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«Micah Clarke», de Arthur Conan Doyle

Para aquellos lectores que sólo conocen a Conan Doyle por las novelas y relatos de Sherlock Holmes ‒lo cual, dicho sea de paso, no es poca cosa‒, el libro que hoy nos ocupa  sirve como apunte indicativo, como punta del iceberg de la inmensa obra ‒en calidad y número de páginas‒ que el escritor ambientó en diversos periodos de la historia de Inglaterra.

Dentro de ese catálogo de corte histórico, Micah Clarke pertenece a un momento temprano. Su editor, Longmans, Green & Co., la imprimió en 1889, tras la buena acogida de Estudio en escarlata, confiando en la óptima recepción que tenían las novelas de este corte entre el público británico.

En un ejercicio de fantasía, podríamos visitar una librería londinense por esas fechas, y encontrar en la mismo escaparate de novedades otros títulos del mismo año, como Cleopatra, de Henry Rider HaggardEl señor de Ballantrae, de Robert Louis StevensonSilvia y Bruno, de Lewis Carroll, y El peregrinaje de Oisin y otros poemas, de William Butler Yeats.

El tono moral de la Inglaterra victoriana queda claro en ese lote de libros en el que también figura Micah Clarke (Recuerde el lector que, por las mismas fechas, el editor Henry Vizetelly había sido encarcelado por obscenidad después de traducir al inglés las obras de Émile Zola).

En todo caso, cuando Micah Clarke llegó hasta los lectores, su autor pasaba por una etapa feliz. De hecho, su edición casi coincide con esa célebre reunión que Conan Doyle mantuvo con Oscar Wilde, durante la cual Joseph Marshall Stoddart, el editor de la Lippincott’s Monthly Magazine, les encargó dos obras que ya han entrado en la leyenda literaria: El signo de los cuatro y El retrato de Dorian Gray.

Micah Clarke es una novela de aventuras ejemplar, pero su rigor histórico ‒otro de los compromisos personales de Conan Doyle‒ nos permite elogiarla por un doble motivo: su ligereza narrativa y una densidad documental que obviamente no entorpece esa fluidez.

El protagonista relata sus peripecias en la vejez, dirigiéndose a sus nietos, como si oyéramos toda la narración, a viva voz, frente a una chimenea invernal. Micah Clarke tiene un espíritu romántico, y toda su existencia cuadra con ese carácter.

En cierto modo, se trata de una novela de iniciación en la que vemos madurar al personaje. El padre de Micah es un riguroso protestante, veterano de la Guerra Civil, que ve con buenos ojos que el protagonista se sume a la Rebelión de Monmouth, tramada con el fin de derrocar a Jacobo II. Clarke participa así en momentos históricos tan dramáticos como la batalla de Sedgemoor (1685), cuya consecuencia más conocida fue la ejecución del propio James Scott, primer duque de Monmouth y líder de aquella revuelta, que fue decapitado en Tower Hill, al noroeste de la Torre de Londres.

El tratamiento que Conan Doyle da al extremismo religioso es de sumo interés, y en este sentido, Micah Clarke viene a ser un canto a la tolerancia, que además no cae nunca en el maniqueísmo propio del folletín. Este sentido, son realmente conmovedores los párrafos en los que el abuelo Clarke describe a sus nietos la importancia de la paz y la concordia.

Sin duda, los aficionados a la literatura de aventuras relacionarán al personaje de Clarke con otra figura inolvidable, el doctor Peter Blood, héroe de la novela El Capitán Blood (1922), de Rafael Sabatini, en cuyas primeras paginas descubríamos al protagonista prestando ayuda a los seguidores de Monmouth.

La presente edición de Micah Clarke es impecable, tanto por la excelente traducción de José Matos como por el esclarecedor prólogo de Antonio González Lejárraga.

Sinopsis

Sherlock Holmes hizo mundialmente famoso a Conan Doyle casi desde el principio de su carrera literaria; pero las obras que él más apreció, entre todas las suyas, aquellas de las que se sentía más orgulloso como escritor, fueron las de carácter histórico centradas en la Edad Media (Sir Nigel) y en el periodo napoleónico (El Brigadier Gerard), que han hecho las delicias de varias generaciones de lectores. También guardó siempre un especial aprecio a Micah Clarke (1889), su primera y del todo desconocida incursión en este género, que recrea muy fiel y muy brillantemente una oscura rebelión de carácter dinástico y religioso (La Rebelión de Monmouth de 1685) contra uno de los últimos Estuardo, James II. Una pequeña joya que no decepcionará a ningún lector de Conan Doyle o que ame las novelas históricas que son a la vez excelentes y emocionantes novelas de aventuras.

Sir Arthur Conan Doyle (Edimburgo, 1859-Crowborough, 1930) es probablemente, junto con Rudyard Kipling, el más popular de los narradores del final de la era victoriana. El difícil secreto de la amenidad, de saber atrapar al lector con sólo unas cuantas pinceladas, lo dominaba por completo. Pero Conan Doyle no fue sólo un populoso cuentista, afortunado creador de paradigmas del misterio y la aventura como Sherlock Holmes y el profesor Challenger, fue también, aunque con menor éxito, un estupendo novelista de aventuras históricas ambientadas en la Edad Media o los tiempos napoleónicos.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.