Cualia.es

Stephen King: retrato con fantasmas

«Un amigo –escribe Stephen King– me preguntaba si me daba cuenta de que le asustaba cuando se dibujaba en mi rostro cierta sonrisa malévola. Y tenía razón. Humor y horror van juntos. Ambos provienen del mismo impulso agresivo, y en ambos casos nos reímos o gritamos porque somos felices o porque no lo somos».

A estas alturas del nuevo siglo, la obra de Stephen King es la formulación más intensa y popular de lo macabro, una experiencia cuyo origen se pierde en la platea de los viejos cines de programa doble y entre las viñetas de aquellos cómics de horror que el autor leía en su adolescencia, oculto en alguna habitación de su vieja casa de Durham.

Al fin y al cabo, los aspectos creativos más interesantes de su literatura parten de aquella época: la misma que recrea en It. Y nadie puede negar que la nostalgia –sobre todo en la América Gótica que King representa– alberga secretos que merece la pena desvelar.

Me figuro, además, que el escritor aún guarda un inmenso archivo de oscuros recuerdos en sus mansiones de Bangor y Lovell, en el corazón de su estado natal, Maine, que viene a ser el territorio de todas sus ficciones.

«Se han dado muchas razones para explicar la popularidad de King –señala Clive Barker–. Un elemento común en la mayoría de las teorías es su verosimilitud como escritor. En sus novelas –más raramente en las historias cortas– describe la confrontación entre la realidad y elementos fantásticos tan creíbles que los sentidos racionales del lector, raramente son, si lo son alguna vez, ultrajados. Las imágenes de poder, de pérdida, de transformación, de niños salvajes y hoteles tremendos: todo cae de forma demasiado ingeniosa sobre la textura del mundo que conjura, bocado a bocado, y para cuando nuestras bocas están llenas, nos encontramos perfectamente dispuestos a tragarlo todo con gusto».

Acusado por sus detractores de ser excesivamente comercial, de desatender el cuidado formal y estilístico requerido por toda obra literaria, King se limita a ignorar las críticas, confiando su prestigio a las listas de ventas.

«La que sí es una pregunta interesante, cuando consigues llegar a ella directamente –escribe Algis Budrys–, es la de por qué se encuentra Stephen King más allá de la crítica. De hecho, consigue mucho más dinero cuando es criticado, dinero que proviene del bolsillo de los lectores y de ningún otro sitio. Así que, para cualquier crítico, incluido yo mismo, es como gritar de cara a un huracán que se lleva tus palabras de un lado a otro».

Por suerte, algunos prejuicios tienden a despejarse, y una nueva generación de estudiosos empieza a considerarle como lo que siempre fue: un eficaz narrador, muy bien dotado para las tramas y formidable a la hora de hilvanarlas a través del diálogo y la descripción.

«Sobre todo –añade Budrys–, creo que atrapado dentro de King hay uno de los más refinados escritores de nuestro tiempo, y puede que él, probablemente, no pueda entender que lo dejó a un lado para convertirse en una máquina de hacer dinero a escala gigantesca. Principalmente, creo que ha hecho algo casi inimaginable; sin quedarse en estrecheces, ha ampliado la definición de lo que es él mismo como escritor, llegando a un punto en el que puede decir, como nadie más puede hacerlo, que lo ha probado todo y lo ha hecho trabajando de una u otra manera».

Los orígenes de un escritor

King viene al mundo el 27 de septiembre de 1947 en Portland. Apenas llega a conocer a su padre, Donald King. De hecho, cuando el pequeño Stephen cumple dos años de edad, Donald abandona a los suyos en busca de una cajetilla de tabaco, y ello fuerza a la madre del futuro escritor, Nellie Ruth, a recorrer diversas ciudades norteamericanas persiguiendo esa estabilidad económica que cada vez parece más lejana.

«A partir de 1949 –aclara el escritor– de mi padre no volvió a saberse… aunque en 1964, durante las revueltas en el Congo, mi madre insistió en que le había visto en un reportaje sobre los mercenarios blancos que prestaban sus servicios a uno u otro bando. Supongo que es remotamente posible».

Repárese –las cosas como son– en que esas penurias le llevan a conocer América. Los King pasan un tiempo en West De Pere, Wisconsin. «Nuestra estancia en West De Pere –recuerda King– no fue ni larga ni muy lucida. Nos echaron del piso, un tercero, porque un vecino vio a mi hermano de seis años en el tejado y avisó a la policía. No sé dónde estaba mi madre, ni la niñera de la semana; sólo sé que yo estaba en el cuarto de baño, descalzo y subido a la estufa, vigilando a mi hermano para ver si se caía del tejado o conseguía volver sano y salvo al lavabo. Lo consiguió».

Junto a su madre y su hermano mayor, David, King habita en Fort Wayne, Indiana; y Stratford, Connecticut.

Todo ocurrió poco antes de volver a Maine, adonde regresan para que Ruth cuide de sus ancianos padres. Desde 1958 la familia encuentra acomodo en Durham, población donde Stephen King pasará una etapa decisiva de su vida.

¿Pasatiempos? Los justos. «Nací en 1947 –escribe–, pero no tuvimos tele hasta 1958. Lo primero que recuerdo haber visto es Robot Monster, una película donde un individuo con traje de mono y pecera en la cabeza (llamado Ro-Man) se pasaba el día intentando matar a los últimos supervivientes de una guerra nuclear. Me pareció arte de una calidad bastante elevada».

Stephen es un chaval sensible, que ya siente una especial atracción por las historias de misterio. Le agrada pasear durante las luminosas tardes de Maine, pero también se divierte leyendo Famous Monsters of Filmland, escuchando los radiodramas del CBS Mystery Theater, tecleando en su maquina de escribir Royal, o investigando la soledad de los sótanos y los cobertizos de las casas de sus nuevos amigos, sean esto imaginarios o no.

En el desván de su casa, descubre un tesoro: una caja con viejas novelas de bolsillo editadas por Avon. Ahí conoce King a autores como Frank Belknap Long, Zelia Bishop, Abraham Merritt y H.P. Lovecraft.

«Me llevé los libros del desván –dice–. Mi tía, que era maestra de gramática en la escuela y el vivo retrato del sentido práctico de la cabeza a los pies, los desaprobó rotundamente, pero yo me mantuve firme. (…) Una o dos semanas más tarde todos aquellos libros desaparecieron y nunca volví a verlos. Siempre he sospechado que mi tía Ethelyn tuvo algo que ver en este caso… pero a la larga tampoco importaba. Ya había encontrado el camino».

Por las noches, algún Matusalén de Durham narra historias sobre el Wéndigo, el monstruo devorador que custodia los bosques y los pantanos, hijo de una tenebrosa leyenda de los indios algonquinos. King imagina el rostro del Wéndigo y dibuja sus fauces con la imaginación, gozando con los escalofríos que le producen tales fantasías, como si soñase con convertirse en su próxima víctima.

Nace aquí una temprana pesadilla, recurrente en toda su obra. El Wéndigo es y será la bestia sin nombre que aparece una y otra vez en los libros del escritor.

No faltan tampoco los días en que, atraído por las voces de algún pregonero, Stephen visita extasiado las ferias ambulantes que detienen sus camionetas en las afueras de la ciudad. Atiende entonces al cazador de espectadores, siempre inventando maravillas desde el podio para envolver con sortilegios las sorpresas que se ocultan tras la carpa.

Hombres minúsculos, mujeres barbudas e incluso algún ternero de cinco patas componen ese catálogo de fenómenos que fascina a King, a quien, por otro lado, le inquietan los viejos payasos de la caravana.

Quizás porque tras la gruesa capa de maquillaje, él adivina una mirada turbia.

Y ésa, y sólo ésa, es la química sombría de la que brotarán novelas como It (1986) cuando el escritor alcance su madurez creativa.

La fórmula del miedo

Las estaciones se suceden, y aún no repuesto de su infancia viajera, King descubre un día que las aulas del Lisbon Falls High School son el nuevo escenario de sus andanzas.

Por esta época, las novelas de papel de pulpa llenan el ocio de Stephen y sus amigos.

Sin descanso, relee los cuentos de Robert Bloch, Ray Bradbury, Fritz Leiber y Clark Ashton Smith, las novelas metafísicas de William Hope Hodgson y visita los laberintos cosmogónicos de Lovecraft.

También se une imaginariamente a la expedición del profesor Challenger en busca de los dinosaurios de El mundo perdido, gracias a la lectura de la novela homónima de Arthur Conan Doyle. Unos seres –los reptiles antediluvianos– cuyas cualidades redescubrirá en la mirada fría de esos lagartos que sestean en las afueras de Durham.

Andando el tiempo, su fascinación por los saurios mitológicos tendrá su expresión más afortunada en la novela Los ojos del dragón (1987), protagonizada por personajes tan cercanos a los pensamientos de esta etapa de su vida como el mago Flagg y el rey Roland.

Otro de los escritores predilectos del joven King es Nathaniel Hawthorne, autor de la novela La letra escarlata y de cuentos memorables como La muñeca de nieve y Ethan Brand, en nada ajenos al ambiente que envuelve los relatos que King agrupará en el futuro tras el título El umbral de la noche (1978).

Por si esto fuera poco, tres cabeceras de la compañía E.C. vienen a turbar por esta época las pesadillas de los jóvenes norteamericanos: Tales from the CryptThe Haunt of Fear y The Vault of Horror.

Contienen historias imposibles de muertos redivivos, enterramientos prematuros, licántropos sedientos de sangre y vampiresas bellísimas, todo ello aderezado con unas gotas de ironía que hacen brillar de emoción los ojos de los lectores.

Por otro lado, la obra gráfica de autores como Wally Wood, Harvey Kurtzman y Al Williamson no sólo llena de penumbra las fantasías de la generación de King, sino que abre camino a dibujantes como Bernie Wrightson, que más adelante serán en el mundo de la ilustración un equivalente a lo que King logre en el campo literario.

Pero lo más interesante en este punto es descubrir el primer rastro de inspiración de obras como Christine (1983), y más concretamente, de sus personajes, tan cercanos al universo E.C.

¿Acaso el joven Arnie Cunningham existió alguna vez en Maine? ¿Quizás fue una realidad el diabólico Plymouth 1958 que significó su perdición?

Mutantes en el autocine

La trágica pesadilla de la bomba H tuvo consecuencias mucho más inofensivas en la cinematografía de los cincuenta que aquellas que el recuerdo terrible de Hiroshima hacía presagiar.

El gigantesco protagonista de The Amazing Colossal Man (1957) se pasea entre las sombras de Durham, aturdiendo la desbocada fantasía de King, preso de una cinefilia que no discrimina propuesta alguna, y que lo mismo acepta la quimera de las enormes hormigas de La humanidad en peligro (1954) que la compañía de ese encantador monstruo de caucho que protagoniza Japón bajo el terror del monstruo (1954).

Siempre, claro está, en la tenuidad cómplice de la sala de cine local, bolsa de palomitas en ristre y rodeado de buenos camaradas junto a los que comentar, a viva voz, los momentos más afortunados de cada proyección

Cosa bien distinta es pensar en la fatalidad que encarna el perro protagonista de su novela Cujo (1981), un engendro sanguinario que no admite complicidades, pero que nace en la imaginación de King gracias a esos mutantes que aterrorizan a la platea del cine al que acude cada fin de semana.

El cruce de géneros, tan habitual en este tipo de salas, explica asimismo el origen de La Torre Oscura, con una imaginería rescatada del más genuino western de bajo presupuesto.

Primeras publicaciones

En el Durham puritano, de rígidas costumbres, no es imposible imaginar jovencitas como la protagonista de Carrie (1974), atenazadas por arcaicas convenciones sociales, que buscan su liberación y su venganza a través de los poderes paranormales. O, al menos, eso quiere imaginar el joven King, que ya transita por los pasillos de la Universidad, al hilo de los primeros amores que le conducirán casi de inmediato hasta Tabitha, la mujer con la que desde entonces comparte su vida.

Parece que el amor le trae buena suerte, ya que el comercio con las letras lo inicia King por esta época. Una cosa conduce a la otra. El fanzine Comics Review publica en 1967 su primer relato, I Was a Teenage Grave Robber, cuyo título cambia por el de In a Half-World of Terror para reaparecer en otro fanzine, Stories of Suspense.

El resto es historia: este cuento atrae la atención de los editores de la publicación Startling Mistery Stories, que dan acogida a sus siguientes creaciones.

El hecho de ver impresos sus relatos le anima a continuar su carrera literaria. Y eso que aún es imposible soñar con un porvenir lucrativo en el campo de las letras.

El primer cuento por el que se embolsa unos cuantos dólares, El suelo de cristal, es editado por Startling Mystery Stories en 1967.

«En la novela de James Dickey Deliverance –escribirá King años más tarde–, hay una escena en la que un tipo del campo, que vive cerca del Quinto Infierno, hiere su mano con una herramienta mientras repara un coche. Uno de los hombres de la ciudad, que está buscando a un par de personas para conducir sus coches río abajo pregunta a este tipo, llamado Griner, si se ha herido a propósito. Griner mira su ensangrentada mano y dice: No, no es tan mala como yo creía. Así es como me sentí después de releer El suelo de cristal, la primera historia por la que me pagaron. Darrell Schweitzer, el editor de Weird Tales, me invitó [en 1990] a realizar cambios si quería, pero decidí que eso sería probablemente una mala idea».

Coinciden en el tiempo estas pesadillas narrativas con el estreno de La noche de los muertos vivientes (1968), ópera prima del que será uno de sus mejores amigos, George A. Romero, el cineasta de Pittsbugh. A Romero le dedicará King la primera edición de Christine, y con él abordará un divertido homenaje cinematográfico a los cómics E.C. titulado Creepshow. Pero no nos apresuremos. Aún queda trayecto por recorrer en el universo creativo de King antes de alcanzar ese momento, que tendrá a su tiempo cumplida referencia.

La ruta de la fama

Por esta época, el escritor contrae matrimonio con su antigua compañera de la Universidad de Maine, Tabitha Spruce.

«Nos conocimos –escribe– trabajando los dos en una biblioteca, y yo me enamoré de ella en otoño de 1969, durante un taller de poesía, yendo yo a cuarto y ella a tercero. En parte me enamoré porque comprendía la intención de sus escritos. Y ella la de los míos. También me enamoré porque llevaba un vestido sexy y medias de seda de las que se ponen con liguero».

En 1970, nace su primera hija, Naomi Rachel. Sin otros ingresos en perspectiva, King malvive con un pequeño sueldo como profesor de la Academia Hampden. Frustrado y con la esperanza metida en una olla de presión, encuentra refugio en el alcoholismo: una dependencia que a punto está de dar al traste con su matrimonio y con su carrera.

«Los relatos que vendí –dice– a las revistas para hombres entre agosto de 1970 (cuando recibí el cheque de doscientos dólares por El último turno) y el invierno de 1973-1974 eran lo único que nos separaba de la asistencia social, y por poco».

En 1972, nace su segundo hijo, Joseph Hillstrom, y cuando las cosas parecen empeñarse en no mejorar, una gran editorial acepta el borrador de su primer libro, Carrie.

«El original de Carrie –escribe– fue expedido a Doubleday, con uno de cuyos empleados, William Thompson, yo había tramado amistad. Después de enviarlo olvidé su existencia y proseguí mi vida normal, que en aquella época consistía en dar clases, ejercer de padre, querer a mi esposa, emborracharme cada viernes por la tarde y escribir relatos».

Carrie es la novela que revela en 1974 el genio de King al gran público. En un terreno personal, es el éxito económico que le sirve a él y a su familia para abandonar una vida de privaciones, llena de anécdotas tan infelices como tener el teléfono cortado por falta de pago o necesitar un trabajo eventual en una lavandería para sumar este sueldo al obtenido como profesor el resto del año, y cubrir así los gastos familiares más elementales.

Entre 1977 y 1984, Stephen King adopta el sobrenombre de Richard Bachman y edita algunas novelas de género escritas antes de Carrie (en concreto, RabiaLa larga marcha y El fugitivo), mientras añade clásicos a su creciente bibliografía.

Mientras completa el borrador de Salem’s Lot (1975), su madre fallece de cáncer. Durante un breve periodo, los King se trasladan a Boulder, Colorado, y allí King dedica largas horas a la escritura de El resplandor (1977), una novela en la que, además de explorar los senderos de la locura con insólita madurez, también queda patente su lucha con los fantasmas del alcohol. Todo ello ambientado en una casa encantada que entronca con la vieja tradición de la ghost story del siglo XIX.

«La primera vez que la leí –escribe Peter Straub– quedé conmovido por la belleza de su ornamentación, tan florida y precisa como una alfombra persa: la infancia de Jack Torrance está tan minuciosamente decorada como el hotel Overlock. Y gracias a esta clase de instintivo detallismo, hacía que el terror doliera a través de todo el libro».

El retorno a Maine en 1975 coincide con dos buenas noticias: el nacimiento del tercer hijo de los King, Owen Phillips, y el ingreso del novelista en la Universidad de Maine, como profesor de escritura creativa.

En La zona muerta (1979) King narra una historia a medio camino entre la política-ficción y los fenómenos paranormales, propia de un diario tabloide de la época, con un protagonista dotado de increíbles facultades de videncia. En la misma línea, Ojos de fuego (1980) se centra en una niña con otro don sobrenatural. A partir de este momento, King se sabe un creador de éxitos. Y aunque no ha retirado la botella del cajón de su escritorio, está convencido de que los tiempos duros han quedado atrás.

Con todo, cada nueva obra suya que aparece en el mercado es más voluminosa y es peor tratada por la crítica. ¿Acaso ha perdido la inspiración? Quizás sólo sea víctima de un ritmo de producción editorial que muchos consideran sospechoso. Al fin y al cabo, no es ningún secreto que otros autores recurren a aprendices aventajados para completar obras que ellos sólo bosquejan.

A mediados de los ochenta, los rumores vienen y van pese a que el talento literario de King debiera desmentirlos. Siempre cabe suponer que algún lector de aviesa imaginación situaría de buen grado a King en el lugar de Paul Sheldon, el escritor protagonista de Misery (1987), atrapado en esa casa que gobierna una enfermera enloquecida llamada Annie Wilkes.

Cómo triunfar en Hollywood

Desde los años setenta, una de sus fuentes de ingresos más importantes son los derechos de adaptación cinematográfica de sus novelas. A decir verdad, la relación de Stephen King con el cine ha sido muy estrecha: además de firmar algunos guiones, ha probado suerte en el campo de la dirección.

Así, en medio del alborotado panorama cinematográfico del Nuevo Hollywood surgió Carrie (1976), de Brian de Palma, que surtió casi idéntico efecto entre el público que la novela homónima en que se basaba.

El efectismo de la cinta encantó a los espectadores, y convirtió de la noche a la mañana la obra de King en materia apetecible para esos agentes de las productoras especializados en adquirir derechos de autor.

La siguiente novela en la lista era considerada por su autor como una imitación del Drácula de Bram Stoker, pero eso no impidió que se convirtiese finalmente en una modélica teleserie, El misterio de Salem’s Lot (1978). El cineasta Tobe Hooper, conocido por su película La matanza de Texas (1974), fue el hombre elegido para dirigir este proyecto.

King vivió el estreno de El resplandor (1980) como su definitiva consolidación, debido en gran medida al hecho de que el director responsable de llevar al celuloide su novela fue nada menos que Stanley Kubrick.

Christine (1983) fue dirigida por John Carpenter a partir de un guión de Bill Philips que resume lo mejor del texto de King. Esta historia de un coche asesino con vida propia coincide ese año en las pantallas con otra adaptación de una novela del escritor, Cujo (1983), realizada por Lewis Teague.

Ambos filmes ponen de manifiesto que King está de moda. Su nombre aparece citado en multitud de artículos y un gran número de seguidores tratan de imitar su estilo literario.

La zona muerta (1983), de David Cronenberg, consigue recuperar el tono de buena calidad requerido por los escritos de King en su transposición cinematográfica. Este largometraje, protagonizado por Christopher Walken, Brooke Adams y Martin Sheen, incluye importantes variaciones respecto a la obra original, quizás la principal la propia definición de «zona muerta», más cercana a una ilusión psíquica en la cinta que en el libro, donde, como es costumbre en King, priman los elementos parapsicológicos.

Títulos como Los chicos del maíz (1984), Ojos de fuego (1984), Miedo azul (1985) y Los ojos del gato(1985) sumen en la mediocridad a los escritos de King.

Ya no parecen interesados por su obra los cineastas de prestigio, sino más bien los principiantes o los profesionales de segunda fila que, apoyándose en un presupuesto menguado, pretenden sacar adelante un negocio basado casi exclusivamente en el nombre del escritor.

Sólo Rob Reiner tiene en cuenta sus posibilidades artísticas en el melodrama Cuenta conmigo (1986), inspirado en el relato El cuerpo. Los tiempos en que realizadores como George A. Romero recurrían a King para proyectos como Creepshow (1982) parecen haber quedado lejos.

No es casual la intención del escritor de tomar las riendas como director en La rebelión de las máquinas (1987), genuino (y mediocre) catálogo de las pasiones de su realizador.

Tras el estreno de Perseguido (1987), traslación de una de las novelas de ciencia-ficción firmadas por King con el sobrenombre de Richard Bachman y realizada a mayor gloria de Arnold Schwarzenegger, el escritor recobra el éxito en las pantallas con El cementerio viviente (1988), dirigida por Mary Lambert. Al igual que la novela en que se inspira, esta película recorre la vertiente más comercial del terror, basándose en un grato efectismo y en las consabidas referencias a la adolescencia.

Con el fin de recuperar su prestigio en Hollywood, King aplaude la idea de que su amigo Rob Reiner lleve al cine Misery (1990). El resultado no puede ser más satisfactorio. La protagonista, Kathy Bates, obtiene el Oscar de la Academia, un galardón que, en el fondo, King siente como suyo.

Por desgracia, el siguiente título de la filmografía de KingSonámbulos (1992), de Mick Garris, es tan flojo como El cementerio viviente 2 (1992), de Mary Lambert, lo que pone de nuevo en entredicho el nombre del escritor.

El formato televisivo, como demuestran los ochos capítulos de la serie Años dorados (1993) o la miniserie The Stand, parece más adecuado para estrenar las nuevas adaptaciones de sus obras. Por fortuna, las siguientes versiones consiguen elevar el listón. Quedarán en la memoria del público títulos tan memorables como La milla verde (1999), de Frank Darabont1408 (2007), de Mikael HåfströmLa niebla (2007), también de Darabont, o las dos entregas de It (2017-2018), de Andrés Muschietti.

Corren tiempos oscuros

En un arrebato de dignidad, el escritor escribe en 1993 un artículo en el que arremete duramente contra las continuaciones literarias de Lo que el viento se llevó y Rebeca, y afirma que el mundo editorial moderno sólo parece interesado por los creadores de grandes éxitos, al estilo de Tom Clancy, Michael Crichton… o Stephen King.

Más de cincuenta millones de libros vendidos en todo el mundo es una cifra lo bastante respetable como para hacer olvidar a sus agentes literarios frivolidades como ese caserón gótico que King se construye en Bangor, aislado del mundo como un País de Nunca Jamás de estilo victoriano, en el que jugar tranquilamente con sus gatos y corregir los escritos de su esposa Tabitha al amor de una vieja chimenea.

Por desgracia, esa felicidad va a verse comprometida por un accidente. El 19 de junio de 1999, mientras pasea por una carretera de Lovell, sufre un aparatoso atropello. Más de un mes en cuidados intensivos, cinco operaciones y una buena temporada de rehabilitación son el balance de esa desgracia que se añade a otra: King pierde la seguridad y la inspiración a la hora de escribir. Sólo el tiempo le permitirá superar ese bloqueo.

En marzo de 2000 publica la primera novela para ser leída exclusivamente en Internet. El citado libro electrónico, Riding the Bullet, tan sólo cuesta 2,50 dólares. Se distribuye en un archivo con el texto codificado de forma que no pueda copiarse ni imprimirse: sólo se puede leer sentado ante el ordenador o empleando alguna de las modernas agendas electrónicas que preceden lo que luego serán los e-books.

Meses después, King presenta un nuevo proyecto cibernético, La planta, un relato por entregas que puede descargarse en cualquier ordenador. Sin embargo, la respuesta de los internautas no es demasiado entusiasta y el autor decide retirar la novela después de la sexta entrega. Tiene su gracia, sobre todo si tenemos en cuenta el posterior éxito del escritor en el ámbito de libro electrónico.

Por lo demás, la excelente acogida comercial de títulos como El cazador de sueños (2001), Cell (2006) y La Cúpula (2009) mantiene a King en un lugar de privilegio entre los escritores norteamericanos.

A estas alturas, en su cuaderno de bitácora parecen haber desaparecido palabras como pesimismo o desánimo.  Sin embargo, no es posible determinar qué siniestros fantasmas culebrean por su pensamiento. En especial, cuando hace declaraciones a la prensa en las que dice, quién sabe si ingenuamente: «Creo en Dios y creo que seguramente Dios hace bien las cosas. No sé de qué otra manera se podría explicar que sigamos vivos años después de la explosión de la primera bomba atómica y que nadie más la haya empleado».

Dejemos que él mismo apunte la última reflexión: «¿Saben una cosa? –dice, sonriendo–. Pienso que el Diablo es un tipo divertido».

Decálogo del terror

No es la primera vez que se habla de ella, pero por su vigencia, vale la pena terminar este recorrido con la lista de los que Stephen King considera sus diez miedos principales.

Comienza el inventario por el primer miedo, el miedo a la oscuridad, que nace de las pesadillas infantiles y de las noches de insomnio.

El miedo a las cosas pulposas, segundo temor de la lista, resulta tan personal como poco generalizado, y es propio de los fanáticos de la literatura fantástica.

El tercero, el miedo a la deformidad, a buen seguro es todo un homenaje a La parada de los monstruos.

Cuarto, la ofidiofobia, un miedo del Medio Oeste, con la promesa del veneno tras la música de un cascabel.

Quinto, el miedo a las ratas, un temor tan clásico en el género que resulta obvio.

El sexto es la claustrofobia, el miedo a los espacios cerrados, un espanto que crece bajo tierra.

Séptimo miedo, los insectos, tan amenazadores en las películas de gigantismo de los años cincuenta.

Octavo, la Dama Blanca, la Muerte, la mayor incógnita de toda existencia.

El noveno horror es la paranoia, el miedo a los demás, con los ojos de un posible asesino clavados en la espalda.

Llegamos al décimo temor, y junto a Kingsentimos miedo de alguien, quién sabe por qué y desde cuándo. Seguramente éste sea el miedo más sutil de todos.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Publiqué la primera versión de este artículo en las páginas de la revista «Todo Pantallas». Las citas están extraídas de dos libros de King, «Danza macabra» y «Mientras escribo», y de los artículos incluidos en el especial que el fanzine «El grito» dedicó al escritor en 1991. Fotografía:: Shane Leonard.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.