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«Superman» de John Byrne: la última etapa

Este periodo de Byrne al frente de Superman cierra un ciclo. Primer se ocupó de la miniserie Superman: El hombre de acero (1986). Vinieron después la serie regular de Superman (1987) y su etapa en Action Comics. Y llegaron a continuación El mundo de Krypton (1987-1988), El mundo de Smallville (1988), El mundo de Metrópolis (1988) y Los ladrones de la Tierra (1988).

La colección Superman comenzó el año 1988 con el número 13, que con el título “Juguetes en el ático” (guiño al álbum Toys in the Attic de Aerosmith, de 1975), presentaba un villano de nueva creación, el Juguetero, de cuyos antecedentes informan a Superman un par de agentes secretos británicos que son claros trasuntos de Los Vengadores televisivos, Jonathan Steed y Emma Peel. No es que fuera un malvado memorable y, de hecho, parecía más adecuado para la galería de villanos de Batman, pero el episodio está bien narrado y dibujado.

Ese número fue, además, el primer crossover de Superman con el evento editorial del año, Millenium (enero-febrero de 1988), una historia pergeñada por Steve Englehart, publicitada por la editorial a bombo y platillo durante meses y cuyo núcleo central transcurría en una miniserie de cadencia semanal. No voy a entretenerme en los entresijos del asunto, pero baste decir que los Guardianes (los fundadores del cuerpo de los Green Lanterns) elegían a un variopinto grupo de terrestres para encabezar el próximo salto evolutivo de nuestra especie. La iniciativa contaba con la oposición de los Manhunters, una raza robótica creada milenios atrás por los Guardianes y que había infiltrado agentes suyos entre los seres queridos de los héroes de la Tierra, quienes habían sido designados protectores de esos terrícolas “elegidos”.

DC quiso hacer de todo ello un gran evento editorial que se extendiera por todos los títulos de la casa y obtuviera tan buen resultado comercial como Crisis en Tierras Infinitas o, en menor medida, Legends. El problema era que ello obligó a los guionistas de las diferentes series no sólo a interrumpir los arcos argumentales en curso, sino a introducir cambios muy relevantes en la estructura de aquellas. Así, a todos los guionistas se les dijo que escogieran a tres de los personajes secundarios más relevantes de su respectiva colección y convirtieran a uno de ellos en un agente de los Manhunter. A Byrne esto le parecía una tontería, pero no tenía opción. Debía elegir entre Jimmy Olsen, Perry White o Lana Lang, y eligió a ésta última. Al final del nº 13, Lana acudía a las oficinas del Daily Planet y rasgaba la camisa de Clark Kent esperando de este modo exponer su identidad superheroica. El plan no le salía bien y huía a Smallville perseguida por Superman.

El despropósito continuaba y aumentaba en Adventures of Superman nº 436 (enero de 1988), en el que el Hombre de Acero descubría que los Manhunters también habían vigilado a Krypton y que habían tratado de interrumpir el viaje de su cápsula hacia la Tierra. Aún peor, uno de ellos había suplantado la identidad del doctor de Smallville y había transformado a todos los niños nacidos tras la llegada de Kal–El al pueblo en agentes durmientes de los Manhunters, dispuestos a activarse cuando llegara el momento. Toda esa enorme conspiración interplanetaria y la conversión de Smallville en una importante base para los Manhunters me parece un ejercicio de retrocontinuidad forzado y ridículo.

Tanto es así, que en la continuación del crossover, Action Comics nº 596 (enero de 1988), el Espectro ayudaba a Superman a derrotar al líder Manhunter de Smallville y borrar la memoria de todos sus habitantes, lo que significaba volver al statuo quo inicial, pero también vaciar de significado a todo lo que se acababa de narrar. En Superman nº 14 (febrero de 1988), Superman y Green Lantern se enfrentan al Alto Maestro de los Manhunters en una historia bastante sosa aunque muy bien dibujada. Más interés tiene la conclusión del macroevento en lo que se refiere a Superman, en el Adventures of Superman nº 437 (febrero de 1987).

En realidad, Byrne utilizó los acontecimientos de Millenium –sólo uno de sus personajes, que bien podría haber sido cualquier otro– para contar una historia que nada tenía que ver con epopeyas cósmicas, sino todo lo contrario. Dividiendo cada página en dos filas, en la de arriba se narraba cómo Lex Luthor contaba a una de las elegidas del Milenio sus planes para desprestigiar públicamente a Superman haciéndolo combatir con uno de sus esbirros superpoderosos. En la inferior, simultáneamente, se iba contando cómo esos planes se desarrollaban de una forma muy distinta, puesto que José Delgado, alias Gangbuster, (un justiciero sin superpoderes creado por Marv Wolfman unos números atrás), era quien se enfrentaba al hombre de Luthor, resultando gravemente herido.

Este episodio sobre la esencia del heroísmo, sirvió también a Byrne para modificar, como veremos, la dinámica sentimental clásica de la serie. Lois Lane, que había aceptado una cita con Delgado más por interés periodístico que personal, queda tan impresionada por su valentía que empieza a desarrollar sentimientos hacia él aun cuando éste haya quedado inválido de por vida (o quizá precisamente por eso).

Las cosas se complicarían más en Action Comics nº 597 (febrero de 1988), un número atípico. Lois Lane viaja a Smallville para averiguar la relación entre Lana Lang y Clark Kent, algo que había llamado su atención tras la irrupción de la primera en el Daily Planet y su agresión a Kent. Cuando descubre a Superman y Lana juntos, la luz se hace en su mente: Clark Kent y Superman deben ser la misma persona. En el último momento, aparecen Jonathan y Martha Kent quienes, intentando evitar que Lois averigüe la verdad, lanzan una mentira que estropeará la relación entre su hijo y la periodista: según le cuentan, ellos encontraron la nave de Superman y lo criaron junto a su propio hijo Kent. A ojos de Lois ello implicaba una conspiración puesto que los méritos periodísticos de Clark para conseguir exclusivas eran inexistentes dada la relación personal entre ambos, y ella se sentía personalmente ofendida por tal engaño. A partir de ese momento, se distanciará sentimentalmente de Clark Kent a favor de José Delgado, mientras que Superman/Clark prestará más atención a Cat Grant (otro personaje creado por Marv Wolfman, una periodista de cotilleos del Planet) y a Wonder Woman.

Este número de Action Comics es una rareza y una paradoja por cuanto, a pesar del título de la cabecera no hay acción alguna. En cambio, la trama se concentra exclusivamente en el desarrollo de los personajes. Con un simple flashback de dos viñetas, se nos aporta más información sobre la personalidad y el pasado de la Lois Lane post-Crisis de lo que se había hecho en toda la historia del personaje. El marchitamiento de la relación entre Clark y Lois queda simbolizado por la ambientación otoñal de la historia, con esas hojas muertas arrastradas por el viento que nos indican que los tiempos están cambiando.

La trama tiene un ritmo pausado pero no lento, situándose en marcos inspirados en la iconografía de Norman Rockwell y que invitan a la calma, la reflexión y el diálogo, como los tranquilos campos alrededor de Smallville, la cocina de la granja de Lana, un pequeño hotel de provincias o la cafetería local. El entintado que sobre el dibujo de Byrne realiza Leonard Starr, un grande del cómic de prensa norteamericano, autor de tiras románticas como On Stage, le da al conjunto un aire clásico aunque de acabados poco definidos.

El problema, en mi opinión, es que las buenas intenciones y la originalidad del intento quedan apagados por la peregrina idea de hacer que Lois, periodista avispada que ya estaba sobre una pista clara, crea que Clark y Superman no sólo son dos personas diferentes, sino que fueron criados como hermanos sin que nadie de Smallville parezca tener noticia de ello. Fue un giro inverosímil hasta para un tebeo de Superman, algo que parecía más propio del personaje en su versión de los cincuenta que de una interpretación moderna del mismo. Ciertamente, como he dicho, introducía una nueva dinámica entre los personajes principales, pero seguramente podría haberse conseguido igualmente sin necesidad de recurrir a una ocurrencia tan burda que, además, supone un insulto a la inteligencia de Lois.

En el nº 15 de Superman (marzo de 1988) encontramos la muy interesante “Alas”. Cinco números atrás nos habíamos enterado de que Jamie, la hija de la capitana Maggie Sawyer se había perdido tras escapar de casa de su exmarido. Sawyer pide ayuda a Superman, atareado por entonces tratando de averiguar el origen de unos extraños robos perpetrados por pequeños seres alados. Ambas cosas, la desaparición de Jamie y esos delitos, resultan estar conectados a través de un grotesco ser que vive en las alcantarillas y que se hace llamar Gancho. Claramente inspirado en el judío Fagin de Oliver Twist, recoge a niños perdidos y los hace trabajar como ladrones para él después de dotarles de alas mediante un proceso de metamorfosis.

El número es notable por varias razones. Su acertado dibujo –con otro excelente entintado de Karl Kesel–, su ritmo y la caracterización de Maggie Sawyer. En tan sólo página y media, quince viñetas, Byrne narra una historia de amor y esperanzas frustradas, de confusión sexual, de huída hacia delante, de fracaso matrimonial y parental…De forma elegante y sutil pero evidente para un lector adulto, Byrne narra tanto en el texto como en el dibujo la desgracia personal de Maggie Sawyer, cuyo lesbianismo reprimido arruinó su vida: “En aquella época yo estaba confundida. En mi cabeza estaban ocurriendo cosas que había negado durante mucho tiempo. Cosas en las que no debería pensar una chica católica”. Cuando Jim me hizo la pregunta, pensé que quizá eso era lo que había estado buscando. Qué tonta. Tenía casi 30 años, tendría que haberme conformado y no buscar nuevas formas de huir. Fue un desastre”. Una historia valiente y excelentemente bien ejecutada que demuestra por qué Byrne estaba considerado uno de los mejores autores del género, alguien capaz de hacer cómic moderno de superhéroes sin apartarse del clasicismo.

En Adventures of Superman nº 438 (marzo de 1988) se presenta la nueva versión de Brainiac, uno de los villanos clásicos de Superman, aparecido por primera vez en 1958. En esta ocasión no se trata de un marciano verde, un robot o una computadora maléfica, sino de un vidente de circo alcoholizado, Milton Fine (que utiliza el nombre artístico de “Brainiac”) y que dice estar poseído por una entidad extraterrestre que le dota de poderes mentales y le empuja a la violencia. Byrne añade un grado de ambigüedad al personaje, puesto que no queda claro si las afirmaciones de Brainiac responden a la realidad o son meros delirios de una mente enferma aunque poderosa. En los años siguientes, la progresiva transformación de Milton de entrañable borrachín a malvado supervillano constituirá uno de los grandes dramas de la serie.

Action Comics nº 598 (marzo de 1988) es poco más que un episodio piloto para la nueva serie de espionaje de DC, Checkmate, creada por Paul Kupperberg y Steve Erwin, y que debutaría en su propia cabecera tan solo un mes después. El propio Kupperberg aparece acreditado como guionista de este número, que, al menos, no deja de ser en ningún momento una historia de Superman: vemos a los personajes regulares de la serie: Cat Grant intentando seducir a Clark, Jimmy Olsen con esperanzas de seducir a Cat Grant y Lois Lane ejerciendo de periodista y manteniendo su enfado con Clark por el asunto antes comentado

Si en el número arriba comentado se habían presentado unos nuevos personajes para el Universo DC, el Superman nº 16 (abril de 1988) sirvió para reintroducir a uno de los clásicos: El Bromista, creado por Jerry Siegel para el Action Comics nº 51 (agosto de 1942). Se trata de un villano cuyo modus operandi consiste en atacar a la gente orquestando peligrosas bromas. Byrne lo convierte en un amargado expresentador de programas infantiles llamado Oswald Loomis, quien, al verse expulsado del negocio por los nuevos iconos (trasuntos de Los Pitufos, los Transformers o He-Man) decide volcar todo su resentimiento contra Metrópolis, apresando a Lois Lane y llamando así la atención de Superman (lo cual resulta ser, al final, lo que había pretendido desde el principio).

En realidad, dado que solo unos cuantos números atrás ya había aparecido otro “bromista” como el Joker y que Mr. Mxyzptlk ya ejercía como villano motor de historias bastante absurdas, El Bromista se antoja algo redundante. De hecho, es el personaje menos interesante del episodio. Mayor presencia tiene, por ejemplo, Morgan Edge, el presidente de la cadena de TV donde trabajaba Loomis y que, aparentando ser un ejecutivo malencarado y agresivo embarcado en una cruzada contra Superman, actúa en realidad como peón de Darkseid, un subargumento que Byrne deja pendiente a la espera de profundizar en él más adelante –y que nunca llegaría a desarrollar–. También Jimmy Olsen tiene un buen momento para mejorar su caracterización. Y, al final, en la última viñeta, un equipo de investigadores en el invierno Antártico descubren enterrado en el hielo el cuerpo de una mujer rubia vestida con una versión del uniforme de Superman. Sí, Supergirl estaba de vuelta pese a su aún reciente y muy dramática muerte en Crisis en Tierras Infinitas.

Adventures of Superman nº 439 (abril de 1988) es un número de transición bastante flojo. La trama principal, un Superman en apuros que ayuda a Cat Grant, su hijo y Jimmy Olsen a escapar de un tópico grupo de fanáticos ultraderechistas con gusto por lo paramilitar, es sosa e inverosímil (¿Superman creando duplicados robóticos de sí mismo para que le sustituyan y que, además, no son conscientes de su naturaleza artificial?). Quizá lo mejor del número sea el breve momento que sirve para continuar explorando la relación entre Lois y José Delgado.

Action Comics nº 599 (abril de 1988) fue otro número decepcionante. Y, de nuevo, debido a la torpeza con la que Byrne guioniza a los héroes invitados: los Metal Men, de vuelta tras su primera aparición en esta colección en el número 590. En aquella ocasión, su creador y líder, el doctor Magnus, se había negado –por razones desconocidas– a recrear a uno de ellos, que se había sacrificado en batalla contra el enemigo de turno. Así que en esta ocasión, intentan reclutar la ayuda de un científico de LexCorp para traer de vuelta a su camarada, resultando que el individuo en cuestión pone sobre aviso a su jefe, Luthor. Éste, retomando su antiguo papel de científico loco fabricante de aparatosos robots anti-Superman, hace exactamente eso, fusionando a los Metal Men en un ser de kryptonita. Una aventura floja donde las haya que ni siquiera salva el dibujo, en esta ocasión firmado por Ross Andru, creador original (junto a Bob Kanigher) de los Metal Men allá por 1962. Andru siempre ha sido menos valorado de lo que merece, pero este trabajo no está, ni mucho menos, entre sus obras más conseguidas. Llevaba ya algún tiempo apartado del dibujo de cómic (desde 1978 realizaba labores de editor y sus contribuciones eran, aparte de las portadas, muy esporádicas) y eso se nota. Tampoco ayuda la apresurada tinta que aplican John Byrne y Keith Williams, con escasos detalles en las figuras y nula atención a los fondos. Por todo ello me sorprende que Byrne mencione este episodio como su favorito de todos los que hizo para Action Comics.

Quizá esa dejadez responda al conocimiento de que la colección se acababa, si no de título, sí de contenido. Tras 600 números, Action Comics fue reconvertido, sustituyendo el formato de team-up por el de una antología de varios personajes de carácter semanal titulada Action Cómics Weekly. El último número de Action Comics, el 600 (mayo de  1988) fue un especial de mayor extensión que todavía hoy es recordado con cariño por los fans. Dibujado y escrito a medias entre John Byrne y George Pérez del que hablaremos dentro de un momento.

Superman nº 17 (mayo de 1988) es otra muestra de lo mejor y peor de Byrne en esta etapa. Por un lado, tenemos un buen dibujo (en esta ocasión se entinta sus propios lápices), equilibrada alternancia entre la acción y las escenas de caracterización (hay tiempo para Maggie Sawyer, Lois Lane, Perry White, Clark Kent, Jimmy Olsen…y la madre de éste, cuyo rostro había sido mantenido oculto desde hacía varios números y que aquí resulta ser toda una belleza), el regreso de una villana interesante (Silver Banshee) y el desarrollo de subargumentos por debajo de la trama principal que aportan continuidad y expectación hacia lo que vendrá. Pero, en el lado negativo, tenemos repetición de ideas (Banshee no puede matar a alguien cuya identidad confunde, intervención de otro héroe para prestar su ayuda), resolución en falso y bastante absurda (aparición de un gigantón vestido de escocés de opereta y nueva desaparición de la villana sin que apenas se aporte información adicional al misterio respecto a su anterior incursión), agujeros de guión (¿cómo se las arregla Superman para, en segundos, encontrar un traje completo de Batman? ¿Y por qué estúpida razón se deja puesto el de Superman debajo de éste?) e introducción de tramas que no llevarían a ninguna parte (como la de Lois vistiéndose de prostituta para una investigación de la que luego sólo aparecerían un par de anodinas páginas en el Action Comics, nº 600).

Al final del número, cinco páginas dibujadas por George Pérez sirven de prólogo al nº 600 de Action Comics. En ellas, Diana/Wonder Woman recibe una llamada de Superman para concertar una cita. Desde hacía tiempo, el Hombre de Acero se encontraba pensando y soñando con la amazona y ahora que su relación con Lois se había enfriado, parecía un buen momento para explorar la posibilidad de una relación entre los dos héroes.

El encuentro entre Superman y Wonder Woman tendría otro prólogo en el número 440 de Adventures of Superman (mayo de 1988), en el que el héroe a punto está de causar un par de desastres distraído y nervioso como está por su inminente cita. Aparte de salvar a los inocentes de turno, no pasa gran cosa en este número…aparentemente, porque Byrne y Ordway (ambos aparecen acreditados como coargumentistas aunque la historia es claramente más obra del segundo que del primero) aprovechan para avanzar en todas las subtramas en curso: el afianzamiento de la amistad entre Superman y el profesor Emil Hamilton, la lenta recuperación de José Delgado –es un decir, porque, como dije, quedará paralizado para el resto de su vida tras recibir una paliza de un supersicario de Luthor– y sus consejos a Jerry White (el hijo de Perry –aunque en realidad, como vimos en El mundo de Metrrópolis– lleve la sangre de Luthor), una nueva escena con Batman y Superman en la que se retoma el asunto del álbum de recortes iniciado en Action Comics 594 y en la que ambos revelan que conocen la identidad del otro, las maquinaciones de Luthor para controlar a la capitana Maggie Sawyer, un breve interludio con la Supergirl hallada en la Antártida y otro en Smallville con Martha Kent… y directos a la cita con Wonder Woman. El número, de hecho, termina con ambos besándose a la luz de la luna….

George Pérez se ocupaba por entonces con sobresalientes resultados de la renovación de Wonder Woman, la guerrera amazona enviada a nuestro mundo por los dioses del Olimpo como mensajera de paz. Desde su espectacular aparición en la miniserie Legends, Superman había estado, como he dicho, pensando en ella y dándole vueltas en su subconsciente a la posibilidad de iniciar una relación. No es que fuera una reflexión muy seria, claro, porque, al fin y al cabo, ni siquiera habían tenido ocasión alguna de mantener una conversación. Las cuatro primeras páginas del Action Comics nº 600 están dedicadas, precisamente, a establecer las posiciones de los personajes. Frente a un impulsivo Superman, encontramos a una Wonder Woman más sensata y prudente: “Buscamos entendimiento, no consumación. ¿Verdad?”.

Esta cita a ciegas se ve interrumpida, como era de esperar, por la amenaza de turno. Diana es reclamada por un angustiado Hermes para que acuda al Olimpo y Superman la sigue a través del portal dimensional que abre el dios. Una vez allí, ambos héroes se encuentran separados en los restos de un Olimpo abandonado por los dioses (esto se vio en la colección de Wonder Woman) y del que ha tomado posesión Darkseid con ayuda de su ejército de parademonios. Por supuesto, se las arregla para confundir con ilusiones a sus adversarios y hacer que peleen entre sí, aunque cualquier lector medianamente avispado sabrá de antemano que será un combate sin ganador aun cuando éste se prolongue media docena de páginas. Al final, desbaratan el plan de Darkseid y aunque no llegan al enfrentamiento físico con él –que habría tenido más intensidad e interés que el que habían mantenido entre sí– sí lo derrotan, haciéndole ver la futilidad de sus esfuerzos.

¿Y qué ocurre con la tensión sexual entre Superman y Wonder Woman? Bueno, en realidad no es que hubiera mucho de eso. Tras tantos preparativos y expectación, ambos se encuentran algo incómodos en esa cita y en la página final reconocen que son demasiado diferentes como para pensar en una relación más íntima que la habitual camaradería entre superhéroes. “Te admiro, Wonder Woman, y te respeto, pero…soy un chico de Kansas, la verdad. Tú eres… demasiado para mí”. Wonder Woman coincide: “Estoy de acuerdo con tu decisión, pero no con los motivos. Pertenecemos a mundos distintos de filosofías diferentes”.

Sí, es una historia anticlimática en todos los sentidos, pero ¿qué otra cosa podía esperarse? De acuerdo con las versiones que de ambos héroes estaban desarrollando Byrne y Pérez, había muy pocos puntos en común entre Wonder Woman y Superman y lo más coherente era dejar las cosas como estaban. Por otra parte y además de un par de escenas ejemplares en cuanto a caracterización, este número especial nos da la oportunidad de disfrutar de la colaboración entre dos grandes del comic book de los ochenta. John Byrne se encarga de los bocetos y la composición y George Pérez realiza un magnífico acabado en el que no escatima esfuerzos a la hora de incluir detalles en los fondos: la desconcertante arquitectura del Olimpo, las columnas y palacios de estilo griego carcomidos por el tiempo, el acabado de las figuras… (hay, no obstante, varias viñetas en las que claramente Pérez dejó a Byrne entintar las figuras de escenas protagonizadas sólo por Superman, y la diferencia de calidad entre unas y otras resulta patente).

Ese número especial de aniversario y cierre de etapa se completaba con otras cuatro historias de calidad irregular. En la primera, una Lois Lane entristecida por las noticias –falsas– sobre la relación entre Superman y Wonder Woman, parece encontrar apoyo en Clark Kent. En la segunda, quizá la mejor, Lex Luthor cita a la capitana Sawyer para hacerle chantaje con su orientación sexual; en la tercera, Jimmy Olsen ayuda a un Superman enfermo por la radiación de kryptonita llegada del espacio; y en la cuarta, Man-Bat trata de hacer lo propio evitando que el enfebrecido y delirante héroe lo destroce.

Excepto el último episodio, dibujado por Mike Mignola, el apartado gráfico del resto es aburrido y pasado de moda, algo que no puede extrañar al ver los nombres de los responsables: Kurt Schaffenberger, Curt Swan y Dick Giordano, veteranos de la casa cuyos estilos habían quedado caducos y eran incapaces de competir con las tenebrosas y sugerentes páginas de Mignola.

Fue también Mignola quien se ocupó de dibujar (con entintado de Karl Kesel) el Superman 18 (junio 88), titulado Regreso a Krypton. Superman llega a la incomprensible conclusión de que para sobrevivir a la ola de radiación de kryptonita que golpea la Tierra (y que había aparecido en Action Comics nº 600), lo mejor es rehacer a la inversa el viaje que le trajo a la Tierra y regresar a Krypton.

Para esa misión, recibe la ayuda de Hawkman y Hawkwoman, quienes le transportan hasta los restos del planeta con su nave thanagariana. Lo que queda de su mundo natal no es más que una masa de polvo y rocas a cuyas peligrosas proximidades Superman insiste en acercarse protegido por un traje especial. Flotando en el vacío, se sume en una alucinación en la que los kryptonianos lograron salvarse de la explosión gracias a Jor-El, llegando a la Tierra y convirtiéndose en los opresores de los humanos, una situación a la que sólo Jor-El se opondrá, convirtiéndose en una suerte de Superman.

Este número es, a todos los efectos, una suerte de seudo-secuela de la miniserie El mundo de Krypton, recordemos, también dibujada por Mignola. Su premisa –los kryptonianos dominando la Tierra– sería retomada para un Anual de la línea Otros Mundos unos años después, y del cual Mignola solo haría ya la portada.

Adventures nº 441 (junio de 1988) vio el retorno de Mr. Mxyzptlk. Byrne, no contento con su fallo del Superman nº 11, reincide con ese molesto personajillo, si bien esta vez se dedica a sembrar el caos en California, desecrando el cartel de Hollywood, convirtiendo a Superman en un dibujo animado, enfrentándolo a versiones perversas de Pedro Picapiedra, Superratón o los Pitufos y obligándole a participar en mortales concursos televisivos.

Puede que Jerry Ordway se lo pasara muy bien dibujándolo y que este tipo de historias autoconclusivas de tono ligero al estilo de los cincuenta tengan sus fans, pero sigo insistiendo en que me parecen poco coherentes con el tono que el propio Byrne se había fijado para la serie. En lo que sí demuestra no perder el rumbo es en su capacidad para avanzar subargumentos, poco a poco y de fondo, hasta que les llegue el turno de pasar a primer plano: la investigación de Lois sobre el cerebro que se oculta tras Combattor –recordemos, el supertipo que lisió a su nuevo novio, José Delgado–; el mago telekinético Milton Fine-Brainiac y sus problemas mentales, la Supergirl del Ártico y una misteriosa figura que irrumpe en unas instalaciones de LexCorp…

Superman nº 19 (julio de 1988) es, en realidad, un número de transición que sirve tanto para seguir avanzando en algunas subtramas de los personajes secundarios como establecer una especie de prólogo de la amenaza mucho más peligrosa que se presentará en el siguiente número. Superman investiga la caída de una nave alienígena en el West River de Metrópolis. Aunque la encuentra vacía, inmediatamente pierde el poder de permanecer bajo el agua largos periodos de tiempo. Cuando ha de enfrentarse al doctor Killgrave y su robot gigante, cada vez que recurre a uno de sus poderes (vuelo, invulnerabilidad, superfuerza, supervelocidad, visión de rayos X), éste se “apaga” justo después de haberlo “activado”. A duras penas, derrota al villano sólo para tener que plantar cara, en la última página, a los responsables de esa merma en sus capacidades: los alienígenas que viajaban en la nave.

El doctor Killgrave es uno de esos villanos lamentables construido a base de estereotipos que sirven para rellenar un episodio y del que nadie vuelve a acordarse nunca. Byrne lo utiliza, además, para rendir un homenaje a la etapa clásica de Superman y, al mismo tiempo, reírse de los tópicos más rancios del género: científico loco, ególatra y egomaníaco, con aspecto de sabio chiflado (enano, ojos saltones tras unas gafas de culo de botella, pelo cortado a tazón, propensión a la risa maniaca y las exclamaciones altisonantes…). Su estúpida máquina de procedencia absolutamente inverosímil no sirve más que como herramienta narrativa con la que debilitar a Superman antes de su enfrentamiento con la siguiente amenaza.

Las subtramas resultan más interesantes que la acción principal: el intento de Cat Grant de llevarse a la cama a Jimmy Olsen (el cual, en un fallo de guión, afirma haber vuelto a salir con Lucy Lane, la hermana de Lois, algo de lo que nada se nos había contado hasta ahora), el vuelo de Supergirl hacia Smallville siguiendo un impulso irresistible, la tensión entre Lois y Clark, el descubrimiento de que el padre de Jimmy puede seguir vivo y el injerto de una mano mecánica a Lex Luthor tras perder la suya por envenenamiento de kryptonita; un trauma que lejos de curarle de su obsesión no hace sino alimentar su odio hacia Superman. Todo ello excelentemente dibujado por Byrne, que recibe la ayuda del entintador John Beatty, tan cuidadoso con los detalles como lo había sido Karl Kesel.

Adventures nº 442 (julio de 1988) continúa y cierra el plot del anterior número. Superman, cada vez con menos poderes, no puede hacer frente a los alienígenas. Psi–Phon le roba sus poderes y se los transfiere al gigantesco Dreadnaught, que es el que reparte las tortas. Indefenso e incapacitado, se ve obligado a llamar refuerzos: Aquaman, el Detective Marciano, el Hombre Elástico y el Capitán Marvel acuden en su auxilio. Todos pierden sus poderes conforme Psi-Phon va sobrecargando su capacidad para robárselos y, en el último momento, aparece… ¡Clark Kent!, que, protegido por un campo de fuerza impenetrable inventado por el profesor Hamilton –y que ya habíamos visto en acción en un capítulo anterior–, tumba a puñetazos a Dreadnaught.

La idea y desarrollo iniciales de esta historia eran intrigantes, pero todo se tuerce hacia el final. El tópico de los alienígenas llegados a nuestro planeta como exploradores y vanguardia de una posible invasión está más que agotado e incluso sus respectivos aspectos eran todo menos novedoso: el grandullón colmilludo y lleno de pinchos y el pequeño cabezón, con grandes ojos y largas extremidades. Para colmo, nadie parece sorprenderse porque Clark Kent aparezca en escena justo después de que Superman se esfume y, además, convertido en un héroe de acción. Y, de remate, Lois se lo lleva a casa preocupadísima porque le pueda pasar algo y olvidados los problemas entre ambos (aun cuando en este mismo número se nos deja bien claro que mantiene una relación seria con José Delgado).

Superman nº 20 (agosto de 1988) es otro número de transición que, para colmo, supone el cierre de una aventura iniciada en otra colección. Por aquel entonces, la revivida Patrulla Condenada protagonizaba desde hacía poco su propia serie mensual escrita por Paul Kupperberg; y fue en su número 10 (julio de 1988) cuando debieron enfrentarse a Metallo, el enemigo del Hombre de Acero al que habíamos conocido, en su nueva encarnación, en el nº 2 de Superman. No es hasta la página siete de este número donde Byrne enlaza con la Patrulla Condenada (las anteriores planchas se dedicaron a desarrollar subtramas y personajes: Supergirl, Maggie Sawyer, Cat Grant y Jimmy Olsen) para narrar la batalla contra Metallo, un enfrentamiento resuelto con tanto oficio como poco interés.

A estas alturas, los lectores ya se habían familiarizado con el nuevo Superman y su entorno. Pero a pesar de la buena acogida que tuvo, había fans que mantenían la esperanza de volver a ver a Kara Zor-El, más conocida como Supergirl y asesinada en el número 7 de Crisis en Tierras Infinitas. Como hemos visto, Byrne se dedicó durante meses a alimentar esas expectativas en los números que precedieron al que quizá fue su mejor arco argumental, la saga de Supergirl, que transcurrió entre los números 21 y 22 de Superman (septiembre-octubre de 1988) y Adventures of Superman nº 444 (septiembre de 1988). Como ya indiqué en su momento, la primera pista de que Supergirl podía estar de regreso se vio en la última página del Superman 16 (abril 88), en la que una mujer ataviada con un uniforme de aspecto familiar es encontrada inconsciente bajo el hielo antártico. Tras recuperarse durante unos cuantos números gracias a la ayuda de unos científicos, vuela hacia Smallville para encontrar a Superman. Cuando Kal-El la ve por primera vez en el nº 21, la coge por el tobillo y exclama “¡Caramba!” ¡Una mujer voladora con una variante de mi traje! ¿Es…algún tipo de ilusión?”

En la siguiente página, se presenta a sí misma como Supergirl, pero entonces se transforma en Lana Lang, demostrando que tiene poderes metamórficos. Evidentemente, ésta no era Kara Zor-El devuelta de algún retorcido modo a la vida. De hecho, era una entidad protoplasmática creada por Lex Luthor y proveniente del mismo universo de bolsillo en el que la Legión de Superhéroes había encontrado a su Superboy.

En realidad, la verdadera razón para volver a presentar a Supergirl –aunque no fuera la original– respondía a que DC quería proteger la marca registrada del personaje. Una vez más, los intereses editoriales interferían con los creativos. Fue la gota que colmó el vaso. Byrne anunció que terminaría esta nueva saga y que luego abandonaría Superman. A tenor del guión de los últimos números que habían ido apareciendo en los pasados meses, parecía evidente que había perdido la chispa y entusiasmo iniciales. Sin embargo, y contra todo pronóstico, hizo de su capa un sayo y aprovechó la imposición de la editorial sobre Supergirl para crear quizá la mejor saga de toda su etapa en Superman.

Y es que Supergirl necesita que Superman viaje con ella a la Tierra de ese miniuniverso de bolsillo, ya que el planeta y toda la vida en él está siendo destruida por tres villanos kryptonianos (incluyendo al general Zod) que resultaron accidentalmente liberados de su cautividad en la Zona Fantasma. Por desgracia, Superman y Supergirl llegan demasiado tarde: el general Zod y sus dos sicarios ya han aniquilado casi toda la población terrestre destruyendo la atmósfera del planeta y, por tanto, toda la vida excepto la que ha quedado protegida bajo una cúpula inventada por Luthor sobre Smallville (en esta dimensión, Luthor está en el bando de los buenos, ejerciendo de líder de la menguante resistencia humana).

Tras presentar batalla contra los kryptonianos, Superman puede superarlos sólo gracias a la utilización de la Kryptonita dorada. El moribundo Luthor, último humano sobre la Tierra, le ruega que no deje que los tres criminales cometan un nuevo genocidio en otro planeta. Y así, Superman lleva a cabo el acto más duro y polémico de su vida: decide actuar como juez, jurado y verdugo y exponer a los kryptonianos a la kryptonita verde. Peleando entre ellos y suplicando por sus vidas, los tres criminales mueren. Superman los ha matado. Vuelve a su propia Tierra tras dejar a Supergirl al cuidado de sus padres adoptivos y se aleja de la Humanidad para reflexionar sobre sus actos.

Fue esta, como he dicho, quizá la mejor saga de Byrne en Superman, pero también la más polémica entre los fans. ¿Superman matando a sus enemigos? ¿Cuándo se había visto eso? Le acusaron de haber traicionado la esencia más íntima del personaje de una forma irreparable. Desde mi punto de vista, lo que hizo el autor fue añadir una capa más de complejidad al personaje, explorar una nueva vía abierta a raíz de una dramática decisión que nunca quiso tomar. Porque lo que hace Superman no es tanto cometer un mero asesinato empujado por la sed de venganza como una ejecución; ejecución, además, necesaria para evitar una calamidad aún mayor. Zod y sus dos secuaces han exterminado toda la vida sobre la Tierra y no sólo se jactan de ello sino que amenazan con no descansar hasta hallar la forma de acceder al plano dimensional donde se encuentra la Tierra origen de Superman y repetir su masacre. El Hombre de Acero sabe que pueden hacerlo y dado que apenas ha podido vencerlos en esta ocasión, no debe arriesgarse a que ello suceda. Su única opción para salvar a la humanidad de la Tierra –su Tierra– es ejecutarlos.

Con todo, Byrne sabía bien que ese sería un acto que le causaría graves problemas psicológicos a Superman, problemas que pretendía explorar en números posteriores. Su abandono del personaje, sin embargo, nos privó de conocer lo que habría hecho a continuación con el héroe. Bueno, esto no es del todo exacto, porque sus sucesores en Superman y Adventures of Superman, Roger Stern y Jerry Ordway siguieron de cerca las directrices detalladas que les dejó Byrne (asunción de la identidad de Gangbuster, exilio en el espacio), aunque sin darle crédito por ello.

Además, Byrne utilizó esta saga para saldar cuentas. Le habían obligado a inventarse un chapucero “universo de bolsillo” que albergara a Superboy y Supergirl. Pues bien, al término de la saga, la Tierra de esa realidad alternativa queda totalmente arrasada –por lo que no podría seguir utilizándose para el propósito para el que había sido ideada– y Supergirl resulta ser una creación artificial de Lex Luthor, no la prima kryptoniana de Kal-El.

John Byrne, por su parte, había estado también reflexionando sobre su etapa en Superman. Años después de abandonar las colecciones del Hombre de Acero, utilizó cuatro palabras para explicar por qué decidió interrumpir su asociación de dos años con DC: “Ya no era divertido”. O, en otras palabras, estaba quemado. Encargarse de la tarea de renovar un icono tan querido por el público –lector y no lector– había sido emocionalmente agotador, tanto por la responsabilidad que asumía como por las presiones a las que se vio sometido. A ello se sumaba la enorme carga de trabajo que todo ello supuso: en dos años había realizado el equivalente a seis en una serie regular: de los 82 números de esta etapa, sólo 14 (Adventures nº 424-435 y 443, y Adventures Annual nº 1) no fueron escritos total o parcialmente por él; todo un logro creativo si tenemos en cuenta el rápido ritmo de publicación del sistema americano.

Byrne describió su etapa en Superman como una “muerte de mil cortes” y el último de ellos fue el artículo escrito por Otto Friedich que apareció publicado en el mencionado número de Time Magazine. En él, se decía que la versión de Byrne era “la alteración más radical” que había sufrido el personaje.

Friedrich también criticaba el intento de modernizar a Superman y hacerlo más adecuado para un lector maduro: “Hay en ello un deplorable elemento que podría ser denominado “adultification”, según el cual un personaje creado para niños es expuesto a temas adultos, como si Tom Sawyer o Alicia fueran modernizados haciéndoles enfrentarse a problemas sexuales… DC Comics está encantada con que su nuevo Superman haya doblado sus ventas hasta los 200.000 ejemplares, pero esa es una cifra relativamente insignificante comparada con los millones que atesoran una imagen más antigua de su niñez”.

Para Byrne, Time/Warner y DC eran empresas hermanas y cuando leyó el artículo pensó que la editorial no había salido en su defensa, especialmente teniendo en cuenta que se había escrito antes incluso de que saliera Man of Steel y en base a los rumores que circularon (por ejemplo, que Clark Kent se convertiría en la mezcla entre un yuppie y Rambo, inventados por un reportaje de la NBC en el que tergiversaron todo lo que Byrne declaró) y que nunca se hicieron realidad. Pero lo cierto es que el descontento del autor databa de antes de aparecer ese número de Time; de hecho, esa sensación de desamparo la venía arrastrando desde que se hizo cargo del personaje emblema de la casa: “DC me contrató para renovar a Superman, y luego, inmediatamente, se asustó. Retrocedían al primer olor de desaprobación de los fans, lo que se produjo incluso meses antes de que nadie hubiera visto mi trabajo”. La introducción forzada de Superboy primero y la de Supergirl después le demostraron que sus esfuerzos de simplificación no estaban siendo apoyados por parte de DC, que ni siquiera se había atrevido a cambiar la imagen del héroe para los innumerables productos licenciados.

Tras la marcha de Byrne, el guionista Roger Stern y el dibujante Kerry Gammill se convirtieron en el equipo creativo de Superman, mientras que guión y dibujo de Adventures of Superman quedó en las manos de Jerry Ordway.

Hoy, las historias comprendidas en esta etapa de Superman se antojan demasiado simples habida cuenta del estándar que a no mucho tardar alcanzarían los cómics de superhéroes. Tanto Byrne como Wolfman hicieron grandes esfuerzos por presentar nuevos villanos, pero no consiguieron despertar el interés de los lectores por ellos…ni tampoco de creadores posteriores, que los marginaron a favor de los ya bien establecidos. El público aceptó mucho mejor las nuevas versiones de viejos malvados, como Lex Luthor, Darkseid, Bizarro o incluso Mr. Mxyzptlk que recién llegados como Urraca, Bloodsport, Klaash o Concussion. Un Superman menos poderoso significaba más posibilidades de victoria para los villanos, pero el Hombre de Acero continuó arrastrando una galería de enemigos menos numerosa y carismática que la de su compañero Batman.

Con todo y a pesar de los agujeros de guión, los villanos frecuentemente carentes de carisma y el carácter autoconclusivo de las historias, éstas tocaban a menudo temas adultos, como la intersección entre los superhéroes y la política o alusiones poco veladas al sexo y la sexualidad. En este sentido, eran guiones bastante progresistas y valientes pero, sobre todo, traían una bocanada de aire fresco que alejó la ranciedaz que llevaba décadas posada sobre los títulos del Hombre de Acero. Su influencia llegó también al cine. Aquel año 1987, la serie de películas de Superman iniciada en 1978 llegó a su conclusión con Superman IV: En busca de la paz. El film fue un desastre artístico y comercial, pero sus ideas de base –la amenaza global de la proliferación nuclear y si Superman debía intervenir en la política mundial– eran un reflejo de ese tono más adulto y complejo que estaba presente en los cómics contemporáneos de Byrne y Wolfman.

La estructura episódica de esta etapa puede no gustar a algunos lectores, pero no hay necesariamente nada malo en este tipo de narrativa. Byrne equilibró bien las aventuras épicas con el necesario desarrollo de personajes, imprimió un ritmo ágil a todas las historias y aportó un buen puñado de ideas que fueron adoptadas por sus sucesores en la serie durante años.

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Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".