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«Batman: La broma asesina» (1988), de Alan Moore y Brian Bolland

El Joker siempre fue el mejor entre la población de reclusos de Arkham. Y eso que entre los villanos de Gotham hay de todo: pervertidos, mutantes, criminales que parecen salir de una novela rusa, asesinos que quieren una vida glamourosa, segundones sin suerte, y en general, tipos infames y carismáticos, propensos a los trastornos del comportamiento.

Cuando a un lector veterano le preguntan por su tebeo de Joker predilecto, suele mencionar La broma asesina, escrita por Alan Moore en el 88, y dibujado por Brian Bolland cuando estaba en la cima de sus capacidades artísticas.

Fiel a la tradición, Moore recurrió a una historieta previa, «The Man Behind the Red Hood!» (febrero de 1951), con guión de Bill Finger y arte de Lew Sayre Schwartz y George Roussos. De sus páginas extrajo el origen del Guasón, y acentuó los detalles más sórdidos para actualizarla, añadiendo una deriva suplementaria y siniestra: ¿qué podría hacer el Joker para volver loco a Jim Gordon y para despertar los demonios ocultos de Batman?

Antes de entrar en materia, fijémonos en el contexto editorial en el que apareció este cómic, porque nos puede ayudar a entender las razones de su enorme éxito.

Entre 1977 y 1986, el justiciero de Gotham City había empezado a adquirir una apariencia genuinamente oscura sin negar lo que de héroe clásico tiene (que es mucho).

Durante esta etapa, llega a los lectores un Batman maduro, deliberadamente recio y casi existencial. Debemos agradecérselo a dibujantes como Dick Giordano, Walt Simonson o Marshall Rogers, pero sobre todo a los guionistas que mejor entendieron la nueva psicología del personaje. En este sentido, podríamos empezar leyendo los relatos de Dennis O’Neil para luego atender a otro narrador de peso, Steve Englehart, a quien promovió el editor Julius Schwartz con el propósito de dar nueva vida al Hombre Murciélago.

El equipo que creó este nuevo ideal de Batman llegó con su instrumental de reanimación en un momento decisivo. En su tenaz búsqueda de fórmulas comerciales, Schwartz había explotado la estética camp que puso de moda la teleserie de 1966. Cuando el Batman televisivo salió de la programación (1968), Schwartz decidió que no era mala idea desarrollar la estética gótica del personaje.

Ya habían contribuido a ese propósito Dennis O’Neil y el dibujante Neal Adams, que instalaron al enmascarado en un entorno más contemporáneo y deprimente, potenciando las tramas policiacas y dejando de lado las concesiones infantiles. Completaron la faena Englehart y Rogers, a quienes hemos de agradecer que pusieran en acción al Batman definitivo en Detective Comics nº 471-476 (agosto de 1977-abril de 1978).

Al leer ahora los episodios escritos por Englehart, sorprende que no pudieran detener el declive en las ventas del personaje. De hecho, para invertir esa tendencia en la década siguiente hicieron falta dos pesos pesados: Tim Burton, que rodó su adaptación cinematográfica en 1989, y Frank Miller, que puso Gotham patas arriba con El regreso del Señor de la Noche (1986) y con Batman: Año Uno (1987). Sumemos a ello el bombazo trágico que supuso Una muerte en la familia (diciembre de 1988-enero de 1989), de Jim Starlin y Jim Aparo, y ya tendremos listo el escenario para valorar el trabajo de Moore (germen, por cierto, de la película de Burton, e indispensable para entender ese cómic de Starlin).

Ni que decir tiene que, mucho antes de que saliera de cacería el Batman crepuscular de Miller, el público ya había entrado en el cuarto de calderas de la Mansión Wayne gracias a Englehart y O’Neil. Su Batman es un tipo sobrio, que mantiene a mano los trágicos recuerdos y no necesita la pirotecnia circense para imponer su autoridad. El de Englehart y sus dibujantes es, a todas luces, un trabajo maduro, tanto en la técnica como en la expresión.

Pero en los convulsos ochenta hacía falta algo más. Moore partió de una certeza: Joker no es un payaso malvado e imaginativo, sino un psicópata que un mal día perdió la cabeza. Lo cual, por cierto, es algo que también afecta al propio Batman. Dicho de otro modo: el villano y el héroe se necesitan mutuamente para existir y para entender su destino.

Segundo dispositivo: incluso los héroes son vulnerables. Para ponerlo en práctica, el guionista tomó una decisión que puede horrorizarnos: el Joker dispara a Barbara Gordon (la antigua Batgirl), la somete a algún tipo de asalto sexual (la elipsis nos invita a pensar en lo peor) y luego fotografía su cuerpo para volver loco a su padre, el comisario Gordon.

Dado que Moore ha usado más de una vez este tipo de episodios ‒hay violaciones en varias de sus obras‒, el asunto daría para explorar una posible misoginia, o cuando menos, ciertas obsesiones a la hora de encajar sus relatos a partir de escenas propias del peor cine de explotación de los setenta.

En 1988, La broma asesina nos pareció el no va más del realismo. Aquí los personajes de Gotham no eran figuras unidimensionales, sino criaturas con cierta densidad psicológica, que reconocen el miedo y la locura. Teniendo en cuenta las virtudes narrativas de Moore, a nadie le extrañó que aquella historia fluyera de forma orgánica, sin un solo altibajo.

En todo caso, fue decisiva la participación de Brian Bolland. Como ya había demostrado en Camelot 3000 (1982), puede decirse que era tan meticuloso como elegante. Y esa forma de dibujar cuadraba a la perfección en una trama como esta.

Poco importa que Moore y Bolland enfocasen su colaboración mediante claves británicas ‒me refiero al espíritu de revistas como 2000 AD, cuna de personajes tan brutales como el Juez Dredd‒, o que Moore mantuviera ese ánimo iconoclasta que dio lugar a Watchmen.

Por interesante que parezca, esto no explica la valentía de La broma asesina, que en realidad, también es fruto del espíritu imperante en DC por aquellos días. Len Wein había cedido paso a otro editor, Dennis O’Neil, y a la hora de darle luz verde, nadie se empeñó en censurar o reenfocar ninguna propuesta de Moore.

El elemento estrella, como ya indiqué, era el encuentro entre dos personajes: Batman y el Joker. Un justiciero brutal y un sociópata perturbado. Interdependientes. Simbióticos. Atrapados en una identidad que surgió de forma violenta pero casual. ¿Y qué quiere decir esto último? Pues que un pequeño giro de los acontecimientos en el pasado hubiera conducido a ambos en una dirección rutinaria, y acaso feliz.

Más allá de la importancia que tuvo en su época, es interesante releer La broma asesina en estos tiempos. De hecho, el primero que observa todo aquello sin nostalgia es el propio Moore: «Watchmen ‒explica‒ tenía algo que ver con el poder. V de Vendetta trataba sobre el fascismo y la anarquía, The Killing Joke iba sobre Batman y el Joker. Y Batman y el Joker no son símbolos de nada que sea real.  En el mundo real, son solo dos personajes de tebeo».

«Nunca me gustó mucho lo que escribí en aquel cómic ‒dice Moore‒. Creo que añadía demasiado peso melodramático sobre un personaje que nunca fue diseñado para soportarlo. Era demasiado desagradable, demasiado violento. Tuvo algo positivo, pero si hablo de mi escritura, no es una de mis piezas favoritas. Si, como dije, Dios no lo quiera, alguna vez volviera a escribir un personaje como Batman, probablemente lo ubicaría directamente en el feliz periodo en el que Dick Sprang lo estaba dibujando, y donde tenías personajes como Ace el Bati-Sabueso, Batimito o el Batman Cebra [el mismo que se enfrenta a Zebra-Man en Detective Comics nº 275, enero de 1960]. Es decir, cuando era más tonto. Por aquel entonces, rebosaba imaginación e ideas divertidas. No creo que el mundo necesite tantos vengadores psicópatas e inquietantes. No sé si lo necesitamos. Me decepcionó que Watchmen fuese absorbido por la tendencia mayoritaria de la cultura de masas. En principio, pensé que era algo novedoso. Pensé que con obras como Watchmen y Miracleman se podía decir: «Mira, esto es lo que puedes hacer con estos viejos conceptos obsoletos. Puedes darles la vuelta. Puedes resucitarlos. No te pongas límites y usa la imaginación». De forma ingenua, yo esperaba una avalancha de obras originales e insólitas. Aquello era algo destinado a liberar el mundo del cómic. En cambio, se convirtió en un gran obstáculo que los cómics nunca han terminado de resolver. Estos han perdido gran parte de su inocencia original y ya no pueden recuperarla. Y al parecer, siguen atrapados en esta especie de gueto depresivo de tristeza y psicosis. No estoy muy orgulloso de ser el responsable de esa tendencia tan lamentable».

Sinopsis

«Para todos los que –escribe Tim Sale– participaban en los cómics mayoritarios a finales de los años 80 o los que –como en mi caso– nos manteníamos con la nariz pegada al cristal del escaparate, la suma de cuatro títulos de la talla de El regreso del Caballero OscuroWatchmen, Batman: Año Uno y Batman: La broma asesina supusieron una gran renovación para el medio. Los personajes (menos los de Watchmen) llevaban décadas en acción y, aunque muchos guionistas y dibujantes de enorme talento habían llevado a cabo obras notables con ellos, reinaba una increíble sensación de aire fresco gracias a Frank Miller y a ese hatajo de locos británicos –Alan Moore, Brian Bolland, John Higgins, Richard Starkings y Dave Gibbons– que tantas posibilidades veían en ellos, en las historias que con ellos podían contarse y, no por casualidad, en el propio modo de ofrecer esas historias. Batman: La broma asesina es el único de los relatos citados que no existía previamente en otro formato, es decir, como una serie de cómics que terminaría por ser recopilada en lo que denominamos, con un término muy ambivalente, novela gráfica. La broma asesina era una historia de 46 páginas, pero elaborada de forma tan asombrosa e impresa con tanta limpieza y pulcritud que parecía otro tipo de criatura. No solamente un cómic de Batman realmente genial, sino algo distinto. Entonces no me di cuenta, pero ahora sí. Es lo que son capaces de hacer los autores de talento extraordinario: que lo viejo parezca nuevo.Y emocionante. No nos olvidemos de eso».

«Me han contado –añade Sale– que los orígenes de Batman: La broma asesina se remontan a la propuesta de una aventura conjunta de Batman y Juez Dredd que tenían preparada Moore y Bolland. Al no poder sacarla adelante, Moore le preguntó a Bolland qué otra cosa quería hacer, y Bolland respondió: ‘El Joker, por favor’.Qué educado. Y así nació un clásico. Moore es famoso por muchas cosas, entre ellas –y ciertamente no es ningún secreto– sus guiones obsesivamente controlados y milimétricamente orquestados, que siempre exigen un esfuerzo proporcional a su compañero en el apartado gráfico. Y en el asombroso Brian Bolland encontró a un dibujante que era su igual en talento, fanatismo, cuidado y expresividad de sus creaciones. Ambos deslumbran con su representación de lo mundano, de tal modo que nunca parece mundano. Y luego hacen estallar la revelación, algo tan explosivo que solo entonces te das cuenta de lo bien que te han engatusado como lector, únicamente para tenderte una trampa. La revelación del Joker en la página 11, el trágico acontecimiento de la página 18, la segunda revelación en la página 37… todo está orquestado y desarrollado de modo que te deja estupefacto, y vuelve a dejarte estupefacto cuando echas la vista atrás y observas el cuidado con que estos verdaderos artistas han sido plenamente conscientes de ello y lo han planteado así desde el principio. Qué divertido es hallarse en manos de creadores que saben tanto sobre lo que hacen. Ah, ¿y el chiste (¿a que mola el hecho de que la historia termine con un chiste?) del final? Impagable, gracioso y perfecto para los personajes de Batman y el Joker».

El clásico relato de Batman escrito por Alan Moore (WatchmenV de Vendetta) y dibujado por Brian Bolland (Camelot 3000) llega como nunca antes se había visto. No solo entra a formar parte de la línea Absolute como el clásico del cómic que es, sino que además lo hace con un nuevo coloreado realizado por el propio Bolland. Se trata de una edición muy especial que también incluye la historia de Bolland para el primer recopilatorio de Batman: Black & White coloreada para la ocasión y páginas extras con bocetos y diseños preliminares de semejante obra maestra. El lanzamiento de esta edición absolute de Batman: La broma asesina cuenta con el recoloreado de Brian Bolland e incluye una introducción de Tim Sale, dibujante conocido por sus colaboraciones con Jeph Loeb y por su participación en la exitosa serie televisiva Héroes. A continuación, las palabras de Sale acerca de este Batman: La broma asesina, o lo que es lo mismo, el Joker en manos de Alan Moore. ¿Te lo vas a perder?

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.