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«Sandman: Estación de nieblas» (1990-1991), de Neil Gaiman, Kelley Jones, P. Craig Russell y otros

Con Estación de nieblas (nº 21-28, diciembre de 1990-julio de 1991), Sandman se convirtió por fin en lo que siempre había querido ser. Es el primer arco argumental en el que Gaiman se nota suelto y confiado en sí mismo, el primero con un claro comienzo, desarrollo y conclusión alrededor de Morfeo y sin deudas al trabajo que Alan Moore hizo con La Cosa del Pantano.

Gaiman levantó aquí el universo de los Eternos y los dioses, más o menos importantes, más o menos olvidados, que les sirven. Fue la mejor historia del personaje hasta entonces y, para muchos fans, la más fascinante de toda la colección.

Kelley Jones se encargó de la mayor parte del dibujo de la saga, aunque Mike Dringenberg realizó el número de apertura y Matt Wagner firmó un magnífico número intermedio en el que se narra una historia secundaria dentro de la trama principal. Precisamente Estación de nieblas es el arco argumental que menos utiliza esa técnica tan recurrente en Sandman y que consiste en contar unos relatos dentro de otros. La estructura de la saga es lineal, relatándonos cómo Morfeo, tras tomar conciencia de lo equivocado de una decisión que tomó en el pasado, desciende al Infierno a rescatar a una antigua amante, sólo para encontrarse con un problema que no había previsto y que tendrá consecuencias mucho más allá de este arco argumental.

Pero empecemos por el principio.

En la veintena de números que precedieron a Estación de nieblas, Gaiman y sus colaboradores artísticos presentaron a la mayoría de los miembros de la familia de los Eternos. Conocimos a Sueño, naturalmente. Y Muerte. Y Deseo y Desesperación. Destino también asomó por allí, pero su presencia se hace más patente en el primer número de esta saga, en el que se presenta por primera vez a Delirio, la inestable hermana menor. Y también se menciona a Destrucción (aunque, estrictamente hablando, su nombre nunca se pronuncia), que despareció hace años y cortó todos los lazos con la familia por razones que sólo en números posteriores se revelarían.

Comenzar la saga con una reunión familiar ayuda a definir más claramente las normas y relaciones que rigen entre sus miembros. Probablemente, Gaiman no pensaba en ese momento en las posteriores recopilaciones que se harían de Sandman, pero este es el primer arco argumental en el que se tiene la sensación de verdadera unidad, de una historia autocontenida que bien podría haber sido escrita teniendo en mente su edición en formato libro. Contiene algunas referencias a historias anteriores y señala acontecimientos que están por venir pero, sobre todo, este primer capítulo ofrece una visión integral del mundo de Morfeo y comienza un relato que se resolverá en el último número del arco argumental.

Este episodio inicial también nos ofrece una visión nada complaciente con Morfeo. Se nos había mostrado hasta entonces como un ser distante y estirado, alguien con quien resultaba difícil empatizar pero cuya actitud podía excusarse habida cuenta de que durante buena parte del siglo XX permaneció cautivo y ajeno a los últimos cambios en las formas y maneras de la sociedad humana. Sin embargo, nada más empezar Estación de nieblas, su hermana Muerte no tiene reparos en recriminarle un error terrible que cometió en el pasado y que debe enmendar. Muerte no está dispuesta a esperar a que su hermano se ponga al día, quiere que reconozca su equivocación y rescate a su antigua amante, Nada, la mujer a la que condenó al Infierno por rechazarle. Lo cierto es que el cautiverio de Morfeo le había hecho cambiar más de lo que él mismo estaba dispuesto a admitir. Tan sólo necesitaba un empujón para comprenderlo y enmendar su error.

Resulta chocante lo antipático que Gaiman escribió a su personaje titular. En la mayoría de los productos de la cultura popular existe una inclinación –cuando no una ansiedad compulsiva– por agradar al público. No es el caso de Estación de nieblas. Gaiman utiliza un protagonista fastidioso; inserta referencias cultistas y reflexiones filosóficas; presenta a dioses de múltiples panteones para luego, en vez de hacerlos combatir, tejer con ellos una intriga cortesana desarrollada mediante educados diálogos. Y en mitad de todo eso, interrumpe la línea narrativa principal para contar las terroríficas experiencias de un niño en un internado repleto de zombis (episodio del que surgiría un interesante spin-off, Los Detectives Muertos, escrito por gente como Ed Brubaker o Jill Thompson).

Y luego tenemos a Lucifer. El Señor de los Demonios, el primero de los Caídos, que abdica de su trono, expulsa a los muertos y demonios del Infierno, cierra todas las puertas de acceso y le entrega sus llaves a un sorprendido Morfeo para que haga con ese inmenso plano espiritual lo que estime conveniente. Gaiman retrata un Lucifer alejado de los tópicos: un ser atractivo, ambicioso, inteligente y bajo cuyo exterior cortés late un palpable y maléfico poder. (Las andanzas de Lucifer por el mundo tras renunciar a su puesto darían lugar a otro spin-off escrito por Mike Carey que se prolongaría nada menos que siete años).

La jugada de Lucifer no sólo libera a Nada del Infierno situándola fuera del alcance de Morfeo –ya que todas las almas que penaban allí son expulsadas al mundo real–, sino que convierte al propio Sandman en el custodio interino de una tierra que no desea. Por suerte –o desgracia– para él, se trata de un lugar de inmenso poder y todo el mundo excepto él lo ansía para sus propios fines, desde los dioses nórdicos Odín, Thor y Loki hasta los egipcios Anubis, Bast y Best; del japonés Susano-o-no-Mikoto al triunviro demoniaco compuesto por Azazel, Merkin y Choronzon, pasando por los dioses del Caos y el Orden, Oberon y Titania de las hadas… todos los panteones divinos envían algún representante al reino de Morfeo para que defienda sus intereses.

Gaiman les dota a todos ellos de personalidades bien diferenciadas y demuestra a lo largo de toda la saga su talento para revestirlos de dignidad y poder al tiempo que deja traslucir sus vulnerabilidades. Ese es uno de los secretos del por qué Sandman funciona tan bien aun cuando su protagonismo se desplace a esos seres omnipotentes: Gaiman sabe cómo humanizarlos sin que parezcan estúpidos o débiles. “Simplemente” los hace parecer reales… e imperfectos.

Al final, Morfeo rescata a Nada y se libra del engorro del Infierno gracias a la intervención divina. Literalmente. Porque es Dios quien envía a dos emisarios angelicales y los nombra custodios del Infierno para que hagan de ese lugar lo que en realidad siempre fue: un espejo oscuro del Cielo dirigido por antiguos miembros de las huestes celestiales.

Es una conclusión que cierra el círculo dejando las cosas más o menos en el mismo punto en que comenzaron: el Infierno recupera su infame gloria, solo que esta vez gobernado por criaturas de la luz que castigan en nombre del amor en vez del odio (lo que convierte al tormento en algo “mucho peor”, de acuerdo con uno de los condenados). Morfeo se queda así con la exclusiva responsabilidad de su reino. Y lo único que ha cambiado es que Nada ha quedado totalmente liberada: elige reencarnarse, y aunque no recordará nada de su pasada existencia, su alma pervivirá en el cuerpo de un bebé recién nacido.

Nada ha cambiado… y todo ha cambiado. Eso es lo que hacen las historias. Y aunque Gaiman siembra semillas argumentales que él mismo –y otros autores en los mencionados spin-offs– recogerá y hará germinar en años posteriores, Estación de nieblas tiene su propio final, conformando una sola historia autoconclusiva que ahonda en la naturaleza del castigo, la autoridad, la culpa, la responsabilidad y el dolor y que, a juicio de muchos lectores, fue la mejor de la saga.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".