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«Semillas de oscuridad» («Seeds of the Dusk», 1938), de Raymond Z. Gallun Dusk

Muchos comentaristas y críticos han considerado a la ciencia ficción como baluarte de una interpretación positiva y optimista del futuro. Hay bastante de cierto en ello. Pero también lo es que, incluso en los días previos al advenimiento de la Era Atómica, existió una minoría de autores que se empeñaban en sentirse desencantados respecto a nuestro progreso. En algunos de sus relatos de los años treinta, Raymond Z. Gallun, por ejemplo, previó que las colonias lunares se convertirían en eriales industriales, que la exploración espacial tendría que pagar un terrible coste en vidas humanas… y que la vida extraterrestre no tenía por qué consistir en amables seres deseosos de compartir su conocimiento.

Raymond Z. Gallun fue uno de esos olvidados pioneros de la ciencia ficción de estilo literario tosco pero vigoroso y rico en ideas, especialmente aquellas relacionadas con la biología y la ingeniería genética, temas poco explorados por sus contemporáneos. Así, además de avisar sobre los peligros del progreso, prefirió considerar la vida extraterrestre como un fenómeno inmensamente variado en un tiempo en el que la mayoría de las descripciones que se podían encontrar de alienígenas en las revistas pulp no pasaban de lo monstruoso. Por ejemplo, el marciano que imaginó para «Old Faithful» (1934, incluido en Antes de la edad de oro, compilada por Asimov), es tan alienígena como amigable. De acuerdo, no fue el único en explorar el concepto de razas alienígenas como constructoras de civilizaciones complejas en lugar de simples engendros (véase E.E. Doc Smith o Stanley G. Weinbaum), pero sí fue uno de los primeros y mejores.

En esta novela corta, publicada en Astounding Stories, una espora vegetal procedente de Marte llega a una Tierra postapocalíptica dentro de millones de años en el futuro y en la que la Humanidad, degradada hasta un estadio de barbarismo, ha abandonado la superficie para residir bajo ella. Puede que el planeta esté a punto de convertirse en inhabitable para nuestra especie, pero para esas plantas extraterrestres resulta un medio ambiente ideal.

El conflicto entre los alienígenas –conocidos como Itorloo– y los humanos es inevitable. La técnica bélica que aquéllos ponen en práctica y en la que son especialistas es tan «simple» como efectiva: capturan a un humano, estudian su biología, fabrican un virus altamente contagioso y con un largo periodo de incubación específicamente diseñado para su especie, lo infectan y lo liberan para que lo traspase a sus congéneres. Guerra biológica pura, una estrategia que acabara indefectiblemente con la exterminación total de los humanos y que ya han practicado anteriormente. Porque los marcianos no son en realidad marcianos. Su origen primero se halla en Ganídemes y Marte ya sufrió su insidiosa conquista antes de venir a la deteriorada Tierra. Su próximo destino, una vez tengan a nuestro planeta bajo su control, será Venus…

Finalmente, los Itorloo tienen éxito. Y aunque los humanos desaparecen, ignoran a los roedores y aves inteligentes, con los que establecen un equilibrio semejante al que éstos que ya habían compartido con los hombres.

Aunque se supo desde muy temprano que Venus se encontraba más cerca de la Tierra, el brillo rojo de nuestro otro vecino, Marte, siempre ha ejercido una fascinación especial entre los astrónomos, aficionados o profesionales, y los escritores de ciencia ficción. Y ello aún antes de saber que las condiciones ambientales de Venus (900 grados de temperatura y una densidad capaz de aplastar cualquier astronave) la hacían peor candidata que Marte a la hora de imaginar su capacidad de albergar vida. Un siglo antes de que las primeras sondas alcanzaran la superficie marciana, el hombre ya pensaba que, si tenía que existir vida en alguna parte de nuestro vasto universo, Marte constituía un lugar prometedor para empezar a buscar.

En 1880, en Across the Zodiac, Percy Greg imaginó una cultivada sociedad marciana de hombrecillos peludos que habían desarrollado una avanzada tecnología a cambio de sacrificar sus emociones. Igualmente avanzados pero con ansias colonizadoras hacia nuestro planeta eran los invasores marcianos de Dos planetas (1897), de Kurd Lasswitz.

H.G. Wells ofreció en La Guerra de los Mundos (1898) unos seres monstruosos que miraban con envidia los abundantes recursos naturales de nuestro planeta.

Alexander Bogdanov conjeturó la existencia de una utopía socialista marciana en Estrella roja (1908), mientras que la igualmente rusa película Aelita (1924) mostraba un régimen totalitario y opresor de la clase obrera.

Para Edgar Rice Burroughs, Marte, Marte, rebautizado como Barsoom, era un fantástico escenario lleno de criaturas exóticas en el que su guerrero humano, John Carter, rescataba una y otra vez a su amada Dejah Thoris.

La película danesa Un viaje a Marte (1918) trasladaba a sus pioneros astronautas a una sociedad marciana humanoide, pacifista y vegetariana.

En La última y la primera humanidad (1930), el siempre sorprendente y nunca igualado Olaf Stapledon narró varias invasiones marcianas a nuestro planeta por parte de unos seres compuestos de nubes de partículas microscópicas;

Y entonces llega Raymond Z. Gallun con sus marcianos vegetales. La idea de plantas inteligentes no era ni mucho menos nueva. Ya Virgilio y Dante habían imaginado árboles parlantes, aunque la idea estaba más relacionada con la transmigración de almas humanas a las plantas que con la posibilidad de que éstas fueran seres inteligentes evolucionados independientemente, algo patente en obras de fantasía y terror como Los náufragos de las tinieblas (1907), de William Hope Hodgson.

Con el ascenso de la ciencia ficción como género independiente y diferenciado, aparecen relatos con extraterrestres vegetales como «Semilla de Marte» (1931), de Clark Ashton Smith, o «Próxima Centauri» (1935), de Murray Leinster.

En Hacedor de estrellas (1937), Olaf Stapledon describió en tan sólo ocho asombrosas páginas el ascenso y declive de una civilización vegetal nativa de un pequeño y cálido planeta.

Gallun se inspiró en elementos de todas estas historias marcianas y vegetales y las fusionó con su visión pesimista del futuro para crear una evocadora crónica del fin de la Humanidad que deja al lector con la sensación de que, después de todo, la desaparición de nuestra especie, degenerada y tan agotada como el planeta que habita, no supondrá ya una gran pérdida.

Sirva asimismo esta entrada para recuperar el nombre y la figura de este autor pionero mayormente olvidado por los aficionados. Nacido en 1911, comenzó a publicar historias de ciencia ficción a los diecinueve años, en 1929, en las revistas de Hugo Gernsback Wonder Stories y Air Wonder Stories . A mediados de la década siguiente dio el salto a la más importante Astounding Stories dirigida por F. Orlin Tremaine. Allí inició la ya mencionada saga de tres novelas de Old Faithful (1934-1936). Hasta 1942, publicó más de 120 relatos.

Como Edmond Hamilton o Stanley G. Weinbaum, Gallum supo satisfacer las expectativas de los lectores de las revistas pulp, pero cuando aquellos y éstas maduraron y se hicieron más complejas y exigentes, no supo encontrar su lugar . Desde mediados de los cuarenta apenas publicó ya nada y aunque en 1950 consiguió vender algunos relatos jamás recuperó la popularidad de sus primeros años. Murió en 1994.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".