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Un becuadro

En carta a su amigo Louis EngelRossini le cuenta una curiosa manera de modular. Estaba componiendo una página en sol menor y, por equivocación, introdujo su pluma en un frasco de medicina en vez de hacerlo en el tintero. Sobre la partitura apareció una mancha.

Al secarla con un poco de arena, como se hacía en aquellos años, cuando no existía aún el papel secante, observó que sobre el pentagrama aparecía un becuadro, la alteración que borra las demás alteraciones.

Por arte de magia –de alguna manera habrá que entenderlo– el borrón sugirió seguir la música en la modulación que el azar le estaba dictando, el límpido y luminoso do mayor. Y así lo hizo Rossini.

¿Lo hizo Rossini o lo escuchó Rossini y le sirvió de amanuense a la sabia casualidad? ¿Quién dibujó el becuadro? ¿La mano del músico u otra mano, anónima y decisiva? El «Cisne de Pésaro» habrá escrito centenares de becuadros, prolijamente distribuidos por su ciencia armónica, abundante y oportuna, como sabemos. Pero este becuadro alcanza, en su mismo testimonio, la calidad de lo único.

Hay más: un compositor inventa melodías y el escrutinio melódico rossiniano es, en este sentido, de una riqueza abrumadora. Pero hay un momento en que, a la distancia, podemos imaginar que su invención tiene algo de escucha atenta, como si la melodía estuviera ya compuesta y olvidada, y él hubiera acudido para salvarla e inmortalizarla.

En la llamada creación artística esta obediencia a la ocurrente sabiduría del encuentro aparentemente o realmente casual tiene un rol protagónico. El artista se desdobla entre el Uno y el Otro, conoce la voz del Otro y la rescata de su disolución en el tiempo y su amnesia. Platón vuelve a decirnos que conocer es recordar.

Poco importa, ahora, explicar el fenómeno que hace de toda creación una reminiscencia. En el borrón que el astuto error produjo llevando la mano de Rossini al frasco equivocado que resultó ser el correcto, hay una secreta lógica que podemos atribuir al recuerdo mayor que anida en nuestra vida psíquica, a la Musa o al inconsciente.

Elija el lector la opción preferible o añada otra que mejor le parezca. Lo cierto es que lo que suscribió el compositor al ver la cara del Otro en un manchón resecado por la arena y convertir el temblor de sus labios en voz perdurable, ha llegado a nosotros, entendiendo por nosotros quienes hoy, igual que ayer y mañana, recibimos como la obra de Rossini.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado previamente en ABC y se reproduce en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")