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«La broma asesina» (1988), de Alan Moore y Brian Bolland

En 1988, mientras Grant Morrison y Jamie Delano pasaban a ser las últimas “adquisiciones” británicas de DC, su compatriota y antecesor en el mercado generalista americano, Alan Moore, abandonaba la editorial. El respetado guionista ya no confiaba en la compañía que había publicado su trabajo durante los cuatro años anteriores.

El problema de base fue el enfado del escritor por la forma en que DC resolvió su disputa con los creadores acerca de la implementación de un sistema de clasificación por edades. A esa discrepancia, digamos, moral, se añadió el siempre conflictivo dinero.

Durante varias semanas en enero de 1988, DC lanzó una amplia variedad de merchandising relacionado con Watchmen (camisetas, relojes, portafolios…). La editorial afirmó que no se trataba de merchandising sino de “material promocional” del cómic. No se trataba sólo de una cuestión semántica: según tuviera una u otra consideración, a los autores de la obra, Alan Moore y Dave Gibbons, se les debía pagar royalties o no. Moore y Gibbons dijeron que DC estaba violando los términos de su contrato y para apaciguarlos, la compañía les ofreció un 1,6% de la recaudación a repartir entre ambos. Cuando guionista y dibujante se mantuvieron firmes en su demanda, DC se retractó y les pagó el acordado 8% por royalties.

Aunque se resolvió a su favor, todo aquel asunto dejó muy mal sabor de boca a Moore; tanto, que declaró su intención de abandonar los cómics generalistas y en esa línea fundó con su esposa Phyllis y su amante compartida, Debbie Delano, Mad Love Publications, cuya primera iniciativa fue una antología contra la homofobia sin ánimo de lucro titulada AARGH! (Artists Against Rampant Government Homophobia), con contribuciones de figuras como los Hermanos Hernández, Steve Bisette, Rick Veitch, David Lloyd, Dave Gibbons, Bill Sienkiewicz, Harvey Pekar, Art Spiegelman, Neil Gaiman, Dave Sim, Robert Crumb, Brian Bolland y Frank Miller.

Al mismo tiempo, Moore tuvo que cumplir con sus restantes obligaciones con DC. Afortunadamente, uno de sus proyectos pendientes ya estaba terminado: un número único de 48 páginas en formato Prestigio titulado La broma asesina y que no tardaría en ser considerado –hasta el día de hoy– como uno de los cómics más importantes de toda la trayectoria de Batman.

La broma asesina es una historia de origen, en este caso, el del Joker, que no rechaza por completo la antigua continuidad vigente antes de la renovación del Universo DC tras las Crisis en Tierras Infinitas. Así, se utilizan los comienzos del Joker como Capucha Roja que se habían presentado por primera vez en Detective Comics nº 168 (febrero de 1951). Conforme el Joker va recordando su origen, nunca revela su auténtico nombre, pero sí aporta detalles acerca de su fallecida esposa embarazada y la anodina vida de ambos, acosados por la amenaza de ruina financiera y el infructuoso empeño de él por convertirse en humorista.

Desesperado, acepta participar en un robo que le dará el desahogo financiero que necesita hasta su anhelado triunfo sobre los escenarios. Sus cómplices le obligan a ponerse un casco rojo para ocultar su identidad, y cuando todo se tuerce y Batman aparece en el lugar del delito, cae en una fosa llena de productos químicos tratando de huir, un accidente que le desfigurará el rostro y le sumirá en la locura…¿O quizá la demencia ya estaba ahí después de todo, encendida su chispa por su desesperada situación personal y la pérdida de todo lo que le era querido?

Esta es, al menos, la versión que nos da el Joker de su historia y si su testimonio es de fiar o no debe decidirlo el lector. De hecho, el propio villano se permite dudar de su sinceridad y, pese a su locura, tiene la suficiente inteligencia como para conjeturar que Batman también sufrió una tragedia en su pasado, lo que los hace más parecidos de lo que podría pensarse: “O sea, ¿Pero a ti qué te pasa? ¿Qué te hizo ser lo que eres? ¿La mafia mató a tu novia, tal vez? ¿A tu hermano se lo cargó un ladronzuelo? Algo así, seguro. Algo así. Algo así me ocurrió a mí, ¿sabes? No…No estoy completamente seguro de qué fue. A veces lo recuerdo de una forma, a veces de otra. ¡Pero si he de tener un pasado, prefiero tener varios entre los que elegir!”.

Efectivamente, ambos, héroe y villano, comparten un trauma común en sus respectivos pasados: la pérdida de seres queridos destroza sus vidas y condiciona su biografía posterior. Los dos se sienten de alguna forma culpables por lo sucedido y se refugian en diferentes grados y modalidades de locura. Mientras que Batman decide vengar a sus padres defendiendo a los habitantes de su ciudad y vistiendo de negro, el Joker se abandona a la anarquía y la violencia luciendo atuendos multicolores. Dos caras, en fin, de una misma moneda.

En un desesperado, cruel y psicópata intento de justificarse a sí mismo, el Joker trata de demostrar cómo un mal día puede enloquecer a cualquiera. No se considera único ni excepcional y, para probarlo, elige al Comisario Gordon. En uno de los momentos más polémicos de la historia de los cómics de superhéroes, dispara a sangre fría y a bocajarro a la hija del policía, Barbara / Batwoman, dejándola paralítica. La desnuda y le toma fotos, luego secuestra a Gordon y lo lleva a un parque de atracciones abandonado y remozado a su gusto, donde le humilla despojándole de las ropas, lo monta en una atracción y lo tortura con las imágenes de su agonizante hija cubierta de sangre. Pero su intento de sumir a Gordon en la locura no tiene éxito, y Batman llega para atrapar al Joker.

Con la policía aproximándose para volver a encerrarlo en el manicomio de Arkham, Batman trata de ofrecer ayuda a su enemigo para así detener la espiral de violencia que acabará destrozándolos a los dos. Sin embargo, el Joker declina su oferta, contándole un chiste que subraya aún más la locura que domina las vidas de ambos y que, como si ello demostrara su retorcida lucidez, les hace reír hasta la histeria.

Fue aquél un final que no sólo no tenía gracia sino que molestó a muchos lectores. Ver a Batman reír con su archienemigo, compartiendo un momento casi íntimo, después de que éste hubiera lisiado de por vida a una de sus amigas más queridas y traumatizado a otro, parecía algo excesivo y ajeno a la naturaleza y trayectoria del héroe hasta ese momento. Y es que, aunque toma elementos del universo de Batman –Gordon, Bárbara, Capucha Roja–, Moore no parece muy interesado en respetar elementos que a los fans les parecían sagrados e inmutables. Así, durante décadas se había establecido que Batman era el superhéroe que nunca mataba, pero este credo es pronto olvidado cuando, en la cuarta página, el héroe asume con naturalidad que acabará matando a su enemigo si éste no hace lo propio antes. Es más, esa afirmación de Batman tiene lugar durante una extraña visita al Asilo Arkham donde está confinado el Joker, en un intento de apelar a su sentido común y detener la enconada enemistad que les separa; un gesto que añade otro grado extra de implausibilidad a la historia en lo que se refiere a su coherencia con el resto de la mitología clásica de Batman.

Pero esas desviaciones del canon importan poco si el guión resulta absorbente y, sobre todo, si tenemos en cuenta que ésta no es una historia de Batman. Al fin y al cabo, no es que el justiciero consiga gran cosa. Ni siquiera encuentra al Joker, ya que es éste quien le envía una invitación. Tampoco se explora el carácter de Batman ni se le dan demasiadas líneas de diálogo. No, La broma asesina es en realidad una historia del Joker. La Historia del Joker, podríamos decir.

Moore nos ofrece una sobresaliente caracterización del villano, mucho más siniestro y aterrador que el de versiones anteriores, más incluso que el que Frank Miller había presentado poco tiempo atrás en El regreso del Caballero Oscuro (1986) (aunque no más novedoso, como luego comentaré). Es más, como he dicho, Moore trata de despertar la empatía del lector por un personaje tan extremo como es el Joker, mostrándonos su patético pasado como hombre decente y amante de su esposa pero atormentado por su vocación frustrada, la falta de reconocimiento y las dificultades financieras.

No fueron pocos los que criticaron el grado de violencia, rayano en lo sádico, de este cómic. Y, relacionado con lo anterior, por supuesto, lo que le sucedía a Bárbara Gordon, un personaje secundario muy popular que había quedado lisiado y fuera de juego en el nuevo universo DC. En una época en la que los comic-books de superhéroes estaban empezando a escapar de la percepción general de formato y género propios de niños y adolescentes, Moore probablemente quiso utilizar esa escena para gritar al mundo que aquéllos habían llegado a la mayoría de edad, que aunque Batman fuera un icono popular que se utilizaba para decorar pelotas de playa y agendas escolares, no era necesariamente algo para niños. La violencia gráfica con la que se mostraban los actos del Joker desafiaron los límites establecidos acerca de qué nivel de aquélla podía permitirse la industria. Pero, a la postre y con la perspectiva que da el tiempo, cabe preguntarse si resulta adecuado considerar una obra madura por el simple hecho de contener cierto grado de violencia explícita.

Se ha querido interpretar la victimización de Barbara Gordon como un ramalazo misógino de Moore, habida cuenta de que siendo un personaje femenino de cierto peso en el universo de Batman, aquí sólo aparece para ser mutilada salvajemente sin siquiera una presentación previa que establezca algún tipo de lazo emocional con el lector (aun más fatal destino corre la otra mujer del cómic, cuyo final ni siquiera se muestra gráficamente). Hoy, en un mundo mucho más sensibilizado hacia la violencia de género, ese explosivo momento impacta tanto o más que en su momento y hace del Joker un villano aún más perverso. De todas formas, la película de animación que adaptó el cómic en 2016 ya trató de reparar esa “omisión” de Moore otorgándole un peso más importante al personaje de Barbara.

Dado que La broma asesina fue publicada como un número independiente y ajena a la continuidad del resto de colecciones mensuales, DC podría en su momento haber calmado los ánimos de los lectores más susceptibles de forma tan fácil como asegurando que esa historia era apócrifa y que no sería incluida en dicha continuidad oficial. Por el contrario, la editorial asumió los acontecimientos narrados en la misma al retirar a Barbara de su actividad superheroica en Batgirl Special nº 1 (julio de 1988), escrito por Barbara Randall Kesel, dibujado por Barry Kitson y publicado tan sólo una semana antes del lanzamiento de La broma asesina.

Quizá el más acerbo crítico de La broma asesina haya sido su propio creador. Alan Moore lo consideraba “un cómic terrible” y en diversas entrevistas deja claro por qué quería distanciarse en ese momento de los superhéroes mainstream: “El único problema que tengo con La broma asesina es mi guión. Y creo que el problema es que lo escribí mientras estaba haciendo Watchmen o poco después. Pero, al estar demasiado cerca de Watchmen, aportaba el mismo enfoque narrativo. Y también el mismo tono moral sombrío. La broma asesina es una historia sobre Batman y el Joker; no trata sobre nada que uno vaya a encontrarse en la vida real, porque Batman y el Joker no se parecen a ningún ser humano que haya existido jamás. Así que no contiene ninguna información importante desde el punto de vista humano”.

Moore reconocía –no podía ser de otra manera– el espectacular trabajo de Bolland, pero consideraba que había puesto demasiado drama, violencia y sexo en un personaje que nunca fue pensado para ello, y que de abordarlo de nuevo optaría por la versión más ligera y alocada de Dick Sprang en los sesenta. “No creo que el mundo necesite tantos vengadores psicópatas. Ni siquiera creo que necesite a uno solo. Fue una decepción la forma en que Watchmen quedó absorbido por el mainstream. Originalmente su intención fue demostrar que se podía hacer algo nuevo. Con obras como Watchmen o Miracleman pude decir: ‘Mirad, esto es lo que se puede hacer con esos viejos conceptos. Podéis volverlos del revés. Podéis reanimarlos de verdad. No tengáis un pensamiento tan limitado. Usad vuestra imaginación’. Y fui un ingenuo al esperar que se produciría un aluvión de trabajos frescos y originales de autores con sus propias ideas. Como dije, esas obras pretendían ser algo que liberase a los cómics. En lugar de eso, se convirtieron en una pesada losa que hasta el día de hoy los cómics no parecen ser capaces de sortear. Han perdido su inocencia original y no pueden retroceder. Parecen estar atascados en esta especie de ghetto depresivo de desesperación y psicosis. No me siento demasiado orgulloso de ser el autor de tan reprochable tendencia”.

Es posible también que Moore se diera cuenta desde el principio de que había pergeñado una historia bien narrada y estructurada, con buenas caracterizaciones pero demasiado fría desde el punto de vista emocional y con una trama muy endeble a pesar de sus interesantes yuxtaposiciones imagen/palabra y transiciones narrativas entre el pasado y el presente. Tampoco la idea central que sostiene el escaso argumento, que Batman y el Joker son las dos caras de la misma moneda y que están condenados a destruirse mutuamente, era nueva. Steve Englehart y Marshall Rogers ya habían planteado ese enfoque durante su etapa en los años setenta y Frank Miller lo desarrolló hasta sus últimas consecuencias físicas y emocionales en El regreso del Caballero Oscuro (1986).

A pesar de estas quejas y críticas, lo cierto es que la acogida general de La broma asesina fue abrumadoramente positiva. Moore y Bolland ganaron sendos Premios Eisner y el cómic se hizo con el mismo galardón en la categoría de Mejor Novela Gráfica. Ello, claro, se tradujo en las ventas, que se contabilizaron por cientos de miles sólo en 1988, una cifra que hay que interpretar sabiendo que se trataba de un formato más caro que el comic-book ordinario. Desde entonces, no se ha dejado nunca de reeditar, incluyendo versiones de lujo y remozadas. Sigue siendo uno de los cómics más vendidos de DC en toda su historia.

No he mencionado al dibujo, pero es que las páginas de Brian Bolland hablan y se defienden por sí solas. Artista británico muy poco prolífico en lo que a cómics se refiere y concentrado desde hace muchas décadas casi exclusivamente en las portadas e ilustraciones, Bolland ofrece aquí el mejor trabajo de su carrera sin necesidad de recurrir a composiciones de página efectistas –todo lo contrario, a menudo utiliza monótonas rejillas de seis o nueve viñetas–. Sus escenas están repletas de detalles sin resultar cargantes ni confusas y su Joker es sencillamente extraordinario, transmitiendo mejor que nunca la demencia absoluta que le caracteriza.

Sobre el coloreado no me voy a extender porque es uno de los aspectos más polémicos en lo que se refiere al aspecto gráfico de La broma asesina. Hay quien prefiere el cargado y algo chillón color que originalmente aplicó John Higgins; y hay quien opta (yo entre ellos) por el recoloreado del propio Bolland utilizando una paleta cromática más suave y definida.

Con todos sus fallos y polémicas, La broma asesina sigue siendo hoy, más de treinta años después de su aparición, una de las historias más intensas, mejor narradas y mejor dibujadas de toda la larga e ilustre trayectoria de Batman. No ha envejecido un ápice, sigue despertando polémicas, apasionando a unos y molestando a otros. Se ha argumentado –y creo que hay cierta razón en ello– que se trata de una obra sobrevalorada y que se ha elevado al estatus de que goza sólo por ser Alan Moore su escritor. Pero en cualquier caso es un cómic que no ha perdido vitalidad ni ha sufrido el paso del tiempo independientemente del curso que ambos personajes, héroe y villano, han seguido en la continuidad oficial de DC. Lleva décadas considerada por muchos críticos y aficionados como lectura esencial no sólo de la historia de Batman sino del género de superhéroes en general. Lo mejor, como sucede siempre en este tipo de obras tan icónicas y discutidas, es leerla, revisitarla cada cierto tiempo y formarse una opinión propia.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".