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El truco más difícil de Houdini

En una ocasión el célebre mago y escapista Harry Houdini, que también era en su tiempo libre un perseguidor implacable de farsantes paranormales, realizó, durante una sesión privada con Arthur Conan Doyle, una demostración impresionante de adivinación del pensamiento.

Houdini invitó a su casa a Doyle para hacerle una demostración de mentalismo. En la sesión estaba como testigo el abogado Bernard M.L. Ernst, que es quien después contó la anécdota en sus memorias.

Houdini dijo a Doyle que iba a revelarle sus pensamientos de la misma manera que lo hacían algunos médiums: escribiéndolos en una pizarra. Para ello le mostró primero la pizarra, colgada de cuatro cables para que nadie pudiera tocarla o manipularla. Doyle pudo examinar la pizarra y ver que no escondía nada, y él mismo la colgó con los ganchos donde quiso. Se sabe que puso uno de los ganchos en un cuadro y otro en una estantería. Quedó entonces la pizarra suspendida en medio de la habitación por los cuatro cables, alejada de cualquier persona.

Después Houdini le mostró a Doyle varias bolas de corcho y le pidió que las examinara y que incluso eligiera dos de ellas y las cortara por la mitad. Doyle lo hizo y comprobó que eran bolas normales. Entonces Houdini sumergió otra de las bolas ya examinadas en un bote lleno de tinta blanca, y la dejó allí flotando para que se impregnara completamente.

A continuación, Houdini preguntó a su amigo si tenía algo con lo que escribir y un papel. Doyle tenía un papel y un lápiz, así que Houdini le pidió que buscara un lugar alejado de la casa y que escribiera algo en ese papel. El creador de Sherlock Holmes, caminó varias manzanas y finalmente escribió un pequeño texto en el papel, que guardó de nuevo en el bolsillo. Regresó a la casa.

Una vez juntos de nuevo, Houdini pidió a Doyle que tomara la bola de corcho con una cuchara y la acercara a la pizarra. Al hacerlo, la bola se separó de la cuchara y comenzó a moverse por la pizarra, escribiendo un mensaje. Se trataba de un texto verdaderamente críptico: “Mene, mene, tekel upharsin”, pero eso era lo que Doyle había escrito en su papel, como enseguida se pudo comprobar.

La experiencia dejó absolutamente asombrado a Doyle, convencido ahora más que nunca de que su amigo tenía poderes psíquicos y era capaz de leer el pensamiento.

Tras provocar la admiración de sus dos invitados, Houdini les dijo que se trataba de un simple truco y que no había nada paranormal en ello. Sin embargo, Doyle siguió insistiendo en que Houdini era un médium que tenía poderes paranormales… aunque ni él mismo lo supiera.

Cuando  Doyle le dijo que, si era un truco, entonces se lo contara, Houdini se negó, pues el juramento de los magos en aquella época era mantener en secreto los trucos ante cualquiera que no fuera de al profesión. «Una de las normas de la profesión de mago es no contar los trucos, y eso es válido tanto para los magos que suelen ser representados con un sombrero cónico, como el Merlín del rey Arturo o el Gandalf de El Señor de los Anillos, como para los que prefieren el sombrero de copa. Como es obvio, la diferencia entre los dos tipos de magos es que los prestidigitadores reconocen que hacen trampa, aunque no revelen los trucos, mientras que los otros juran y perjuran que no hay truco alguno detrás de sus asombrosas demostraciones» (No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes).

Hoy en día ese juramento de los magos se ha relajado un poco, y muchos cuentan sus métodos e incluso existe una tendencia en la magia moderna que consiste en mostrar la explicación después del truco, para mostrar de este modo que es más asombroso descubrir cómo podemos ser engañados que el hecho mismo de ser engañados. Eso es, por otra parte, lo que hace el propio Sherlock Holmes, que siempre cuenta sus trucos, o su proceso de descubrimiento, a Watson, aunque a veces casi se arrepiente de hacerlo: «Empiezo a pensar, Watson, que cometo un error al dar explicaciones. Omne ignotum pro magnifico [Todo lo desconocido parece magnífico], como usted sabe, y mi pobre reputación, en lo poco que vale, se vendrá abajo si sigo siendo tan ingenuo».1

¿Qué truco era aquel que Houdini no quiso contarle a Doyle?

Con su demostración, Houdini pretendía poner a su amigo en guardia contra los farsantes que decían tener poderes psíquicos o contactos con el mundo sobrenatural: «Esta es una maravillosa demostración como ha podido ser testigo, dado que ha comprobado los elementos, y puedo asegurarle que lo he realizado mediando trucos y nada más. Tenga, por tanto, cuidado en el futuro, al asignar fenómenos simplemente porque no puede explicarlos. Le he ofrecido esta prueba para advertirle de la necesidad de cautela, y sinceramente, espero que saque beneficio de la misma».

A pesar de la insistencia de HoudiniArthur Conan Doyle se negó a creer que había realizado el prodigio sin recurrir a poderes paranormales. O al menos, eso es lo que fingió creer Doyle.

A lo largo de las décadas, los magos y prestidigitadores han intentado averiguar cómo logró hacerlo Houdini, porque había partes del truco bastante evidentes, pero otras no lo eran tanto. Es casi seguro que la bola de corcho empapada en tinta tenía en su interior un imán y que eso es lo que hacía que se moviera por la pizarra, sin duda también con un interior metálico. Pero algunos detalles no estaban claros, por ejemplo la manera en la que la bola se movía por la pizarra, sin nadie alrededor, o cómo había sabido Houdini qué palabras había escrito Doyle.

Actualmente se conocen casi todos los detalles, aunque no los voy a revelar aquí. El lector interesado puede leer Slate Writing: Invisible Intelligence, de Ron Nagy.

En cuanto a las palabras que escribió Doyle, mucho lectores sin duda ya habrán reconocido aquel texto que el rey babilonio Baltasar vio escribirse en una pared por una mano misteriosa y que el profeta Daniel interpretó como una premonición.

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[Esta entrada ha sido escrita a partir de fragmentos de No tan elemental: cómo ser Sherlock Holmes, que finalmente no incluí en el libro]

Imagen superior: Houdini junto a Arthur Conan Doyle.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Daniel Tubau

Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión. Guionista, director y periodista es autor de libros como "Las paradojas del guionista", "El guión del siglo 21"; "La verdadera historia de las sociedades secretas", "Nada es lo que es: el problema de la identidad" (Premio Ciudad de Valencia en 2009), "No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes", "El espectador es el protagonista" y "El arte del engaño".