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«Terminator 2: El juicio final» (1991), de James Cameron

Si se quiere encontrar una serie de películas cuya progresión refleje la del propio género de la ciencia ficción en Hollywood, la de Terminator es una buena opción. En su recorrido se suceden una película barata de serie B, extravagancias de alta tecnología y presupuestos astronómicos, refritos poco acertados que intentan explorar nuevos caminos sin demasiada valentía y una calculada franquicia en la que se incluyen cómics, videojuegos y serie de televisión. Está todo aquí.

La película de serie B fue la primera: Terminator, escrita y dirigida por un entonces desconocido James Cameron, cuya única experiencia en la dirección había sido Piraña 2 (1981) ‒que, para colmo, le había sido arrebatada y remontada por el productor‒. Para Terminator, Cameron contó con un magro presupuesto de seis millones y medio de dólares, su propia imaginación e ingenio y Arnold Schwarzenegger ‒no tanto un actor como una «presencia»‒ en el papel del Terminator.

La mayoría del público atribuyó a Schwarzenegger el mérito principal de la exitosa ecuación, pero fue Cameron el que la hizo funcionar. Su decisión más inteligente fue esquivar las limitaciones interpretativas de Schwarzenegger convirtiendo al Terminator en un asesino sin emociones que rara vez encadenaba tres palabras en la misma frase. ¿El resultado? El androide se convirtió en un icono de la cultura popular. Una vez solucionado ese asunto, Cameron rodó un guión limpio, ajustado, inteligente y dinámico, sumergiendo al público en el frenético mundo nocturno al que Sarah Connor se ve arrojada cuando se entera de que una máquina del futuro la persigue para matarla y evitar así que su hijo aún no nacido se convierta en un problema para las máquinas que en ese futuro dominan el mundo. La película tenía un ritmo tan rápido que los espectadores no tenían tiempo de fijarse en lo barata que era y Cameron (que no tardaría en hacerse famoso por las astronómicas cantidades de dinero que costaban sus películas) demostró que disponía tanto del ingenio como de la ingenuidad para trabajar con lo que fuera que tenía a su disposición, tanto en lo que se refiere a presupuestos como en tecnología y actores.

Terminator había sido una película de serie B con un poco más de presupuesto de lo habitual en esa división cinematográfica y que había conseguido su fenomenal reputación sobre todo en el mercado de vídeo doméstico. Ahora bien, en el periodo que medió entre las dos primeras entregas de la franquicia, sus dos principales nombres se habían convertido en estrellas. Por una parte, el antiguo culturista Arnold Schwarzenegger había acumulado éxito tras éxito en el cine de acción y ciencia ficción con Comando (1985), Ejecutor (1986), Depredador (1987) o Desafío total (1990), desarrollando su personaje más reconocible: un tipo duro, con un humor sarcástico y proclive a lanzar frases contundentes.

Por su parte, James Cameron había escalado a la cúspide del cine de género gracias a títulos como Aliens (1986) y The Abyss (1989). Para cuando inició la producción de Terminator 2, ya fue capaz de atraer un presupuesto de 98 millones de dólares, casi quince veces lo que había costado la primera entrega. Ello hizo de esta secuela la película más cara de la historia del cine –un record batido una y otra vez por el propio Cameron con Mentiras arriesgadas (1994), Titanic (1997) y Avatar (2009)‒. En cualquier caso, esa lluvia de millones, gastada sobre todo en unos efectos digitales pioneros y espectaculares escenas de acción, estuvo bien empleada porque el film recaudó cinco veces más.

Pues bien, siete años después de la colaboración de actor y director en Terminator y convertidos en profesionales asentados y con la confianza de la industria, llega la secuela. Lo cual fue una sorpresa porque nadie había esperado que James Cameron, Arnold Schwarzenegger y Linda Hamilton se pusieran de acuerdo para una segunda parte con la intención de ofrecer esencialmente más de lo mismo aunque con mayor intensidad y mucho más armamento pesado. Sin embargo y comoquiera que Cameron tiene la habilidad de hacer películas inteligentes, esa secuela acabó siendo muy superior a lo que suelen ser este tipo de productos. Después de todo, Aliens está considerada por muchos incluso superior a la original, Alien (1979). Pues bien, a pesar del enorme presupuesto invertido, Cameron consiguió mantener el mismo tono que en la primera, volviendo a cautivar al público con una mezcla similar de acción, ciencia ficción, violencia, suspense y profecías del apocalipsis.

Las semillas para una secuela de la primera película de Terminator se plantaron ya en un par de escenas eliminadas del montaje original de aquélla aunque sí incluidas en el DVD junto a comentarios del director explicando por qué las cortaron. En Sarah contraataca, la protagonista busca la dirección de Cyberdyne Systems, la empresa tecnológica que en el futuro fabricará Skynet y los Terminator, y trata de convencer a Kyle Resse de que si destruyen su sede podrán impedir el holocausto nuclear. Reese insiste en que ésa no es su misión, discuten y Sarah se escapa al bosque. Reese la persigue, casi le dispara y luego rompe a llorar ante la visión de la belleza natural que le rodea y de la que ha carecido toda su vida en ese futuro postapocalíptico. Cameron eliminó la escena porque pensó que este momento emotivo diluía la intensidad de uno posterior entre ambos personajes, pero esta omisión tuvo una consecuencia imprevista: aportar la idea que sostendría argumentalmente una posible secuela.

La otra escena eliminada, La fábrica, le habría dado a la primera entrega un final sorpresa muy del estilo de La Dimensión Desconocida, ya que en ella se descubría que el lugar de la batalla final entre Sarah y el Terminator era, de hecho, Cyberdyne Systems. Cuando los operarios descubren un brazo mecánico y un chip que han sobrevivido a la destrucción del androide, queda implícito que las investigaciones que realizará la empresa a partir de estos elementos desembocarán en la creación de Skynet. Cameron dijo que cortó esta escena porque la interpretación era muy mala, pero de haberse quedado en el montaje original, no hay duda de que todo el mundo la habría interpretado como el epílogo que daría lugar a una secuela aun cuando Cameron en ese momento no tenía intención alguna de realizarla.

A diferencia de Cameron, Arnold Schwarzenegger había estado interesado desde el principio en una secuela de Terminator, si bien no quería hacerla con Hemdale, la productora que tenía los derechos. Su idea para Terminator 2 era la de un espectáculo épico cuya escala superaba los medios económicos de Helmdale. Así que cuando los productores Mario Kassar y Andrew Vajna compraron los derechos a través de su compañía, Carolco Pictures, Schwarzenegger vio posibilidades para su proyecto.

Ahora que el dinero ya no era un problema se pudo atraer a Cameron, que recuperó una idea que se había visto obligado a abandonar en la primera película por ser técnicamente imposible: un Terminator de metal líquido que pudiera cambiar de forma. Sirviéndose de una tecnología ya testada en su película Abyss, el realizador estaba convencido de que podría llevar a la pantalla unos efectos especiales nunca antes vistos. Cameron y su coguionista William Wisher prepararon una historia a la que en broma se referían como “un chico y su Terminator” (homenajeando el clásico cuento de Harlan Ellison).

La película comienza con la voz en off de Sarah Connor (Linda Hamilton) estableciendo sucinta y eficientemente el tono de paranoia apocalíptica que va a dominar la historia: “Tres mil millones de personas murieron el 29 de agosto de 1997. Los supervivientes del fuego nuclear lo llamaron El Día del Juicio Final”.

Años después de los eventos narrados en la primera entrega, un segundo androide (Arnold Schwarzenegger) llega a Los Ángeles. Sarah Connor (Linda Hamilton) ha sido internada en una institución mental acusada de actos terroristas contra instalaciones informáticas impulsada por la terrible certeza de que el holocausto nuclear va a tener lugar el 29 de agosto de 1997. Tras su llegada, el Terminator rastrea al ahora conflictivo e infeliz adolescente hijo de aquélla y el difunto Kyle Reese, John (Edward Furlong), quien permanece bajo la custodia de un matrimonio en un hogar de acogida. Cuando un policía (Robert Patrick) intenta matarlo, el Terminator se interpone para protegerle.

Tras escapar del falso policía, el androide le explica que ha sido reprogramado por la resistencia del futuro y enviado hacia atrás en el tiempo para protegerle a él y a su madre del T-1000, un modelo más avanzado de Terminator. Mientras que el T-800 original era un endoesqueleto metálico recubierto de tejido vivo, este ha sido fabricado de una polialeación metálica que puede tornarse líquida para adoptar cualquier forma y aspecto y reconstruir su cuerpo en caso de resultar dañado. Perseguidos por el incansable e invencible T-1000, John y el Terminator rescatan a Sarah del psiquiátrico para, huyendo continuamente de la persecución del androide, tratar al mismo tiempo de impedir los eventos que llevarán al despertar de Skynet a la conciencia y la consiguiente exterminación de miles de millones de seres humanos en un holocausto nuclear.

Para esta secuela, la trama sigue los mismos hitos que en la primera: un Terminator atacante y un defensor viajan al pasado para asesinar/salvar a Sarah Connor y el hijo de ella que se convertirá en el líder de la futura resistencia humana contra las máquinas; hay un interludio en el psiquiátrico donde Sarah está internada seguido de una extensa persecución llena de obstáculos que lleva la trama hasta el clímax en una fábrica. Sin embargo, el gran presupuesto del que ahora disponía permitió a Cameron intensificarlo todo a la enésima potencia. Así, la película ofrece algunos momentos de acción verdaderamente espectaculares: el T-1000 arrollándolo todo con un tráiler mientras persigue a John Connor en una motocicleta; un asedio policial al laboratorio donde los protagonistas tratan de destruir a Skynet y del que escapan gracias a que el Terminator machaca en solitario a toda una brigada de los SWAT con lanzacohetes y gas; una tremenda persecución por una autopista que incluye una furgoneta de la policía, un helicóptero que explota, una ranchera vieja y un camión cisterna….Todo ello editado con brillantez para que siempre quede claro lo qué sucede y por qué.

Desde mediados de los ochenta, la fórmula más utilizada en las películas de ciencia-ficción –y en buena medida gracias a Terminator‒ era la de acción. Pero he aquí que un nuevo avance en los efectos visuales pasó a definir el cine de género de la nueva década: el CGI o gráficos generados por ordenador, cuyo ejemplo más ilustre y excesivo culminaría en la serie de películas de Matrix. Los gráficos por ordenador no eran algo nuevo y se habían usado en el cine por primera vez ya a principios de los setenta, mientras que en Tron (1982) fueron brillantemente utilizados para diseñar entornos de mundos imaginarios. Pero fue a principios de los noventa que el CGI alcanzó por fin el nivel de realismo exigido para que los efectos visuales se fundieran perfectamente con la interpretación de actores reales.

El primer uso “extensivo” de este hiperrealismo vino cortesía de James Cameron y su Terminator 2, concretamente en la forma del T-1000, diseñado y animado en su modo liquido con el entonces nuevo proceso digital conocido como morphing, con el que, ya lo he comentado, Cameron había experimentado en Abyss y que consistía básicamente en mapear digitalmente los puntos entre dos objetos diferentes y fusionarlos mientras se difuminaban. El resultado son imágenes tan sorprendentes como aquella en la que el T-1000 se camufla como una serie de baldosas a cuadros, transforma sus brazos en estacas afiladas de metal para empalar a sus víctimas; los impactos que sufre su cuerpo y que dejan agujeros en su cabeza antes de que se recomponga. Otro de los momentos que más dio que hablar fue aquel en el que es congelado y luego destrozado por una cisterna de nitrógeno líquido; sus trozos se funden luego a resultas de una fuga de metal derretido y se reúnen para reconstruir su cuerpo.

Los efectos digitales no totalizan más de cinco minutos en todo el metraje y, sin embargo, no sólo cambiaron el cine fantacientífico para siempre sino que casi treinta años después, siguen luciendo extraordinariamente bien, lo cual es un logro fenomenal habida cuenta del impresionante avance que han registrado éstos desde entonces. Y no sólo eso: Cameron no utiliza los efectos por mero exhibicionismo sino como herramienta al servicio de la historia, ya que los va dosificando a lo largo de la trama para revelar las capacidades del T-100, haciéndole uno de los villanos más terroríficos e implacables de la historia del cine.

Un año después de Terminator 2, los efectos de morphing habían sido adoptados por cientos de anuncios publicitarios, vídeos musicales y películas de ciencia ficción y fantasía. Cameron creó con esta película lo que iba a ser toda una nueva tecnología imprescindible para entender el cine de ciencia ficción y acción de los noventa y dos miles. Sólo en los dos años siguientes veríamos ciberespacios creados con la misma tecnología en El cortador de césped (1992) y dinosaurios en Parque Jurásico (1993). Es más, aunque las películas de acción ya incluían persecuciones automovilísticas y peleas, Cameron aumentó el nivel de espectacularidad, tanto en lo que se refiere al aspecto visual como en su sentido épico. De aquí beberían muchos otros realizadores con mayor o menor talento que firmarían títulos como Speed (1994), Armageddon (1998), La momia (1999), o Pearl Harbor (2001), por nombrar solo un puñado de los imitadores más banales.

Mientras que estos émulos reducían lo espectacular a rutinas sin sentido que se limitaban a apilar acción frenética y CGI, Terminator 2, después de todos los años transcurridos desde su estreno, sigue luciendo magnifico y es uno de los mejores representantes de ese tipo de cine. Por otra parte, no siempre el morphing es la mejor alternativa. En aquellos años, hubo muchas películas que se apresuraron a cambiar el maquillaje y efectos tradicionales por el ordenador. Ahí tenemos los hombres lobos de Luna maldita (1996) o los vampiros de Abierto hasta el amanecer (1996) y que, sin embargo, no consiguieron sorprender e impactar tanto como lo habían hecho en su momento sus antecesores más tradicionales en Aullidos (1980) o Un hombre lobo americano en Londres (1981). Y es que las formas orgánicas no se transforman con la fluidez que el morphing consigue en texturas metálicas o plásticas.

El principal cambio respecto a Terminator es que Arnold Schwarzenegger pasa a ser ahora “el bueno”. Ello podría responder al deseo de satisfacer a un público que en la primera parte se había identificado más –o al menos lo había disfrutado‒ con el androide del futuro que con los personajes humanos. Después de todo, el actor había firmado originalmente en la primera película para interpretar al humano Kyle Reese. De todas formas, la idea original para Terminator 2 fue la de que Schwarzenegger encarnara tanto al androide bueno como al asesino, aunque al final Cameron y Wisher decidieron una inversión completa respecto a la primera película. El actor se resistió inicialmente ‒¿qué diversión hay en un Terminator que no mata a nadie?‒ pero el director acabó convenciéndole de su visión.

Hay a quien no convence la humanización de la despiadada máquina asesina que había presentado la película original, argumentando que la actitud paternal que adopta hacia John es demasiado forzada. Sea como fuere, Cameron, que obviamente intenta recrear la relación madre-hija entre Ripley y Newt en Aliens, escribe buenas escenas y diálogos con toques de humor para ilustrar el proceso de humanización del androide. Éste protege al muchacho al tiempo que aprende de él las peculiaridades de la especie humana. Bien es cierto que al final Cameron no puede evitar caer en ese cliché antropocéntrico de la ciencia ficción sobre cómo la mayor aspiración de un androide es aprender las emociones humanas. Así, el clímax incluye el autosacrificio voluntario del Terminator para evitar que su tecnología caiga en malas manos en el presente y propicie la creación de Skynet, mientras pronuncia con dignidad la frase: “Ahora sé por qué lloráis”.

Como en la primera película, Cameron disfruta colocando a Arnold Schwarzenegger en poses de macho: vestido siempre de cuero negro y gafas de sol oscuras, conduciendo una Harley Davidson y rodándolo en cámara lenta mientras hace girar sus armas. Ahora bien, esa pose de tipo duro se queda algo desleída ya desde el principio, cuando el T-800 se acerca a un motorista y sólo le coge el par de gafas en vez de matarlo antes de montarse en la moto y alejarse acompañado del tema “Bad to the Bone” de George Thorogood. Además de poco coherente con el personaje, resulta un momento algo forzado.

Encarnando al villano en esta ocasión tenemos a Robert Patrick, un actor desconocido hasta ese momento y cuyo único papel en una producción destacada había sido la de terrorista en La Jungla de Cristal 2 (1990). La caracterización y actuación de Patrick en Terminator 2 es sobresaliente, con el pelo peinado hacia atrás, orejas saltonas, cara felina y algo andrógina y mirada intensa que irradia la sensación de ser una máquina fría, peligrosa e imparable. Verle correr tras la moto de John Connor como si estuviera impulsado por pistones mecánicos y más tarde darle una paliza al mucho más fornido T-800 son escenas memorables.

Menos verosímil que la transformación del T-800 de villano a héroe resulta la metamorfosis de Sarah Connor de víctima inocente en la primera parte a guerrera experta en esta segunda, una especie de militante ejemplar de la Asociación Nacional del Rifle. Hay pocas secuelas en las que el personaje principal experimente una transformación tan radical. Es como si para James Cameron el feminismo equivaliera al derecho de las mujeres a adoptar los comportamientos y actitudes más supuestamente varoniles del sexo masculino. Tenemos aquí a una Linda Hamilton mucho más delgada, fibrosa y malencarada que la frágil muchacha de la primera parte. Ahora es una asesina entrenada por guerrilleros y terroristas en el uso de todo tipo de armas y que, bordeando la psicopatía, no va a dudar en liquidar a quien se interponga en su autoimpuesta misión. De hecho, la obsesión por proteger a su hijo va a ser precisamente lo que la distancia emocionalmente de él y la razón por la que no resulte un personaje simpático para el espectador. No siendo una actriz particularmente dotada y estando su papel condicionado por la insistencia de Cameron en convertirla en una mujer más dura aún que los Terminator, Hamilton consigue de vez en cuando recuperar la relativa dulzura de la Sarah Connor primigenia.

En una entrevista, James Cameron definió a Terminator 2 como una película violenta sobre la paz. Esta afirmación roza lo pretencioso, como decir que alguien sólo puede estar un pozo embarazado. Ciertamente y habida cuenta de la exaltación de las armas y las explosiones que aquí se presenta, Terminator 2 contiene algunos mensajes un tanto contradictorios para tratarse de una película pacifista. Es más, se sirve de la tecnología más avanzada de la época para hacer un film que trata sobre la lucha contra las máquinas.

Por otra parte, el tema de prevenir el holocausto nuclear llega un poco tarde. Cuando Cameron hizo Terminator a mediados de los ochenta, la Guerra Fría había experimentado un rebrote gracias a las políticas de rearme atómico implementadas por Ronald Reagan. La preocupación por los conflictos nucleares es algo que ha aparecido en varios films de Cameron: Abyss tenía alienígenas que demostraban la estupidez de acumular armas atómicas; en Mentiras arriesgadas había un robo de ese tipo de armamento y hasta la detonación de un artefacto en los Cayos de Florida. Aunque el director le presta al miedo nuclear un papel más importante en Terminator 2 –hay una impactante secuencia onírica en la que un patio infantil es achicharrado a cámara lenta por la llamarada atómica y una ciudad entera resulta arrasada‒ para cuando se estrenó la película tanto la Unión Soviética como la Guerra Fría eran ya cosas del pasado y el mensaje subyacente quedaba sin efecto.

Los protagonistas de todas las películas de Cameron están inmersos en conflictos ultraviolentos para salvar sus vidas de unas amenazas colosales, a menudo derivadas del mal uso o mal funcionamiento de la tecnología. Terminator 2 fue el primero de sus films en el que a mitad de la lucha se permite una pausa para cuestionarse la moralidad de la supervivencia a toda costa. Así, es una historia que, tanto social como psicológicamente, aborda el tema del uso de la fuerza extrema, de encontrar la moral dentro del torbellino de violencia en el que se ven envueltos los personajes. Así, tenemos a John Connor, más compasivo que su madre a pesar de su difícil adolescencia, enseñando al Terminator la diferencia entre matar e incapacitar a la amenaza; Sarah dando un paso atrás en su fanática obsesión y decidiendo no asesinar a un inocente para evitar el futuro que tanto teme; o el evocador final, donde se expone que incluso un futuro apocalíptico puede conjurarse: “Si una máquina, un Terminator, puede aprender el valor de la vida humana, quizá nosotros también podamos. El futuro no está fijado. No hay más destino que el que creamos para nosotros mismos”.

Si de vez en cuando Terminator 2 es una película que parece impulsada tan sólo por la propia fuerza de su frenética acción y la espectacularidad de sus escenas y efectos, son estos dilemas éticos y el tema del destino frente al libre albedrío sobre una narrativa de viajes en el tiempo lo que le aportan una mayor solidez, no sólo comparada con su primera parte sino también respecto a otras películas del propio Cameron. Por ejemplo, nunca vimos a Ripley en Aliens o a Sarah Connor en Terminator detenerse un momento para cuestionarse la forma en que se han visto obligadas a actuar.

El compositor Brad Fiedel, responsable del característico tema central de la primera parte, regresa en esta segunda con una partitura electrónica aún más extensa que incluye también “You Could Be Mine”, un tema nuevo de Guns N´Roses, por entonces una de las bandas de rock más importantes del mundo. En el videoclip de la canción aparecía Arnold Schwarzenegger caracterizado como Terminator y con órdenes de aniquilar a todos los miembros del grupo, aunque al final perdona a Axl Rose (una decisión de la que el resto de sus compañeros, progresivamente expulsados por Rose, probablemente ahora se arrepientan). Y ya he mencionado más arriba el “Bad to the Bone” (1982), que ya en 1991 era uno de los temas más utilizados en bandas sonoras de todo tipo, de películas a anuncios televisivos. James Cameron reconoce este punto al tiempo que afirma que no pudo resistirse a incluirlo en la escena del T-800 haciéndose con el atuendo de motero.

Como suele ser el caso en todas sus películas, Cameron lanzaría una edición especial en DVD añadiendo escenas que no estaban en el metraje original. Por ejemplo, una en la que reaparecía Kyle Reese dentro de un sueño de Sarah mientras ésta permanecía encerrada en el psiquiátrico, animándola a que se fugara; un mayor desarrollo del ingeniero informático Myles Dyson (Joe Morton); una escena en la que el T-1000 tiene un fallo y se le quedan las marcas de una farola; otra en la que se muestra cómo en el futuro John Connor podría domesticar a un Terminator y activar su modo de aprendizaje; y otra en la que el John adolescente le enseña a sonreír.

Por otra parte, “Terminator 2”, tuvo un final diferente al inicialmente concebido. El plano que concluye la película es el de una carretera por la noche que podría conducir a cualquier parte, pero Cameron rodó una coda ambientada en un año 2029 en el que Skynet nunca se apoderó del mundo, donde Sarah Connor envejeció para conocer a sus nietos y ver como su hijo se convertía en senador de los Estados Unidos. Sin embargo, este final fue eliminado y sustituido por el otro antes del estreno, ya que habría cerrado la puerta a cualquier posible continuación. Aun así, Cameron pensó que había contado una historia cerrada, que los Connor habían cambiado el futuro y que no quedaba más que decir. La industria de Hollywood y el público opinarían lo contrario pero la saga tendría que continuar sin él.

Con todo y con eso, Cameron no pudo resistir la tentación que le presentó Universal Studios en forma de atracción para su parque temático de Florida. El director, Schwarzenegger, Hamilton, Patrick y Furlong volvieron a juntarse para rodar T2 3-D: Battle Across Time, una experiencia interactiva que junto a la participación de actores sobre un escenario incluía una película de doce minutos con el reparto original y en tres dimensiones en la que el T-800 y John Connor atacaban la base de Skynet en el futuro tras escapar una vez más del T-1000. Siendo como era una atracción impactante y original, como aportación al universo de Terminator no era particularmente interesante, aunque su énfasis en el espectáculo ya apuntaba la dirección que iba a seguir la carrera de Cameron en los años por venir.

Terminator 2: El Día del Juicio Final es una película más sólida, sofisticada e intensa que la primera entrega. Se apoya en lo narrado en ésta para adaptarlo a una nueva historia y expandirla en todos los sentidos: conceptuales, dramáticos, visuales y hasta de duración (el montaje para DVD llega casi a las dos horas y cuarenta minutos). No estoy seguro de que esto sea suficiente para considerarla superior a la película original, pero de lo que caben pocas dudas es de que no sólo se trata de un gran film de acción y uno de los mejores de aquel año sino también de una de las secuelas más conseguidas de la historia del cine, con personajes memorables bien caracterizados y que evolucionan, acción perfectamente coreografiada, humor y sentimiento.

Por sí mismo, por lo bien que ha sabido envejecer y por la influencia que tuvo en el devenir de la ciencia-ficción cinematográfica, Terminator 2 es uno de los clásicos imprescindibles del género.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Sus entradas aparecieron previamente en Un universo de viñetas y en Un universo de ciencia-ficción, y se publican en Cualia.es con permiso del autor. Manuel también colabora en el podcast Los Retronautas. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".