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«Men In Black 3 (Hombres de negro III)» (2012), de Barry Sonnenfeld

Existen tres razones por la que se hacen secuelas de películas de éxito. La primera, claro está, es puramente financiera: los ejecutivos del estudio de turno y los actores quieren aprovechar el tirón y seguir ingresando dinero a espuertas. La segunda es el atractivo de los personajes entre los aficionados, que quieren saber más de ellos y están dispuestos a apoyar una nueva entrega. Y la tercera es de carácter creativo: hay más cosas que contar y las películas hechas no son suficientes. Pero en cualquier caso y en último término, el símbolo del dólar es lo que cuenta y lo que garantiza o no la luz verde.

En el caso de Men In Black 3, recuperado quince años tras el estreno de la cinta original y diez después de la secuela, pueden detectarse claramente dos de esas tres razones. Evidentemente, la pareja Will Smith y Tommy Lee Jones había cautivado a mucha gente y seguía siendo el principal gancho de esas películas. Y luego, claro, está el factor financiero. Sony Pictures necesitaba una apuesta segura para el caso de que el inminente relanzamiento de Spiderman no saliera como se esperaba. Smith (que llevaba cuatro años sin actuar) y Jones (que por entonces financiaba sus propios proyectos) no iban a hacer ascos a un buen cheque. Pues bien, de las tres razones arriba apuntadas, se contaban dos de tres. La que se quedaba fuera era la creativa. Y eso se nota, porque el guion de esta tercera entrega resulta ser totalmente funcional y derivativo.

La primera entrega de Men in Black (1997), adaptación cinematográfica de la miniserie de cómic creada por Lowell Cunningham y publicada por la editorial Malibú, fue un enorme éxito. No es que pueda calificársela como una gran película pero tenía un guion inteligente y con momentos divertidos. Su enfoque cómico de las historias y misterios conspirativos alrededor de la presencia de alienígenas en la Tierra (y que entonces estaban muy de moda gracias a la popularidad de la televisiva Expediente X, 1993-2002), encandiló al público y llevó la película al segundo puesto de recaudación sólo superada aquel año por Titanic. En 2002, el mismo director y protagonistas regresaron en una secuela decepcionante que sustituía las situaciones humorísticas inteligentes por efectos especiales. Aun así, se contó entre las diez películas más taquilleras de ese año.

Aunque el declive creativo y comercial parecía evidente, años después los ejecutivos de Sony pensaron que todavía podían exprimir un poco más la gallina de los huevos de oro con una tercera entrega. Y así, sin que existiera en absoluto un clamor popular que lo respaldara, Men in Black se convirtió en otra de esas franquicias que los estudios, tan carentes de ideas como necesitados de dinero rápido, desempolvan tras una década ausente. Fue también el caso, por la misma época, de Terminator 3 (2003), Terminator Salvation (2009), Rocky Balboa (2006), Rambo (2008), Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal (2008) o Conan (2011).

El criminal alienígena Boris el Animal (Jemaine Clement), escapa de la prisión secreta en la Luna en la que lleva décadas confinado y llega a la Tierra dispuesto a ajustar cuentas con el Agente K (Tommy Lee Jones), responsable de que perdiera un brazo durante un enfrentamiento en 1969. Después de tener un primer choque con Boris, el Agente J (Will Smith) trata de averiguar qué sucedió en el pasado entre éste y su compañero, pero su acceso a la base de datos del cuartel general ha sido restringido en este particular.

A la mañana siguiente, J se despierta para encontrarse con que nadie en el cuartel de los Hombres de Negro recuerda a K. Llega a la conclusión de que Boris ha retrocedido en el tiempo hasta 1969 y consiguió matar a K, borrando su existencia de la línea temporal posterior. Su única opción es perseguirlo hasta ese año, encontrar a la más joven contrapartida de su compañero (Josh Brolin), convencerle del peligro que corre y detener tanto al Boris «joven» como al procedente del futuro antes de que asesinen a K.

Cuando se estrenó la primera película de la saga, el antiguo director de fotografía Barry Sonnenfeld, estaba en la cima de su muy irregular carrera como director. Había empezado prometedoramente con La familia Addams (1991) y su secuela, La familia Addams: la tradición continúa (1993), en las que revivía la serie clásica de televisión con un sesgo cómicamente gótico. Quizá su película más conseguida sería la siguiente, Cómo conquistar Hollywood (1995), con un John Travolta en uno de los mejores papeles de su carrera. Su declive empezó a manifestarse precisamente con Men in Black, cuyo inteligente guion era continuamente interrumpido y diluido por escenas cómicas marcadas por el exceso.

La tendencia negativa continuó agudizándose con títulos como Wild Wild West (1999), El gran lío (2002), Men in Black II o ¡Vaya vacaciones! (2006), todas ellas meras sucesiones de escenas supuestamente divertidas y absolutamente desquiciadas. Tras tocar fondo, se hubiera dicho que Sonnenfeld se había retirado como director. Mientras ejerció de tal, estrenaba una película cada dos años, pero Men in Black 3 llegó seis años después de su último trabajo como realizador (con la excepción ocasional de algún que otro episodio televisivo).

El caso es que cuando se anunció la producción de Men in Black 3, la reacción general, tanto de crítica como de público, fue de frialdad. El consenso era que la primera película había sido un acierto mientras que la segunda, pese a su recaudación, no entusiasmo de verdad a nadie, matando cualquier interés en que la saga continuara. Tanto por esa razón como por la poco atractiva trayectoria de Sonnenfeld en los años anteriores, las expectativas ante la cinta eran muy bajas. Existía, no obstante, la esperanza de que el guionista inicialmente anunciado, David Koepp (Parque Jurásico, Spiderman, Misión Imposible, La Guerra de los Mundos), pudiera aportar algo interesante. Por desgracia, para cuando terminó la producción, el nombre de Koepp fue eliminado y el arbitrio del Sindicato de Guionistas le concedió toda la autoría del libreto a Etan Coen, autor de los guiones de Idiocracia (2006) o Tropic Thunder (2008).

En los quince años que habían transcurrido desde que Will Smith y Tommy Lee Jones se pusieran por primera vez sus gafas y trajes negros, el cine de superproducciones taquilleras había experimentado profundos cambios. Bryan Singer y Christopher Nolan recuperaron el cine de superhéroes; Peter Jackson estrenó su trilogía de El Señor de los Anillos y Joss Whedon demostró con Los Vengadores que los blockbuster podían ser divertidos y estar poblados por personajes carismáticos.

Sin embargo, Sonnenfeld optó por no integrar esos cambios, agarrándose a la estética y el tono de mediados y finales de los noventa. Así, Men in Black 3 contiene los mismos movimientos de cámara, frases ingeniosas al término de una pausa y la misma mezcla de sentimentalismo y sentido de lo maravilloso ante la inmensidad del cosmos que sus predecesoras. Puede que con esta decisión –tan valiente como arriesgada– el director pretendiera dar a la serie una sensación de continuidad, pero está claro que el intento no acaba de funcionar.

Por ejemplo, se siguen utilizando efectos tradicionales (títeres, animatrones, prótesis, maquillaje) con preferencia a los digitales…hasta el explosivo desenlace, donde el CGI toma la delantera. Hay rumores que apuntan a que esas escenas finales excedieron el presupuesto en más de 300 millones de dólares, pero aunque ello fuera cierto, el resultado no puede igualarse al momento en el que el ejército alienígena de Loki descendía sobre Nueva York en Los Vengadores, o el ataque a Hogwarts en la saga de Harry Potter.

El arranque de la película, en la misma dirección que la segunda parte, da una aburrida sensación de déjà vu, con esas rutinarias escenas cómicas en las que individuos aparentemente normales resultan esconder tras sus ropas de calle múltiples brazos, cabezas raras o tentáculos; J devorado por un pez alienígena gigante; tiroteos y explosiones de moco multicolor… La primera media hora del metraje es poco más que un reciclaje monótono de los gags de las dos primeras partes.

El único rasgo distintivo de la película consiste en el viaje en el tiempo de J y que se utiliza para insertar una especie de precuela o historia de origen que nos permite ver a los personajes unas décadas más jóvenes. Pero ni siquiera esto es verdaderamente original y ha sido una idea utilizada por otras sagas alrededor de sus terceras o cuartas entregas, tratando de insuflar algo de frescura y profundidad en sus propias mitologías. Ejemplos los hay en abundancia: Indiana Jones y la Última Cruzada (1989), las precuelas de Star Wars, Star Trek: Enterprise (2001-2005), Star Trek (2009), El Exorcista: El comienzo (2004), Batman Begins (2005), La Matanza de Texas: El comienzo (2006), Terminator Salvation (2009), Underworld: La rebelión de los licántropos (2009), X-Men: Primera generación (2011) o Prometheus (2012).

En este sentido, la franquicia Men in Black no tiene demasiado universo con el que trabajar, así que se contenta con retroceder a los días de juventud del agente K. Y, además y a tal fin, tiene que hacer algunas trampas y presentar personajes y aspectos completamente nuevos de los que no se tenía conocimiento previo, como la Agente O (Emma Thompson / Alice Eve) y la vaga atracción que ésta siente por el Agente K; el énfasis en la nula vida personal de éste; y una predecible revelación sobre el pasado de J que sustituye la chispa y el humor característicos de la primera película por un sentimentalismo copiado del Spielberg más edulcorado (quien por cierto y nada casualmente, está acreditado como productor ejecutivo).

Buena parte de la comicidad de la película reside en esta segunda parte, en la que se muestran versiones primitivas de la tecnología utilizada por los Men in Black –neuralizadores alimentados con grandes baterías a través de cables; enormes escáneres, incómodas mochilas cohete y vehículos equipados al mejor estilo del James Bond más clásico; incluso los alienígenas que deambulan por el cuartel general de los agentes parecen sacados de los viejos episodios de Star Trek o Doctor Who. Aun así, la trama sigue en exceso cargada de bromas demasiado alargadas; por ejemplo, el gag en el que K y J entran en la Factoría de Andy Warhol y se encuentran con que todos allí son extraterrestres, dura bastante más de lo que debería.

El resto de lo que sucede en esta segunda parte que transcurre en 1969 es, sobre todo, un encadenamiento de escenas bastante genéricas entre las que destaca la persecución sobre monociclos tuneados y la desesperada pelea final en la torre de lanzamiento del Apolo 11. Hay que agradecer que los efectos especiales relativos a la creación de alienígenas estrafalarios se mantengan a raya y se siga ofreciendo un buen nivel en el diseño de producción. Por desgracia, el villano principal, Boris –caracterizado como una especie de motorista lunático que gesticula exageradamente y mira mal– no transmite ni de lejos sensación de amenaza planetaria y se limita a ser un recurso plano y genérico con el que encajar y desarrollar la parte del viaje temporal. Tampoco la mecánica del viaje en el tiempo está tratada ni con seriedad ni con el grado de autoparodia que podría disculpar sus inconsistencias y agujeros de guión.

Inconsistencias que también afectan a varios personajes: ¿alguien puede imaginar de qué manera la hermosa Alice Eve puede transformarse en el futuro en la austera Emma Thompson? Y en cuanto al dúo protagonista, de acuerdo a la primera película, K era un adolescente en Nueva Jersey cuando tuvo su primer contacto alienígena y se convirtió en Hombre de Negro allá por 1961 o 1962. Sin embargo y según el guion de Cohen, el Agente K era un tejano nacido en 1940. Por su parte, el Agente J debía tener, según vemos, unos cuatro años como máximo en julio de 1969; por lo que al comienzo de Men in Black 3 debería tener alrededor de 47 años, edad que desde luego no aparenta ni física ni temporalmente.

Tampoco la trama se desenvuelve con particular ingenio. La película no sabe sacar partido a las pocas ideas con potencial que contiene, como Andy Warhol y la fiesta en la Factoría o el lanzamiento del Apolo 11. Ni siquiera su conversión a formato 3D consigue aportar nada interesante más allá de crear auténtico vértigo cuando J se asoma desde lo alto del Edificio Chrysler.

En cuanto al apartado interpretativo, hay poco nuevo que decir respecto a entregas anteriores. Will Smith encarna a J con su habitual desenfado y carisma y Tommy Lee Jones a K con su registro de veterano serio y cínico. Su química funciona igual de bien que siempre, pero aunque figura acreditado como segundo actor protagonista, Jones aparece de hecho muy poco, quedando relegado a un puñado de escenas al comienzo y final de la historia.

Al menos, Josh Brolin encarna una razonable versión joven de un Tommy Lee Jones a medio formar pero ya con ese rostro un tanto pétreo y sus bruscas maneras. Por desgracia, Brolin y Smith no tienen la misma química y eso es un problema porque, independientemente de todos los efectos especiales que adornen las películas, el verdadero corazón de éstas es la surrealista dinámica entre Smith y Jones, dos individuos opuestos pero que, sin embargo, trabajan bien juntos e incluso se aprecian. No se puede decir que el K de Brolin sea el alma de la fiesta, pero tampoco es el hombre apagado, cínico y amargado que en el futuro conocerá J; así que su relación es distinta y, desde luego, no tan divertida. En cuanto a Emma Thompson y su contrapartida juvenil, Alice Eve, están infrautilizadas. Parece evidente que los gags han reemplazado las escenas que ayudan a caracterizar a los personajes. Pero también es cierto que quien conozca el tipo de material de que se trata, no debería esperar de él afiladas caracterizaciones y diálogos inteligentes.

Quizá la aportación más interesante de una película por lo demás poco original sea el fascinante personaje de Griffin (Michael Stuhlbarg). Se trata de un alienígena capaz de ver y vivir simultáneamente en múltiples futuros posibles y elegir aquellos que tienen un sendero más favorable para sus intereses. Su momento favorito en la larga historia de la especie humana resulta ser una confluencia de sucesos aleatorios altamente improbables que dan un resultado estadísticamente casi imposible (concretamente, un partido específico de béisbol). Lo más parecido que habíamos podido ver en la ciencia ficción a esta especie de divertido filósofo existencialista tan sabio como ingenuo fue –en un tono mucho más solemne, claro– el personaje de Samantha Morton en Minority Report (2002) o quizá las visiones que experimentaba Paul Atreides en Dune (1965, si bien la adaptación cinematográfica de 1984 no lo reflejaba bien). Aun cuando sus escenas son casi todas cómicas y que el actor parece un Robin Williams en modo infantil, esa idea es la mejor del guion y, de hecho, destaca por encima del mismo.

Quizá el comentario más generoso que se le pueda hacer a Men in Black 3 sea que es algo mejor que su predecesora y que, aunque totalmente innecesaria, aún puede proporcionar algo de entretenimiento ligero. Eso sí, su trama es tan endeble y predecible que más vale no darle muchas vueltas. No hay nada en la película terriblemente malo pero tampoco que pueda destacarse. Un film, en definitiva, que puede disfrutarse en familia siempre y cuando no se aborde con expectativa intelectual ni nostálgica alguna y se asuma que es un producto que se olvidará tan pronto como aparezcan en pantalla los títulos de crédito. Y es que Men in Black 3 nunca consigue escapar de lo que siempre fue: el intento de sacar un huevo de oro fresco de una gallina muerta desde hacía tiempo.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".