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«Los reyes de las estrellas» (1949), de Edmond Hamilton

Junto a E.E. “Doc” Smith y Jack Williamson, Edmond Hamilton fue uno de los principales pioneros de la ciencia ficción norteamericana y, en concreto, del subgénero de la space opera, que empezó a popularizarse en las revistas pulp a finales de los años veinte.

Hamilton nació en 1904 en Youngstown Ohio. Abandonando sus estudios superiores en Pensilvania, decidió ganarse la vida como escritor. A los 21 años, en 1925, publicó su primera historia en Weird Tales, y en 1933, su relato “La Isla de la Irracionalidad” («The Island of Unreason», aparecido en Wonder Stories) ganó el primer Premio Julio Verne a la mejor historia del año (fue el primer galardón otorgado por los fans antes de la creación del Premio Hugo). En 1946, Hamilton empezó a escribir guiones de cómic para DC, sobre todo en los títulos de Superman y Batman además de otros personajes de ciencia ficción, como la serie “Chris KL–99”, incluida en la antología Strange Adventures.

El 31 de diciembre de 1946, Hamilton se casó con otra colega escritora de ciencia ficción y guionista de cine, Leigh Brackett. Fue la colaboración de ambos la que produjo, en la siguiente etapa de su carrera, algunos de sus mejores trabajos: La Estrella de la Vida (The Star of Life, 1947), El Valle de la Creación (The Valley of Creation, 1948), La Ciudad del Fin del Mundo (City at World’s End, 1951) o El embrujo de las estrellas (The Haunted Stars, 1960). Aunque trabajaron codo a codo durante 25 años, Hamilton y Brackett rara vez firmaron juntos. De todas formas, él nunca tuvo reparos en admitir el valor de las aportaciones de ella. En su introducción a la compilación The Best of Leigh Brackett (1977), escribió: “Tener una competente crítica en casa me ató corto siempre que hacía algo demasiado deprisa y descuidadamente… Ella fue, y sigue siendo, la más amable de los críticos”. Hamilton murió aquel mismo año en California, a raíz de complicaciones surgidas tras una cirugía renal.

La ciencia ficción con un toque fantástico y de terror fue asiduamente practicada por Hamilton desde su primera historia, “El Dios-Monstruo de Mamurth” (Weird Tales, 1926), muy en la línea de la extraña ciencia ficción que practicaba Abraham Merritt o los relatos terroríficos de H.P. Lovecraft y Clark Ashton Smith, aunque rebajando la recargada prosa de éstos y acercándola al nivel del lector más corriente. Pero fue dos años después, con la publicación de Crashing Suns (Weird Tales, 1928), cuando Hamilton empezó a labrarse un camino de gloria en la space opera, subgénero por el que hoy es más conocido: relatos cuyo marco es de dimensiones galácticas, incluso universales, a menudo protagonizados por un terrestre y sus camaradas (éstos no necesariamente humanos) que descubren una amenaza de proporciones cósmicas, la cual consiguen conjurar en solitario o con la ayuda de una armada espacial, enfrentándose a los alienígenas responsables.

Colaboró, por ejemplo, en la saga del Capitán Futuro, un personaje creado por el editor Mort Weisinger (más tarde responsable de los títulos de Superman en DC y quien convenció a Hamilton para probar suerte en ese medio) y que disfrutó de su propia revista llegando a totalizar casi una veintena de aventuras. Pero su space opera más famosa fue la saga de los Reyes de las Estrellas, cuya primera entrega apareció publicada en Amazing Stories en 1949.

John Gordon lleva tres años trabajando en una oficina de seguros de Nueva York. Tras haber pilotado bombarderos durante la Segunda Guerra Mundial, no consigue ajustarse a la tranquila y aburrida vida de un agente de seguros. Una noche, mientras yace en la cama al término de otro insatisfactorio día, empieza a escuchar voces en su cabeza. Resulta que ha establecido comunicación mental con un príncipe–científico de 200.000 años en el futuro. Su nombre es Zarth Arn y le informa de que ha diseñado un sistema para intercambiar mentes a través del tiempo y el espacio y tiene curiosidad por investigar el lejano pasado y sus bárbaros habitantes. Si Gordon accede a cambiar la mente con él durante unas semanas, podrá descubrir cómo será el futuro. Además, es un procedimiento seguro, reversible y temporal. ¿Cómo iba a negarse, especialmente teniendo en cuenta lo insatisfecho que está con su vida? Sólo hay una condición: bajo ninguna circunstancia debe Gordon desvelar su auténtica identidad a nadie del futuro.

A Gordon le cuesta unos días decidirse pero finalmente acepta y, momentos después, despierta en el laboratorio de Zarth Arn, situado en el remoto Himalaya terrestre, ocupando su mente/alma/espíritu el cuerpo de aquél. Todavía no ha tenido tiempo para aprender los aspectos más básicos de la vida en ese futuro cuando las cosas se tuercen. Gordon es convocado al mundo trono de Throon por el padre de Zarth Arn, Arn Abbas, gobernante del Reino Galáctico Medio. Como no puede revelar su auténtica identidad sin romper el juramento a Zarth Arn, se ve obligado a desempeñar el papel del joven príncipe y no tarda en verse atrapado en un extraño triángulo entre dos mujeres: la inteligente y enérgica Lianna, gobernante del Reino de Fomalhaut (con quien su “padre” le ha ordenado casarse y de la que rápidamente Gordon se enamora) y la tierna Murn (a quien ama Zarth Arn).

Simultáneamente, la civilización galáctica se enfrenta a una gran crisis: una conspiración previa a una guerra de conquista promovida por Shorr Kan, tirano de la Liga de los Mundos Oscuros y residente en la mayor nebulosa de la galaxia. El villano trata de convencer a los otros reinos galácticos de que rompan su alianza con el emperador y antes de que John pueda orientarse y comprender bien lo que ocurre y qué papel juega él (o, más bien, Zarth Arn), se ve envuelto en las intrigas y maquinaciones de palacio. Su “padre” muere asesinado y él es culpado del crimen.

Lianna lo salva y ambos huyen para iniciar una búsqueda por toda la galaxia del secreto del Disruptor, la única arma que puede derrotar a los Mundos Oscuros y preservar la libertad en las estrellas. Pero mientras tanto, el héroe a la fuerza tendrá que hacer frente a secuestros, tortura mental, mutantes… sin revelar nunca que él no es el científico que todo el mundo cree y tratando desesperadamente de volver al laboratorio de la Tierra donde se encuentra el equipo que le permitirá regresar a su propio tiempo. Lo cual plantea otro problema porque si triunfa en su propósito, perderá el amor de Lianna; si, por el contrario, decide quedarse en el futuro, traicionará a Zarth Arn al dejarlo atrapado 200.000 años en el pasado, lejos de su amada Murn.

Este libro tiene todo lo que puede pedírsele a una space opera pulp: un Imperio Galáctico, fuerzas oscuras que tratan de hacerse con el poder, una hermosa princesa, épicas batallas espaciales, mundos alienígenas, naves interplanetarias, romance, mundos pintorescos, tecnología de altos vuelos, traidores y espías, armas de inimaginable poder destructivo, villanos grandilocuentes… Sí, claro que resulta familiar, pero eso es porque todos esos ingredientes fueron después reciclados miles de veces y grabados a fuego en el imaginario colectivo, especialmente gracias a la huella que dejó treinta años después Star Wars. Al fin y al cabo, Leigh Brackett, esposa de Hamilton y sin duda con más talento que él, fue quien escribió el guion de El Imperio Contraataca.

Aunque ni siquiera en su momento se trató de un planteamiento original ‒no deja de ser una reformulación de la clásica El prisionero de Zenda (1894), de Anthony Hope‒, Los reyes de las estrellas sí es una lectura sencilla y entretenida. Además, el protagonista está cortado por un patrón más evolucionado respecto a lo que menudeaba en los primeros escarceos del subgénero con la aventura espacial. Así, ya no es un superhombre que pueda resolver los problemas del futuro a base de iniciativa, fuerza bruta e ingenio sino que su mérito es más bien el aceptar la responsabilidad que le toca y actuar en base a ella. Y, por otra parte, el gran villano mostraba ciertos signos de humanidad hacia el final de la novela, lo suficiente como para situarse, aunque solo sea parcialmente, con un pie fuera del estereotipo.

Hamilton no fue uno de esos escritores pulp de prosa hiperflorida que buscaba un hálito poético. El suyo es un estilo limpio y directo –aunque no pudo evitar, como sucedía a menudo en este tipo de literatura, pasajes y diálogos excesivamente melodramáticos. En sus space operas, se servía de la verborrea pseudocientífica para, como si fuera magia, justificar prácticamente cualquier cosa. Podía así presentar más fácilmente tramas que discurrían por toda la galaxia y personajes y mundos pintorescos, liberándose de las ataduras de la auténtica ciencia y definiendo un Sentido de lo Maravilloso que cautivó a una generación de jóvenes lectores (además de hacerle merecedor de apodos tales como “Destruye Mundos” o “Salva Mundos Hamilton”.

El ritmo de la aventura es notable y parece mentira la cantidad de personajes, lugares y acontecimientos que Hamilton consigue comprimir en menos de doscientas páginas. Como era la norma en la literatura pulp, primaba la acción y el sentido de lo maravilloso sobre el trabajo de caracterización de los personajes o la plausibilidad científica (de hecho, hay abundantes ejemplos de superciencia abracadabrante, como esas naves que viajan a 600 años luz por hora). El principal problema de Hamilton con este subgénero siempre fue la falta de cohesión y estructura de sus tramas así como cierta incapacidad para subrayar donde y cuando convenía narrativamente aquellos momentos de mayor épica y espectacularidad. Tanto Jack Williamson (La Legión del Espacio) como “Doc” Smith (La Alondra del Espacio, Los Hombres de la Lente) fueron escritores de mayor talento en este campo y por eso sus sagas son más recordadas hoy que las de su contemporáneo. Éste, no obstante, seguiría escribiendo relatos de space opera, si bien con éxito decreciente y utilizando con mayor frecuencia seudónimos (Robert Castle, Hugh Davidson, Robert Wentworth, Will Garth).

Resulta llamativo que en pleno auge de la Nueva Ola, cuando muchos autores de ciencia ficción decidieron romper con la tradición del género y renegar, entre otras cosas, de sus clichés más rancios, existiera un sector de los fans lo suficientemente amplio como para que, a su demanda, Edmond Hamilton decidiera publicar una segunda parte de su más popular space opera: Regreso a las estrellas (1969). Se trata de un fix-up: una serie de historias cortas inicialmente independientes y escritas en un periodo de cinco años (1964-1969) pero hábilmente conectadas por Hamilton para su publicación como novela.

Dos años después de lo narrado en la primera entrega, encontramos a John Gordon en el siglo XX, buscando ayuda psiquiátrica dado que ya no está seguro de que las aventuras que viviera en el futuro no fueran delirios. Pero Zarth Arn, fiel a la promesa que le hizo, consigue trasladarlo a su tiempo sin abandonar su propio cuerpo. Gordon tiene un incómodo reencuentro con Lianna (que nunca había visto su verdadero rostro antes), pero inmediatamente surgen problemas más graves. El primo de Lianna, Narath Teyn, está conspirando para robarle la corona imperial y reclutando para ello un ejército de seres no humanos de diferentes mundos, así como los traidores condes de las regiones exteriores de la galaxia. Aún peor, de la Nube Magallánica Menor surgen los H´Harn, cuyos poderes mentales los hacen invencibles.

Y así, Gordon vuelve a entrar en la trifulca galáctica, saltando de planeta en planeta hasta participar en la gran batalla final. Le acompaña su amigo y experto piloto Hull Burrell, al que había conocido en el libro precedente; y el aliado más inesperado, el mismísimo Shorr Kan, que resulta que no murió al término de “Reyes de las Estrellas”.

No parece que Hamilton, quien contaba 65 años por entonces, tuviera para Regreso a las estrellas muchas ideas nuevas o pretensiones más allá de entretener a sus lectores pero, al menos, eso lo cumple con creces. El libro cuenta con un ritmo firme, especialmente en su último cuarto; sus personajes tienen gancho (incluso Shorr Kan, un “granuja de negro corazón” y “el mayor villano de la galaxia”, como le califica Burrell, se gana la aprobación del lector con su inteligencia y sus puntillas cómicas: “Cuanto más próximo estoy a este negocio de morir heroicamente, más descorazonador me parece la perspectiva”); los malos de turno son pintorescos y los principales villanos, los H´Harn, no demasiado sobrecogedores.

Es un libro que podría interesar no sólo a los fans de aquellos viejos seriales de los años treinta, como los de Flash Gordon o Buck Rogers (si bien la historia de Hamilton está mejor perfilada y es más inteligente que los guiones de aquéllos) sino a los amantes de la saga de Star Wars, porque sin duda encontrarán en él una fuente de diversión con todas estas peripecias galácticas en las que confluyen una guerra civil, una hermosa princesa, un descarado piloto, un entrañable compañero no humano (Korkhann, amigo de Lianna, que sería el equivalente a Chewbacca), duelos, peleas, villanos de diferente categoría, alienígenas diversos y una misteriosa amenaza con fantásticos poderes de control y coerción mental.

Regreso a las estrellas es un libro mejor escrito que su predecesor, producto de la madurez que fue acumulando el propio Hamilton con el paso de los años. Y aunque necesariamente su premisa carece de la frescura y originalidad de la de Reyes de las estrellas, sí es más ambicioso y épico en su escala. Como más tarde haría George Lucas para el cine, el libro arrastra consigo al lector de una escena emocionante a la siguiente, de un planeta fascinante a otro.

Estas dos novelas junto a la historia corta “Stark y los reyes de las estrellas” (escrito junto a su esposa y en la que confluye la saga de Hamilton y la creada por su ella centrada en el héroe Eric John Stark) conformaron durante bastante tiempo la saga conocida como Reyes de las estrellas… hasta que hace relativamente poco tiempo una editorial norteamericana descubrió, olvidadas en las páginas de revistas de pequeño formato, un par más de novelas completas ambientadas en el mismo universo.

El cazador de estrellas (1958) transcurre unos cuantos miles de años antes de Reyes de las estrellas; El hombre tatuado (1957), por el contrario, lo hace decenas de miles de años después, cuando los hechos narrados en el meollo de la saga se han convertido en leyendas semiolvidadas que solo interesan a los niños. El que estas dos entregas (publicadas conjuntamente como El último de los reyes de las estrellas), se pasaran por alto durante tanto tiempo podría deberse a que Hamilton las firmó con un seudónimo impuesto por el editor de la revista y sólo se identificaran como parte del ciclo porque el clímax transcurría en una de las principales localizaciones de la saga.

Los reyes de las estrellas es la obra por la que Edmond Hamilton será recordado en el género y una de las principales space operas de la Edad de Oro de la Ciencia Ficción. Una lectura que permite olvidarse por un rato de las estrictas leyes de la ciencia, que discurre a ritmo vertiginoso y en la que pueden identificarse muchos de los elementos, situaciones y personajes que poblarán las fantasías espaciales de las futuras generaciones de niños, algunos de los cuales se convertirían ellos mismos en fabricantes de sueños para millones de personas.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".