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Thorgal: «La galera negra» (1982), de Van Hamme y Rosinski

El cuarto volumen de la serie de Thorgal, La galera negra (La Galère noire), aparece en mayo de 1982. En él se nos cuenta cómo Thorgal y su embarazada esposa Aaricia se han asentado en una pequeña comunidad agrícola cerca del mar. Shaniah, la adolescente hija del líder de la aldea, se enamora de Thorgal, al que ve como su llave para escapar de una vida campesina que odia hacia el idealizado mundo exterior. Cuando una noche en la que Thorgal monta a caballo por la playa, ella se ofrece abiertamente, aquél la rechaza y Shaniah, despechada, le roba el rocín sólo para que, poco después, un extraño se lo quite a ella.

Al día siguiente, un contingente armado al mando del conde Ewing, de la corte de Shardar, rey Brek Zarith, llega al pueblo buscando a un tal Galathorn. Aún enojada por lo acontecido la noche anterior, Shaniah acusa a Thorgal de ser cómplice del fugitivo, por lo que es tomado prisionero y trasladado a la galera del degenerado príncipe Veronar. Ya abordo, Ewing desvela sus planes a Thorgal: quiere encontrar a Galathorn no para matarlo por rebelarse contra el rey, sino para aliarse con él y destronar al ya anciano Shardar antes de que el trono pase a su heredero.

Pero su conspiración es descubierta por el príncipe y ambos están destinados a morir cuando un barco vikingo asoma por el horizonte con intención de saquear la galera. Los nórdicos resultan estar capitaneados por Jorund (al que ya habíamos visto en la “La Isla de los Mares Helados”), que libera a Thorgal para que pueda regresar a la aldea. Sin embargo, ésta ha sido arrasada y todos sus habitantes masacrados. Aaricia ha desaparecido y la única superviviente es Shaniah.

Lo que llama inmediatamente la atención de La galera negra es la evolución gráfica de Rosinski. En pocas ocasiones puede verse a un artista mejorar tan rápidamente al tiempo que mantiene una producción tan constante. La línea se ha estilizado, ganando en precisión y seguridad; y el juego de luces y sombras que se convertirá en uno de los puntos fuertes de la serie, mejora sobremanera. Aunque la narrativa aún tiene algunos puntos perfectibles, discurre de forma muy fluida incluyendo algunas desviaciones puntuales respecto al clasicismo más estricto, como esa división diagonal de viñetas cuando Veronar dispara flechas a Thorgal y Ewing; la cabalgada nocturna de Thorgal, sacando a las figuras de las viñetas; o la conversión de las onomatopeyas de los tambores del cómitre en límite de las viñetas.

Rosinski no es solo un buen dibujante y narrador sino un excelente entintador que sabe cómo crear todo tipo de texturas, desde las nubes a la piedra de los muros de los castillos o los cascos de madera de los navíos. Su uso de la plumilla y el buen ojo en la aplicación de superficies negras es de una finura extraordinaria, lo que se evidencia en momentos en los que la iluminación es fundamental para resaltar la atmósfera o el dramatismo, como la escena nocturna en la playa o aquella que transcurre bajo la cubierta de la galera, donde los galeotes se dejan la vida a los remos.

También hay que destacar en lo que a Rosinski se refiere la caracterización de personajes. Como sólo los grandes del cómic saben hacer, insufla auténtica vida, personalidad y expresividad a hombres y mujeres sin caer en manierismos ni exageraciones. Siempre fiel a su estilo naturalista, sabe dotar de sensualidad a sus personajes dependiendo de su edad, carácter y papel en la trama; y hacerlo de forma más o menos directa o sutil. Es el caso de Thorgal, de Aaricia, de Ewing y también, claro, de Shaniah, una “lolita” que constituye uno de los personajes más perturbadores de esta primera etapa de la serie. Pero es que además y como se verá más adelante en otros álbumes, Rosinski se moverá con igual facilidad a la hora de dibujar seres mitológicos o grotescos.

Por su parte, Jean Van Hamme ofrece una historia más sólida y coherente que las anteriores, demostrando que conoce perfectamente cómo desarrollar con total efectividad lo que en el fondo es una trama sencilla, introduciendo toques fantásticos en su particular recreación de la cultura vikinga. No es que estemos ante historias muy originales: están narradas linealmente, separadas a menudo en bloques bien delimitados y basadas en códigos bien conocidos (las pruebas de Los tres ancianos del país de Arán, el héroe falsamente acusado de este volumen…). Pero en ningún momento resultan aburridas. Tienen un excelente ritmo, un buen equilibrio entre aventura, acción, fantasía, tragedia y melodrama, giros y sorpresas y personajes que, aunque especialmente en el caso de los villanos sean un tanto unidimensionales, están bien caracterizados.

Donde sí se muestra más osado Van Hamme es en su tratamiento de los protagonistas en relación al tiempo. Como hicieron antes que él Hal Foster en Príncipe Valiente, Charlier en Teniente Blueberry o Derib en Buddy Longway, Van Hamme no congela a Thorgal y Aaricia en una especie de burbuja temporal, sino que ambos van envejeciendo paulatinamente y evolucionando en sus personalidades. En el curso de los cuatro primeros álbumes, por ejemplo, los hemos visto pasar de amantes a matrimonio consolidado esperando su primer hijo, sugiriendo así que se va a crear una familia que, a su vez, tendrá consecuencias sobre el tipo de aventuras que se contarán. Es un guiño al realismo que conecta perfectamente con el estilo gráfico de Rosinski.

A estas alturas y habiendo demostrado sus autores no sólo su capacidad para entretener sino su deseo de evolucionar, Thorgal se había convertido en un éxito de ventas. Ello a su vez permitió finalizar La galera negra en un cliffhanger: parece que Aaricia ha muerto, pero el lector sabe que no es así, y espera que en siguientes entregas el héroe pase por las correspondientes pruebas y desafíos para reunirse con ella.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".