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«La Guerra de los Mundos» (2005), de Steven Spielberg

La novela La Guerra de los Mundos de H.G.Wells, es una de las obras clásicas por excelencia en el ámbito de la ciencia-ficción. Y ello por una buena razón: fue la primera historia de invasiones alienígenas. Desde su aparición en 1898, nunca ha dejado de reeditarse una y otra vez y ha tenido una enorme influencia en incontables escritores y cineastas, viéndose adaptada a todos los medios imaginables.

Orson Welles hizo una famosa versión radiofónica en 1938 dándole la forma de boletines de noticias muy realistas. Otra adaptación popular, esta vez musical, fue la que realizó Jeff Wayne en su disco La Guerra de los Mundos (1977). Los cómics han visto adaptaciones y versiones, como en el caso de Killraven (Marvel, 1973-1976), héroe cuyas peripecias transcurrían tras una exitosa invasión de los marcianos de Wells.

También se han escrito secuelas literarias (la mediocre La Segunda Guerra de los Mundos, 1976, de George H. Smith), pastiches (La Guerra de los Mundos de Sherlock Holmes, 1975, de Wade y Manley Wade Wellman) o antologías (War of the Worlds: Global Dispatches, 1996, en la que diferentes autores modernos ponen en palabras de celebridades históricas y literarias del siglo XIX sus propias visiones de la invasión). Por no mencionar las innumerables referencias, tanto en libros (The Space Machine, 1975, de Christopher Priest) como en cómics (La Liga de los Caballeros Extraordinarios, 1999, de Alan Moore).

La más famosa de las adaptaciones en imagen real fue la que el productor George Pal realizó para el cine en 1953 con el obvio título La Guerra de los Mundos, un clásico del género. De la misma manera que el libro de Wells fue la pionera de las historias de invasión alienígena, el film de Pal creó el género de invasores del espacio exterior. Es por eso chocante que el relato de Wells no volviera a ser llevado al cine hasta ya entrado el siglo XXI.

Hubo, eso sí, sucedáneos. La película de Pal tuvo una especie de secuela televisiva, La Guerra de los Mundos II: La Siguiente Generación (1988-1990), que se apartaba bastante tanto del libro como del film; y en 1981 se estrenó la polaca La Guerra de los Mundos–El Siglo Que Viene, aunque su título era engañoso puesto que nada tenía que ver con la novela sino con la censura de los gobiernos autoritarios.

Y entonces, en 2005, llegan nada menos que tres adaptaciones de la novela. Una de ellas, producida independientemente por Pendragon Pictures y estrenada sólo un mes antes de la de Spielberg, conservaba la ambientación victoriana y seguía fielmente el argumento del relato original. Le siguió dos semanas más tarde otra versión de bajo presupuesto producida por The Asylum y protagonizada por C. Thomas Howell que daría lugar en 2008 a una secuela.

Pero hubo más: en 2006 se lanzó al mercado de DVD la representación teatral inspirada por el álbum musical de 1977 y Marvel Entertaiment anunció su intención de producir un film sobre Killraven. El mercado editorial aprovechó la ola y lanzó War of the Worlds: New Millennium (2005), de Douglas Niles, una actualización de la novela de Wells; y The Martian War: A Thrilling Eyewitness Account of the Recent Invasion as Reported by Mr H.G. Wells (2006), escrito por Kevin J. Anderson y en el que añadía otros personajes históricos y ficticios creados por Wells para otras narraciones.

Como casi todos los niños que crecieron viendo las películas de ciencia-ficción de los cincuenta, Steven Spielberg quedó fascinado por las horrendas posibilidades de una invasión alienígena a gran escala. A mediados de los noventa barajó la posibilidad de realizar un remake de La Guerra de los Mundos, pero el estreno de Independence Day (1996) frustró la tentativa.

Años más tarde, unió interés y esfuerzos con Tom Cruise, con quien había trabajado en Minority Report (2002) y que también había querido llevar a cabo su propia versión de la novela en 2001.

Y entonces, tuvo lugar el atentado del 11–S. Tras él, la idea de la destrucción masiva pasó de ser materia de diversión y espectáculo visual a militar en el terreno del realismo sucio. Spielberg no se sustrajo a esa nueva aproximación a la ciencia–ficción (que, por ejemplo y por aquellas mismas fechas, halló también reflejo en Battlestar Galáctica) y, por tanto, su versión del clásico relato de Wells no puede ser considerado un simple remake de la película de 1953, porque su entorno cultural, pretensiones y resultados fueron totalmente diferentes.

Durante un fin de semana, el estibador del puerto de New Jersey Ray Ferrier (Tom Cruise) se queda a cargo de sus dos hijos, el adolescente Robbie (Justin Chatwin) y la más joven Rachel (Dakota Fanning) mientras su ex mujer se marcha a Boston para pasar el fin de semana. Al mismo tiempo, empiezan a circular noticias sobre extrañas tormentas eléctricas por todo el mundo. Una de ellas llega al lugar donde vive Ferrrier, Bayonne, New Jersey, cuyo centro urbano es golpeado por varios rayos. A continuación, del suelo emergen unos gigantescos vehículos de tres patas que empiezan a desintegrar a los aterrorizados residentes y sembrar el caos y la destrucción.

Ray y sus hijos deben huir para salvar la vida, dirigiéndose hacia Boston. Pero la invasión parece haberse extendido más allá de las ciudades y ningún lugar es ya seguro. En el transcurso del infernal viaje, Ray no sólo debe proteger a sus hijos de los alienígenas, sino también de las masas de humanos desesperados dispuestos a cualquier cosa con tal de salvar sus vidas.

Aunque como veremos el guión de David Koepp y Josh Friedman se separa bastante de la novela de Wells en algunos puntos, permanece fiel a sus líneas generales y su espíritu. Algunos de los mejores pasajes del libro, aunque ligeramente modificados, siguen ahí, como la huída de masas de personas enloquecidas, o la contemplación del ataque marciano desde un buque de guerra –en la película transformado en un ferry de pasajeros–, así como las escenas en las que los humanos son atrapados por los las máquinas marcianas y almacenados en cestas bajo su estructura principal.

Spielberg quiso rendir cumplido homenaje a las tres encarnaciones clásicas del relato: la novela original, la emisión radiofónica de Orson Welles en la década de los treinta y la película que produjo George Pal en los cincuenta. Así, traslada la acción de la Inglaterra rural victoriana a la Nueva Jersey actual, cambio de escenario que ya había realizado previamente Orson Welles para su dramatización radiofónica y George Pal veinte años después para el cine. De esta última se conservó también la escena en la que el marciano moribundo se desploma frente a una multitud, e incluso los protagonistas de esa cinta, Gene Barry y Ann Robinson, encarnan ahora a los suegros de Tom Cruise.

Al mismo tiempo, era necesaria una actualización conceptual, narrativa y estética que acercara la historia al público del siglo XXI. El mencionado desplazamiento geográfico y temporal de la acción, por ejemplo, permitió conectar con las emociones y sensibilidades norteamericanas derivadas del atentado del 11–S.

Todas las versiones anteriores de La Guerra de los Mundos habían sido, hasta cierto punto, obras de su tiempo que reflejaban la incertidumbre intuida por la sociedad contemporánea. La novela de H.G. Wells se interpretó como una advertencia al Imperio Británico en la que el autor invirtió las premisas del colonialismo introduciendo unos marcianos que trataban a la humanidad de la misma forma que los ingleses lo hacían con los indios o los africanos. La adaptación radiofónica de Orson Welles se emitió en el periodo intermedio entre el final de la Gran Depresión y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo vivía tiempos de gran tensión política y económica. La película de 1953 llegó tras esa guerra, cuando Estados Unidos sucumbió al miedo a la bomba atómica y la amenaza del comunismo. El final de esa cinta trataba de recuperar el sentido de la unidad y la creencia en Dios como medio de fortalecerse ante esos peligros.

La nueva versión de La Guerra de los Mundos no es una excepción y llega justo después de la incertidumbre y división social –y mundial– que provocaron los atentados del 11 de septiembre de 2001. Es imposible ver la película y pasar por alto los ecos de aquel acontecimiento en las escenas de multitudes huyendo aterrorizadas mientras los edificios se derrumban, los muros cubiertos de fotografías de seres queridos desaparecidos, gente queriendo unirse a la lucha contra el enemigo de forma tan desesperada como insensata para intentar eliminar el miedo que les invade a ellos mismos y al sistema… La suposición inmediata de la joven Rachel ante el ataque que sufren es preguntar: «¿Son los terroristas?».

Asimismo, La Guerra de los Mundos llegó en el momento en que la indignación inicial por los ataques terroristas fue manipulada por la administración Bush para lanzar la impopular Guerra de Irak, una guerra por la que Estados Unidos se vio profundamente dividido y al mismo tiempo enfrentado con el resto del mundo, que se oponía a ella. En este sentido, quizá merece la pena comparar La Guerra de los Mundos con Independence Day. Ésta se estrenó antes del 11–S y destila un sentimiento de unidad y patriotismo simbolizado por un presidente que lidera personalmente la resistencia contra el invasor con resultados triunfantes.

Independence Day y su patrioterismo sin fisuras parece un anticipo de la primera Guerra de Irak. Por el contrario, La Guerra de los Mundos se produjo cuando aquel conflicto del mundo real ya había terminado, y el país estaba examinando las verdaderas consecuencias del mismo en un escenario mucho menos exaltado y bastante más gris que el que lo precedió. En la película de Spielberg no hay patriotismo, sólo la lucha de un hombre por salvar a su familia. En lugar de animar al contraataque, Ray Ferrier grita y suplica a su hijo adolescente que no se una a la lucha. Y cuando llega el clímax de la película, no hay un sentimiento de triunfo heroico, sino de agotamiento y alivio porque la ordalía haya llegado a su fin. Exactamente igual que en una guerra, cuando el patriotismo que la acompañó e incluso impulsó en sus inicios ha muerto para verse sustituido por la confusión, la duda y la angustia ante el hecho de que los seres amados ya no volverán.

Hay un momento en el que La Guerra de los Mundos pasa sutilmente de evocar el 11–S a la Guerra de Irak: cuando Ray Ferrier pasa de ser víctima a insurgente, de refugiado a terrorista suicida. Al ser capturado por un trípode, encuentra un cinturón con granadas de mano y deja que la máquina lo absorba hasta su interior, donde quita los seguros de los explosivos. Sobrevive porque otro prisionero le saca a tiempo, pero es obvio que el plan de Ray incluía el suicidio. Y un tipo de suicidio, además, que ha aterrorizado a los occidentales desde la Segunda Guerra Mundial, en la que los aviadores japoneses se convirtieron en kamikazes.

La película de Spielberg recupera en cierta medida el mensaje que Wells transmitió con su novela aunque en ésta los supervivientes no eran asesinados, simplemente abandonados a su suerte. Wells escribía en el periodo álgido del colonialismo británico y su invasión marciana era, como hemos dicho, una alegoría de la forma en la que los tecnológicamente avanzados ingleses dominaban a sociedades más primitivas, los esclavizaban y usaban los recursos de su tierra. En este sentido, las algas rojas que invaden el paisaje inglés bien podrían representar la extensión de la cultura británica en las naciones colonizadas tratando de sobreponerse a las tradiciones nativas. Wells opinaba que el colonialismo estaba destinado a fracasar; incluso si la gente no se alzaba contra él para luchar y vencer a los invasores, lo haría el propio medio ambiente. Las algas, en el libro y la película, no consiguen sobrevivir.

La escena del intento suicida de Ray muestra asimismo por qué esa técnica funciona en la guerra. Cuando se les ataca con armamento convencional, los trípodes son invulnerables. Pero cuando se les encara con engaño y voluntad de entregar la propia vida, incluso la máquina de guerra más poderosa puede ser superada. Spielberg se las arregla para que el espectador se identifique con esa gente que se rodea de explosivos y se lanza contra el enemigo. ¿Quién podría culpar a Ray por su desesperado plan? ¿De qué otra forma podrían los humanos atacar con éxito a los avanzados extraterrestres? Bajo ese punto de vista, los actos de un suicida pasan de ser obra de un terrorista fanático y trastornado a hazaña heroica.

En sintonía con todo lo anterior, el final de la película constituye un anticlímax, como sucede con el colapso de todo imperio. Efectivamente, tras la novela de Wells, el Imperio Británico fue desmembrándose poco a poco con el paso de los años y el imperio americano está en un proceso similar aunque más silencioso. Quizá ésta fue una de las razones por las que el film no terminó de gustar en determinados círculos. A muchos espectadores no les gusta que sus películas de acción y suspense terminen sin legendarias hazañas, sonoras explosiones y congratulaciones por la victoria total; no quieren que los enemigos sean derrotados sin heroísmo.

Ni siquiera el final es, pese a las apariencias, del todo feliz. Ray consigue llevar a su hija sana y salva hasta su madre; e incluso se reencuentra con su hijo (cuya milagrosa supervivencia recibió muchas críticas, puesto que no se explica y parece forzada para redondear el final).

Después de toda la oscuridad, muerte y desesperación que ha contemplado el espectador, no hay nada malo en finalizar con un destello de esperanza y el que Robbie viva es lo que da sentido a todos los sacrificios y riesgos que corre Ray. Al fin y al cabo, ¿habría sido mejor película si, al cabo de dos horas, los protagonistas mueren y la invasión tiene éxito? ¿Dónde está el límite al realismo que el espectador puede soportar?

Además, bien mirado, no es tanto un final feliz como agridulce: la reunión familiar tiene lugar en la calle, mientras su esposa permanece en el umbral de su casa. Ray se reúne con su hijo, pero no entra en el hogar. Su aventura ha terminado con éxito, pero la familia no ha llegado a alcanzar la reconciliación total.

Sorprendente fue también la decisión de convertir a los despiadados marcianos originales en unos alienígenas de procedencia desconocida. La denominación «marciano» podía todavía servir en los 50 para referirse genéricamente a las criaturas extraterrestres; pero en el siglo XXI ese término ya no sólo estaba pasado de moda a tenor de todo lo que sabemos hoy del planeta rojo, sino que podía incluso tener connotaciones cómicas.

El problema es que el guión no explica convenientemente de dónde han salido, reduciendo la cuestión a una sola escena en la que unos periodistas muestran a Ray imágenes de los rayos en los que parecen haber descendido del cielo. Se supone que sus artefactos han permanecido ocultos en el subsuelo durante millones de años, pero no se nos explica cómo es posible que hayan pasado desapercibidos a los geólogos y mineros o cómo han acabado llegando a nuestro planeta.

Spielberg e Industrial Light & Magic abandonaron las naves marcianas de la película de los cincuenta –respetando, eso sí, algunas líneas generales de su diseño– y recuperaron los trípodes de la novela original, haciendolos verosímiles desde un punto de vista tecnológico. Sus rayos desintegradores resultan aterradores, como también el ensordecedor sonido que emiten cuando están energizándose.

La adición más significativa de los guionistas al relato de Wells es la inclusión de niños. No es que sea sorprendente considerando que el director es Steven Spielberg. En la novela de Wells sabemos tan poco del narrador que ni siquiera se menciona su nombre. La película de 1953 situaba en el centro de la historia a un insulso romance y la terminaba con una soflama religiosa. En la versión de 2005, la invasión alienígena sirve de catalizador y telón de fondo de un psicodrama en el que un hombre trata de volver a conectar emocionalmente con su familia y asumir sus responsabilidades como padre. En muchas de sus películas, Spielberg plantea el tema recurrente de alguien que realiza un viaje o aventura al término de la cual regresa a los acogedores brazos de la familia, y esta no es una excepción.

En este caso, la familia en cuestión está desestructurada y pertenece a la clase trabajadora. Con películas como E.T. el Extraterrestre (1982) o Poltergeist (1982) Spielberg había recibido críticas por situar a familias de clase media en lujosas casas que en el mundo real hubieran quedado fuera del alcance de sus presupuestos. Así que resulta una bienvenida novedad ver ahora a Tom Cruise (uno de los actores mejor pagados del mundo) interpretar a un obrero portuario que vive en una destartalada casa de alquiler de dos dormitorios en un barrio humilde.

Cruise interpreta con talento a un individuo burdo, inmaduro, quemado y cínico, un antihéroe de la clase obrera que sólo bajo las más extremas circunstancias descubre dentro de sí la mejor parte de su personalidad. Spielberg equilibra los momentos más heroicos del personaje con aquellos en los que se muestra como un individuo normal y verosímil superado por los acontecimientos.

La Guerra de los Mundos es una película con niño, sí, pero que no ofrece muchos argumentos de peso a quienes acusan a Spielberg de ser invariablemente sensiblero y emotivo. No parece una escena apta para los niños aquella en la que Dakota Fanning realiza el impactante y siniestro descubrimiento de una masa de cadáveres descendiendo por la corriente de un río.

Igualmente oscuro es el pasaje en el que el protagonista y su hija se refugian en un sótano con Harlan Ogilvy, interpretado por Tim Robbins. Ogilvy es un equivalente al cura con el que el narrador de la novela se esconde durante varios días en un sótano (en realidad, el de la película es la combinación de tres personajes del libro, el cobarde clérigo, el artillero que elabora planes de contraataque tan complejos como inútiles y el astrónomo al que el narrador visita al comienzo de la narración).

Spielberg no sólo decide mantener lo escrito por Wells, sino aumentar todavía más su crudeza. En el libro, el narrador golpea al clérigo para hacerle callar e impedir que delate su escondite, aunque accidentalmente ello termina con su muerte. En cambio, en la película, el asesinato de Robbins por parte de Cruise parece mucho más frío, intencionado y violento, aunque también lo haga en aras de su propia supervivencia y la de su hija.

Por otra parte, lo que esa escena tenía de agresiva y violenta respecto al libro, lo pierde en su intencionalidad religiosa. Porque en el libro, el cura ha quedado reducido a un títere cobarde y tembloroso que balbucea frases sin sentido. Era la forma que tenía Wells de plasmar el desprecio que sentía hacia la religión. El film de 1953, en cambio, tomaba la dirección opuesta y abrazaba la religión para afirmar que el Todopoderoso se había situado junto a la Humanidad, incluyendo una escena en la que la gente daba gracias a los cielos por su salvación. Spielberg, en cambio, elimina de la ecuación cualquier referencia religiosa. ¿No lo consideró relevante para la historia o temió herir sensibilidades que pudieran crear una polémica no deseada?

Aunque a Steven Spielberg se le asocia a menudo con películas reconfortantes y aptas para la infancia, puede ser un director multifacético. Tenemos al Spielberg capaz de construir un suspense continuo (El diablo sobre ruedas o Tiburón ); el que enarbola su ideología liberal (El color púrpura, La lista de Schindler, Amistad, Munich); el que sabe ofrecer una ciencia-ficción adulta y reflexiva ( A.I. Inteligencia Artificial, Minority Report); incluso el Spielberg que se divierte narrando las estafas de un delincuente más listo que la policía (Atrápame si puedes ). La Guerra de los Mundos puede encuadrarse dentro de su faceta de director que gusta de asombrar a su público con la aventura y los efectos especiales (Encuentros en la Tercera Fase, Parque Jurásico, con la que se inauguró una nueva era de efectos digitales en el cine…).

La Guerra de los Mundos es una película que, sin despreciar la historia, se apoya de forma importantísima en los efectos especiales. Por mucho que la promoción hiciera hincapié en la participación de Tom Cruise (y que este se esforzara por ensombrecer el marketing protagonizando sonoros titulares en la prensa rosa con su relación con Katie Holmes, su apoyo a la Cienciología y ataques a la ciencia psiquiátrica), lo cierto es que el actor es casi irrelevante en la cinta. Realiza un gran trabajo, sí, pero su hueco lo podría haber llenado otro intérprete y la película seguiría conservando su fuerza. Eso sí, su nombre consiguió atraer a mucha gente que de otra forma quizá no se hubiera sentido atraída por el género.

Aunque los efectos especiales son la verdadera estrella de la historia, en los tráilers se los mostraba muy escasamente –sólo algunos planos de puentes siendo destruidos– y en ningún caso las máquinas alienígenas o sus conductores. Era una estrategia que Spielberg ya había probado con éxito en Parque Jurásico, en la que la promoción mantenía expectante al público sin que los dinosaurios pudieran verse hasta que uno se sentara a ver la película.

La historia empieza despacio, presentando a los personajes y estableciendo la relación entre ellos. Entonces, empieza a construirse el suspense, con las inquietantes noticias de la televisión y la inexplicable tormenta eléctrica… hasta que las máquinas alienígenas salen del suelo para comenzar a incinerar gente, pisotear edificios y aplastar coches. El movimiento de cámara de Spielberg es simplemente espectacular, dinámico y sobre todo nítido. Es capaz de transmitir la sensación de caos y confusión sin recurrir a los temblores de cámara y montajes frenéticos que lastran la claridad narrativa de tantas películas de acción actuales.

En este sentido, Spielberg vuelve a demostrar por qué se le considera uno de los grandes narradores de Hollywood en escenas tan intensas e impactantes como la huida de Ferrier y sus hijos en un coche (con un espectacular y larguísimo plano en el que la cámara se mueve de un lado a otro del vehículo), el ataque al ferry o la captura de Dakota Fanning y Cruise; o momentos tan breves y surrealistas como ese fantasmal tren en llamas que pasa desbocado ante los aturdidos refugiados. Todo ello rodado con la fotografía saturada de Janusz Kaminski, el director de fotografía preferido de Spielberg tras su colaboración conjunta en La lista de Schindler .

En un esfuerzo por insuflar el máximo realismo a toda la cinta, se recurrió a maquetas y escenarios naturales tanto como fue posible, aunque, claro está, realzándolos con efectos digitales. Para ello aunaron esfuerzos los supervisores de efectos visuales Dennis Muren, Daniel Sudick y Pablo Helman, la experiencia y meticulosidad de la Industrial Light & Magic, el diseñador de producción Rick Carter y el taller de criaturas de Stan Winston. El escenario más espectacular fue el que mostraba el resultado del accidente aéreo de un Boeing 747 en un barrio residencial (escena que ha sobrevivido como atracción en los Estudios Universal de Hollywood). Por otra parte y resistiendo la tentación de caer en la destrucción de «postal» mostrada en películas como Independence Day, La Guerra de los Mundos no se recrea en la demolición de edificios o monumentos icónicos, reservando esos planos para lugares más cotidianos, como el barrio obrero donde vive Ferrier.

En la segunda parte, sin embargo, se produce un cambio de tono. La escena del sótano es un momento excelente desde el punto de vista cinematográfico, pero quiebra la línea que venía siguiendo la película hasta ese punto. Cuando la sonda alienígena se introduce en el sótano y los personajes se esconden, se produce un momento de enorme tensión, pero recuerda en exceso a la escena en la cocina con los velociraptores de Parque Jurásico . A partir de entonces predomina el cine espectáculo sobre el realismo sucio de la primera parte.

Hay quien ha criticado a la película por dejarse invadir por los efectos especiales. Aunque son excelentes, no estoy de acuerdo. Porque parte de la verdadera fuerza de esta película reside en su sensación de cotidianidad rota, de gente normal aterrorizada que, ante una situación límite, extraen de ellos lo mejor (los soldados que se enfrentan sin esperanzas a las máquinas extraterrestres) y lo peor (las multitudes enloquecidas capaces de asesinar por un coche). Es, además, una historia valiente en cuanto que subvierte el tema del Viaje del Héroe: en lugar de aprender a ser generoso, Ray entiende el verdadero valor del egoísmo cuando tiene que proteger a su familia. La escena en que él y sus hijos, en posesión de uno de los pocos vehículos en funcionamiento tras la invasión, conduce entre una multitud que trata de llegar al ferry, es una clara muestra de ello. Spielberg lo convierte en un momento tenso y aterrador, pero también desorientador en cuanto que el protagonista está dispuesto a arrollar a desconocidos con tal de ponerse a él y sus hijos a salvo; más adelante, cuando sube al ferry, deja atrás a una vecina y su hijo.

Robbie, el hijo de Ray, actúa de contraste. Quiere unirse al ejército para devolverle el golpe a los alienígenas. Cuando el ferry parte, ayuda a subir a bordo a quienes han quedado precariamente asidos a la rampa de acceso y a punto de caer al agua. Una vez tras otra, toma decisiones que en una película de acción corriente serían consideradas heroicas, pero que aquí son las equivocadas. La escena en la que Ray intenta convencer a Robbie para que no siga a los soldados socava completamente los convencionalismos del género de acción. Por no hablar de la ya comentada escena con Ogilvy, en el que es muy discutible que el asesinato de Ray pueda justificarse como defensa propia.

Hoy, años después de su estreno, La Guerra de los Mundos no está considerada como uno de los grandes títulos de la cinematografía de Spielberg, aunque sí por encima de otras de sus cintas mayormente fallidas como Hook, Always o Amistad . Conviene recordar, sin embargo, que incluso una película mediana de Spielberg constituye la aspiración máxima de muchos realizadores, disfrutando de una calidad superior a la de la mayoría de títulos estrenados ese año.

Oscura e inquietante, La Guerra de los Mundos demuestra la validez, más de cien años después de que se escribiera, de la novela de Wells. Constituye una hábil actualización de la misma y una mirada a las psicosis y traumas de comienzos del siglo XX, reconociendo con acierto que la masacre y subyugación de la Humanidad a nivel global no es una aventura de la que se puedan extraer escenas reconfortantes, sino una tragedia de unas dimensiones desconocidas para nuestra especie.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".