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«Un fuego sobre el abismo» («A Fire Upon the Deep», 1992), de Vernor Vinge

Para cuando el escritor Wilson Tucker acuñó el término space opera en 1941, ya hacía bastante tiempo que el subgénero llevaba cautivando la imaginación de los lectores de las revistas pulp bajo la forma de, por ejemplo, los seriales de La Alondra del Espacio (1928) o Los Hombres de la Lente (1934), ambos escritos por E.E. Smith. Fue ya entonces cuando este tipo de narraciones –conocidas anteriormente como “aventuras espaciales”– fijó sus elementos principales: el cohete, la nave espacial, se convertía en la herramienta mediante la cual la humanidad trascendía tanto la atmósfera terrestre como los derechos de los nativos que encontraba más allá; el espacio se convertía en un inmenso campo de batalla sobre el que evolucionaban flotas estelares y ejércitos enzarzados en conflictos de escala espacial y temporal apenas abarcables por la imaginación.

Las intenciones de Tucker al bautizar estas ficciones con el término space opera distaban de ser amables. Se trataba de una derivación de la palabra «soap opera», culebrones radiofónicos muy populares en los años treinta y cuarenta y que solían estar patrocinados por marcas de detergentes. Así, en origen, tal denominación tenía una connotación negativa al referirse a relatos construidos a base de clichés y confinados a una fórmula previsible, apoyados más en la acción que en los personajes y con argumentos ingenuos, maniqueos y de escasa entidad literaria.

En los años cincuenta, la space opera se consideraba pasada de moda. La ciencia ficción había evolucionado y las editoriales y revistas preferían invertir en autores más sofisticados, más adultos. Pero los aficionados no estaban tan dispuestos a prescindir de aquello que había alimentado sus sueños de aventura y les había proporcionado grandes momentos de puro escapismo. Aunque sin redimirse completamente, el término space opera comenzó poco a poco a asociarse con algunos de los trabajos más famosos, recordados y queridos de toda la ciencia–ficción, desde las novelas de Isaac Asimov o Robert A. Heinlein hasta series de televisión como Star Trek, películas como Star Wars o cómics como Buck Rogers o Flash Gordon.

Ya en la década de los ochenta, el término space opera abandonó por fin acepción denigratoria para pasar a definir un subgénero perfectamente legítimo que estaba experimentando un renacimiento. Por una parte, apareció una serie de autores que reivindicaban con nostalgia el espíritu de sencilla diversión de los antiguos pulps con relatos de acción protagonizados por héroes sin tacha. Por otra, hubo escritores que pulieron y adaptaron algunos clichés del subgénero, como las aburridas intrigas, la supertecnología y la tecnocháchara interminable, y presentaron a los aficionados algunas de las novelas más complejas y profundas de la historia de la ciencia–ficción, merecedoras de los principales galardones del género ciencia ficción. Hyperión (1989) fue una de las más apreciadas. Un fuego sobre el abismo, otra.

Las grandes ideas que tuvieron su origen en la ciencia ficción y que han sido adoptadas por infinidad de creadores son en realidad obra de un puñado de autores de fértil imaginación. H.G. Wells nos dio las máquinas del tiempo, las guerras interplanetarias, la invisibilidad, la hibernación para viajar al futuro o la manipulación de animales para humanizarlos; el monstruo y el científico de Mary Shelley han sido mil veces imitados; Isaac Asimov nos dio la psicohistoria y las leyes de la robótica; Jack Williamson, la terraformación… Pocas ideas nuevas han surgido en el género en las últimas décadas pero el matemático Vernor Vinge es responsable de una de ellas: la singularidad.

El concepto de “singularidad” data en realidad de muy atrás pero sólo con el perfeccionamiento de la electrónica y los ordenadores empezó a perfilarse como una posibilidad a tener en cuenta fuera de un marco ficticio. Plantea una situación en la que una red informática o una inteligencia artificial alcanzan la capacidad de mejorarse a sí mismos de manera progresivamente más acelerada y sin intervención humana, generando una “explosión de inteligencia” en las máquinas de la que el hombre podría aprovecharse para trascender, fusionando su mente con éstas y dando lugar a un mundo nuevo e impredecible. Vinge fue uno de los responsables en popularizar esta idea –y de bautizarla como “singularidad”–, primero en un artículo publicado en la revista Omni en 1983 y luego en un famoso ensayo de 1993 titulado La llegada de la singularidad tecnológica: Cómo sobrevivir en la era post-humana. Ya en 1981, en su novela corta True Names, antecesora del movimiento ciberpunk, apuntaba el concepto de singularidad; y en su libro Náufragos en tiempo real (1986) ya describía un futuro en el que la singularidad había acabado aplastando a los humanos.

En el ensayo citado, Vinge apuntaba: «Dentro de treinta años, vamos a disponer de los medios tecnológicos para crear inteligencia sobrehumana. Poco después, la era humana se terminará”. El problema es que semejante perspectiva, el final del camino para la especie humana tal y como lo conocemos –o de cualquier vida inteligente que utilice tecnología en cualquier lugar del universo–, era un callejón sin salida desde el punto de vista de un autor de ciencia ficción. Si cualquier civilización está destinada o bien a autoexterminarse o bien a alcanzar una Singularidad tras la cual no podemos imaginar lo que vendrá por culpa de nuestros limitados cerebros meramente biológicos, ¿cómo puede un autor de ciencia ficción continuar imaginando futuros?

La solución a la que llegó Vinge fue tan atrevida como sorprendente y la plasmó en una novela ganadora del Premio Hugo que muchos consideran el culmen de su carrera y una importante aportación al género de la space opera: Un fuego sobre el abismo (a la que seguirían una precuela y una secuela: “Un Abismo en el Cielo”, 1999, también ganadora del Hugo; y Children of the Sky, 2011)

Así, la principal y más original aportación de Vinge fue la de dividir la Vía Láctea en “zonas de pensamiento” concéntricas alrededor del núcleo galáctico. En cada una de esas regiones, las propiedades físicas varían, de tal modo que conforme las civilizaciones van alejándose del núcleo, consiguen avances repentinos en la sofisticación y alcance de la mente y las capacidades computacionales de la tecnología. La Tierra se hallaría a dos tercios de distancia del núcleo, en la llamada Zona Lenta, que está limitada física e intelectualmente en sus mejoras tecnológicas y humanas. Por tanto, según ese enfoque, si no tenemos naves más rápidas que la luz, ni nos visitan alienígenas ni contamos con una tecnología que parezca mágica es únicamente porque estamos localizados en un lugar concreto de la Vía Láctea.

Más cerca aún del corazón galáctico están las Honduras sin Mente, una región en la que la inteligencia es imposible. Una nave que accidentalmente acabara allí, no podría salir de esa región porque sus tripulaciones se volverían demasiado estúpidas como para siquiera pilotarla.

Pero conforme las expediciones humanas –descendientes de noruegos– fueron alejándose de su lugar de origen hacia al exterior, dentro de miles de años, acabaron traspasando la demarcación de la Zona Lenta y entrando en el Allá (dividido a su vez en Alto, Medio y Bajo), ya en los límites de la galaxia, lo que supuso dar un salto exponencial en su nivel de civilización. Por su parte, las civilizaciones alienígenas que llegaron a la región más alejada, ya en los abismos del espacio intergaláctico y conocida como el Trascenso, han atravesado y sobrevivido a la singularidad, alcanzado una categoría cuasidivina y transformándose en lo que se conoce como Poderes. Una nave que realice al camino inverso, por ejemplo, desde el Allá hasta la Lentitud, verá cómo sus sistemas automáticos dejan de funcionar correctamente, su inteligencia artificial falla y pierde la capacidad de viajar a la velocidad de la luz.

La novela comienza cuando un grupo de arqueólogos humanos procedentes del reino de Straumli, en el Allá, establecen un laboratorio en un remoto planeta y descubren un antiguo archivo informático (o artefacto, no queda claro) originario del Trascenso. Involuntariamente, mientras lo investigan, liberan la Plaga, una entidad perversa de gran poder que se extiende rápidamente por el Allá, esclavizando la voluntad de todos aquellos seres inteligentes cuyos mundos no destruye. Los científicos que han desencadenado el desastre huyen del planeta origen de la Plaga y una de sus naves, tripulada por un matrimonio y sus dos hijos, acaba estrellándose en un mundo de la Zona Lenta cuya especie dominante son unas criaturas inteligentes, semejantes físicamente a nuestros perros y a los que los recién llegados llaman Púas.

Los Púas han construido una civilización aún en estado medieval y dividida en dos bandos en conflicto. Uno de ellos está organizado como una tiranía imperialista gobernada por el ladino y cruel Acero, que recientemente ha reemplazado a su amo y maestro, Reductor. El otro, más pacífico y orientado hacia la investigación y el comercio, lo dirige la reina Tallamadera, un púa de cientos de años de edad.

El concepto más interesante de esta parte de la novela es que cada uno de los púas, como individuo, está compuesto por una mente grupal de cuatro a ocho especímenes, una idea que ya había sido presentada por Vinge en su relato The Blabber (1988), ambientado en el mismo universo que esta novela. Si se separan en exceso unos de otros, su mente colectiva se dispersa y sus miembros se “animalizan”. Cada Púa puede sobrevivir y evolucionar durante siglos añadiendo nuevos miembros que reemplacen a los que mueran y aportando a esa mente grupal –pero al mismo tiempo unitaria– nuevos recuerdos y experiencias, con lo que la identidad va modificándose poco a poco con el paso del tiempo. Entre ellos se comunican con ondas sónicas de corto alcance emitidas por unos órganos membranosos que llaman tímpanos.

Los padres humanos, recién llegados, son asesinados por los púas de Acero, pero sobreviven sus dos hijos, que acaban separados sin saber que el otro aún vive: Jeffri, de siete años, acaba en manos de Acero, y Johanna, de catorce, en las de Tallamadera. Ambos serán utilizados para, de dos formas distintas, obtener información tecnológica que permita a ambos bandos mejorar su potencial bélico e iniciar una campaña de conquista contra el adversario.

Mientras tanto, se nos presenta a Ravna Bergnsdot, una humana que trabaja para la Organización Vrimini, sita en el planeta Relé, desde donde gestiona una extensa red de comunicaciones interestelares. Allí recibe informaciones que apuntan a que en la nave Straumli desaparecida podría haber un “antídoto” para la Plaga, algo que detuviera su expansión. Conoce e inicia una relación con Pham Nuwen, un enigmático hombre rescatado y reconstruido por un Poder que lo utiliza como agente en Relé. Mientras se prepara la Fuera de Banda, una nave de rescate con destino al planeta de los Púas, la Plaga llega a Relé y lo destruye. Ravna, Pham y dos escroditas (seres vegetales inteligentes que pueden moverse desplazándose sobre una suerte de sencillo vehículo que hace las veces de ordenador móvil y articulador de voz), parten a bordo de la Fuera de Banda en una huida desesperada hacia la Zona Lenta para tratar de salvar la galaxia. La narración va saltando de una a otra subtrama, incrementando progresivamente la tensión en ambas y llegando a un clímax en el que se fusionan y concluyen.

La novela es mucho más compleja en sus conceptos y premisas básicos y el universo que describe que en su trama general, que no es más que un compendio de elementos clásicos de la space opera: una galaxia poblada por infinidad de civilizaciones y alienígenas de todo tipo, una guerra de dimensiones inimaginables, batallas en el espacio, destrucción de planetas, entidades malignas de inspiración lovecraftiana, intrigas palaciegas, rescates y huidas en el último momento, el destino de la galaxia en juego, heroísmo y maldad absolutos, amistad y traición… Todo ello integrado en una peripecia repleta de dramatismo, suspense y aventura y aderezada con unas gotas de romance. En puridad, no se puede decir que haya nada nuevo aquí. Son los ingredientes con los que desde siempre ha jugado el subgénero, aunque, eso sí, reinterpretados en un nuevo marco.

Precisamente es ese marco lo que constituye la aportación más interesante de Vinge al género de la space opera: la galaxia dividida en Zonas de Pensamiento. Es un concepto intrigante y original aunque no se explique lo suficiente como para que sea verosímil y, de hecho, puede resultar un concepto abstruso para quien no esté muy familiarizado con este tipo de space operas de altos vuelos. No hay más razones para que los físicos actuales puedan considerar como posible una galaxia segmentada en cuanto a leyes físicas de las que los científicos de la época de Wells tenían para creer en la existencia de la cavorita, aquel mineral imaginario que anulaba la gravedad en Los primeros hombres en la luna (1901).

En realidad, eso no importa demasiado. Por mucho que repela a los más aficionados más puristas, para cumplir su objetivo la ciencia ficción no necesita ajustarse fielmente a lo científicamente conocido o dado por supuesto en el momento en el que se crea cada obra o incluso cuando esa obra se disfruta, generaciones más tarde y con la ciencia en un estadio más avanzado. Lo que el lector sí exige es una ilusión de autenticidad, una estructura coherente y lógica que explique cómo los descubrimientos del futuro o, por ejemplo, la influencia de alienígenas, han dejado obsoleta nuestra perspectiva sobre el cosmos. Vinge es un científico, pero también un narrador de historias. Las Zonas de Pensamiento es un original recurso narrativo que le permite describir un futuro que nadie antes había imaginado y escapar, como ya apunté, de la trampa de la singularidad que él mismo había postulado.

El otro concepto original, la mente colectiva de los Púas, tiene, en mi opinión, una ejecución menos satisfactoria. Vinge describe muy bien el fascinante funcionamiento cotidiano de ese intelecto grupal, pero me parece totalmente implausible que unas criaturas que no tienen forma humana y cuyos sentidos y forma de percibir el entorno y relacionarse con él no guardan relación con los nuestros, desarrollen una civilización tan parecida a la Edad Media terrestre. ¿Por qué unas criaturas caninas inventarían herramientas y edificios como el arco y la flecha o los castillos, si éstos son producto de unas necesidades y una biología tan específicas como las humanas?

El lector de ciencia ficción moderno y no particularmente interesado en las fuentes del género probablemente encontrará difícil sintonizar con el espíritu netamente pulp de las viejas space operas de E.E. Smith, Edmond Hamilton o Leigh Brackett. Hoy se requieren personajes más sofisticados que los héroes galantes y las sensuales princesas de antaño. Pero la caracterización no es uno de los puntos más destacables de Un fuego sobre el abismo, lo cual es un problema porque el conflicto galáctico tiene unas dimensiones tan inhumanas que es difícil que el lector se sienta afectado por él. Se necesitan personajes cercanos a los que poder aferrarse y cuyo destino nos importe.

En lo que se refiere a la tripulación del Fuera de Banda, aunque Vinge consigue algo tan complicado como que el lector se encariñe con unos seres tan extraños como los escroditas Vaina Azul y Tallo Verde, son precisamente los humanos los que carecen del carisma y definición que los hubiera hecho memorables. Ravna y Pham son predecibles y aburridos y sus motivaciones no quedan bien justificadas. Por su parte, los caninos personajes del planeta Púa están mejor perfilados pero nunca llegan a escapar del todo de los estereotipos: el vagabundo, la reina sabia, el tirano cruel, el malvado visir, el traidor, el inventor genial… Además, ya lo he comentado, Vinge los retrata como seres con unas motivaciones y comportamientos no sólo excesivamente humanos sino, además, occidentales, lo cual diluye también y hasta cierto punto la brillante idea de la mente colectiva.

Hay otro elemento en el libro que no ha envejecido tan bien como debiera: la Red, ese sistema de comunicaciones interestelares que utilizan las civilizaciones que moran en el Allá, pagando sus correspondientes cuotas de enganche y mantenimiento a la empresa que se ocupa de gestionar los nodos. A través de esta especie de protoforo de internet, se dejan mensajes en los que se mezclan lo farragoso, lo inútil y lo importante y con los que Vinge abre el foco más allá de los dos epicentros narrativos para aportar un contexto más amplio de lo que está ocurriendo en el Allá tras la irrupción de la Plaga. Valga un ejemplo:

«Cripto: 0

Recepción: Nave FDB ad hoc

Senda lingüística: triskweline, unidades SjK

De: Hanse [Ninguna referencia anterior a la caída de Relé. Ninguna fuente probable. Se trata de alguien muy cauto]

Asunto: ¿La Alianza para la Defensa es un fraude?

Distribución: Amenaza de la Plaga

Grupo de Intereses Analistas de Guerras. Grupo de Intereses Homo Sapiens

Fecha: 5,80 días desde la caída de Sjandra Kei

Frases clave: Misión insensata, genocidio innecesario

Texto del mensaje:

Anteriormente sugerí que no se había causado ninguna destrucción en Sjandra Kei. Mis disculpas. Eso se basaba en un error de identificación de catálogo. Convengo con los mensajes (13123 de hace pocos segundos) que aseguran que los habitáculos de Sjandra Kei sufrieron daños devastadores en los últimos seis días».

Soy consciente de que la novela fue escrita a comienzos de los años noventa, cuando la explosión de internet y los teléfonos móviles aún no había tenido lugar, pero habida cuenta de que Vinge está considerado uno de los pioneros del ciberpunk, sorprende esa falta de visión. No resulta muy verosímil tener a toda la galaxia chateando en grupos de noticias y enviándose emails en una dinámica y formato que no modificaba demasiado los de la entonces ya veterana red Usenet, establecida en 1980 y organizada por newsgroups.

Más acertado estuvo el autor a la hora de profetizar en lo que podía convertirse una red de información y comunicación. A estas alturas todos sabemos que Internet, siendo un avance maravilloso que ha cambiado profundamente la forma de relacionarse del ser humano global e individualmente, también ha devenido fosa séptica donde flotan los peores instintos de nuestra especie, un altavoz y lavadora de cerebros para extremistas, paranoicos, especuladores, enfermos mentales y amargados. Pues bien, en la novela, los usuarios de ese sistema de comunicaciones lo apodan cínicamente “La Red de un Millón de Mentiras”, dado que cualquiera puede diseminar información falsa o sesgada por toda la galaxia sin que los receptores puedan verificar fácilmente su veracidad. De hecho, la Plaga se sirve de los nodos para sus propios intereses, sembrando la confusión y la discordia y evitando así la formación de un frente unido contra ella.

El concepto presentado aquí por Vinge de inteligencias posthumanas convierte Un fuego sobre el abismo en un importante antecedente de muchas otras space operas publicadas en el cambio de siglo, como por ejemplo las firmadas por Greg Egan, Alastair Reynolds o Peter Hamilton. Vinge fue también precursor de ese renacer de la ciencia ficción británica conocida como British Boom. De hecho, mientras que algunas de las space operas más famosas salidas de ese país antes de los noventa eran sátiras del subgénero ‒la más conocida fue la serie de Guía del autoestopista galáctico (1979), de Douglas Adams‒, los escritores del British Boom recuperaron la vertiente más seria del mismo, añadiendo un nuevo nivel de sofisticación conceptual y literaria al tiempo que integraban temas y tecnologías más frecuentes en otros ámbitos, como el ciberpunk, y lo convertían en plataforma sobre la que analizar las posibilidades y límites del ser humano.

Reconociendo los méritos e influencia de Un fuego sobre el abismo, su condición de ganador del Hugo y el cariño que le profesan muchos lectores, su lectura me deja un gusto agridulce. La historia tiene grandes ambiciones, pero Vinge no termina de darles forma ni encontrar la mejor manera de presentarlas; y ello aun cuando utiliza seiscientas páginas para completar la aventura. Los grandes acontecimientos que tienen lugar en esta épica galáctica son descritos vagamente y carecen del deseable impacto. En una escena, por ejemplo, Ravna descubre que su mundo ha sido devastado por la Plaga y miles de millones de sus compatriotas han muerto, pero tal noticia solo sirve para sumirla en una lógica depresión durante unos cuantos días. Aparte de breves mensajes en la Red, poco o nada se nos dice de las graves consecuencias que ha tenido semejante tragedia en el resto de las civilizaciones. La mayor parte de la historia la soportan cinco o seis personajes del mundo Púa y los cuatro tripulantes de la Fuera de Banda; y todo el segundo tercio no sale de tres localizaciones; el interior de la nave y los dos castillos de los bandos enfrentados de los púas.

Por todo ello y a pesar de contar con algunas excelentes ideas, Un fuego sobre el abismo nunca figurará a la altura de otras space operas igualmente voluminosas, como por ejemplo, Dune (1965), de Frank Herbert, o la Trilogía de Night’s Dawn (1996-1999), de Peter Hamilton. Con todo, es una lectura recomendable para quien disfrute de este subgénero y no tenga miedo a las obras de larga extensión, así como para quiera entender su evolución hacia su forma más moderna y sofisticada a través de una novela que está a mitad de camino de la ciencia ficción dura de Kim Stanley Robinson y la más ligera y aventurera de Connie Willis o Lois McMaster Bujold.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".