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Arthur Conan Doyle contra Sherlock Holmes

No es posible continuar aquí el examen del fascinante episodio en la vida de Arthur Conan Doyle que lo enfrentó a su antiguo amigo Harry Houdini, pero lo anécdota contada en El truco más difícil de Houdini puede servir como ejemplo de los intereses y métodos tan diferentes de Doyle no sólo con Houdini sino con su propia criatura, Sherlock Holmes.

Ahora bien, Doyle no sólo tenía una visión de la realidad diferente a la de su científico detective, sino que, como enseguida veremos, odiaba a Holmes hasta el punto de desear su muerte.

Arthur Conan Doyle presentó por primera vez en público a Sherlock Holmes en la novela Estudio en escarlata, publicada en 1887. Poco a poco se fueron añadiendo más novelas y cuentos hasta completar lo que se llama el «Canon Holmesiano», que se compone de cincuenta y seis cuentos y cuatro novelas.

El éxito de Sherlock Holmes fue inmediato y constante en Gran Bretaña y en el resto del mundo, pero aquel gran triunfo se convirtió en una pequeña tragedia personal para su autor.

A Doyle le gustaba considerarse un escritor de novela histórica y estaba especialmente orgulloso de obras como La compañía blanca. Sin embargo, fueron las novelas policíacas, que él consideraba literatura de segunda clase, las que llamaron la atención del público. A medida que Holmes se iba haciendo más famoso, su autor sentía más y más celos por una fama que creía merecer, y porque esa fama no era debida a sus novelas históricas.

La creciente animadversión del autor hacia su criatura se puede observar en las nuevas aventuras de Sherlock Holmes. Sin perder nunca la compostura y las buenas maneras,  Doyle fue añadiendo más y más defectos a su personaje: es derrotado por Irene Adler, es vanidoso e insensible, desprecia al fiel Watson…

Finalmente, la novela El signo de los cuatro se inicia con la siguiente escena: «Sherlock Holmes cogió la botella del ángulo de la repisa de la chimenea, y su jeringuilla hipodérmica de su pulcro estuche de tafilete. Insertó con sus dedos largos, blancos y nerviosos, la delicada aguja, y se remangó la manga izquierda de la camisa. Por un instante sus ojos se posaron pensativos en el musculoso antebrazo y en la muñeca, cubiertos ambos de puntitos y marcas de los innumerables pinchazos. Finalmente, hundió en la carne la punta afilada, presionó hacia abajo el delicado émbolo y se dejó caer hacia atrás, hundiéndose en el sillón forrado de terciopelo y exhalando un profundo suspiro de satisfacción».

Por si quedaban dudas acerca de lo que el autor opina de esta afición de su personaje, Watson añade enseguida: «Durante muchos meses había presenciado esa operación tres veces al día; pero la costumbre no había llegado a conseguir que mi alma se adaptara. Por el contrario, cada día que pasaba me sentía más irritado ante ese espectáculo, y todas las noches sentía sublevarse mi conciencia al pensar que me había faltado valor para protestar».

Durante los siguientes años, Doyle continuó escribiendo las historias de su detective a regañadientes, asignándole cada vez más defectos. Una actitud que le valió el reproche del más prestigioso de los holmesianos, W.S. Baring Gould: «De todos es sabido el escaso afecto que profesaba Sir Arthur Conan Doyle a su criatura, un sentimiento bastante desagradecido si consideramos que Sherlock Holmes le proporcionó fama, dinero y le salvó de verse obligado a ejercer la oftalmología».

Sherlock Holmes mata a Moriarty y muere a manos de Doyle

Doyle, obligado a pasar gran parte de su tiempo escribiendo aventuras de Holmes y harto de que su personaje fuera más célebre que él, anunció un día a su madre que albergaba las peores intenciones respecto al detective: «Estoy pensando en matarlo de una vez por todas. Me quita tiempo para dedicarme a cosas mejores».

A la izquierda: «Chute Supérieure du Reichenbach dans la vallée d’Ober-Hasli», 1820. Las cataratas de Reichenbach en una postal a partir de un dibujo de Gottfried Engelmann (1788-1839) que quizá Watson o Holmes enviaron a sus amistades en Londres desde Suiza, cuando el trágico final todavía o era evidente.

Celoso y harto de Holmes, Doyle decidió, efectivamente, matarlo. Lo hizo en la aventura titulada El problema final, en la que Holmes se enfrenta al peor de sus enemigos, el matemático y rey del crimen en la sombra Moriarty. El relato, tras dos años sin aventuras publicadas de Sherlock Holmes, comienza con estos comentarios del fiel John Watson: «Tomo la pluma con tristeza para redactar estos pocos párrafos, que serán los últimos que yo dedicaré a dejar constancia de las singulares dotes que distinguieron a mi amigo el señor Sherlock Holmes. Me he esforzado, aunque de una manera inconexa y, estoy profundamente convencido de ello, del todo inadecuada, en relatar como he podido las extraordinarias aventuras que me han ocurrido en su compañía desde que la casualidad nos juntó, en el período del Estudio en escarlata».

Después, Watson explica que las infamias publicadas recientemente por los partidarios de Moriarty le obligan a salir en defensa de Sherlock Holmes y contar la última aventura de su gran amigo, en su intento de detener la organización criminal dirigida por James Moriarty. Tras una persecución implacable, contada de manea magistral por Watson, que los lleva hasta Suiza, Sherlock Holmes y James Moriarty se enfrentan en las cataratas de Reichenbach.

Tras una pelea en el borde de un precipicio, Holmes comprende que la única manera de librar al mundo de Moriarty es que los dos caigan hacia el pavoroso abismo:

«Todo intento de recuperación de los cuerpos era una imposibilidad, y allí, en la profundidad de aquella horrorosa caldera de aguas turbulentas, yacerán para siempre el más peligroso de los criminales y el más grande defensor de la ley de su generación».

Punto y final. Por fin Doyle podía volver a sus novelas históricas. O no.

Sherlock Holmes, de entre los muertos

Cuando los lectores se enteraron de la muerte de Holmes al caer junto a Moriarty por las cataratas de Reichenbach, tal como se contaba en El problema final, se negaron a aceptarlo.

En la revista Strand, en la que se publicaban las aventuras de Holmes, llegaron miles de cartas de protesta, que también recibió el propio Doyle. Algunos le suplicaban que devolviese la vida a su personaje, otros le reprochaban haberlo matado y no pocos lo insultaban. Más de un indignado lector lo llamó asesino.

Aunque Doyle intentó resistir hasta el último momento, ocho años después tuvo que ceder y resucitó al detective en El sabueso de los Baskerville, una aventura que, según contaba Watson, había tenido lugar antes de la muerte de Holmes. Es decir, que a pesar de publicarse una nueva aventura de Sherlock Holmes, el detective seguía muerto.

Sin embargo, tiempo después, en el relato «La casa vacía», Sherlock Holmes reaparecía de manera sorprendente y explicaba a un asombrado Watson, tras tres años de ausencia,  que tras caer por las cataratas de Reichenbach, había logrado salvarse gracias a sus conocimientos de un arte oriental llamado baritsu.

Arthur Conan Doyle visita el Más Allá

Aunque, tras resucitar a Sherlock Holmes, Doyle ya no pudo librarse de su detective, al menos sí fue espaciando la publicación de sus aventuras, lo que le permitió  desarrollar en paralelo su faceta de escritor de novela histórica.

También empezó a interesarse por el más allá, o más bien a implicarse de manera directa, porque el contacto con los espíritus siempre le había interesado, aunque al principio sólo a la manera de un curioso que quería aplicar los métodos de la ciencia a un posible nuevo campo de investigación. Se supone, pero se trata tan solo de hipótesis más o menos verosímiles, que las muertes que contempló a su alrededor, en especial la de su hijo durante la Primera Guerra Mundial, le hicieron tomarse muy en serio la posibilidad de contactar con los seres queridos ya fallecidos.

Curiosamente, incluso cuando visitaba el otro mundo para hablar con los muertos, Conan Doyle tuvo que soportar la fama de su detective, pues en una sesión espiritista a la que asistió, el espíritu se dirigió al escritor llamándole en todo momento «señor Sherlock Holmes».

La diferencia de carácter y pensamiento entre Holmes y su creador, y el odio o desprecio que Doyle parecía sentir hacia el detective, hicieron que cada vez más personas se preguntaran cuál era la verdadera relación entre ambos, lo que dio lugar a una abundantísima bibliografía que intenta responder a una pregunta sin duda inquietante: ¿escribió Doyle las aventuras de Sherlock Holmes?

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Imagen superior: portada de «Sherlock Holmes: More Short Stories» (Oxford University Press).

[Esta entrada ha sido escrita a partir de fragmentos de No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes, que finalmente no incluí en el libro]

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Daniel Tubau

Daniel Tubau

Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión. Guionista, director y periodista es autor de libros como "Las paradojas del guionista", "El guión del siglo 21"; "La verdadera historia de las sociedades secretas", "Nada es lo que es: el problema de la identidad" (Premio Ciudad de Valencia en 2009), "No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes", "El espectador es el protagonista" y "El arte del engaño".