénero tendería a mostrar invasiones masivas y muy destructoras más que luchas contra un solo alienígena.

El enigma de otro mundo, más que generar imitadores inmediatos, continuó y mejoró el linaje de películas de monstruos de los años treinta y cuarenta. Sí hubo, no obstante, títulos que volvieron sombre el mismo tema. El terror del más allá (1958) creó la idea de una sola criatura con malas intenciones cazando a los tripulantes de una nave espacial, concepto que, años después, retomaría fielmente Alien, el octavo pasajero (1979) y sus muchas continuaciones y plagios. Desde El enigma…, muchos otros filmes han tratado de recrear esa combinación de suspense, terrible violencia –más sugerida que exhibida‒ y criatura amenazadora de rasgos siempre desdibujados.

Sin embargo, la pericia de Howard Hawks y el ingenio de los diálogos de Lederer la situaron siempre muy por encima de sus imitadoras. Escritores y cineastas como Ridley Scott, Arthur C. Clarke, Michael Crichton, John Frankenheimer, Tobe Hooper o John Carpenter declararon que sus vidas cambiaron tras ver este film.

El último director mencionado firmaría un celebrado remake en 1982 que, como ya hemos mencionado, fue bastante más fiel al relato original. No sólo eso, sino que presentaba una situación muy diferente a la de su antecesora.

Reflejando el tipo de camaradería militar propia de las películas bélicas de la época, los protagonistas de El enigma de otro mundo se unen todavía más y sacan lo mejor de sus habilidades e inteligencia cuanto más en peligro se encuentran. En cambio, en la película de Carpenter el verdadero monstruo es la desconfianza mutua y la paranoia. Ambas películas son caras opuestas de la misma moneda, pero las dos son también, cada una en su estilo, verdaderos clásicos del género.

La importancia de la película para la industria y la historia del género no fue sólo artística, sino económica. Estrenada en abril, a finales de año había conseguido recaudar solo en Estados Unidos 1.950.000 dólares (sobre un presupuesto de 1.600.000), lo que la convirtió en el film de ciencia ficción más rentable del ejercicio, superando a otros títulos de ese año como Ultimátum a la Tierra o Cuando los mundos chocan. Todas ellas demostraron a Hollywood la viabilidad financiera de un género considerado maldito desde los fracasos de los años treinta y relegado durante más de una década al limbo de los seriales de bajo presupuesto.

Desde entonces, aunque con algunos altibajos, la ciencia ficción ya no volvió a estar ausente de la pantalla grande nunca más.

El enigma de otro mundo es, en definitiva, una película clásica que merece su reputación como una de las cintas de ciencia ficción más importantes de toda la historia del género. Sus responsables sabían que estaban trabajando con las limitaciones y expectativas de una serie B, desde el mediocre reparto y los escenarios baratos hasta el traje del alienígena; pero las superaron con inteligencia no hurtándole al público lo que de ellos se esperaba, sino ofreciéndoselo según sus propios términos.

Su impacto fue comparable al de La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) o el propio Alien, y continúa siendo de visionado obligado para cualquiera que se considere un verdadero aficionado a la ciencia ficción.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".