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Sherlock Holmes, científico, semiólogo y experto en creatividad

En No tan elemental: Cómo ser Sherlock Holmes, el lector podrá descubrir que personas muy bien informadas consideran a Sherlock Holmes un precursor de sus diversas disciplinas y que incluso presumen de haber sido influidos por él, tanto o más que por sus maestros en la facultad o en los laboratorios. Porque sucede, en efecto, que Sherlock Holmes no solo era detective.

Eso es algo que empecé a descubrir no sé exactamente cuándo, pero sí recuerdo que un momento de revelación tuvo lugar al leer la crónica de una conferencia de Umberto Eco, en la que imitó el método de Holmes y declaró que Holmes había sido el primer gran semiólogo conocido. Esa era, al parecer, otra de las profesiones de Holmes, pero con el paso de los años descubrí muchas más, porque la bibliografía acerca de la relación de Sherlock Holmes con diversas disciplinas científicas es impresionante, pero lo más asombroso es que los autores que se ocupan del tema apenas se refieren a Doyle, sino que atribuyen todos los méritos a su personaje.

Un ejemplo es lo que dice el filósofo de la ciencia Wulf Rheder al concluir su estudio acerca de las aportaciones del detective a su disciplina: «Espero que nuestro estudio de Sherlock Holmes como detective filósofo haya llevado al reconocimiento de su genio como pensador creativo en la metodología del descubrimiento».

El semiótico Sebeok define a Holmes como «semiólogo asesor» y Marcello Truzzi lo considera un «experto en psicología social aplicada» y criminólogo. El propio Sigmund Freud manifestó en más de una ocasión su admiración por las historias de Sherlock Holmes. No es extraño, porque a menudo se ha observado que a veces Holmes parece psicoanalizar a sus clientes.

Como es obvio (luego se verá por qué) se ha comparado a Holmes con un médico, y hoy en día la actualización del detective que nos acude a la cabeza es la del televisivo doctor House, que debe descubrir la explicación de enfermedades rarísimas a través de pistas no menos extrañas.

Otros autores lo han relacionado con la lógica moderna, y ya hemos visto que Rehder lo llamaba «detective filósofo», aunque otros prefieren describirlo simplemente como filósofo, o como filósofo de la ciencia.

Mi intención en No tan elemental: Cómo ser Sherlock Holmes ha sido revelar la multifacética personalidad de Sherlock Holmes y mostrar todas las contribuciones que hizo, o que se le atribuyen a todo tipo de ciencias y artes, así como intentar entender las razones de esta influencia y descubrir los métodos y habilidades que han hecho que el nombre del detective no figure tan solo en las historias de la literatura sino en las de la ciencia y el pensamiento.

Sherlock Holmes, experto en creatividad

Más de cien años después de su primera aventura, Sherlock Holmes nos sigue fascinando, como demuestra que la serie de la BBC Sherlock se haya vendido a más de 150 países. Pero resulta curioso que Holmes no sólo haya pasado a la historia de los detectives, sino que sea considerado precursor de ciencias como la semiótica, la criminología e incluso la química. En mi libro No tan elemental, cómo ser Sherlock Holmes, he propuesto que su nombre figure también entre los pioneros del estudio de la creatividad.

Hasta el siglo XX se pensaba que la creatividad era algo mágico, una misteriosa cualidad que solo algunas personas poseían, ya fuera debido al destino, a las musas o la genética. Los antiguos griegos llamaban tecné (técnica) a todas las artes, con excepción de la poesía, porque pensaban que los artistas debían crear sus obras siguiendo unas reglas, pero pasaron más de dos milenios hasta que Poincaré, Wallas o Koestler recuperaron la idea de tecné de los griegos y la aplicaron a la creatividad misma. Wallas propuso en El arte de pensar (1926) una tesis insólita: existe un proceso creativo y, además, ese proceso incluye a la musa de los poetas, es decir, la inspiración. En definitiva, Wallas, siguiendo las ideas del matemático Poincaré, propuso cuatro fases del proceso creativo: Preparación / Incubación / Iluminación / Verificación.

La iluminación es la tercera fase del proceso, no la primera, por lo que, como decía Picasso: “Es cierto que existe la inspiración, pero es mejor que te encuentre trabajando”, o, para ser más exactos: es porque has estado trabajando que llega a ti la inspiración.

Pues bien, Sherlock Holmes sigue siempre un proceso creativo similar al de Wallas y los modernos expertos en creatividad.

En primer lugar, investiga: suele recibir la visita de un cliente, a quien interroga, extrayendo toda la información posible a la manera socrática de preguntas y respuestas. La investigación continúa en la escena del crimen, donde busca toda la información relevante: “¡Datos! ¡Necesito datos! –exclama‒ No puedo construir ladrillos sin arcilla”.

Cuando tiene todos los datos, Holmes se dedica a… descansar. En efecto, pasa las horas tocando el violín, paseando con Watson o fumando en su célebre pipa: “Este es un problema de tres pipas” o “de cinco pipas”, asegura, según la complejidad del problema.

Y cuando ya parece que Holmes se ha olvidado del problema, de repente es sacudido por una inspiración y advierte un detalle que le puede llevar a la solución. Esa es la inspiración que los poetas atribuían a las Musas, y que, como se ve, necesita de un largo proceso previo.

Finalmente, llega el momento de la verificación, cuando Holmes comprueba que todas las piezas encajan y descubre los errores y aciertos de su hipótesis.

Todas las fases, aunque algunos expertos añaden alguna más, son fundamentales para el proceso creativo. Los malos resultados suelen deberse a que se ha descuidado cualquiera de ellas. Por eso, como siempre digo a mis alumnos, para ser un buen escritor hace falta voluntad y trabajo, tanto en la fase de investigación como en la de revisión: ese es el verdadero camino hacia la inspiración creativa.

Sherlock Holmes y las pisadas misteriosas

En las páginas de No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes, me referí a lo que la ciencia detectivesca tiene que decir respecto a las pisadas, un asunto que todavía espera a un buen sistematizador capaz de separar lo significativo de lo accesorio y demostrar que las pisadas pueden llegar a tener valor probatorio en un juicio.

Louise Robbins lo intentó en 1985 con Footprints: Collection, Analysis and Interpretation y por un momento pareció que lo había conseguido, pero la conclusión de los expertos fue que todavía queda mucho camino que andar en este terreno.

En No tan elemental conté también uno de los más extraños casos a los que se enfrentó Sherlock Holmes, en La aventura del colegio Priory cuando descubre en la escena del crimen decenas de pisadas de vacas:

“Ahora, Watson, haga un esfuerzo. Intente recordar. ¿Puede ver aquellas pisadas en el sendero?
—Sí que puedo.
—¿Y no recuerda, Watson, que a veces las pisadas eran así —colocó una serie de miguitas de pan de esta forma:

#####

#####

—y otras veces así:

# # # #

# # # #

y muy de cuando en cuando así:

#  #  #

######?

¿Se acuerda de eso?”

Watson responde que sí se acuerda, pero que no entiende en qué puede ayudar examinar las pisadas de vacas para resolver el misterio que tienen entre manos. Holmes le indica que lo asombroso es que se trata de una extraña vaca, que camina tanto al trote como al paso como al galope. Además, han examinado la zona y no han encontrado ninguna vaca en los alrededores, sino sólo caballos.

Una pequeña curiosidad colma el vaso de las observaciones de Sherlock Holmes, porque su método o sus métodos no consiste en descubrir una única pista que lleva a la solución de un misterio, sino en la acumulación de datos y rarezas que no pueden ser explicados excepto con una única hipótesis.

Esto es algo que olvidan muchos de los comentadores de las aventuras de Holmes, que se muestran escépticos porque el detective haga una explicación más o menos discutible de este o aquél dato, porque insisto en que en las investigaciones de Holmes los datos se van acumulando como el agua en un vaso, hasta que uno de ellos colma el vaso y se derrama, indicando que allí falla algo. Como es obvio, el bueno de Watson sólo nos ofrece un resumen de los datos que él considera más relevantes, que no siempre lo son, pues más bien suelen ser tan sólo los más llamativos o novelescos.

La pequeña curiosidad, el detalle nimio que aquí colma el vaso de la paciente observación de Holmes es que los caballos tienen herraduras viejas… con clavos nuevos.

Eso le lleva a sospechar que los caballos acaban de ser herrados, pero que poco antes se les puso herraduras con formas de pezuñas de vaca, para esconder las huellas de lo sucedido en el terreno del crimen. El duque de Holdernesse se lo confirma:

“Estas herraduras se encontraron en el foso de Holdernesse Hall. Son para herrar caballos, pero por abajo tienen la forma de una pezuña hendida para despistar a los perseguidores. Se supone que pertenecieron a alguno de los barones de Holdernesse que actuaron como salteadores en la Edad Media”.

Pues bien, resulta curioso que este método volviera a emplearse en Estados Unidos en la época de la Ley Seca, entre 1920 y 1933.

Debido a la prohibición, unos contrabandistas de licor ingleses, asociados con licoreros de los Apalaches producían el whiskey Moonshine (luz de luna), llamado así porque se trasportaba de noche, a la luz de la luna.

Como sabían que podían ser descubiertos por las huellas de sus zapatos en el barro, o por las de herraduras de caballos o ruedas de coche, uno de ellos recordó el cuento de Sherlock Holmes y aplicaron el truco de fabricarse zapatos que dejaban huellas de vaca. De esta manera podían transportar el whisky durante la noche sin dejar huellas que la policía pudiera ver al día siguiente.

Es un buen ejemplo de cómo la vida puede influir en la literatura, en este caso en Arthur Conan Doyle para escribir su historia, y después la literatura en la vida. Es decir, es la ejemplificación de dos sentencias, la de Aristóteles, que dice que el arte debe imitar a la vida y la de Oscar Wilde que afirma que es la vida la que imita al arte (y en concreto, añadía, a William Shakespeare).

Y dejo al lector con un pequeño enigma que se encuentra en mi libro: ¿puede reconocer las huellas que vio Holmes y distinguir las pisadas de vacas de las de caballos?

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Imagen superior: «The Abominable Bride», episodio especial de la teleserie «Sherlock» emitido el 1 de enero de 2016 © BBC One.

[Esta entrada ha sido escrita a partir de fragmentos de No tan elemental: Cómo ser Sherlock Holmes, que finalmente no incluí en el libro]

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Daniel Tubau

Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión. Guionista, director y periodista es autor de libros como "Las paradojas del guionista", "El guión del siglo 21"; "La verdadera historia de las sociedades secretas", "Nada es lo que es: el problema de la identidad" (Premio Ciudad de Valencia en 2009), "No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes", "El espectador es el protagonista" y "El arte del engaño".