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«Sandman: El velatorio» (1995-1996), de Neil Gaiman, Michael Zulli, Charles Vess, Bryan Talbot y otros

Uno de los hechos más asombrosos relacionados con Sandman es que DC accediera a los deseos de su autor y la cancelara llegado un determinado punto. No es en absoluto habitual que una gran editorial mate a la gallina de los huevos de oro, especialmente una tan grande como Sandman. Pero así fue.

Gaiman siempre tuvo claro que la historia que quería contar tendría un final y ya desde el principio expresó a Karen Berger, la responsable de la línea Vértigo, su deseo de que, alcanzado ese momento, la revista dejase de aparecer. No solamente Sandman era “hijo” suyo, sino que se trataba de una obra muy personal y diferenciada de todo lo que en ese momento se estaba publicando en el ámbito del cómic mainstream americano. No quería que algún otro autor tomase el relevo y la desnaturalizase. Ni Berger, ni la editora en jefe, Jeanette Kahn, ni el presidente de DC, Paul Levitz, le dieron esperanzas. Sencillamente, no era la forma habitual de operar en la editorial. En el mejor de los casos, Gaiman podría señalar a algún guionista de su gusto para continuar al frente de la serie.

Pero lo que entonces no sabía ninguno de ellos es que Sandman se iba a convertir en un fenómeno del que se hablaría con entusiasmo en la prensa generalista y la televisión. Con el paso de los meses, el cómic alcanzó unas ventas de 100.000 ejemplares al mes y Gaiman, acogido sin reservas en los círculos culturales como renovador del género fantástico, se sintió con autoridad para afirmar públicamente en las entrevistas que él creía que Sandman debía tener un final y que si los ejecutivos de la editorial decidían continuarlo tras su marcha, no volvería a trabajar con ellos. Por fin, a la altura del nº 50 (junio de 1993), la editorial aceptó las exigencias de Gaiman, ya fuera porque no quería perder la buena relación que mantenían con él o bien porque, efectivamente, comprendieron que Sandman era ya una obra tan personal que cualquier cambio de guionista sólo serviría para deslucir el conjunto. Los lectores obtuvieron confirmación de que la serie finalizaría en el nº 75 (febrero de 1996) y ello contribuyó a crear un sentimiento de expectación que mejoró aún más las ventas.

El velatorio fue la última saga de la colección, un arco argumental en cuatro partes y dos anexos titulados respectivamente “Exiliados” y “La Tempestad”. En resumen, tres epílogos sucesivos. Pueden parecer demasiados, pero lo cierto es que están bien ideados y colocados en su justo lugar.

Aun cuando se pueda tener la impresión de que toda la segunda parte de la colección (unos 30 números) versa sobre el adiós, El velatorio y los dos números autoconclusivos que le siguen tienen todo el significado que les da su título: recordar al difunto, sus logros, cómo ha influido en el devenir de cada cual, y prepararse para continuar la vida sin él. Es cierto que estos episodios no son estrictamente necesarios –aunque hubiera resultado algo brusco, Las benévolas bien podría haber sido el punto y final– pero las historias aquí recopiladas proporcionan un cierre más relajado y añaden un sabor añadido a la mitología de Sandman.

Según relató el propio Gaiman, el famoso escritor de fantasía y ciencia ficción Roger Zelazny murió mientras él escribía El velatorio, y algunos de los sentimientos que se expresaron en el funeral del autor acabaron plasmados en la ceremonia mortuoria de Morfeo. Así que, en cierto modo, fue la oportunidad de Gaiman de despedirse de su más importante personaje al tiempo que rindió homenaje a sus antecesores en el arte de contar historias maravillosas.

Gaiman no sólo no fue nunca reacio a reconocer sus influencias sino que incluyó referencias explícitas a las mismas en algunas de sus historias. En Sandman ya vimos cómo aparecían tributos a Gilbert K. Chesterton, Geoffrey Chaucer o William Shakespeare. Este último apareció en “Sueño de una noche de verano” (nº 19) y se convierte en el auténtico protagonista del último número de la colección, “La Tempestad” (nº 75). Fueron dos “apariciones estelares” de muy distinto calado: la primera tenía el tono ligero y festivo de las obras primerizas de Shakespeare, mientras que la última se desarrollaba en un ambiente crepuscular acorde con las obras postreras del dramaturgo, con una narrativa más sofisticada en la que lo que se deja implícito tiene más importancia que lo realmente mostrado.

De hecho, refleja una evolución paralela a la del propio Gaiman en la colección, siendo los dos últimos arcos argumentales, Las benévolas y El velatorio, historias llenas de misterio y alusiones producto de la confianza en sí mismo del autor. Son estos números finales los más complejos de leer y los menos recomendables para aquellos que quieran visitar sólo los momentos más memorables de la colección, pero también son episodios cuya riqueza conceptual les hace ganar peso y calidad con cada nueva lectura.

Los cuatro números que componen El velatorio satisfacen las expectativas, y quizá esa sea la razón por la que resulten algo decepcionantes tras las continuas sorpresas a que nos había acostumbrado Gaiman. Pero como último adiós a una deidad muerta –o, más bien, un Eterno que no puede realmente morir sino que se transforma en una nueva encarnación de la idea que representa– cumplen perfectamente su papel.

Michael Zulli es el dibujante encargado de este arco argumental y su arte resultó tan espectacular que, en una decisión con pocos precedentes, la editorial decidió publicar el número sin entintar tal era la riqueza y detallismo de sus lápices. El resultado es perfectamente adecuado al tono elegíaco de la historia y Zulli, que ha evolucionado hasta convertirse en un ilustrador de estilo elegantemente clásico, sabe aprovechar la capacidad expresiva de los matices de gris que proporciona el sombreado a lápiz.

El contraste gráfico entre Las benévolas y El velatorio es equivalente a lo que en el ámbito musical sería escuchar a The Clash y pasar luego a Mozart, pero seguramente esa oposición estética era lo que se buscaba. La belleza algo tosca pero siempre frenética de Hempel da paso a la virtuosa línea de Zulli; y dado que El velatorio es un momento de calma y reflexión además de un recorrido final por el universo de Sandman, ese “Mozart visual” amplifica el poder de la historia que narra Gaiman.

Habría que señalar que el proceso de muerte y renacimiento que describe Gaiman para los Eternos –o, al menos Morfeo– es muy parecido a la regeneración de ese venerable personaje que es el Doctor Who. Así, El velatorio es una despedida aun cuando el personaje siga viviendo en otra encarnación. Daniel, ahora con los rasgos delicados de un muchacho y con el pelo blanco en vez de negro, sigue siendo el mismo Morfeo que conocimos en el nº 1… y, a la vez, alguien totalmente diferente, de la misma forma que un Doctor Who no es igual a su sucesor, pero todos los actores comparten una continuidad en el personaje.

Y como con cualquier nuevo Doctor, es necesario un cierto periodo de tiempo para acostumbrarse, si bien es verdad que no se nos brinda la oportunidad para conocer a Daniel como encarnación de Sueño antes de que la serie llegue a su final. En El velatorio, no obstante, Gaiman aclara de qué forma Daniel es distinto de su antecesor: aunque no se puede decir que sea precisamente alguien extrovertido, sí parece menos amargado y despliega una mayor empatía hacia los seres que pueblan sus dominios; aunque comparte y recuerda el pasado de su predecesor, no sufre de las mismas cicatrices emocionales.

En resumen, es un personaje muy diferente aun cuando teóricamente sea el mismo ser. Gaiman no sólo subraya al lector esas diferencias, sino que ofrece múltiples oportunidades para que otros personajes de El velatorio las comenten. Todo el mundo se despide del antiguo Morfeo y el nuevo perdona a Lyta Hall (que, después de todo, era su madre) por sus ansias de venganza. Ello no hace sino aumentar la carga emocional del funeral, puesto que sabemos que el Sueño al que hemos seguido durante toda la colección y al que hemos aprendido a apreciar con todos sus defectos, ya no existe.

El número 73 (diciembre de 1995), “Un epílogo: Mañana de domingo” es, a mi parecer, uno de los mejores de toda la serie. Volvemos a ver al personaje de Hob Gadling, aquel hombre que decidió ser inmortal y que cada cien años se cita con Morfeo para comunicarle su decisión sobre si continuar viviendo o, por fin, entregarse a la Muerte. Esta última es quien ahora visita a Hob.

Conforme la historia de Morfeo llega a su fin, el papel de su hermana Muerte adquiere mayor relevancia tanto como personaje como concepto. Hob se encuentra en una doble encrucijada: vive tanto en el pasado como en el presente (dualidad que se manifiesta en el propio marco de la historia, una “feria medieval” de cartón piedra sobre la que Hob tiene mucho que decir… y nada bueno); y, espiritualmente, se halla desilusionado con su vida, pero tampoco quiere morir. Finalmente, un sueño aclara su percepción de su propia realidad y aleja el temor/deseo por la muerte. Este hubiera sido un cierre perfecto para la colección… pero no lo fue.

En el número 74 (enero de 1996), Neil Gaiman y John J. Muth nos ofrecen “Exiliados”, el segundo de los tres epílogos de El velatorio. Se trata de un cuento de origen chino que nos muestra a los dos Sueños, el antiguo y el nuevo, interactuando con un hombre cuya vida transcurrió en el pasado, un anciano funcionario del emperador caído en desgracia. A destacar aquí el sensacional trabajo de Muth en su evocación e integración del arte caligráfico chino dentro de la narración. El final, que remite a la leyenda del Fénix, revela la intención de Gaiman en este episodio: aportar una perspectiva diferente a los sentimientos expresados en El velatorio al tiempo que revelar otra pequeña esquina del universo de Sandman.

Bastante mejor es “La Tempestad” (nº 75, febrero de 1996), el último número de la colección. Se trata de otra historia protagonizada por William Shakespeare, situada esta vez hacia el final de su vida, cuando el Sandman “original” le visita para recoger la segunda de las dos obras que en su día exigió como precio para la inspiración que, a través de sus escritos, otorgaría inmortalidad al autor. Lo que tenemos aquí es una historia de un hombre alienado en su vejez, incomprendido por su familia y sus vecinos y que intenta fabricar una nueva realidad mediante su imaginación y su talento “mágico” insuflado por Morfeo años atrás. Se suele interpretar como una analogía entre la actitud de Shakespeare hacia la creatividad y la colisión entre la magia y el arte de narrar historias…que es, al fin y al cabo, sobre lo que se apoya todo Sandman. Es, por tanto, la conclusión ideal para la serie.

Pero a diferencia de la anterior colaboración entre Gaiman y Charles Vess en “Sueño de una Noche de Verano”, más centrada en la “realidad” del mundo de las hadas que se escondía tras la obra en cuestión, “La Tempestad” no nos muestra ningún naufragio en la isla de Próspero. No, la “realidad” de la obra final de Shakespeare es la de su creación, la de su escritura. Vess dibuja unas escenas de la isla descrita en la obra, pero ésta sólo existe en la imaginación de Shakespeare. Shakespeare es, por tanto, Próspero, pero también lo es Morfeo.

Como dice Sueño cuando Shakespeare le pregunta por qué le ha asignado la misión de escribir esas dos obras: “Porque yo nunca dejaré mi isla”. Sueño está, y siempre lo estará, aislado y aprisionado por sus responsabilidades. De esto trata toda la serie: recobrar su reino, aferrarse a él, protegerlo… y pagar el precio que ello conlleva. La conversación entre el dramaturgo y Morfeo continúa, y su diálogo proporciona el contraste irónico que enfatiza aquello que ha constituido el tema más importante de toda la colección. “¿Vives en una isla?”, pregunta Shakespeare, y luego añade: “Pero eso puede cambiar. Todos los hombres pueden cambiar”. “No soy un hombre”, replica Sueño, “Y yo no cambio”. Pero lo cierto es que, tal y como hemos visto a lo largo de la colección, sí puede evolucionar y, de hecho, lo hace. Cuando en Las benévolas concede su deseo a Nuala sabiendo que ello acarreará su propia muerte y la destrucción de su reino, acepta pagar el precio con tal de honrar su palabra y satisfacer a quien había confiado en él.

Y, finalmente, Sueño añade su más irónica afirmación: “Soy el Príncipe de las Historias, Will, pero no tengo una historia propia. Ni tampoco la tendré jamás”.

Probablemente nadie en DC pudo prever la fuerza comercial que conservaría Sandman dos décadas después de su cancelación. Sigue reeditándose e incluso sus volúmenes de lujo, de considerable precio, han gozado de unas ventas sorprendentes. Ello es testimonio de la calidad de una obra que ha sido capaz de atraer a varias generaciones de lectores.

Precisamente por ello, aquel nº 75 no fue el final definitivo de Sandman, al menos de su universo de personajes. Aunque Morfeo volvería a aparecer en su propia cabecera bastantes años después, otra vez de la mano de Gaiman, DC accedió en su momento, como hemos dicho, a los deseos de su creador y dio carpetazo a la colección. De todas formas, el universo que el autor había construido a su alrededor era demasiado jugoso, creativa y comercialmente, como para olvidarlo por completo. En los años siguientes aparecerían historias de Muerte, de algunos Eternos, colecciones basadas en los personajes secundarios (The Dreaming, Lucifer…).

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".