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«Miracleman», de Alan Moore y Neil Gaiman

A finales de 2013, un anuncio de Marvel Comics sorprendía al mundo de la historieta: la casa de Spiderman reeditaría el Miracleman de Alan Moore, y continuaría esta serie con la accidentada etapa de Neil Gaiman.

Aunque ya en 2010 había reeditado material original de Mike Anglo, el creador de la etapa de los años 50 y 60 del pasado siglo, todo parece indicar que Marvel deshizo la intrincada madeja de litigios que envolvía al personaje y que estaba en condiciones de ofrecer a los lectores una de las obras menos revisitadas de Moore y Gaiman.

Miracleman –Marvelman en Gran Bretaña– nació en 1953 como un clon del Capitán Maravilla (Captain Marvel/Shazam), fruto de la necesidad económica de un editor.

DC Comics salía vencedora del juicio contra Fawcett Comics. El veredicto consideraba que el Capitán Maravilla era un plagio de Superman, y obligaba a la editorial Fawcett a cancelar su publicación. El editor L. Miller & Son, que publicaba al Capitán en Gran Bretaña, se veía privado de uno de sus personajes más exitosos, y ante la tesitura de una debacle económica, se saco de la manga a Marvelman, cuya andadura continuó hasta 1963.

El personaje permaneció en el limbo hasta 1982, cuando fue recuperado por la revista Warrior, una iniciativa que nacií como competencia directa de la publicación decana 2000 AD y de los personajes de Marvel UK Capitán Britania y Night Raven, cuyas némesis escribiría Alan Moore: Marvelman y V de Vendetta.

Moore hizo tabula rasa con el pasado del personaje, convirtiéndolo en meros recuerdos falsos implantados, y se dedicó a explorar las consecuencias para el mundo de la aparición de un personaje cuasi todopoderoso…, algo que con distintos matices lleva haciendo tres décadas.

El destino no sonrió a Warrior, cancelada en 1985, y Moore continuó las andanzas del personaje en Estados Unidos, en el momento en que triunfaba en DC con La cosa del pantano o Watchmen. Por presiones de Marvel Comics, Eclipse, el editor estadounidense, cambió el nombre del personaje por Miracleman. Fue entonces cuando Moore abandonó la serie en el número 16, siendo relevado por Neil Gaiman, cuya labor se prolongó hasta el 24, último número provocado por el cierre de Eclipse.

La caída de Eclipse marca el comienzo del caos que ha envuelto al personaje hasta hoy: varios números escritos por Gaiman quedaron inéditos y se inició una compleja batalla legal por la propiedad de Miracleman a varias bandas, que incluía, entre otros, a Gaiman, a los editores de Warrior, al editor a quien Miller & Son había vendido sus derechos en 1963 y a Todd McFarlane, creador de Spawn, que había adquirido los derechos de la difunta Eclipse en 1996.

La cuestión era complicada, ya que el editor de Warrior, de quien emanaba la legitimidad de Gaiman vía Moore, jamás los poseyó, y McFarlane peleó con uñas y dientes en los tribunales.

Sea como fuere, parece que Marvel resolvió el problema, y se lanzó a redescubrir al personaje para el gran público tras décadas de hiato editorial. No obstante, el lanzamiento también estuvo rodeado de cierta polémica: surgieron voces que acusaban a la compañía de censurar escenas de desnudos o que consideraban inapropiadas, como un parto especialmente gráfico. Se trata de una verdad a medias, ya que estas escenas sí fueron retocadas para la versión electrónica, pero en la versión impresa, que incluye un rótulo de advertencia a los padres, se conservaron tal cual: los únicos cambios fueron la nueva rotulación y el nuevo coloreado.

Otro cambio, por así decirlo, es que el nombre de Alan Moore no aparecía por ningún lado, atribuyéndose su labor a “El guionista original”, en un giro digno del músico Prince. El guionista británico parece decidido a renegar de todo el trabajo que le encumbró, aunque según ciertas fuentes, en este caso, parece que intervino en el trato para que se pudiese recuperar el trabajo de su pupilo Gaiman.

Sin embargo, polémicas aparte, el nuevo Miracleman tuvo cierto lado negativo. Cada número constaba de 68 páginas y el precio de portada era de 5,99 dólares, pero la historia de Moore, ilustrada por Gary Leach, sólo alcanzó 15 páginas. El resto: historietas del Marvelman/Miracleman original de los años 1953 a 1963. Ojala pudiera decir que su lectura supuso todo un descubrimiento por mi parte, pero no fe así.

Miracleman en España

Con la publicación por parte de Panini Cómics de Miracleman: el sueño de volar en nuestro país, se puso fin a un silencio de más de veinte años, desde que en 1991 Fórum publicase en el número once de la colección homónima: la última aparición del personaje.

Estamos ante la obra maldita del guionista Alan Moore, aunque por motivos ajenos a su voluntad: la maraña legal en que se vio envuelto el personaje, tras el cierre de la editorial norteamericana Eclipse Comics y hasta su adquisición por la editorial Marvel en 2009, en la que, como ya dije más arriba, se implicaron autores como  Gaiman y  McFarlane, hizo que exista una generación de lectores que jamás han tenido acceso a sus páginas.

Básicamente, el volumen lanzado por Panini recopila el primer arco argumental de los cuatro que componen la etapa del de Northampton. Es una historia en la que dota al personaje de un nuevo origen: Mike Moran es un cuarentón cuya anodina existencia se ve sacudida al recuperar la capacidad de convertirse en Miracleman, así como al descubrir que todo lo relacionado con su heroico alter ego es una inmensa farsa. A su vez, su dicotómica personalidad –Miracleman y Moran no son la misma persona con y sin disfraz– empezará a tener insospechadas consecuencias en su vida personal. Y para animar el cotarro –qué es un tebeo de superhéroes sin peleas– se verá enfrentado a un personaje que hace suyo aquello de «si el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente».

Moore enfoca Miracleman en clave grim and gritty, corriente que nació en los años setenta, de la mano de personajes como el Castigador: argumentos que se presumen más realistas, a la vez que incluyen mayores cotas de violencia y un trasfondo más cínico, Tanto Moore como Frank Miller se convierten en sus máximos exponentes en los años ochenta, con títulos como WatchmenDaredevil o Batman: El Regreso del Señor de la Noche; parte del polvo del que surgieron los lodos que enfangaron gran parte de la producción comiquera de principios de los años noventa. Dicho de otro modo: Image Cómics.

Al igual que en WatchmenMoore planteó en Miracleman una historia sobre la presencia en el mundo real de un ser superpoderoso y en qué medida afectaría esto a la sociedad, aunque cada serie se bifurca en diferente dirección.

En el apartado gráfico figura Garry Leach, prolífico y competente ilustrador de la época dorada de la revista británica 2000 AD, quien dotará a la serie de personalidad gráfica. Debido a su lento ritmo de trabajo, Leach pasará a ocuparse sólo de entintar, cediendo los lápices a Alan Davis, a quien le quedan unos años para eclosionar y convertirse en uno de los grandes ilustradores del cómic de superhéroes. Incluye, a modo de prologo, una historia del Miracleman/Marvelman original, que es una declaración de intenciones sobre el curso que no iba a tomar la serie, así como otras relacionadas con personajes secundarios, con mayor peso en futuras entregas.

Pese a ser, básicamente, una historia de presentación de personajes, animada con algunas peleas, Moore plantó las semillas de diversas subtramas, que germinarán en entregas posteriores y que son capitales para el devenir de la serie. Es un Moore pendiente de madurar –recordemos que estos guiones son previos a La Cosa del Pantano–, cuyo estilo lo irá haciendo con el devenir de la serie. Y si la promesa de que los guiones de Moore mejoran número a número, no es un argumento de lectura lo suficientemente fuerte, recordemos que en el horizonte están los capítulos inéditos que guionizó Neil Gaiman.

Copyright del artículo © José Luis González Martín. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Panini Cómics. Reservados todos los derechos.

José Luis González Martín

José Luis González Martín

Experto en literatura, articulista y conferenciante. Estudioso del cine popular y la narrativa de género fantástico, ha colaborado con el Museo Romántico y con el Instituto Cervantes. Es autor de ensayos sobre el vampirismo y su reflejo en la novela del XIX.