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«Terroríficamente muertos» («Evil Dead II», 1987), de Sam Raimi

¿Es necesario refrescarles la memoria? Si son veteranos en esto de la cinefilia, lo dudo. Pero a los más jóvenes y recién llegados al Universo Raimi ‒a quienes, por cierto, no saben cuánto envidio‒ quizá les interese descubrir que Terroríficamente muertos fue el resultado inevitable de un éxito previo.

Sam Raimi, virtuoso de la cámara, había rodado años antes Posesión infernal (The Evil Dead, 1981), esa cinta de terror artesano que filmó con un puñado de amigos y que impulsó el primer tramo de su carrera.

Posesión infernal nos situaba en una cabaña, aislada en el bosque, donde un grupo de jóvenes era acosado por entidades diabólicas. El superviviente de ese horror, Ash (Bruce Campbell), vuelve en Terroríficamente muertos, pero en esta ocasión, el tono cambia (¡y de qué manera!). El humor que solo se insinuaba en la primera película, y que cedía paso al miedo, estalla en esta ocasión como un ruidoso artefacto pirotécnico, inspirado en las payasadas de los Tres Chiflados (The Three Stooges). Por resumirlo de algún modo, digamos que Ash se transforma en un dibujo animado real ‒un cruce entre Rambo y un personaje de Looney Toones‒, y nos arrastra en una demencial aventura repleta de vísceras, acción y carcajadas.

El mismo grupo de colegas que creó Posesión infernal (el actor Bruce Campbell, el guionista Scott Spiegel, el productor Rob Tapert, y por supuesto, Raimi), volvió a reunirse en esta ocasión, con unos objetivos claramente distintos. El primero de ellos no era otro que sobrevivir en Hollywood.

«La primera entrega de Evil Dead ‒le contaba Campbell a Matt Patches‒ se rodó entre el 81 y el 82. Luego nos lanzamos a hacer una segunda película, Crimewave (Ola de crímenes, ola de risas), con los hermanos Coen. La rodamos en el 83 y el 84, y fue un desastre grandioso».

Tanto es así, que Crimewave estuvo a punto de acabar con la carrera de Raimi. Por suerte, de forma providencial, el agente y productor Irvin Shapiro, responsable de la comercialización de la primera entrega, vino en su rescate.

Shapiro convenció a Tapert y a Raimi de que era imperativo rodar una secuela de Evil Dead. Sin embargo, llegado el momento de la verdad, esa idea fue sustituida por otra aún mejor: la secuela sería en realidad una nueva versión, reforzada con mil conceptos nuevos, en la que saquearían subgéneros en apariencia incompatibles, como la comedia slapstick, el thriller de acción, el grand-guignol o la fantasía heroica.

Raimi alquiló una casa en Silver Lake, junto a Joel y Ethan Coen, y fue allí donde Spiegel y el director, animados por Rob Tapert y por Campbell, fueron construyendo un proyecto cada vez más ambicioso y disparatado. Campbell lo describe así: «En los tiempos de Posesión infernal, lo que nos atraía de verdad era la comedia física. Pero como estábamos tan preocupados en ese momento por llevar nuestro trabajo a los cines, pensamos: ‘Eh, películas de terror. Esa es una buena forma de entrar en el negocio’. (…) [Mientras trabajaban en el guión Raimi y Spiegel] nos preguntábamos: ‘Están escribiendo una película de terror. ¿Por qué se ríen tan fuerte? ¿De verdad están trabajando estos tipos ahí abajo?’. Nos pasaban nuevas páginas cada día, y siempre eran las cosas más ridículas. Estaban convencidos de que aquello era lo más divertido que jamás habían escrito».

Para asegurar la financiación del proyecto, Irvin Shapiro quería involucrar a un productor de renombre. Stephen King, cuyo papel en la promoción de Posesión infernal había sido decisivo, estaba rodando por esas fechas La rebelión de las máquinas (Maximum Overdrive, 1986) con el apoyo de Dino De Laurentiis. Como ya se imaginan, fue el escritor quien sugirió a Raimi y a Tapert que hablasen con el productor italiano. Gracias a su él, la película se puso en marcha por tres millones y medio de dólares: no demasiado para una producción tan ambiciosa, pero más que suficiente para un equipo acostumbrado a sobrevivir con lo justo.

Cuando se cerró ese acuerdo, Raimi reunió a técnicos y actores en una ciudad de Carolina del Norte, Wadesboro. Concretamente, en una granja que aparece en El color púrpura (The Color Purple, 1985), de Steven Spielberg, y en un antiguo instituto, la J.R. Faison Junior High School. «La biblioteca ‒cuenta Campbell‒ se convirtió en la oficina de producción. Reabrimos la cafetería. Las tomas diarias se proyectaban en el auditorio. Y cada departamento se instaló en un aula diferente. Aquello era perfecto. (…) Tuve que ir a la junta escolar para obtener permiso para usar el edificio. Cuando terminó la reunión, ya le había dado algo a cada miembro de la junta: ‘Eres un contratista, así que puedes construir la puerta de acceso que necesitamos para los camiones’. ‘Claro, y tú puedes poner el sistema de alarma’. ‘Usaremos su almacén de madera para los decorados’. Les di algo a todos».

No lo duden: Terroríficamente muertos es cine de primera división. De una forma aún más depurada que en Posesión infernal, Raimi visualiza este delirio con una audacia sorprendente. Cada plano es un imán irresistible gracias a esa cámara libre y arrolladora, que establece sus propias leyes físicas. Quién sabe si inspirado por los dibujos animados de Tex Avery, Raimi la maneja como si cada secuencia fuera un gag visual. De hecho, la propia cámara es otro personaje más ‒el Mal, persiguiendo a sus víctimas‒, y se mueve sin ningún tipo de atadura.

Los efectos especiales de la película requerían a técnicos de primer nivel, pero la escasez de medios hizo que entrasen en el equipo jóvenes sin tanta experiencia.

Tom Sullivan fue la elección más obvia, dado que ya había demostrado su pericia en Posesión infernal, y tenía clara la afición de Raimi por el stop-motion y el trabajo con látex.

Mark Shostrom también tenía claro que lo suyo era la caracterización y el maquillaje prostético. Había intercambiado correspondencia con el maquillador de El planeta de los simios (1968), John Chambers, y otro maestro, Rick Baker, le había dado una oportunidad en Videodrome (1983). Pero antes de dar el salto a franquicias como Pesadilla en Elm Street y Star Trek, Shostrom demostró su valía en Terroríficamente muertos.

Otros tres recién llegados, Bob Kurtzman, Howard Berger y Greg Nicotero, se harían luego famosos tras formar el estudio KNB EFX, responsable de los efectos de maquillaje en numerosas superproducciones. Pero cuando se rodó Evil Dead II, Kurtzman era solo un novato, recién salido del equipo de Tom Savini tras el rodaje de El día de los muertos (Day of the Dead, 1985), de George A. Romero.

Con una capacidad de trabajo que solo es posible a cierta edad, Sullivan, Shostrom, Kurtzman, Berger y Nicotero lograron completar a contrarreloj unos trucajes que iban desde el tributo a Ray Harryhausen hasta gags de humor negrísimo, con monstruos deformes, mutilaciones y torrentes de sangre.

Como giro definitivo, la aventura de Ash se cerraba con un viaje a la Edad Media, que en realidad, venía a ser un homenaje directo a la teleserie El túnel del tiempo (The Time Tunnel, 1966-1967), de Irwin Allen.

A diferencia de su predecesora, Terroríficamente muertos se centra en el personaje de Ash Williams (Bruce Campbell). Así, a la hora de recordar los acontecimientos narrados en Posesión infernal, Raimi elimina a varios personajes del primer film, y relata nuevamente los sucesos de la cabaña en el bosque, pero esta vez, solo con Ash y con su novia Linda (Denise Bixler).

Como ya vimos en la anterior película, un grimorio descubierto en el sótano, el Necronomicón Ex Mortis o Libro de los Muertos, despierta a una fuerza demoniaca que posee a Linda.

Al tiempo que Ash lucha contra su novia poseída ‒y contra su propia mano, oportunamente amputada con una motosierra‒, nuevos personajes se incorporan a la trama: Annie (Sarah Berry), la hija del profesor Knowby (John Peaks), descubridor del Necronomicón, su compañero Ed Getley (Richard Domeier) y la pareja formada por Jake (Dan Hicks) y Bobby Joe (Kassie Wesley).

En un principio, Raimi hubiera querido que toda la acción discurriera en la Edad Media, y de hecho, el primer borrador, coescrito por Sheldon Lettich, iba en esa dirección. Todo apunta a que Dino De Laurentiis le disuadió de esa idea, que sería desarrollada ‒muy bien, por cierto‒ en la tercera entrega de la saga, El ejército de las tinieblas (Army of Darkness: Evil Dead 3, 1992).

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.