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«2013: Rescate en L.A.» (1996), de John Carpenter

Durante los noventa, se produjo en Hollywood una de esas olas periódicas de nostalgia inducida cuando los estudios trataron de replicar, recurriendo a grandes presupuestos y estrellas conocidas, el espíritu de los ochenta que tantos éxitos había dado al cine de género, pero sin lograr transmitir el mismo sentido de la diversión y asombro. Así, las carteleras vinieron cargadas de películas o bien pretenciosas e innecesariamente densas o bien con un sesgo infantil-familiar: Casper (1995), Godzilla (1998), Congo (1995), Los Picapiedra (1994), Volcano (1997)… Es en ese contexto donde se encuadra la película que ahora comento.

1997: Rescate en Nueva York (1981) fue un clásico desde el momento en que se estrenó, y especialmente gracias a su éxito en el circuito de videoclubs. Fue un film pionero en fusionar la ciencia ficción con los tópicos del cine de acción que John Carpenter supo dirigir con buen pulso, y para el que Kurt Russell ofreció una interpretación memorable como Serpiente Plissken, un antihéroe icónico en el género. Carpenter, Russell y la productora Debra Hill habían venido hablando sobre una posible secuela desde al menos 1986, pero el proyecto se retrasó diez años; tanto, de hecho, que se estrenó sólo cinco meses antes de la fecha en la que tenía lugar la acción de la primera parte.

En el año 1998, un terremoto separó Los Ángeles del continente norteamericano. Tal desastre y el deplorable estado en el que se encontraba el país propició la subida al poder de un presidente cristiano fundamentalista que había augurado un castigo divino sobre aquella ciudad. Así, L.A. ha sido transformado por el nuevo gobierno en una ciudad-prisión a la que se envían tanto los criminales como los disidentes y todos aquellos que se consideran moralmente inadecuados para ser americanos, como prostitutas, inmigrantes o musulmanes. Su exilio es definitivo y permanente.

Tras su hazaña en Nueva York dieciséis años antes, Serpiente Plissken (Kurt Russell) volvió a su carrera delictiva para ser capturado de nuevo. A punto de ser enviado a L.A., recibe una oferta por parte de las autoridades: proporcionarle armamento y equipo de alta tecnología para que entre en la zona carcelaria y encuentre una maleta robada por la hija del Presidente (Cliff Robertson), Utopia (A.J. Langer). Ésta, seducida a través de internet por el líder de un grupo revolucionario preso en L.A., Cuervo Jones (George Corraface), se ha reunido con él allí y le ha entregado la mencionada maleta, un sistema que controla remotamente un anillo de satélites orbitales, la Espada de Damocles, que puede detonar un pulso electromagnético sobre el punto seleccionado del planeta (desde un solo automóvil a todo el globo) sumiéndolo en la Edad Media. Naturalmente, Jones amenaza con utilizarlo contra Estados Unidos si el gobierno no le libera, una exigencia que éste no está dispuesto a atender dado que ya se encuentra amenazado por una posible invasión de naciones latinoamericanas azuzadas por Jones. Cuando Plissken se niega a colaborar, le obligan a ello inyectándole una toxina letal cuyo antídoto sólo recibirá si regresa victorioso de su misión. Una vez dentro de L.A., deberá enfrentarse o ayudar, según el caso, a todo tipo de criminales, revolucionarios y chiflados.

Tanto antes como después de su estreno, la sensación general de crítica y público ante Rescate en L.A. fue de decepción. Muchos consideraban que era un torpe e innecesario refrito de Rescate en Nueva York. Y algo de cierto hay en eso, porque lo que nos ofrece Carpenter es una versión recalentada de la primera película y, de hecho, más que una secuela se trata de un remake.

Tenemos otra vez a Serpiente Plissken internándose en los restos de una icónica ciudad costera estadounidense, convertida en prisión –cambiando tan sólo la costa este por la oeste‒. De nuevo, al protagonista le inoculan un elemento letal para asegurar su colaboración. Esta vez la víctima a rescatar no es el Presidente, sino un objeto en poder de su hija. El villano principal no es un negro sino un hispano, pero ambos tienen un nefasto gusto para tunear sus coches.

Algunos planos y frases son prácticamente calcados: en lugar de contra un gigantón en un ring, Plissken tiene que encestar un balón de baloncesto. Hasta el final es similar, sustituyendo una cinta magnetofónica por un disco de datos (aunque la secuela juega mejor que su predecesora con las expectativas que genera el “cambiazo”). Estas quejas, no obstante, pierden legitimidad si quien las emite es fan de franquicias como Viernes, 13, Halloween o Pesadilla en Elm Street, cuyas sucesivas entregas no son sino fotocopias unas de las otras. Al fin y al cabo, el objetivo de Rescate en L.A. es el mismo que el de tantas secuelas: dar algo familiar pero con un giro distinto (por ejemplo, autoparódico o más violento), rodado con un presupuesto más abultado y con efectos especiales de última generación. Ahí tenemos las distintas entregas de James Bond, Aliens, Indiana Jones…

Para esta película Carpenter dispuso del presupuesto más generoso de toda su carrera hasta ese momento: 50 millones de dólares, lo que la convierte en una producción de tipo medio-alto (Parque Jurásico, de 1993, costó 65 millones). Eso se nota en la pantalla… a veces, porque queda patente que algunas de las escenas tuvieron que rebajar el nivel de su factura visual cuando Paramount adelantó la fecha de estreno. Además, hay momentos que ponen de manifiesto que Carpenter no se siente enteramente cómodo con la acción a gran escala. Rescate en L.A. carece de la pulida y sobria eficacia de su predecesora, salpicándolo todo de explosiones gratuitas y tiroteos a mansalva en escenas demasiado iluminadas.

Es cierto que hay momentos bien llevados como la escena en la pista de baloncesto, el duelo con las “reglas de Bangkok” o la pelea entre Plissken y Cuervo Jones, pero otras resultan muy pedestres y entran de lleno en el terreno de la exageración y el absurdo. El viaje submarino a gran velocidad por entre las ruinas del comienzo o el vuelo con las ala delta ponen dolorosamente en evidencia su mediocre factura digital. La escena en la que Plissken surfea sobre una enorme ola para acabar aterrizando en el coche de Mapa de las Estrellas Eddie (Steve Buscemi) es ridícula como idea y como ejecución, la clase de hipérbole absolutamente inverosímil que parece sacada de un dibujo animado de la Warner.

En general, los efectos tradicionales funcionan muy bien, mientras que los digitales se notan más torpes, especialmente en una época en la que la mencionada Parque Jurásico los había elevado a un nuevo nivel de sofisticación más allá del croma y las pantallas verdes. Otra decepción la encontramos en la banda sonora, para la que Carpenter abandona sus atmosféricos sonidos electrónicos a favor de una ruidosa música hard rock que ha envejecido mal.

Siendo, por tanto, una película que recicla el mismo molde que la primera pero con una resolución visual más irregular, también es cierto que contiene elementos destacables. Para empezar, tiene un tono más ligero y alocado así como una abierta vena satírica que Rescate en Nueva York sólo se atrevía a sugerir. Las ruinas de L.A. son una divertida y apocalíptica proyección del presente habitada por fulanas, agentes tramposos, enloquecidos cirujanos plásticos, buscavidas que venden mapas interactivos de las residencias de las estrellas, bandas que se tirotean desde los coches en marcha y travestis armados.

La escenografía también incluye los restos de iconos urbanos de la ciudad, como los Estudios Universal, Capitol Records, el famoso cartel de Hollywood, Disneyland.o letreros que indican Mulholland Drive o Sunset Boulevard,

De hecho, el argumento es una excusa muy pobre para lo que en realidad interesa a Carpenter: encadenar una sucesión de escenas bufas protagonizadas por un amplio reparto de caras conocidas de los noventa. Steve Buscemi encarna a un amigable pero traicionero truhán en un papel equivalente al del taxista que interpretaba Ernest Borgnine en la original; Bruce Campbell es un grimoso cirujano plástico; Peter Fonda da vida a un surfero pasado de vueltas; Pam Grier es un líder mafioso transexual… Kurt Russell trae de vuelta al añorado Plissken, con un tono más duro, insolente, agresivo y despiadado. Resulta divertido ver el contraste entre el estoicismo y la pose de tipo cínico y de vuelta de todo que exhibe Plissken y la locura que domina a los grotescos y violentos chiflados con los que se va cruzando en su búsqueda. Un hinchado Stacy Keach, como jefe de seguridad de la prisión, intenta ponerse a la altura del Lee Van Cleef de Rescate en Nueva York en un personaje cortado por el mismo patrón, pero su carisma queda diluido por una incoherente coleta noventera, adecuada para hippies u hombres de mediana edad en crisis, pero no para un curtido militar.

Carpenter pareció tomar en consideración las críticas recibidas por la anterior película que le acusaban de no haber establecido de forma verosímil las condiciones en las que Manhattan se convertía en una prisión. En esta ocasión, expone con más detalle el contexto político y social que llevó a L.A. a transformarse en un enorme penal. También, y mostrando cierta presciencia a la vista de la actual deriva religiosa de Estados Unidos, nos presenta una visión corrosiva de su nación, dirigida por un dictador de extrema derecha y cristiano fundamentalista, que en sus discursos carga contra los que considera infractores morales o no suficientemente americanos y que ha modificado la Constitución para prorrogar indefinidamente su presidencia. Su egocentrismo le ha llevado incluso a trasladar la capital desde Washington a su ciudad natal, Lynchburg (Virginia).

En este sentido, y diseminados por el metraje, encontramos pequeños momentos de humor negro bastante certeros, como cuando al comienzo vemos que los convictos puedan elegir entre ser ejecutados o transportados a L.A.: “Ahora tienes la oportunidad de arrepentirte de tus pecados y ser electrocutado en el acto”. Su intención satírica no es tan aguda como en Están vivos (1988), pero sí podemos decir que en Rescate en L.A. Carpenter lanza un mensaje sobre la libertad, el liderazgo, la hipocresía de los autonombrados guardianes de la moralidad y lo efímero y vanidoso de la cultura de consumo.

Quizá una de las cosas más interesantes de Rescate en L.A. sea su final, (atención: espóiler), cuando Serpiente Plissken decide activar el pulso electromagnético y provocar el derrumbe de toda la civilización moderna. En films anteriores, sobre todo en Están vivos, Carpenter se había presentado como un liberal de parte de la clase proletaria que atacaba el statu quo político y cultural. Es interesante que aquí, casi una década después, su desengaño sea tal que ya no se permite confiar en ningún bando, ni la derecha que gobierna el país ni los chalados revolucionarios de izquierda (Cuervo Jones es un claro trasunto del Che Guevara), todos ellos mentirosos, hipócritas, desleales, demagogos y dispuestos a sacrificar a sus seguidores para conseguir sus propios y egoístas fines. La única salida que ve el director y hacia la que empuja a su antihéroe, es la de acabar con el mundo tal y como lo conocemos. La última imagen del film nos muestra a Plissken utilizando la tecnología más avanzada y útil que va a existir en el nuevo mundo que él mismo ha creado: una humilde caja de cerillas. (fin del espóiler)

La mayoría del cine de Carpenter puede ser encuadrado dentro de la serie B en su división más sofisticada. Sus mejores películas son como tebeos oscuros y extraños y, en este sentido, Rescate en L.A. no es muy diferente. Quizá algo más ligera que otros títulos de su filmografía, puede que más tontorrona y exagerada pero, ¿acaso no pasa lo mismo con Golpe en la Pequeña China?

Tengo la impresión de que Rescate en L.A. es una película que ha envejecido mejor que muchas de sus contemporáneas y que lo seguirá haciendo bien en el futuro. En parte porque sus torpes efectos visuales hoy han pasado a figurar en la categoría de vintage, asumibles en el contexto de una serie B; en parte porque pocas películas de ciencia ficción de esa década recuperan tan bien el espíritu pulp de antaño; y en parte, por la pasión, mala uva y humor negro con los que escupe su corrosivo ataque contra la complacencia social.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".