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«Nathan Never» (1991), de Michele Medda, Antonio Serra, Bepi Vigna y Claudio Castellini

Pocos sellos de cómic han comprendido tan bien como la editorial Bonelli el equilibrio entre calidad y puro entretenimiento, accesible a un amplio rango de edades y gustos. La empresa fue fundada en 1940 con el nombre de Redazione Audace por Gianluigi Bonelli. Aunque tras la Segunda Guerra Mundial vendería la editorial a su exmujer Tea Bertasi, Bonelli crearía y escribiría para ella el personaje de Tex Willer, un ranger de Texas que, a día de hoy, se ha convertido en la serie más longeva y exitosa del cómic italiano (llegando a vender, sólo en Italia, 700.000 copias al mes de cada número) y pilar de lo que, tras algunos cambios de propiedad y nombre, se iba a convertir en Sergio Bonelli Editore, con sede en Milán.

En 1957 la dirección había pasado de Tea Bonelli al hijo de esta y de Gianluigi: Sergio, que ya trabajaba como guionista bajo el seudónimo de Guido Nolitta. A finales de los años cincuenta, la casa adoptaría un formato popular que demostraría tener tanto éxito que incluso adoptaría su nombre: formato Bonelli. Se trataba de álbumes de un centenar de páginas, en blanco y negro y con planchas con una estructura fija de tres filas de viñetas. Ésa fue una de las claves de su éxito: ofrecer al público una lectura abundante pero económicamente accesible para una gran parte de la sociedad y, además, disponible en multitud de puntos de venta.

Pero la clave del éxito y longevidad de los cómics de Bonelli no residió solamente en el acierto con el formato y la buena distribución, sino en comprender cuáles eran los géneros más populares, adaptarlos a un marco aventurero y contratar a guionistas y dibujantes muy sólidos. De alguna forma, recuperó y adaptó el antiguo formato de las revistas pulp norteamericanas, que desde comienzos del siglo XX y hasta los años cincuenta cubrieron el hueco de la literatura de género que los escritores de “prestigio” no querían ni tocar.

La pretensión de Bonelli no ha sido nunca la de hacer obras maestras –algo complicado en lo que es básicamente una factoría “a la americana” de la que todos los meses salen al mercado números de diversas colecciones–, sino la de ofrecer tebeos entretenidos en los que el lector pudiera sumergirse durante un buen rato gracias a sus absorbentes tramas, rápido ritmo y carismáticos protagonistas, pero evitando caer en lo superficial y tosco.

Así, fueron surgiendo personajes y colecciones encuadradas en diferentes géneros, con distintos enfoques y temas. Bonelli siempre ha tenido un catálogo lo suficientemente amplio como para que cualquier aficionado a los cómics de aventuras pudiera encontrar algo satisfactorio: Zagor (1961) mezclaba el western, lo policiaco y lo fantástico; Mister No (1975) era un antihéroe que corría aventuras en entornos exóticos; Comandante Mark (1966) transcurría durante la Guerra de la Independencia norteamericana; Ken Parker era un western protagonizado por un trampero pacifista; Martin Mystère (1982) era un arqueólogo y escritor que investigaba casos paranormales y misterios; Dylan Dog ahondaba en el género del terror mediante su protagonista, un investigador de lo oculto; Nick Raider (1988) era un detective de homicidios de la policía de la Nueva York…

Sin embargo, a comienzos de los noventa y tras cincuenta años de trayectoria editorial, Bonelli aún no se había acercado a otro de los géneros más populares, la ciencia ficción. Quizá se debiera a que nunca fue un género con tanta penetración y tradición entre el público italiano como el western o la aventura, pero en ese punto estaba claro que había un segmento de lectores que, gracias a la popularización global de la fantaciencia a través del cine y la televisión, estaría más que dispuesto a darle una oportunidad a un personaje futurista.

Y entonces entran en escena los guionistas Michele Medda, Antonio Serra y Bepi Vigna, que habían formado parte de la plantilla de autores de Bonelli desde 1985, escribiendo historias para Martin Mystère y Dylan Dog. En 1989, presentaron al editor la propuesta de una serie de ciencia ficción en la que llevaban trabajando varios años y que, gracias a las diferentes aproximaciones que cada uno de los tres creadores tenía para el personaje, contaba con potencial para explorar múltiples temas y ambientes. El editor dio el visto bueno y en junio de 1991 apareció el primer episodio, dibujado por Claudio Castellini.

La acción transcurre en un futuro no demasiado lejano, alrededor de un siglo después de las catástrofes que asolaron el planeta en 2024. El mundo está muy contaminado y la sociedad controlada por la tecnología y los mass media. Parte de la población reside en estaciones orbitales donde se producen recursos y alimentos que demanda la Tierra, lo que aviva tensiones independentistas. Las grandes corporaciones ostentan un gran poder y, de hecho, la lucha contra el crimen la llevan a cabo empresas privadas a las que el gobierno otorga permisos y contratos con el fin de descargar a la policía de trabajo. Una de ellas es la Agencia Alfa, para la que trabaja Nathan Never. Éste vive en East City, una megalópolis sita en la costa oriental del continente norteamericano.

Never es un antiguo policía atormentado por el asesinato de su esposa y el derrumbe psicológico de su hija Ann tras ser víctima de un secuestro. Lejos de ser uno de esos impulsivos y musculosos héroes de acción del cine de los ochenta, Never es un personaje con matices que recurre a la violencia sólo cuando es verdaderamente necesario. Tal y como lo definieron sus creadores, “es tan sólo un ser humano en un mundo progresivamente menos humano”. De hecho, en muchas ocasiones, se siente a disgusto con su trabajo, el cual desempeña por un sentido de la responsabilidad tanto hacia la justicia como hacia su hija, por la quien debe velar.

Never colecciona antigüedades en forma de libros, música y películas. Ello, no obstante, no significa que viva escondido en el pasado. Aunque tampoco tiene mucha avidez por averiguar qué se oculta en el futuro, puesto que, como dice en más de una ocasión: “El futuro me asusta porque en él está el fin de todo lo que amo”. El temor a perder lo conocido, lo familiar, lo amado, es muy humano, pero en su caso no degenera hacia el rechazo al mañana.

En el futuro y mundo de Nathan Never, la población ha tenido que sobrellevar múltiples catástrofes y crisis, pero a pesar de ello y de la clara influencia del género distópico y ciberpunk, la serie no pierde su vena optimista. Al fin y al cabo y como comentaba Vigna: “No todo es apocalíptico y la humanidad siempre se las ha arreglado para renacer. Puede que el futuro nos parezca oscuro, pero eso no significa que debamos rendirnos y aceptarlo sin más. El futuro es un territorio desconocido y el viaje a lo desconocido es un componente fundamental de la ciencia ficción. Es normal tener miedo a lo desconocido, pero eso no significa que queramos volver atrás. En nuestra ciencia ficción prevalece la idea de que un día, gracias a la ciencia, la tecnología y nuestra determinación, podríamos ser capaces de resolver problemas que ahora nos parecen insuperables”.

El interés de Never por objetos que le sirven para conectar con el pasado lo convierte en un romántico viviendo en un mundo ciberpunk. Aparte de subrayar la vena melancólica que arrastra su personalidad, esa afición suya sirve de herramienta a los autores para insertar referencias y citas literarias o cinematográficas de forma natural.

Una escena recurrente, por ejemplo, es mostrar a Never leyendo La Isla del Tesoro, de Stevenson, durante los descansos entre misión y misión o en el curso de algún viaje. Así lo vemos ya en el episodio inaugural de la colección o en el primero doble (“Operación Dragón”, nº 2-3), sugiriendo con ello que es un “caballero aventurero” al estilo de los literarios del siglo XIX. Se trata de un recurso que también utilizó Hugo Pratt en Corto Maltés: el marinero solía leer Utopía (1515), de Tomás Moro; pero mientras este libro subrayaba la faceta a menudo esotérica e iniciática de las peripecias del marinero, Medda, Serra y Vigna decidieron conectar su ciencia ficción a las grandes novelas de aventuras del pasado.

Un propósito que se hace todavía más evidente si tenemos en cuenta que inicialmente el apellido del héroe iba a ser “Nemo” en lugar del más anglófono “Never”. De hecho, el policía utilizará aquel alias en algunas operaciones y sagas futuras. Se trata, claro, de una referencia al capitán que imaginó Julio Verne para Veinte mil leguas de viaje submarino (1869) y con el que Never comparte cierta misantropía.

En el segundo episodio doble (nº 7–8), “La zona prohibida”, hay una larga escena final en una biblioteca en la que Never trata de leer una copia de El maestro y Margarita, de Mijail Bulgákov, estableciendo un paralelismo entre esa novela satírica y el deprimente argumento de la historia. Así, los autores trazan conexiones indirectas entre obras clásicas de la literatura y el tono emocional de la historia de que se trate, mientras que las citas propiamente dichas las extraen de películas o comics.

La segunda historia, “El monolito negro”, obviamente menciona a Kubrick (e indirectamente, a Arthur C. Clarke), pero en realidad es una reflexión sobre ese aspecto “coleccionista” de Never. Las referencias son tan numerosas a lo largo de la serie que sería un ejercicio inútil glosarlas todas, pero sólo en los primeros episodios y además de los mencionados, encontramos guiños, homenajes o citas de Steve Canyon (1947), el cómic bélico de Milton Caniff; Tropas del espacio (1959), la novela de ciencia ficción de Robert A. Heinlein; o La Divina Comedia (1320) de Dante.

Never está rodeado por un reparto de variados secundarios, como el genio de los ordenadores Sigmund Baginov, la agente Legs Weaver y el director de la Agencia Alfa, Edward Reiser. A ellos y con el transcurso de los años, se unirá un considerable elenco de aliados y villanos que aportarán complejidad, coherencia y continuidad a un universo en constante crecimiento y evolución.

El cómic bebe de múltiples fuentes. Las megalópolis en las que se ambientan muchos de sus casos y la atmósfera general de las historias se inspiran en el Los Angeles de Blade Runner (1982) y, de hecho, el mismo Never está hasta cierto punto basado en el Rick Deckard interpretado por Harrison Ford en esa película. La película de Ridley Scott precedió por poco a la fundación del ciberpunk por los escritores William Gibson (Neuromante) y Bruce Sterling (Mirrorshades), subgénero que a su vez dejó un gran rastro en algunas historias del primer año de publicación (“Fuerza invisible”, “Los ojos de un extraño”).

El aspecto y personalidad de uno de los secundarios recurrentes, Legs Weaver, está tomado de Ellen Ripley, de Alien (1979); también esa película y La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) sirven de referencia para los huevos de los que emergen las almas alienígenas que poseen a seres humanos que forman la Hermandad Sombra. Los paisajes contaminados y desérticos de El Territorio recuerdan a los de Mad Max 2 (1981). Hay claros rastros de animes como Patlabor (1989) o Gundam (1988) y la franquicia americana de Star Trek.

Los episodios centrados en los androides y su derecho a la libertad mencionan explícitamente las Leyes de la Robótica de Asimov (ya desde el primer episodio de la serie, “Agente Especial Alfa”) y uno de los casos lleva el título de “Io, Robot”, parafraseando el de la seminal antología del famoso escritor. El comportamiento de los robots “neverianos”, sin embargo, tiene su punto de originalidad comparados con los de Asimov dado que, si bien las leyes que los gobiernan son idénticas, los conflictos que plantean se desarrollan y resuelven de diferente manera.

Lo cierto es que es fácil encontrar abundantes referencias a otras obras clásicas de la ciencia ficción porque Nathan Never es un compendio de muchos de sus subgéneros: hay capítulos sobre viajes en el tiempo, otros son tecno-noir urbano, hay aventuras y guerras espaciales, intrigas detectivescas y políticas, acción en escenarios postapocalípticos, clones…

Nathan Never fue también la primera serie de Bonelli que planteó una continuidad más allá de que los personajes recordaran de vez en cuando sobre acontecimientos pasados. Los autores plantearon los argumentos de tal forma que hechos narrados en un capítulo o saga cambiaban por completo el mundo de Never y tenían consecuencias que se exploraban tanto en episodios subsiguientes como en alguna de las colecciones derivadas que fueron apareciendo con los años. De hecho, los arcos narrativos desarrollados en los primeros años de la serie (englobados dentro de lo que se llamó la Saga de los Ultra Sapiens) ya habían sido concebidos a grandes rasgos por los creadores antes incluso de que el primer número llegara a los quioscos. Eso sí, con excepción de algunos secundarios recurrentes, los personajes principales no parecen acusar en sus físicos el paso del tiempo y han permanecido gráficamente iguales desde sus inicios (esa incoherencia, no obstante, recibe una explicación en el número 106, “El pacto”, donde se indica que la esperanza de vida en ese futuro se ha incrementado un 60% respecto al siglo XX).

Tras el número 100 (septiembre de 1999), la colección experimenta una renovación diseñada por los creadores originales y que incluyó la entrada de nuevos guionistas, como Stefano Vietti, Alberto Ostini o Stefano Piani.

Esta nueva etapa comienza con los episodios que conforman la Saga Alfa, en la que Edward Reiser es sustituido por Solomon Darver como presidente de la Agencia y se presentan nuevos agentes y villanos. La conformación de este nuevo marco concluye con una larga lista de episodios centrados en la guerra entre la Tierra y las estaciones orbitales, un conflicto hasta entonces larvado y del que se venía hablando desde el mismo comienzo de la colección. El choque bélico finaliza con la catastrófica transformación de East City en un escenario postapocalíptico. Este amplio bloque de episodios constituyó un auténtico reinicio para la colección que, en el número 162 (noviembre de 2004), da un salto de tres años después del final de la mencionada guerra.

En el nº 199 (enero de 2008) terminó otro arco de seis números, La Saga del Espacio–Tiempo”, que cambiaba de nuevo la estructura narrativa de la colección al plantear dos líneas temporales diferentes: una la ya conocida y otra en unos años cincuenta paralelos donde opera un Nathan Never divergente. Y en 2012 se desarrolla otra saga memorable, la Guerra de los Mundos, centrada en el conflicto entre las colonias marcianas y la Tierra, y que supone otro antes y después para la serie, que no ha parado de publicarse reinventándose cada cierto tiempo.

Por tanto, Nathan Never combina los episodios autoconclusivos e independientes de la línea narrativa general con otros que conforman apasionantes sagas en las que tienen lugar acontecimientos de gran calado y que suelen abarcar unos seis capítulos. Así, Never pasa de misiones en las que está en juego el destino de la Tierra a investigaciones menores relacionadas con personas desaparecidas o traficantes de drogas.

Por mencionar sólo unos pocos de los temas tratados a fin de que el lector interesado pueda hacerse una idea, encontramos robots villanos con aspiraciones a convertirse en humanos; versiones alternativas del propio Nathan Never que viajan a través de dimensiones (“Universos infinitos”); intrigas empresariales y tragedias familiares en el ámbito del entretenimiento de masas (“Network”); luchas entre corporaciones por hacerse con cadáveres de alienígenas en una isla tropical (“Señales del espacio”); bandas de automovilistas, contrabandistas, yakuza y televisión basura (“Pistas desenfocadas” y “Punto cero”); clones (“¿Quién es Solomon Darver?”); secuestradores (“Ciudad violenta”); armas de última generación y superhombres de laboratorio (“Carrera contra la muerte”), intrigas políticas entre las estaciones espaciales en el seno de una competición de artes marciales (“Shaolin”); sofisticadas estafas a millonarios (“Un caso para Solomon Darver”); empresas farmacéuticas experimentando y traficando con bioarmas (“La masacre”)…

En “El acertijo”, se imbrica la investigación de un asesino en serie obsesionado por los pasatiempos con una aproximación realista –y claro homenaje/parodia– a la figura del Juez Dredd; en “La percepción del dolor” una médium colabora con Never en la resolución de una cadena de asesinatos aparentemente inconexos;  “Asesinato por encargo” narra los esfuerzos del protagonista por averiguar quién y cómo va a intentar asesinar a una carismática política que va a cambiar la dinámica entre Estaciones Orbitales y la Tierra; “Nicole Bayeux, Agente Alfa” toca el tema de las sociedades secretas fabricantes de clones, introduciendo toques al estilo Matrix; “En el Nombre de la Justicia” narra la investigación del asesinato de cuatro jóvenes en un momento político delicado; etc, etc.

Esta breve lista puede dar una idea de lo polifacética e inmensamente variada que es esta serie. Si un episodio no toca un tema que agrade particularmente al lector, no tiene más que escoger algún otro tal es la diversidad de historias y enfoques.

Aunque el creador gráfico de Nathan Never fue Claudio Castellini, la serie ha pasado por muchas manos, algo inevitable habida cuenta de su longevidad y cadencia mensual. Mencionarlos a todos sería un ejercicio bastante inútil, puesto que de seguro la mayoría de ellos resultará desconocido para el lector no italiano. Sin ser artistas que llamen poderosamente la atención, son todos ellos eficaces narradores cuyo estilo puede gustar más o menos pero que sin duda merecen más reconocimiento del que se les otorga.

Para empezar, la colección no lo tiene fácil a la hora de competir con otros productos viñeteros exhibidos en el mismo establecimiento. Tiene un tamaño pequeño que no le hace un gran favor al dibujo si éste se revisa de forma casual y superficial; además, es en blanco y negro. Ésta es una opción claramente económica, pero conviene recordar que limitarse a la línea y la sombra significa renunciar al apoyo del color para crear atmósferas o maquillar errores, que también mucho de eso hay especialmente hoy, cuando el coloreado infográfico ofrece una gama infinita de posibilidades. La ciencia ficción siempre ha sido un género muy agradecido con el color, pero esa es una baza con la que no cuentan los artistas de Nathan Never.

Ahora bien, dibujar ciencia ficción requiere un esfuerzo y/o talento especiales. En el cómic realista siempre se tiene el mundo que conocemos para tomar referencias; el dibujante de cómic histórico puede nutrirse de abundante documentación extraída de mil fuentes, y el de fantasía habitualmente recurre a estereotipos medievalizantes. Pero el artista de ciencia ficción no sólo debe dibujar, sino también diseñar un mundo y una tecnología que no existen: edificios, vehículos, armas, objetos cotidianos, vestuario… una tarea complicada y desagradecida dado que muchas veces el progreso va más rápido y lejos que nuestra propia imaginación. Por eso, cómics (y películas o novelas) realizados treinta años atrás en los que se imaginaba el futuro de, por ejemplo, el año 2100, ya han quedado caducos.

Por tanto, todos mis respetos a los dibujantes que desde hace décadas vienen ocupándose de la serie. Y es que ése es precisamente otro de los desafíos casi imposibles que han tenido que superar: mantener la consistencia gráfica y la coherencia interna a lo largo de un periodo tan dilatado de tiempo. Ello es fundamental para que los personajes permanezcan unidos a los lectores de una serie tan longeva que el tiempo real ya está alcanzando rápidamente al ficticio (mediados del siglo XXI). En las primeras historias, por ejemplo, podían verse pantallas de tubos catódicos y cabinas telefónicas. Estos detalles son inevitables, pero en general guionistas y dibujantes han hecho una excelente labor manteniendo al personaje en un futuro que tecnológicamente iba cambiando conforme lo hacía también nuestro presente.

La serie, que ha seguido publicándose ininterrumpidamente hasta hoy, obtuvo desde el principio una excelente acogida, alcanzando ventas de 300.000 copias mensuales y manteniéndose durante más de diez años con una circulación media de 180.000 al mes (actualmente, con un descenso generalizado de ventas de comics en todos los mercados, esas cifras son de 30.000 ejemplares, más modesta pero aún así y en el actual contexto, más que respetables).

Nathan Never es ya, en definitiva, un veterano del cómic europeo de ciencia ficción, un personaje que los aficionados al género deberían conocer y que ha mantenido un nivel de calidad consistente en sus guiones y dibujos durante treinta años y que ha sabido reinventarse para seguir atrapando el interés de nuevas generaciones de lectores.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".