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«Starship Troopers: Las brigadas del espacio» (1997), de Paul Verhoeven

No hay ninguna razón en particular por la que las películas de ciencia ficción tengan que recurrir a adaptar novelas del género… salvo por el hecho de que algunas de éstas gozan de una gran popularidad, excelentes argumentos, personajes carismáticos y ambientaciones originales. Lo que resulta chocante es que casi todas las adaptaciones cinematográficas de textos literarios de ciencia ficción se hayan mostrado tremendamente infieles, incluso irrespetuosos, con el material original, tanto en su visión general como en los detalles. Puede que directores y guionistas se deshagan en elogios hacia esta o aquella novela, pero luego no son capaces –o no quieren, o no les dejan– de conservar aquello que hizo especiales a esos libros. Es el caso de la película que ahora nos ocupa.

Robert A. Heinlein (1907-88) está considerado uno de los grandes maestros de la literatura de ciencia ficción. Entre su bibliografía pueden encontrarse grandes clásicos como Puerta al verano (1956), Estrella doble (1956), Forastero en tierra extraña (1961), La Luna es una cruel amante (1966) o Tiempo para amar (1973), así como los relatos compilados bajo el título Historia del futuro (1939-1962).

Tropas del espacio, publicada en 1959, es una de sus novelas más famosas, ganadora del premio Hugo y fuente de innumerables discusiones y polémicas por sus planteamientos políticos, sociales y morales, que muchos consideran fascistas y militaristas. Con todo y con eso, nadie duda en calificarla como una de las mejores novelas de ciencia ficción de la historia.

He hablado ya extensamente de ese libro en su respectivo artículo, por lo que no me extenderé aquí más de lo necesario. Baste decir que en él Heinlein ensalzaba, entre otras cosas, la vida y valores militares, así como la disciplina y el cumplimiento del deber por encima de cualquier apelación a unos supuestos derechos inalienables.

En el futuro que planteaba, eran los militares, de carrera o aquellos que hubieran servido temporalmente en el cuerpo, los únicos con derecho a voto y a ostentar cargos de gobierno. Para él, sólo aquellos que habían demostrado su disposición a sacrificar sus vidas para proteger a la comunidad merecían la máxima recompensa: el voto. Aquellos que no habían cumplido su periodo de servicio militar –que siempre era voluntario– eran considerados inferiores en categoría, aunque merecedores de protección tanto de sus vidas y patrimonios como de sus derechos. (No es de extrañar, por tanto, que Tropas del espacio es lectura obligatoria en varias academias militares de Estados Unidos).

Aunque a la novela no le falta en absoluto acción, en realidad el núcleo de la misma consiste en seguir la evolución del recluta Johnny Rico de niño mimado a ciudadano que, a través del servicio militar, aprende el valor del sacrificio y el cumplimiento del deber. El libro carece de una trama muy consistente o personajes de auténtico carisma, siendo básicamente el medio que eligió Heinlein para articular su discurso en defensa de un ejército fuerte capaz de proteger al país (o, en su caso, la especie humana). Su principal legado, casi cincuenta años después de su aparición, fue servir de inicio de todo un floreciente subgénero, el de la ciencia ficción bélica, desarrollado por escritores más modernos como David Drake, David Weber o John Ringo.

La literatura de Heinlein, al menos en lo que se refiere a sus obras maduras, no es fácil de adaptar al cine y sólo puntualmente se ha llevado a la pantalla. Con destino a la Luna (1950) se basó en un relato suyo e incluso tuvo participación en el guión. Lo mismo ocurrió con Project Moonbase (1953). La miniserie televisiva de animación Red Planet (1994) se inspiró en una de sus novelas juveniles. Y Alguien mueve los hilos (1994), un thriller protagonizado por Donald Sutherland, partía de la novela Amos de títeres. Entonces llegó Paul Verhoeven.

Holandés de nacimiento, Verhoeven empezó su carrera cinematográfica en su país natal firmando varias películas bastante bien recibidas, como Delicias holandesas (1971), Delicias turcas (1973), Una novia llamada Katie Tippel (1975), Eric, oficial de la Reina (1977), Vivir a tope (1980) y la hilarante y blasfema El cuarto hombre (1983). Saltó al idioma inglés con el brutal film medieval Los señores del acero (1985) antes de debutar en la ciencia ficción con Robocop (1987), película que le lanzó a la fama y le permitió abordar proyectos más ambiciosos, como Desafío total (1990), Instinto básico (1992) o Showgirls (1995), en los que los niveles de sexo y violencia fueron motivo de no poca polémica.

A esas alturas, Verhoeven era un autor ya conocido por su escasa sutileza y la poca simpatía que parecía sentir por sus protagonistas, a los que inflige en sus historias todo tipo de terribles castigos, ordalías, indignidades y humillaciones, ya se trate de un relato de ciencia ficción psicológica, las peripecias de una joven stripper o un relato verdadero sobre la resistencia holandesa en la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué es lo que vio Verhoeven, por tanto, en un libro tan intelectual y alejado de sus habituales parámetros como es Tropas del espacio? Pues a priori, nada. Porque la película no empezó planteándose como una adaptación de la novela, sino que nació de un guión original de Ed Neumeier (que ya había colaborado con el realizador en Robocop) sobre guerras espaciales. En algún momento del desarrollo del mismo, a alguien le llamaron la atención las similitudes que existían con la obra de Heinlein y los productores, para evitar posibles demandas por plagio, decidieron comprar los derechos de adaptación del libro.

A partir de ahí, realizaron varios cambios meramente cosméticos, como bautizar a algunos personajes como los de la novela, conservar algunos pasajes de la misma y darle a todo el conjunto un aire militarista; pero en su mayor parte se mantuvieron fieles al guión original y dejaron de lado las reflexiones morales de Rico y sus profesores.

En la sociedad del futuro, aquellos que deseen obtener el derecho a voto y la ciudadanía plena deben pasar por el servicio militar. Los jóvenes argentinos Johnny Rico (Casper Van Dien), su novia Carmen Ibáñez (Denise Richards) y su amigo Carl Jenkins (Neil Patrick Harris) se alistan nada más terminar el instituto. Los caminos de los tres se separan en este punto: mientras que Carmen se adiestra para pilotar astronaves y Carl entra en Inteligencia gracias a sus poderes telepáticos, Johnny acaba en la Infantería Móvil, una suerte de marines espaciales donde le someten a un intenso entrenamiento físico.

Entonces, un asteroide sale de su órbita e impacta contra la ciudad de Buenos Aires, borrando la ciudad del mapa y matando a millones de personas, incluidos los padres de los tres amigos. Resulta ser un acto de guerra perpetrado por los Bichos, una especie alienígena insectoide originaria del planeta Klendathu. La Tierra declara la guerra y Johnny, que había decidido abandonar el ejército tras causar accidentalmente la muerte de un compañero durante un ejercicio, se reincorpora. Junto a sus compañeros, es enviado al combate en los planetas cercanos al mundo origen del enemigo, donde deberán enfrentarse contra éste, hordas de poderosas criaturas muy difíciles de matar.

Aun cuando la idea inicial hubiera sido adaptar la novela de Heinlein, la tarea habría sido muy complicada sin introducir grandes cambios y añadidos tanto en la forma como en el fondo. Porque, como decía más arriba, la trama es bastante difusa, el único personaje estable es Johnny Rico (el resto del reparto se presenta sólo para morir o aparecer sólo fugazmente) y abundan los pasajes discursivos en los que el autor se explaya en sus ideas acerca de la política, la sociedad, la forma de desplegar un pelotón o cómo estructurar una cadena de mando. Eso por no hablar de que la ideología que impregna la novela probablemente tendría bastante mala acogida si se planteaba como algo serio.

Pero es que Verhoeven ni siquiera se molesta en tratar con un mínimo respeto la novela original. De hecho, él mismo afirmó que comenzó a leer el libro hasta que, tras algunos capítulos, se aburrió y deprimió, abandonándolo e inventándose el resto. En resumen, nadie que conozca el material original puede afirmar que esta película pueda calificarse de adaptación del mismo, tales son las diferencias entre ambos en cuanto a argumento, personajes y enfoque.

En el libro, Heinlein se esforzaba por justificar con argumentos sus puntos de vista acerca del ejército, la sociedad y la relación entre ambos. Se esté de acuerdo o no con ellos, el libro es un sólido tratado político con un indiscutible contenido intelectual. La película, en cambio, obvia cualquier aproximación mínimamente razonable y razonada y ofrece una historia muy sencilla que combina acción a raudales y drama romántico adolescente.

En su novela, Heinlein no pretendió ni regodearse en la violencia ni involucrar a sus personajes en asuntos amorosos. De hecho, apenas aparecen mujeres en el libro más allá de ser unas figuras lejanas e idealizadas. Ya en plenos años noventa, parecía razonable introducir a las mujeres en un ejército del futuro (de hecho, venían sirviendo en el cuerpo de Marines estadounidense desde la guerra de Vietnam). Pero de ahí a convertirlas en bellas modelos de pelo largo, labios sensuales y piel de porcelana que tontean con sus colegas masculinos entre batalla y batalla, hay un largo trecho.

Como película, Starship Troopers, carece del impacto y potencial para la reflexión de la novela de Heinlein. Paul Verhoeven sacó adelante grandes producciones de elegante factura visual repletas de sexo y violencia. Cuando la fórmula funcionaba –Robocop, Instinto básico– el resultado era entretenido, incluso absorbente; cuando no –y en algunas de sus películas se alternan ambas situaciones–, se convierten en ejercicios hipertrofiados de brutalidad gratuita dirigida con saña contra sus personajes. Esto se hace evidente en Starship Troopers más incluso que en otros films del director. Verhoeven se regodea mostrando las heridas y mutilaciones que unos insectos gigantes pueden causar sobre un cuerpo humano sin la necesaria protección. A Zander (Patrick Muldoon) le sorben directamente el cerebro de su cráneo; a Dizzy Flores (Dina Meyer) la empalan; el teniente Rasczak (Michael Ironside) es cortado en dos, destino que comparte con la capitana Deladier (Brenda Strong), aunque a esta última la mata la compuerta de una nave y no un Bicho.

Hacer que dos figuras que actúan como mentores de sendos protagonistas tengan semejante destino sin que ello cumpla ningún propósito simbólico, parece sádico y desconsiderado hacia los personajes. Otros soldados acaban con miembros derretidos, son descuartizados o servidos como alimento a las crías de alienígenas voladores (otra subespecie que Verhoeven se saca de la chistera cuando le interesa).

Heinlein no muestra nada de todo esto en su libro y los personajes que mueren –y no son pocos- lo hacen por heridas más convencionales. De forma deliberada –y también parcial- el escritor presentó unas batallas bastante higiénicas en aras de mantener su argumento de la nobleza inherente al servicio de armas. Pero Verhoeven va demasiado lejos en la dirección opuesta, exhibiendo una dosis exagerada de muertes y mutilaciones sin que cumplan más propósito que impactar al espectador.

Los efectos visuales son espectaculares –ya sea en el campo de batalla, con hordas interminables de Bichos, o en el espacio, con naves estelares de bella factura-, pero Verhoeven no hace ningún esfuerzo en profundizar en cómo se comportan y actúan los soldados o cómo se manejarían en una situación real de combate. Casper Van Dien y Denise Richards son perfectos a la hora de encarnar a unos protagonistas tan guapos como carentes de personalidad, pero no como soldados avezados y endurecidos por la guerra. Diez años antes, James Cameron había ofrecido unos marines espaciales mucho más plausibles en Aliens (1986), inspirados, estos sí, en los del libro de Heinlein.

Una regla básica de la ciencia ficción consiste en establecer un grado suficiente de plausibilidad científica, aunque no esté basada necesariamente en la ciencia conocida y real. Pero en Starship Troopers hay poco que esté tratado con una mínima verosimilitud ‒no digamos ya realismo‒ más allá de las mutilaciones y las heridas. Las tácticas militares están forzadas para presentar efectos especiales más vistosos: por ejemplo, los cruceros espaciales se apiñan sin más razón –teniendo en cuenta el espacio libre para maniobrar que hay allá fuera‒ que la de poder chocar unos contra otros de la manera más explosiva posible. Las distancias cósmicas son igualmente obviadas: ¿durante cuánto tiempo tendría que estar viajando por el espacio un asteroide próximo a Klendathu, planeta de los Bichos, hasta que impactara en la Tierra? Los cuerpos cósmicos no viajan por el hiperespacio así que ¿desviaron dicho asteroide en trayectoria a nuestro planeta antes incluso de que hubiera aparecido el hombre? Son cosas que podrían haberse solucionado con una línea de tecnocháchara, pero al guionista no le importó en absoluto.

Y luego está el tema de las milagrosas coincidencias. Los tres amigos originales, Johnny, Carmen y Carl, se encuentran regularmente en una guerra interplanetaria que se desarrolla en decenas de mundos y miles de unidades militares. Parece como si ese colosal conflicto no fuera más que un gran bar de solteros donde los colegas acuden a encontrarse. Al final, el trío superviviente se maravilla sonriente de que cada vez que los tres están en el mismo lugar suceden grandes cosas. El corolario que se sugiere, por tanto, es que la guerra acabará resolviéndose a favor de la Tierra porque estos tres han conseguido, a pesar de las muertes de sus familias y amigos, continuar preocupándose los unos por los otros (una premisa inverosímil e incoherente con lo que se ha visto en el resto de la película).

Curiosamente, una de las ideas de Heinlein que más potencial visual hubiera tenido en la pantalla no se tuvo en cuenta. En la novela, la Infantería Móvil era lanzada desde las naves en órbita hasta la superficie del planeta en el interior de unos tubos, embutidos ya los soldados en unos poderosos exoesqueletos de combate, acorazados y semiautomáticos, que en la película desaparecen totalmente siendo sustituidos por un equipo más convencional que brinda incluso menos potencia ofensiva y protección que el que hoy portan los soldados modernos en combate. Probablemente sea algo injusto cargar todas las culpas sobre el director en este aspecto, ya que esta decisión obedeció a cuestiones presupuestarias. Ya se hubieran fabricado como animatrones o mediante CGI, las armaduras imaginadas por Heinlein habrían resultado muy caras, especialmente para una película que ya había tenido que recurrir al ordenador para crear escenas con miles de alienígenas.

En la novela, los Bichos –que allí se denominaban Chinches‒ eran una especie alienígena que incluía variaciones más o menos plausibles del mismo individuo: había guerreros, obreros, cerebros y reinas, pero ni se diferenciaban mucho entre sí desde un punto de vista morfológico ni eran criaturas particularmente grandes. En la película, por el contrario, las diferencias entre los Bichos según sus funciones son claras: los guerreros son una especie de mantis con extremidades irregulares o bien escarabajos gigantes que escupen bolas de plasma capaces de alcanzar la órbita del planeta y destruir una astronave; los cerebros, en cambio, se asemejan a larvas enormes, tan grandes que han de ser arrastradas por un escuadrón de humanos –o de otros Bichos‒. Resulta totalmente inverosímil desde un punto de vista biológico y evolutivo que todas estas criaturas tan diversas pertenezcan a la misma especie ni que hayan adquirido semejantes dimensiones en un planeta cuya gravedad los humanos soportan sin inconvenientes. Además, todos los planetas en los que vemos a los Bichos, incluyendo su mundo origen, son completamente desérticos. Puede que esto facilite la identificación de determinados pasajes con las películas protagonizadas por la Legión Extranjera, pero también plantea la pregunta de qué comen los bichos cuando no hay soldados humanos cerca (para ser justos, esto es un fallo común en el cine de ciencia ficción –Pitch Black, por ejemplo- y, en menor medida, la literatura del género).

Pero claro, el espectador olvida fácilmente todas estas incongruencias cuando llegan los impresionantes momentos de acción. A pesar de que los efectos especiales han avanzado de forma asombrosa en los últimos veinticinco años, los de Starship Troopers aguantan bastante bien teniendo en cuenta su edad. Los planos de las naves espaciales maniobrando están muy logrados y momentos como el asedio en un fortín del pelotón del teniente Rasczak por parte de miles de Bichos destila verdadero terror. La combinación de CGI y cromas resulta también efectiva, como cuando Rico utiliza sus habilidades deportivas para saltar sobre uno de los escarabajos. Es precisamente en estos momentos, al olvidar Verhoeven su cinismo y sátira política a favor del puro entretenimiento, cuando la película funciona mejor.

Como le había pasado al libro –y le sigue pasando‒, a la película le llovieron las críticas que la acusaban de defender valores fascistas. Estos ataques no están en mi opinión justificados. En primer lugar, la historia retrata una sociedad militarista y, sí, fascista –los anuncios televisivos adoctrinadores ensalzando el ejército y la patria, animando a los niños a manejar armas y “contribuir” al esfuerzo de guerra; varios símbolos están inspirados en la iconografía nazi e incluso el uniforme de oficial de inteligencia de Carl está claramente inspirado en el de las SS‒, pero no se expone ningún argumento a favor de la misma como algo deseable. Es más, Verhoeven adopta un enfoque claramente satírico, burlándose y exagerando lo expuesto por Heinlein en el libro, convirtiendo en burda parodia sus argumentadas razones para que una sociedad mantenga un ejército fuerte.

Otra cosa es que resulte más duro ver en imágenes lo que Heinlein sólo sugería o describía fríamente en el libro. La novela no profundiza demasiado en la sociedad de los alienígenas, limitándose a describirlos como invariablemente hostiles, agresivos, gregarios y, aunque con un evidente grado de inteligencia –al menos los Cerebros‒, impermeables a cualquier tipo de comunicación o negociación. Es, por tanto, el enemigo perfecto, algo a lo que aniquilar sin remordimientos. A la Infantería Móvil la adiestran para llegar a su destino y destruir, destruir y destruir utilizando todo su arsenal, incluidos artefactos nucleares. Se masacra a los Bichos sin cuestionar la sensatez o moralidad de ello. Y, claro, cuando en el cine a eso se le da vida por obra y gracia de los efectos especiales, lo que queda es un espectáculo de sangrienta violencia en el que Verhoeven, también es verdad, se regodea. Y violencia no sólo en el campo de batalla sino incluso en los laboratorios gubernamentales o las mismas calles, donde los niños aplastan con pasión inofensivos insectos terrestres. Esa glorificación de la violencia, además, viene amparada por la exaltación del amor a una causa (la defensa de la Humanidad) y sustentada de forma más sutil por la xenofobia.

Así, los logros heroicos de Johnny Rico en la película quedan en no poca manera diluidos por esa inclinación sádica de Verhoeven a la violencia. Al final de la película (Atención: espóiler) Rico rescata a Carmen de una muerte horrible y facilita la captura por parte del sargento Zim (Clancy Brown) de una de las criaturas-cerebro de los Bichos. Cuando Carl se acerca a ella y le lee la mente, exclama: “¡Tiene miedo!”, como si ese fuera el mayor triunfo que nuestra especie pudiera conseguir: atemorizar a un prisionero de guerra (inmediatamente después se nos revela el tipo de torturas a las que lo someterían en los laboratorios del ejército) (Fin del espóiler).

En resumen, que a pesar de su presentación satírica de esa sociedad fascista, la película no tiene tampoco inconvenientes en celebrar la xenofobia, el genocidio y la violencia. Como sucede en otros de sus filmes, Verhoeven se recrea en los aspectos estéticos de aquello que él mismo dice condenar. Así, aunque en Showgirls nos hablaba de la chabacanería, corrupción y degradación asociadas al mundo de las bailarinas eróticas, al mismo tiempo nos muestra tanto de todo ello como le es posible y, además, de la forma más erótica posible.

En Starship Troopers encontramos un ejemplo en la escena de los latigazos. Heinlein proponía que al castigo físico en forma de flagelación pública servía también como demostración del compromiso del reo con la institución castrense y ritual de comunión entre todos sus miembros. Así, cuando Rico es castigado de esta forma por un error comparativamente leve (de hecho, lo denominan, “sanción administrativa”), lo vive no sólo como una dolorosa experiencia física que le animará a no cometer la misma falta, sino como aprendizaje del valor del castigo y la disciplina. Además, dado que podía haber evitado los latigazos por el simple procedimiento de dimitir del ejército sin más consecuencias que perder su derecho a la ciudadanía, aguantar el castigo demuestra que está decidido a permanecer y respetar las reglas y valores del ejército por muy duros que éstos sean. Heinlein es muy cuidadoso a la hora de presentar todo ello de la forma más aséptica posible, sin caer en erotización de la violencia física.

No puede decirse lo mismo de la película. Para empezar, el castigo viene motivado por un error mucho más serio de Rico que ha provocado la muerte de un recluta y el abandono de otro. En segundo lugar, en vez de reafirmar la determinación de Rico, esa experiencia lo convence para marcharse del ejército y sólo la destrucción de Buenos Aires, su ciudad, le hace cambiar de opinión. Y, por último, Verhoeven no puede resistirse a que su atractivo protagonista masculino sea castigado en la más sugerente de las poses, flexionando sus músculos y expresando su tormento mediante la arruga del ceño. Puede que desapruebe la justificación que Heinlein hacía del castigo físico, pero él mismo no solamente convierte la escena en un momento de innegable carga erótica, sino que le da una importancia que el propio escritor no concedía.

Otro ejemplo aún más extremo de la aproximación de Verhoeven al adiestramiento militar es la metamorfosis de Carl, que pasa de ser un muchacho corriente con una ligera vena traviesa en el instituto a transformarse en un inhumano oficial de rostro demacrado que sacrifica tropas sólo para averiguar si existe uno de los Bichos-Cerebro en un planeta por otra parte inútil desde el punto de vista táctico. Mientras que para Heinlein el paso de Rico por el ejército había supuesto su madurez como persona, para Verhoeven no es más que una degradación, la conversión en una máquina de matar que, además, hace que maten a otros. En el libro, Rico era seleccionado para la Escuela de Oficiales y sólo volvía al combate tras un extenso adiestramiento; en la película, el protagonista se limita a heredar el mando cuando su superior muere en acción, puesto que su pelotón es requerido para otra misión inmediatamente.

En la película, por tanto, la historia de Johnny Rico deja de ser la de la obtención de la madurez física y mental a través de la asunción de responsabilidades, la pertenencia a un grupo cerrado muy comprometido con una misión trascendental y el aprendizaje de todo un nuevo esquema moral y político. Al término del film no se puede decir que Rico haya aprendido mucho. Sigue siendo el mismo tipo impulsivo y algo corto de entendederas pero físicamente capacitado, aunque haya ascendido de capitán del equipo escolar de fútbol a teniente de un pelotón de infantería.

Otro de los temas subyacentes en la novela es la búsqueda de Rico de un padre en un mundo patriarcal, una búsqueda que culmina con la reconciliación con su auténtico progenitor en la última parte del libro. Cada una de las figuras paternalistas que va encontrando en su trayectoria –su profesor Dubois, el sargento de adiestramiento Zim, los diferentes oficiales a cuyas órdenes sirve, los instructores de la Escuela de Oficiales– son todas parte de ese mundo adulto del cual Rico aspira a formar parte. El que Heinlein haga que todos ellos se conozcan e incluso sean viejos amigos, anima a pensar que no son sino aspectos de una misma idea.

La decisión de Verhoeven y Neumaier de reducir todos esos personajes a Rasczak y Zim, es una simplificación necesaria y acertada; en cambio, eliminar de un plumazo al padre (muere en el ataque alienígena a Buenos Aires) suprime también una de las ideas centrales del libro. En él, tras conseguir Rico la graduación de la Escuela de Oficiales, se encuentra con su padre, quien se ha alistado en el ejército, asumiendo la tesis de que el resto de figuras paternales que su hijo había ido adoptando como tutores tenían razón acerca de la vida, mientras que él había estado equivocado.

Por si todo esto no había irritado ya lo suficiente a los amantes de la novela original, el guión de Neumeier pone casi toda la atención en algo que Heinlein no había tocado en ningún momento: los dilemas sentimentales del protagonista, dilemas que Rico traslada prácticamente sin alterar del instituto al ejército: chico conoce chica, chico pierde chica, chico se alista, chico conoce otra chica, etc…

Mientras que en el libro el personaje de Carmen Ibáñez era muy fugaz, en la película su meteórico y fácil conversión en piloto espacial recibe casi tanta atención como el entrenamiento de Rico. El film comienza, como el libro, con una escena de batalla, para introducir a continuación un largo flashback en el que se retrocede a los días de escuela del trío protagonista: Johnny Rico, Carmen y Carl, así como a Zander Baraclow, capitán del equipo de fútbol rival del de Rico.

Todos estos actores (Casper van Diem, Denise Richards, Neil Patrick Harris y Patrick Muldoon), habían lucido el palmito en los culebrones juveniles de la época (Melrose Place, Sensación de vivir, Un médico precoz) y sus personajes aquí no se diferencian tanto de los guapos mentecatos que poblaban aquéllos. Se nos dice que Carmen y Zander tienen excelentes dotes matemáticas y, por tanto, serán buenos pilotos, pero vemos pocas muestras de esa supuesta inteligencia; las habilidades psíquicas de Carl se presentan en la trama de una forma un tanto postiza, mientras realiza un test telepático a Johnny y manipula mentalmente a su mascota; y Rico, por último, es retratado como un mal estudiante más interesado y dotado en los deportes.

En el libro, Rico se alistaba por lealtad a Carl, pero nunca volvía a mencionar otra vez a ese amigo; y para impresionar a Carmen, chica que le gustaba pero que apenas conocía. En la película, ambos mantienen una relación y a él le atormentan los celos por Zander, que ya se alistado para piloto. Su ansiedad primero y amargura después por verse sustituido en el corazón de Carmen por Zander se prolonga a lo largo de toda la historia. Efectivamente, Zander primero se convierte en tutor de Carmen en la Flota y luego compañero y amante. También en esas escenas “juveniles” se presenta a Dizzy Flores, aspirante a conquistar los afectos de Rico, subtrama que también se desarrolla durante casi toda la película.

Tanto Dizzy como Zander mueren de forma bastante horrible a manos de los Bichos: la una, como he dicho, empalada y el otro acaba con el cerebro succionado –muy adecuadamente, puesto que había sido su inteligencia la que había seducido a Carmen–. Verhoeven sabe bien los clichés con los que está jugando –al morir sus respectivos amantes, Rico y Carmen pueden volver a estar juntos– para luego renegar de ellos: nada nos indica que su relación pueda prosperar en un entorno bélico y en armas separadas. Lo último que vemos de ellos –y de Carl– es como guerreros comprometidos con su misión. Dizzy y Zander mueren por perseguir y conseguir el amor, mientras que Johnny y Carmen, aunque puedan salvarse las vidas el uno al otro (lo hacen cada uno de ellos en una ocasión durante la película) nunca estarán juntos. Aunque no lo verbalicen, su auténtico amor es la guerra.

El Johnny Rico de Heinlein era específicamente no caucásico, aunque esto se revela sólo al final del libro, cuando le menciona a un compañero que su familia es hablante de tagalo, la lengua filipina. Nunca se dice en qué ciudad asiste Rico al instituto; podría ser cualquier lugar del mundo excepto Buenos Aires, dado que se dice que su madre estaba de visita en esa ciudad cuando fue destruida. Al llevar la acción precisamente a la capital argentina, Verhoeven incrementa el drama emocional de los personajes, ya que su hogar es precisamente el destruido por el primer ataque alienígena; pero al mismo tiempo debilita la intención original de la novela: al no mencionar nunca ningún lugar en concreto de la Tierra, se transmitía la sensación de que la Federación había unido a la especie humana como nunca antes, diluyendo la importancia del lugar de origen de cada cual. Heinlein nunca nos dice cuál es la ciudad natal de Rico –suponemos que Manila–, porque no importa: al enfrentarse a un peligro, todos los hombres se unen bajo la misma bandera.

Verhoeven reemplaza el ideal de la reunificación humana por un imperialismo cultural: si sus personajes hablan todos inglés no es porque éste sea una buena lingua franca, sino porque la cultura americana ha absorbido todas las demás. El instituto de la novela es poco más que una plataforma para que el profesor Dubois lance sus peroratas filosóficas; el de Verhoeven es una extensión de las escuelas de pacotilla que pueden verse en los seriales televisivos y películas americanas para adolescentes. A ese efecto se añade la elección de actores que, como he mencionado, se habían dado a conocer en ese tipo de productos.

El mecanismo en virtud del cual ha aparecido esta nueva sociedad está también menos claro que en el libro, donde Heinlein detalla el proceso de guerra y colapso que llevó a la formación de la Federación por parte de los soldados veteranos. Todo lo que sabemos en la película es que los militares controlan la sociedad, sin que se nos informe de por qué se ha llegado a esa situación.

Verhoeven va insertando en la historia de Rico y Carmen fragmentos de lo que parecen ser anuncios y noticias de una especie de televisión interactiva –o quizá internet– y que básicamente funcionan como material propagandístico a favor del ejército y el esfuerzo de guerra. En especial, recuerdan a la propaganda nazi de guerra, que el propio Verhoeven llegó a ver en su Holanda natal cuando aún era muy pequeño. La iconografía nazi, por otra parte, está presente en toda la película: el ya mencionado uniforme de Carl, el águila símbolo de la Federación, los uniformes de diario de los soldados… Verhoeven ya había utilizado el recurso de los insertos televisivos con anterioridad, en Robocop, donde la narración principal era punteada por destellos de programas televisivos que ayudaban a dar forma al futuro distópico en que transcurría la acción.

En Starship Troopers la selección de estos pasajes es más aleatoria y sirve sobre todo a fines paródicos no sólo del militarismo y el imperialismo a ultranza, sino de la utilización flagrante de los propios medios de comunicación como propaganda política (y, en concreto y según el director, la cobertura que de la Guerra de Kuwait hizo la CNN). Pero también a la hipocresía de la televisión en cuestión, por ejemplo, de censura –algo a lo que el propio Verhoeven hubo de enfrentarse en múltiples ocasiones–: en la emisión de un noticiario, se censura con un parche la imagen de un Bicho en cautividad alimentándose de una vaca, y acto seguido emiten un noticiario en el que se pueden ver sin tapujos cuerpos humanos horriblemente destrozados tras un ataque alienígena.

La utilización de este recurso también obliga al guión a ser mucho más claro que la novela acerca del origen y evolución de la guerra. En este sentido, cumple su función de forma efectiva –por ejemplo, se nos informa de que la Tierra provocó la guerra con los Bichos al establecer colonos en territorios en disputa– y, además y en determinados momentos, apoyan el tono emocional que corresponda, como las imágenes del noticiario, acompañadas de una fúnebre música, que cubren la desastrosa derrota de los soldados en Klendathu y la sombría comparecencia pública del Jefe del estado Mayor.

En defensa de los actores puede apuntarse el trabajo de algún que otro actor secundario. Dina Meyer, por ejemplo, compone una guerrera mucho más atractiva y terrenal que la inalcanzable y perfecta Denise Richards y, como tan a menudo sucede en las películas que plantean estos triángulos amorosos, el espectador no puede comprender por qué el protagonista prefiere a la segunda sobre la primera.

Jake Busey construye un buen personaje con el soldado Ace y, por supuesto, Clancy Brown como el sargento Zim borda a la perfección el típico sargento temible pero entrañable. Michael Ironside es otro de esos secundarios de lujo que, gracias a sus aviesas miradas rara vez pasa desapercibido; aquí sabe darle a su teniente Rasczak, tanto en su versión de profesor como de oficial, la dosis justa de autoridad, rudeza y sensibilidad como para hacerlo creíble.

Los actores principales, por el contrario, fueron duramente criticados por su interpretación acartonada y carente de emoción. Efectivamente, se trata de caricaturas, pero es que esa era precisamente la intención de Verhoeven: escoger a los equivalentes cinematográficos de Ken y Barbie y ponerlos a pelear contra monstruos alienígenas. Elegir a actores de mayor entidad o humanizar los personajes habría supuesto distraer la atención del puro espectáculo y hacer todo el producto más verosímil, perdiendo así la distancia que se requiere para apreciar la sátira; algo que, de todas formas y a la vista de las críticas recibidas, Verhoeven no consiguió transmitir adecuadamente. Curiosamente, y a pesar de tratarse de una crítica feroz a muchos elementos de la cultura y política norteamericanas, fueron precisamente los críticos estadounidenses los que más ciegos se mostraron a ella. En Europa, en cambio, fue en general bastante mejor comprendida.

En resumen, aunque la película guarda cierta relación con la novela, el fin perseguido por cada una de ellas es completamente diferente. Heinlein escribió su libro como una lección sobre la responsabilidad moral y social; Verhoeven y Neumeier fabricaron una historia pasada de rosca, violenta en las escenas de acción, cursi en lo emocional, carente de lógica en muchos aspectos y sólo con un interés muy tangencial en el fascismo y la utilización del poder militar. Queda claro que el disgusto de Verhoeven por el libro interfirió en su comprensión del mismo y que trató de superar la altura intelectual de Heinlein denigrando su mensaje y riéndose del mismo. La superficialidad de los actores impide cualquier posibilidad de introducir subtextos o matices, optando en cambio por apoyarse en el espectáculo los efectos especiales. Puede que no tengas que haberte enamorado de un libro para rodar su adaptación, pero desde luego ayuda el no odiarlo.

Llegados a este punto, más de uno se estará preguntando por qué le dedico tanto tiempo y espacio a una película menor. En buena medida, porque es un ejemplo casi perfecto de las dificultades inherentes a traspasar una obra de ficción de un medio a otro, del choque de mentalidades entre creadores y de las enormes diferencias que puede haber entre un libro y la novela de la que supuestamente procede.

Ahora bien, hay dos formas de abordar esta película. Una de ellas es, como he venido haciendo en este artículo, compararla con el material original y tratar de averiguar el grado de fidelidad al mismo y si las soluciones que adopta el director son mejores o peores que las del escritor. En este caso, nos encontramos ante un estrepitoso fracaso. Y la otra es valorar la película en sí misma, como producto independiente. Al fin y al cabo, el cine es un medio que llega a más público que la literatura y la mayoría de quienes hayan visto esta película no han leído el libro de Heinlein. Desde este punto de vista, creo que el film, con todas sus incongruencias, mediocres interpretaciones y flagrantes tópicos, es un producto disfrutable siempre y cuando no se sea demasiado exigente y se tenga presente que viene firmado por Paul Verhoeven. Hay acción a raudales, buenos efectos especiales, drama romántico juvenil, algunos toques de ingenio, humor negro y parodia y el esqueleto de una película bélica montado a base de tópicos: el sargento gruñón, el periodo de adiestramiento, la rivalidad entre unidades… ¿Es aburrida? No. ¿Tiene ese toque especial, esos momentos inolvidables que la convertirán en un clásico? Tampoco. Hay que verla como lo que es: una gamberrada ligera que no se toma demasiado en serio a sí misma y que, quizá por eso, ha envejecido mucho mejor que otras películas de la época.

Existen dos secuelas editadas directamente en DVD: Starship troopers 2: El héroe de la federación (2004) y Starship troopers 3: Armas del futuro (2008), así como la serie televisiva de animación Roughnecks: The Starship Troopers Chronicles (1999) y los animes Starship Troopers: Invasion (2012) y Starship Troopers: Traidor de Marte (2017). En 1988 también se rodó otro anime para televisión (Uchû no senshi) adaptando el libro en tres episodios de una hora. La verdad es que no he tenido ánimos para revisar ninguno de estos productos, así que serán bienvenidos sus comentarios al respecto.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".