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Harold Foster, el príncipe de los dibujantes

La reedición de las planchas dominicales que el dibujante Harold Foster dedicó al personaje de Tarzán pone de manifiesto al lector actual ese espectáculo vital e increíble que Foster era capaz de encerrar entre viñetas. Claro que esta exaltación de las más profundas esencias del hombre no se limita a la jungla, ya que Foster supo buscarla también más allá de las fronteras del tiempo, cuando el Rey Arturo y sus caballeros aún cabalgaban por las leyendas de una Europa mítica.

A lo largo de los años, he disfrutado de diversas ediciones de El Príncipe Valiente (Prince Valiant), la obra cumbre de Harold Foster. Recuerdo números sueltos de la editorial mexicana Novaro, los ejemplares apasiados de la editorial Dólar, los ocho tomos a color publicados por Buru Lan a la altura de los años setenta, la edición en blanco y negro de B.O. una década después… Así hasta llegar a comienzos de los noventa, cuando Ediciones B lanzó al mercado la integral de la serie, sin excluir las irregulares páginas del dibujante que tomó el relevo de Foster, John Cullen Murphy. Aún no podía imaginar entonces que llegaríamos a disponer de una edición definitiva y cuidada en todos sus detalles, como demostró Dolmen en esos cuidadísimos tomos que reviven a Tarzán y al Principe Valiente.

Esta última versión ‒la de Dolmen‒ me llevó a pensar en la personalidad del creador de estos tebeos, y sobre todo, en la leyenda que aún genera.

Desde el primer día de su existencia, todo en la vida de Harold Foster parece disponer las líneas que enriquecerán su obra. Nace en 1892 en una ciudad de aventureros, Halifax, en la Nueva Escocia canadiense, y pronto conoce la pérdida de su padre, que muere cuando Harold sólo cuenta cuatro años.

Ocho años más tarde, su madre vuelve a contraer matrimonio con un hombre bondadoso, muy aficionado a la naturaleza. Esa influencia de su padrastro explica que Foster, durante su adolescencia, sea un valiente cazador que no duda en perderse por los intrincados bosques de la zona tras la pista de alguna pieza difícil.

Otra de sus aficiones es la vela. A bordo de un barco que él mismo capitanea, recorre la tortuosa costa atlántica y disfruta del espectáculo de la fauna local.

Cumple los catorce años en Winnipeg, Manitoba, vendiendo periódicos como uno de esos repartidores (newsies) que recitaban a viva voz los titulares del día. Sus horas libres las ocupa como boxeador ocasional, y ya sueña con realizar sus primeros trabajos como ilustrador.

Durante horas, se encierra en la Biblioteca Carnegie de Winnipeg, y allí busca inspiración en los artistas clásicos. En principio, imita en sus dibujos las obras del Renacimiento. Más tarde le atraen los prerrafaelitas ingleses y los pintores americanos que forman la Escuela del Río Hudson.

La primera oportunidad en el campo de la ilustración se la debe a la Compañía de la Bahía de Hudson, que le encarga el diseño de uno de sus catálogos comerciales, en concreto el que se dedica a la ropa íntima femenina.

A estas alturas, Hal Foster ya tiene un puñado de artistas predilectos, a los que emula con obvio interés. Sus nombres –casi sobra decirlo– evocan lo mejor de la ilustración del XIX y principios del XX: Arthur Rackham, E.A. Abbey, Howard Pyle, J.C. Leyendecker, James Montgomery Flagg, Maxfield Parrish y N.C. Wyeth.

Se enamora entonces de una hermosa mujer rubia llamada Helen. Contrae matrimonio con ella en 1915, y luego emigran juntos a Ontario y más tarde a Manitoba. Foster cree en las noticias de que allí existe todavía algún yacimiento de oro sin esquilmar. Mientras lo buscan, los Foster trabajan como guías de caza.

No se sabe cuándo ni como, pero el caso es que Hal encuentra un filón. Le pagan por esas pepitas de oro, pero pierde o gasta la ganancia en poco tiempo, como impulsado por algún capricho refinado que le empuja finalmente a Chicago, donde ingresa, por este orden, en el Instituto de Arte, en la Academia Nacional de Diseño y en la Academia de Bellas Artes.

Los Foster tienen ya dos hijos, y como padre de familia, Hal siente que debe tomarse en serio su carrera como ilustrador. En Chicago lo contrata la Jahn & Ollier Engraving Company. Poco después, obtiene un puesto en el Palenske-Young Studio, donde ilustra láminas para publicaciones y marcas como Illinois Pacific Railroad, Jekle Margarine, Northwest Paper, Popular Mechanics y Southern Pacific Railroad.

Llegado este punto, sólo tienen que sonar las primeras campanadas del año 1929 para que esa vorágine vitalista que habita en Foster se refleje en su primera obra: las tiras que narran las aventuras selváticas de Tarzán, la creación más popular del escritor Edgar Rice Burroughs.

¿Cómo llega Foster a dibujar las aventuras del rey de la selva? El caso es que Joseph H. Neebe, fundador de Famous Books and Plays, Inc., se reúne con Burroughs en 1927, con el propósito de obtener su permiso para editar una historieta sobre Tarzán. Dos años más tarde, Neebe llega a un acuerdo con Foster, quien inicia la serie e inmediatamente cautiva al público gracias al realismo dinámico de sus composiciones.

Pese a su buena acogida, Foster pronto abandona este trabajo, que proseguirá el dibujante Rex Maxon. Sin embargo, nuestro artista no pierde de vista al personaje, ya que Foster es el encargado de dibujar las planchas dominicales de Tarzán, realizadas a todo color, hasta el año 1937.

El popular magnate William Randolph Hearst, dueño del King Features Syndicate, piensa en él para dibujar una nueva serie de aventuras en color para los diarios americanos. Y Foster puede entonces dar vida al personaje que le hará pasar a la Historia del Cómic: Val, el indómito protagonista de El Principe Valiente.

El desarrollo del proyecto es arduo, y pasa por varias etapas. El caballero protagonista del relato urdido por Foster se llama, en principio, Derek, Son of Thane. Insatisfecho, el dibujante y guionista le cambia ese nombre por el de Prince Arn.

El título no consigue el beneplácito del King Features Syndicate, y su gerente, Joseph Connelly, decide que lo más razonable es que el héroe se llame Prince Valiant. Al fin y al cabo, se trata de plasmar las aventuras del integrante más valeroso de la Tabla Redonda.

La primera entrega de la saga, finalmente titulada, El Príncipe Valiente en los días del Rey Arturo (Prince Valiant in the Days of King Arthur) sale de imprenta el 13 de febrero de 1937. Su protagonista, Val, es el hijo de un monarca vikingo desterrado, Aguar. Una vez nombrado caballero por el Rey Arturo, vive innumerables aventuras, y durante una de ellas, conoce a la reina Aleta, de quien se enamora sin remedio.

Las peripecias de Val transcurren en el siglo V después de Cristo y su territorio abarca medio mundo, ya que el Príncipe viaja por toda Europa, el Norte de África e incluso alcanza las costas de Terranova.

En 1943 Hal Foster desarrolla dos proyectos paralelos: la adaptación en forma de cómic del libro The Song of Bernadette y la creación de unas tiras que sirven de complemento a las hazañas de Val: The Medieval Castle. Dos años después, elabora las ilustraciones del libro The Young Knight.

Con el paso de los años, el ilustrador se sirve de diversos asistentes que le ayudan a completar las planchas de El Príncipe Valiente. El primero de ellos es Wayne Boring, que acompaña a Foster durante la década de los sesenta. El hijo del dibujante, Arthur James Foster, cumple una tarea similar, lo mismo que Philip “Tex” Blaisdell.

Foster abandona definitivamente las páginas de El Príncipe Valiente el 10 de febrero de 1980, dos años antes de su muerte, dejando su realización en manos del dibujante John Cullen Murphy, que en lo sucesivo cumple semanalmente su cita con los seguidores del héroe vikingo.

Más de un creador ha reclamado la herencia de Foster, pero quienes le han rendido tributo con más fortuna son Mark Schultz y Gary Gianni. Nada, sin embargo, puede empañar el recuerdo del hombre que mejor supo reflejar en una historieta la cualidad romántica de la aventura.

Obras de Harold Foster:

Tarzán (1929-1937): 60 tiras y 293 planchas.

El Príncipe Valiente (1937-1980): 1.769 planchas.

La canción de Bernadette (1942): 30 tiras.

El castillo medieval (1944-19459: 84 tiras.

La primera Navidad (1948): 6 páginas ilustradas.

Copyright de las imágenes © Dolmen Editorial. Reservados todos los derechos.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Publiqué la primera versión de este artículo en la revista «Todo Pantallas». Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.