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«Un cubo de sangre» («A Bucket of Blood», 1959), de Roger Corman

Walter Paisley (Dick Miller) trabaja como camarero en «The Yellow Door», un local de moda al que acuden numerosos artistas e intelectuales bohemios. Enamorado de la guapa artista Carla (Barboura Morris), trata de convertirse en escultor para impresionarla, pero por desgracia carece totalmente de talento. Un día mata sin querer al gato de su casera y para ocultar el desaguisado decide convertirlo en una escultura cubriéndolo de arcilla.

Esta primera obra hiperrealista –como no podía ser menos–, a la que Walter titula de forma poco original «Gato muerto», impresiona a su querida Carla y causa gran sensación en el local. Pero pronto el recién estrenado artista presentará una nueva escultura, esta vez llamada «Hombre asesinado».

Tal es el argumento de Un cubo de sangre (A Bucket of Blood, 1959), una comedia que, junto con La pequeña tienda de los horrores (The Little Shop of Horrors, 1960), constituye unode los ejemplos paradigmáticos de la prolífica filmografía del famoso productor y director Roger Corman, justamente apodado «el rey de la serie B».

Esta pequeña peliculita condensa su forma de trabajar, caracterizada por una gran economía de medios: presupuestos bajísimos, rodajes muy cortos e historias poco desarrolladas pero con cierto gancho, que buscaban el entretenimiento y el consumo rápido. Muchos de los argumentos de las producciones de Corman bebían de la cultura popular y aprovechaban las modas del momento a veces de modo sonrojante, caso por ejemplo de Piraña (Piranha, Joe Dante, 1978) o Carnosaurio (CarnosaurAdam Simon y Darren Moloney, 1993), que se aprovechaban del éxito cosechado por Steven Spielberg en Tiburón (Jaws, 1975) y Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993). Una eficaz fórmula encaminada siempre a un objetivo prioritario, conseguir beneficios, lo que no impidió que muchos de sus trabajos –como la serie de adaptaciones dedicadas a Edgar Allan Poe y protagonizadas por Vincent Price o la misma Piraña– se convirtieran en obras de culto.

Un cubo de sangre se filmó en solo cinco días, con escasos escenarios y efectos bastante lamentables (como el gato petrificado), un récord que Corman pulverizaría más tarde en La pequeña tienda de los horrores, rodada en dos días y una noche. Ambas películas fueron escritas por Charles B. Griffith, también guionista de otros filmes producidos y dirigidos por Corman como Attack of the Crab Monsters (1957) o El monstruo del mar encantado (Creature from the Haunted Sea, 1961).

La película supuso uno de los pocos papeles protagónicos del secundario Dick Miller, actor fetiche de la serie B. Amigo del director Joe Dante y forjado al igual que este en la «factoría Corman», Miller ha salido en todas sus películas.

Como guiño cinéfilo, Dick Miller volvió a interpretar en cinco ocasiones personajes que tenían el mismo nombre que el protagonista de Un cubo de sangre. Así, en la película de licántropos Aullidos (The Howling, 1981), dirigida por DanteMiller encarnó al dueño de una librería llamado Walter Paisley.

Como suele ser bastante habitual en las producciones de Corman, Un cubo de sangre aúna terror y comedia, con más de lo segundo que de lo primero. Tanto que puede considerarse una parodia de otros filmes más «serios» de los que toma clara inspiración, como Los crímenes del museo (Mistery of the Wax MuseumMichael Curtiz, 1933) y su conocido remake Los crímenes del museo de cera (House of Wax, André de Toth, 1953), protagonizado por el gran Vincent Price.

Un cubo de sangre también exhibe otra característica del cine de Corman: el manejo de temas de actualidad que puedan suscitar el interés del espectador (preferentemente joven). La película se carcajea –a veces, haciendo gala de un humor demasiado grueso– del ambiente bohemio y contracultural del mundillo del arte, especialmente del movimiento beatnik. Así, el desgraciado protagonista, retratado en el filme como un pobre currito con pocas luces, es ignorado por los artistas asiduos al local, cuyo barniz izquierdista no les impide tratarle como a un fracasado. Poco después y gracias a su retorcida estratagema, será aclamado como un artista prodigioso por los popes de la cultura local –como el personaje del grueso poeta, interpretado por Julian Burton–, pasando de ser un paria a convertirse en un hombre admirado por todos y deseado por las mujeres.

Una cinta simpática, de imprescindible visionado para los incondicionales de Roger Corman y para los amantes del buen mal cine.

Copyright del artículo © Lola Clemente Fernández. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Alta Vista Productions y American International Pictures. Cortesía de Versus Entertaiment Video & DVD. Reservados todos los derechos.

Mª Dolores Clemente Fernández

Mª Dolores Clemente Fernández

Mª Dolores Clemente Fernández es licenciada en Bellas Artes y doctora en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid con la tesis “El héroe en el género del western. América vista por sí misma”, con la que obtuvo el premio extraordinario de doctorado. Ha publicado diversos artículos sobre cine en revistas académicas y divulgativas. Es autora del libro "El héroe del western. América vista por sí misma" (Prólogo de Eduardo Torres-Dulce. Editorial Complutense, 2009). También ha colaborado con el capítulo “James FenimoreCooper y los nativos de Norteamérica. Génesis y transformación de un estereotipo” en el libro "Entre textos e imágenes. Representaciones antropológicas de la América indígena" (CSIC, 2009), de Juan J. R. Villarías Robles, Fermín del Pino Díaz y Pascal Riviale (Eds.). Actualmente ejerce como profesora e investigadora en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).