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«Watchmen» (1986-1987), de Alan Moore y Dave Gibbons

Situémonos en 1985. Sobre las estanterías de las tiendas de cómics se apilaban los ejemplares de una revista recién editada: el número 11 de Superman Annual. En sus páginas, podía encontrarse una magnífica y desconcertante aventura del héroe de Krypton, Para el hombre que lo tiene todo… (For the Man Who Has Everything), escrita por el británico Alan Moore e ilustrada por Dave Gibbons.

En Para el hombre que lo tiene todo… salían a relucir cualidades e ingredientes de interés: la profundidad psicológica de los personajes, su inclusión en una trama que bordeaba la catástrofe y el desarrollo de la historia por medio de subtramas que iban solapándose de forma inteligente. Resulta obvio que, según el plan de Moore y Gibbons, era posible aplicar ese mismo concepto a una miniserie limitada, destinada a un lector adulto.

Claro que no todo iba a ser fácil. Por aquellas fechas, el complejo Multiverso DC experimentaba toda una revolución. Los superhéroes que lo habitaban –y que daban sentido a sus dimensiones paralelas– tenían un nuevo horizonte al que dirigirse.

Un horizonte más accesible y realista, rigurosamente aclarado tras la publicación de otro cómic fundamental: Crisis en Tierras Infinitas (Crisis on Infinite Earths, nº 1-12, DC Comics, 1985), con guión de Marv Wolfman, dibujo de George Pérez y entintado de Dick Giordano, Mike DeCarlo y Jerry Ordway

“Nuestra idea –escribía Marv Wolfman en 1998– era simplificar el universo DC, y lo logramos. Después de este tiempo, quiero pensar que los que siguieron nuestros pasos entienden la necesidad de seguir trabajando para ampliar el número de lectores, no hacerla disminuir sólo por querer seguir fieles a una continuidad anticuada”.

El caso es que Moore pensaba que su nuevo proyecto, Watchmen, podía desarrollarse en alguna de esas Tierras del viejo Multiverso DC. Mientras que Crisis en Tierras Infinitas caía como una bomba en el mercado, la propuesta del guionista inglés iba a contracorriente. Sin embargo, tenía a su favor una orientación muy prometedora: la nostalgia.

El planteamiento de Moore consistía en tomar a personajes veteranos, propiedad de la DC, y deconstruirlos como si un psicoanalista hubiese abierto su consulta en Gotham o Metrópolis.

En un principio, el inglés quiso que Watchmen estuviera protagonizado por los héroes patrióticos del sello Archie Comics. Más adelante, fijó su atención en los justicieros de otra vieja marca recién adquirida por DC: Charlton. ¿Problemas? Sobre todo uno: Moore y Gibbons llevaron demasiado lejos ese plan de sacar a los superhéroes del paraíso de las buenas maneras para empujarlos al lado oscuro. Por eso, con una cautela razonable, sus jefes de la DC decidieron que los personajes de Watchmen debían ser de nueva creación, sin vínculos evidentes con el rentable panteón de Batman, Superman, Flash y compañía.

No obstante, cuando los doce números de la serie salieron a la venta entre 1986 y 1987, muchos reconocieron en sus protagonistas el rastro de los personajes de Charlton Comics e incluso de la DC. Así quedó este juego de parecidos razonables: el Dr. Manhattan tenía un aire de familia con el Capitán Átomo. Rorschach no sólo era semejante a La Pregunta (The Question) sino también a Mr. A. Y entre Búho Nocturno y Blue Beetle había más de un punto en común (aunque tampoco es difícil imaginarlo como un Batman de segunda división).

«La sinopsis de Moore ‒escribe Grant Morrison en su libro Supergods‒ hablaba de una novela de misterio y asesinato en doce entregas con un telón de fondo familiar, la paranoia nuclear de la Guerra Fría, pero que tenía lugar en una historia alternativa, donde la aparición en 1959 de un único superhombre estadounidense [el Doctor Manhattan] había deformado y desestabilizado la política, la economía mundial e incluso la cultura. Al estar concebida para ser una novela completa, la idea original tenía que dar conclusiones ‘lógicas’ a las historias de los personajes que DC había adquirido de Charlton. (…) Gracias a ese proceso de revisión y reinvención, Moore y Gibbons crearon una obra maestra, una joya de ficción coherente y completa que habría sido imposible dadas las limitaciones de los personajes originales».

Por si han olvidado la línea argumental, les recordaré que Watchmen se desarrolla en un mundo alternativo. Corre el año 1985, Richard Nixon ocupa la Casa Blanca, los vigilantes están fuera de la legalidad y las tensiones con el bloque soviético alcanzan un punto de no retorno. En este contexto, un enmascarado de la vieja escuela, Rorschach, investiga la muerte violenta de un héroe de los cuarenta, el Comediante. En el transcurso de dicha búsqueda, salen a relucir las pequeñas y grandes miserias de los vigilantes, y también los secretos más oscuros del pasado, en especial los relativos a ese personaje todopoderoso, hijo de la experimentación atómica, el Doctor Manhattan.

Rorschach también se topará con indicios de una conspiración, de incalculables consecuencias, en la que está implicado un viejo compañero de fatigas, Ozymandias.

En cualquier caso, la cuestión de fondo que plantea Moore es: ¿quién vigila a los vigilantes? (Who Watches the Watchmen?). «En los ochenta, había mucha paranoia con la Guerra Fría (si iba a continuar su escalada y qué pasaría si lo hacía) y con la fragilidad de la sociedad, con qué poco habría que hacer para destruir completamente todo lo que teníamos ‒dice Dave Gibbons‒. Era algo muy real para mí. Y aunque haya disminuido un poco, existen nuevos miedos a la destrucción masiva, así que creo que siempre habrá paranoia».

Inevitablemente, Moore obliga a crecer a los superhéroes y los trata como adultos. Por otro lado, cambia la dinámica triunfalista que era propia del género, y se plantea alternativas más intelectuales ‒digámoslo así‒, que ya exploró durante su etapa en La Cosa del Pantano, y por supuesto, en Miracleman o V de Vendetta. En estas páginas, los héroes pecan y se equivocan, se frustran y dejan de creer, bajándose continuamente de su pedestal. Algunos son yonquis del poder, y otros ya olvidaron qué significa la justicia.

En las primeras páginas de Watchmen, como destaca Morrison, «no había efectos de sonido, ni bocadillos de pensamiento o cartuchos que nos pusieran en escena, si bien es cierto que Moore usó el monólogo interior en capítulos posteriores. El ritmo era acompasado, e incluía flash-backs, flash-forwards y una narración simultánea, para disociar el tiempo del reloj analógico y hacerlo cíclico, infinito y simultáneo, todo a la vez».

Con esa orientación posmoderna, Moore nos brindó un espectáculo fabuloso y memorable. Pero tuvimos que pagar un precio de entrada: la pérdida de la inocencia. De ahí que uno pueda discutir el impacto de Watchmen al comprobar cómo desaparecieron por el desagüe los paladines inocentes, juveniles y risueños, bien afeitados y moralmente íntegros.

Por culpa de Moore ‒o gracias a él‒, nos olvidamos de los viejos tebeos de superhéroes y los sustituimos por historias cada vez más sórdidas, perturbadoras y deprimentes. ¿Mereció la pena? Supongo que no hay una respuesta fácil para esta pregunta. Por mi parte, aún echo de menos las frivolidades y las acrobacias de los antiguos enmascarados.

«Watchmen ‒escribe Morrison‒ era un acontecimiento de arte pop capaz de extinguir dinosaurios y asolar planetas, y para cuando todo acabó ‒aún resuenan sus ecos‒ la fórmula para los cómics de superhéroes era cruda: evolucionar o morir. (…) Watchmen construyó su propio y esplendoroso laberinto de cristal, un objeto interminable y fascinante, surgido de las arenas rojas y marcianas de la imaginación de Moore«.

Sinopsis

¿Quién vigila a los vigilantes?

Nueva York, 1985. El cruento asesinato de Edward Blake, el Comediante, deja tras de sí un smiley manchado de sangre y moviliza a los pocos justicieros que aúnviven. Uno de los más resolutivos e implacables, Rorschach (Walter J. Kovacs), emprende una investigación que le hará reencontrarse con el desengañado Búho Nocturno (Dan Dreiberg), el poderoso Dr. Manhattan (Jon Osterman), el multimillonario Ozymandias, considerado “el hombre más listo del mundo” (Adrian Veidt), y la renuente y atormentada Espectro de Seda (Laurie Juspeczyk). Juntos afrontarán un pasado terrible, bajo la sombra de los Minutemen, y tratarán de superarlo para salvar el futuro… si es que el fin, cada vez más cerca, no llega antes y destruye la Tierra por completo.

Alan Moore y Dave Gibbons firman la que posiblemente sea la mejor historia de superhéroes de todos los tiempos, galardonada con premios tan prestigiosos como los Kirby, los Eisner, los Harvey e incluso el Hugo, jamás otorgado a ningún cómic hasta entonces.

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Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.