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«Los siete magníficos del espacio» (1980), de Jimmy T. Murakami

El director y productor Roger Corman es famoso sobre todo por sus coloristas films de terror, pero siempre fue algo más que un maestro de lo macabro. Su innato talento para el diseño y el buen ojo a la hora de elegir a sus colaboradores hicieron de él una de las figuras más relevantes del cine de los cincuenta y sesenta. Fue el productor de más de 400 películas. Como director, sus mejores obras fueron sin duda aquellas protagonizadas por Vincent Price, en especial La Máscara de la Muerte Roja (1964), filmada por Nicolas Roeg como director de fotografía, y La tumba de Ligeia (1964). Ambas cintas ofrecieron un gran impacto visual y una notable fidelidad al mundo interior de Edgar Allan Poe.

A Corman también se le apodó justificadamente como rey de la serie B gracias a su talento para detectar y reaccionar rápidamente a las modas establecidas por éxitos de taquilla ajenos y exprimirlas con una serie de cintas mediocres y horteras, no del todo exentas de encanto. Ya fuera como productor o como director, sus intereses fueron variando. Los monstruos y la ciencia ficción en los años cincuenta. El terror gótico de la Hammer en los sesenta, con sus propias adaptaciones de Poe. Las cintas de moteros y las imitaciones de Bonnie & Clyde (1967) a finales de los sesenta y primeros setenta. Los clónicos de Tiburón (1975), de Alien (1979), de Gremlins (1984) o de los éxitos de las artes marciales y del género de acción en los ochenta y noventa. Y por último, los remakes de sus propios guiones de la primera etapa, cuando llegó la moda de las nuevas versiones de películas de ciencia-ficción de los cincuenta, como La mosca (1986).

Pues bien, Los siete magníficos del espacio fue su personal contribución a la fiebre desatada por Star Wars (1977). E título “original”, por cierto, es Battle Beyond the Stars, cambiando descaradamente las “Guerras de las estrellas” de Lucas por una “Batalla más allá de las estrellas”.

El déspota galactico Sador (John Saxon) llega con su nave destructora de mundos al pacífico planeta Akira, y exige a sus habitantes que se rindan a él y le paguen tributo. Dado que no tienen armas ni conocimientos bélicos, la mejor opción de los nativos parece la de doblegarse. Pero entones el joven e ingenuo granjero Shad (Richard Thomas) se presenta voluntario para, a bordo de una vieja nave espacial, buscar ayuda mercenaria.

Su viaje le llevará a contactar y reclutar a un variopinto grupo, en el que se incluye un grupo de clones con mente grupal, los alienígenas Kelvin 1 y Kelvin 2 (Larry Meyers y Lara Cody), el reptiliano Cayman (Morgan Woodward), una guerrera valkiria (Sybil Danning), un camionero cowboy (George Peppard) y un asesino (Robert Vaughn), todos los cuales se unirán a la causa de Akira por sus propias razones, no necesariamente monetarias.

Los siete magníficos del espacio iba a contar inicialmente con un presupuesto de cinco millones de dólares, lo que a todas luces era una cantidad exagerada (la propia Star Wars costó 11 millones, pero aquí se trataba de una producción de mucho menor calado). Aunque al final la factura salió por 2 millones, en su momento se trató de la película más cara producida por Corman hasta la fecha. Ahora bien, la mayor parte del dinero fue a pagar los salarios de los actores. Aunque George Peppard, Robert Vaughn o John Saxon ya habían dejado atrás su mejor época, su caché seguía siendo elevado para una película de serie B como esta.

Por otra parte, cuando concibió el proyecto, Corman pensó que para modelar las maquetas y miniaturas necesarias podría contratar por un par de cientos de dólares a un puñado de jóvenes entusiastas más interesados en meter cabeza en la industria que en sus emolumentos. Pero viendo que no iba a ser posible, tuvo que ahorrar por otro lado y optó por comprar un viejo almacén de madera y transformarlo en estudio y taller de efectos especiales. Ni siquiera retiró el cartel de la fachada, “Hammond Lumber” mientras duró la producción, supuestamente porque no quería gastarse lo que costaría quitarlo.

Lo cierto es que no quería llamar la atención sobre el lugar (su edificio de oficinas cerca de Westwood, Los Ángeles, era igualmente anónimo). Como la mayoría de las inversiones de Corman, aquel almacén le dio buen resultado y pudo alquilarlo en los periodos en los que no usaba las instalaciones.

Los siete magníficos del espacio fue despreciado por muchos como un intento cínico y barato de explotar el renacimiento de la ciencia ficción propiciado por Star Wars. Y desde luego, bastante de eso hay. Corman se inspiró en la publicidad de la película de Lucas, que hacía referencia a un “western del espacio” y le pidió a su guionista de plantilla, John Sayles, que reescribiera en clave de space opera Los siete magníficos, el western dirigido por John Sturges en 1960, que a su vez, era una versión de otra cinta más antigua, Los siete samuráis (1954), de Akira Kurosawa. Así, en lugar de forajidos chantajeando un pueblo mexicano de campesinos, tenemos a un tirano alienígena amenazando a un planeta. No obstante, la premisa básica es exactamente la misma.

Quizá intentando disfrazar su plagio de homenaje, Sayles bautizó al planeta en peligro con el nombre del realizador nipón, mientras que la conexión con la película americana de Sturges se establece en la persona del actor Robert Vaughn, que participó en ambas haciendo prácticamente el mismo papel. Por cierto, que los propios japoneses se habían adelantado a Corman estrenando su propia versión “espacial” de Los siete samurais: Los invasores del espacio (Uchu kara no messeji, 1978), de Kinji Fukasaku.

El problema de utilizar la trama de Los siete magníficos y Los siete samuráis es que todo resulta muy predecible. La única fuente de interés consiste en ver cómo los clichés propios del western se trasladan a otros clichés propios de la ciencia ficción. Algunas veces esto se consigue con cierto encanto, otras con una banalidad deprimente, y otras ni siquiera se intenta, como es el caso del mencionado personaje de Gelt. En este caso, Robert Vaughn reproducía punto por punto, desde el vestuario hasta su actitud entre siniestra y atormentada (¿o quizá era aburrimiento?), los del pistolero Lee de Los siete magníficos. Incluso pedía la misma compensación por sus servicios: “Una comida caliente y un lugar donde dormir”.

Un George Peppard en lo más bajo de su carrera está horrible como cowboy espacial pasota y alcoholizado (papel que, de todas maneras, no le debió costar mucho si tenemos en cuenta que dos años atrás aún era un adicto al alcohol).

Las únicas dos grandes razones para el estatus de actriz de culto que ha tenido Sybill Danning quedan ampliamente expuestas por un traje revelador que, sin embargo, no consigue hacer olvidar su terrible actuación (cuando la película se emitió en la televisión americana, hubo que remontar las escenas en las que aparecía ella para mostrar sólo primeros planos y esconder su generosa anatomía).

En cuanto a Richard Thomas en el papel de héroe, ofrece una interpretación demasiado blanda (quizá los años pasados participando en la serie familiar Los Walton quemaron sus dotes actorales).

Los siete magníficos del espacio nunca destaca más allá de ser un endeble compendio de los más sobados clichés extraídos de Star Wars. Como sucedió tan a menudo en la época (Galactica, estrella de combate fue otro ejemplo), el guión está firmado por alguien que consideraba intercambiables los géneros del western, el cine bélico y la ciencia ficción.

La trama mantiene cierto interés mientras Shad reúne a los mercenarios, pero una vez empiezan las hostilidades, todo degenera hasta culminar en un largo, predecible y tedioso clímax, con el obligado combate de naves en el espacio que se disparan láseres y tratan de destruir la superbase enemiga acertando en su único punto débil. Lo peor de todo es que, al tratarse de la cúspide dramática del film, toda la secuencia adolece de una lentitud abrumadora.

Además de al montaje, la culpa hay que achacársela a la pobreza de las maquetas. Al tener pocos detalles y resultar muy toscas, no se podían hacer primeros planos de las naves, y había que depender exclusivamente de planos medios y generales, lo que impide distinguir adecuadamente una nave de la otra en el frenesí de la acción.

No se encuentra aquí nada de la emoción y energía de Star Wars.

Si uno no se toma todo este asunto demasiado en serio, probablemente encontrará cómicos algunos de los improbables pero originales diseños de las naves. La perteneciente al tirano Sador, por ejemplo, parece un tiburón martillo gigante, mientras que la del héroe principal tiene un aspecto más orgánico y femenino, acorde con la maternal inteligencia artificial que la comanda, Nell (Lynn Carlin). Otra tiene la forma de un biplano de la Primera Guerra Mundial. Otra es un ovni huido de Encuentros en la tercera fase (1977) y otra recuerda a un escroto gigante…

Los siete magníficos del espacio seguramente habría atraído más atención de haberse estrenado unos años antes. Si se hubiera lanzado dentro del año siguiente a Star Wars, la desvergüenza de combinar elementos visuales de ésta con la trama de Los siete magníficos habría tenido más impacto. En 1980, en cambio, el público ya estaba bastante saturado de imitadores de la película de Lucas y, en general, de films y teleseries espaciales: la mencionada Galáctica, Buck Rogers en el siglo XXV, Alien, Star Trek: La película y tantas otras… La producción de Corman, por tanto, era ya muy poco novedosa.

Con todo, y como solía ser habitual en él, Corman supo rentabilizar su inversión. No solo la película quintuplicó en taquilla su presupuesto, sino que en años y décadas posteriores reciclaría tanto su banda sonora como sus efectos especiales para títulos aún más infames, como Space Raiders (1983), Los hechiceros del reino perdido (Wizards of the Lost Kingdom, 1985), Starquest II (1997) o Raptor (2001). Teniendo en cuenta la calidad de muchas de las imitaciones de Star Wars surgidas en aquellos años, Los siete magníficos del espacio fue una de las más recomendables, tanto por la diversión que ofrecía como por la calidad de sus decorados, sonido y efectos especiales. Lo cual no debería sorprendernos si recordamos que Corman sabía rodearse de jóvenes profesionales que luego se convertirían en estrellas de la industria, como la productora Gale Anne Hurd, el compositor James Horner, el experto en sonido Alan Howarth y en el departamento de efectos especiales, James Cameron, Randall Frakes (1997: Rescate en Nueva York), Alec Gillis (Cocoon, Aliens: El regreso, Alien 3, Starship Troopers) o Dennis y Robert Skotak (Abyss, Terminator 2, Batman vuelve).

A pesar del mediocre trabajo que hizo para esta película, John Sayles se convertiría más adelante en uno de los correctores de guiones y directores independientes más notables, con títulos como El hermano de otro planeta (The Brother from Another Planet, 1984), Matewan (1987), Passion Fish (1992), Lone Star (1996), Hombres armados (Men with Guns, 1997) o Limbo (1999).

En cuanto al director, Jimmy T. Murakami, acabó trasladándose al mundo de la animación con títulos como Heavy Metal (1981) o Cuando el viento sopla (When the Wind Blows, 1986).

Los siete magníficos del espacio no es, bajo ningún concepto, una buena película. Pero creo que tampoco lo pretendió nunca. Su objetivo fue ganar el máximo dinero posible con una inversión modesta, aprovechando del interés del público por la ciencia ficción. Dicho esto y alcanzado tal objetivo, se trata de una producción de Roger Corman, lo que en la mayoría de los casos significa un producto competentemente realizado. Sabía rodearse de gente con talento y extraer lo máximo posible de presupuestos muy ajustados, y eso no es nada fácil. Puede que estas palabras no parezcan una recomendación muy fervorosa, pero si se es amante del cine nostálgico y se ve con cierta benevolencia, esta es una opción mucho más entretenida y con mejores valores de producción que los de otras películas contemporáneas que. en los setenta y ochenta, explotaron el éxito de Star Wars.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".