Cualia.es

«El ejército de las tinieblas» (Army of Darkness: Evil Dead 3, 1992), de Sam Raimi

Cuando se estrenó la teleserie Ash vs. Evil Dead (2015-2018), algunos críticos vieron en el personaje protagonista una irónica deconstrucción del típico héroe de los 80. Ese Ash veterano, arrogante y autoirónico era, sin duda, un buen recordatorio de una fórmula cinematográfica que a muchos ‒quién sabe si por razones equivocadas‒ aún nos produce nostalgia. En realidad, el Ash de esta producción de Starz Originals era la última fase en la trayectoria de esa entrañable figura.

«Ash evolucionó ‒dice Bruce Campbell‒. En Posesión infernal (The Evil Dead, 1981), es muy tímido y poco asertivo. En la segunda entrega, Terroríficamente muertos (Evil Dead II, 1987), ha ido ganando confianza. Ya es un veterano del Vietnam. En la tercera, El ejército de las tinieblas, se parece más al típico estadounidense que ofende a la gente de otro país [Campbell usa aquí un expresión intraducible, popularizada por el libro The Ugly American (1958), de Eugene Burdick y William J. Lederer]. Y en la teleserie, cree que sigue siendo increíble, pero ahora es un hombre de mediana edad, derrotado y fuera de sí. Eso es lo que realmente me atrae al traer de vuelta a Ash. Ese es el héroe que quiero interpretar. Ese tipo TAN incompetente».

La falta de cualificación de Ash en El ejército de las tinieblas viene a ser una de las razones por las que resulta encantador. Como sucede con las novelas de Harry Flashman, el cobarde caballero victoriano creado por George MacDonald Fraser, Ash es un héroe épico muy a su pesar, y sus meteduras de pata lo convierten en una figura oportunista y poco admirable. Sin embargo, ¿quién no querría ser su amigo?

Como ya pudimos ver en el desenlace de Terroríficamente muertos, el protagonista cae en un vórtice temporal que se abre en la Edad Media. Los caballeros de Lord Arthur (Marcus Gilbert), creyendo que es un esbirro del Duque Henry (Richard Grove), hacen prisionero a Ash. Lo arrojan a un pozo donde le aguarda una criatura diabólica, pero logra vencerla, y así se convierte en un paladín para los lugareños.

Armado con su motosierra y una escopeta, comienza a buscar el único objeto mágico que le permitiría regresar al presente, el Necronomicón Ex-Mortis.

Esa peripecia de Ash incluye todo tipo de peligros y encantamientos: se enamora de la joven Sheila (Embeth Davidtz), lucha con un doble maléfico que es su propio reflejo en el espejo, aplasta a versiones liliputienses de Ash, ve cómo le crece una cabeza extra, memoriza (y olvida) un sortilegio esencial–»Klaatu barada nikto», la mítica frase de Ultimátum a la Tierra–, asiste a la demoniaca resurrección de mil y un fantasmas, e incluso debe enfrentarse a un ejército de esqueletos que parece diseñado por el mismísimo Ray Harryhausen.

El resultado final es algo así como una adaptación, en clave de espada y brujería, de Un yanqui en la corte del Rey Arturo, de Mark Twain. Todo ello aderezado con recursos extraídos de los tebeos de horror de la EC y de la Warren Publishing, sin olvidar el toque lisérgico de animadores como Tex Avery o Chuck Jones.

Universal Pictures obligó a cambiar el deprimente desenlace original ‒el que aparece en la versión actual, tan próximo al de El planeta de los simios‒, e impuso el empleo de otro cierre para la historia, más optimista y afin al cine de acción de la época.

Al igual que el resto de la saga, El ejército de las tinieblas cuenta con los «sospechosos habituales». Sam Raimi dirige. Robert Tapert y Bruce Campbell son los coproductores. El guión está escrito por el director junto a su hermano Ivan. Joseph LoDuca compone la banda sonora, esta vez ayudado por Danny Elfman. Y regresan al equipo de maquillaje y efectos Tom Sullivan, Bob Kurtzman, Howard Berger y Greg Nicotero, con el refuerzo de Alterian, Inc., la compañía de Tony Gardner.

El único que no pudo disfrutar de este retorno fue el productor Irvin Shapiro, responsable del lanzamiento de la franquicia. Shapiro había fallecido en 1989, pero Raimi y los suyos nunca olvidaron a su benefactor. En los títulos de crédito de la nueva versión de Evil Dead, rodada por Fede Álvarez en 2013, tuvieron la gentileza de incluir el siguiente recordatorio: «Damos las gracias especialmente a Irvin Shapiro, con quien siempre estaremos en deuda».

A distancia de cualquiera de las otras entregas de la saga, esta fue la que tuvo una financiación más cómoda ‒doce millones de dólares‒, gracias a un acuerdo con Universal Pictures que Dino De Laurentiis alcanzó para Raimi tras el éxito de Darkman (1990). Por desgracia, las relaciones más que tirantes de Universal con el italiano, sumadas a las típicas (y razonables) intromisiones del estudio en el rodaje, complicaron bastante las decisiones creativas de la tribu de Raimi.

En realidad, la cinta recupera una trama que hubieran querido usar en Terroríficamente muertos. Esa segunda entrega ‒explica Bruce Campbell‒ «fue diseñada originalmente con una ambientación que se remontaba al año 1300, pero no pudimos lograrlo en aquel momento, así que decidimos hacer una versión provisional, sin saber si esa historia de 1300 se haría alguna vez».

El ejército de las tinieblas también incluye citas y homenajes a varios clásicos del cine ‒desde Juana de Arco (Joan of Arc, 1948), de Victor Fleming, hasta Jasón y los argonautas (Jason and the Argonauts, 1963), de Don Chaffey‒. Asimismo, refuerza el originalísimo estilo visual de la saga Evil Dead, logrando que la cámara realice auténticas acrobacias. Sin embargo, pese a su gran encanto, no llega tan lejos como Terroríficamente muertos ‒decir lo contrario sería mentir‒. En todo caso, quizá no haga falta pedir más.

Aquí el contexto lo es todo. Fíjense en la fecha del film. No olvidemos que Sam Raimi aún sabía lo que era disfrutar de la ligereza de la serie B en una época en la que el resto del mundo oía campanas. Y déjenme que diga otra cosa: en lugar de rodar productos sobreintelectualizados, o bobadas genéricas que-deben-gustar-a-todo-el-mundo, Raimi se empeñó en disfrutar y en hacernos felices. Es imposible no sentir simpatía por alguien como él.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.