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Hugo Pratt: El arte de la aventura

La obra de Hugo Pratt ha sido fundamental en la vida de muchos lectores y también en la de muchos profesionales del cómic. No diría que por el estilo de su dibujo (sencillo, expresivo, heredero de los claroscuros de Milton Caniff, con un empleo inteligente y económico del entintado o la acuarela). Más bien, entiendo que esa autoridad de Pratt se debe a la resonancia poética o intelectual de sus personajes, sobre todo si pensamos en el más famoso de todos ellos, Corto Maltés.

Pratt fue, sin duda, un autor con voz propia, capaz de cerrar una obra compleja y rotunda, en la que vertió su sensibilidad humanística, sus gustos literarios y el sinfín de experiencias que vivió en distintos rincones del planeta. Desde ese punto de vista, parte de su fantasía tiene razones biográficas, a tal extremo que, como luego veremos, no resulta difícil confundir al propio Corto con su creador.

Entrevistado por Fernando Samaniego en 1979, resumió así su modo de entender el oficio: «Elegí este trabajo porque me daba una gran libertad. A veces no entiendo cómo hay colegas que trabajan como empleados de banca. Algunos dicen que soy hijo de autores como Conrad, Stevenson, Melville, aunque desde pequeño empecé a alimentar mi fantasía con escritores menos oficiales. Hoy me interesa más el ensayo que la novela. Me ayuda a ajustar mis historias. (…) Un buen dibujo sin argumento no lleva a nada, solo despierta el interés de los propios dibujantes. Yo he trabajado con dos guionistas muy importantes, Héctor G. Oesterheld y Alberto Ongaro. Hubo un momento en que necesité como dibujante ajustar mis argumentos a una necesidad gráfica. Para el desarrollo de una historia es decisivo encontrar un buen final. Ahora me siento cómodo como guionista y dibujante».

Lo bueno ‒lo mejor‒ de Pratt es que su propia vida constituye un argumento novelesco. Como dije, no cabe ignorarla a la hora de analizar su obra.

El futuro dibujante nace en las cercanías de Rimini el 15 de junio de 1927. Su padre, Rolando Pratt, es de ascendencia anglosajona, en tanto que su madre, Evelina Genero, pertenece por línea paterna a la familia judía Zeno Toledano. Entre los ancestros más lejanos del pequeño Hugo hay franceses, españoles y turcos.

Si a ese cosmopolitismo genealógico sumarnos la afición de los progenitores por el esoterismo en todas sus manifestaciones, no nos será difícil descubrir el punto del que más adelante surgen los argumentos de obras como Fábula de Venecia. De la infancia en esa ciudad quedan los recuerdos de una casa amplia, permanentemente ocupada por algún huésped… y las primeras lecturas, a mitad de camino entre las mitologías europeas y los clásicos de la aventura juvenil.

Cuando Rolando Pratt obtiene trabajo en Abisinia, Evelina y Hugo cambian el paisaje familiar por la incertidumbre y el exotismo africanos. Corre el año 1937 y la colonia constituye un microcosmos en el que se alternan las revistas militares y las tradiciones locales. El padre, mussoliniano convencido, enrola al pequeño como cadete en la policía colonial, institución de la cual será el benjamín.

En el caso de Pratt, las impresiones de la niñez están relacionadas con este espíritu militar, pero también con la seductora diversidad de su tierra adoptiva. Cuatro años después, las tropas aliadas liberan Adís Abeba y Rolando es internado en un campo de prisioneros francés, donde muere, víctima de las fiebres.

Desolados por esa pérdida, madre e hijo regresan a Italia en 1943, a bordo de un buque de la Cruz Roja. No acaba ahí el drama, pues su retorno a Venecia, bajo control alemán, levanta las sospechas de las SS, que arrestan a Hugo bajo acusación de espionaje. Forzado en principio a colaborar con el ejército germano, opta finalmente por huir, poniéndose a las órdenes del mando aliado.

El significado de ese gesto va más allá de la deserción. En cierto sentido, prefigura el antiautoritarismo militante que Pratt sustentará en posteriores etapas de su vida.

Ese peregrinar sin destino fijo durante su infancia y juventud coincide con el paulatino descubrimiento de la vocación artística. Y es en el mundo de la historieta donde halla un medio apropiado para compaginar narración y dibujo, siguiendo los pasos de sus admirados Will Eisner, Bob Kane y Milton Caniff, los tres autores que recuerda haber leído y admirado en Etiopía.

En 1945 se encuentra con otro dibujante, Mario Faustinelli, fundador de la revista Albo Uragano. Esta publicación, al cabo de dos años, recibe un nuevo título: Asso di Picche-Comics. Desde 1948, el personaje en cuestión, As de Espadas (Asso di Picche), figura ya en las páginas de Salgari, una revista publicada en Argentina por la Editorial Abril.

«L’Asso di Picche, realizado en Venecia por un grupo de jóvenes armados de mucho entusiasmo y ninguna experiencia editorial ‒escribe Franco Fossati‒, apareció a fines de 1945 y tomó el nombre del personaje más importante de la publicación, precisamente As de Espadas, un enmascarado creado por el guionista Alberto Ongaro, por Mario Faustinelli y por Hugo Pratt, que tiene no pocos puntos en común con The Phantom, aunque en otros aspectos recuerda más bien a Batman y a Spirit, héroes entonces casi desconocidos en Italia. (…) La revista, que después de los primeros seis números había pasado a la fórmula de los comic-books americanos, adoptando sus técnicas narrativas, no consiguió nunca imponerse en el mercado y cerró sus puertas después de solamente dieciocho números. Pero algunos de sus personajes habían empezado a hacerse populares incluso en Argentina, y el grupo continuó trabajando directamente para Sudamérica hasta 1950, año en que se les propuso trasladarse a Buenos Aires. Partieron Faustinelli, Ongaro y Pratt que, precisamente en Argentina, con series como Sgt. Kirk (1953) y Ticonderoga (1957) se convertiría en el gran autor que todos conocemos».

En realidad, es César Civita quien brinda a Pratt y a sus compañeros la posibilidad de emplearse en Buenos Aires. Allí gana fama con obras como Junglemen (1949), El Cacique Blanco (1951), Ray Kitt (1951), Legión Extranjera (1954), Lobo Conrad (1958) o Ana de la jungla (1959). No obstante, los mejores cómics de esa etapa argentina son Sgt. KirkTiconderoga y Ernie Pike, con guión del gran Héctor Germán Oesterheld.

En 1957 Oesterheld abrió las puertas de su editorial, Frontera, sede de dos revistas míticas, Hora Cero y Frontera, donde aparecen las sucesivas entregas de Ernie Pike y Ticonderoga.

Los trece años que permanece en Argentina brindan a Pratt experiencias que van a marcar su vida. Aprende y domina el español, y eso le permite leer a escritores como Borges, Leopoldo Lugones y Roberto Arlt. Tiene trato con el músico de jazz Dizzy Gillespie, Asimismo, junto a su amigo Alberto Breccia se convierte en profesor de dibujo en la Escuela Panamericana de Arte.

A continuación, comienza una trayectoria itinerante en la vida profesional del dibujante, que conducirá a Pratt hasta México, Brasil y Londres, donde se dedica a ilustrar historietas bélicas.

En 1962 lanza Capitán Cormorán y Wheeling. A esta época pertenece otra obra de Pratt que tardó mucho en ser publicada como es debido: Sandokán. Décadas después, Alfredo Castelli, guionista de Martin Mystère, revelaría las circunstancias en que surgió esta versión de Los Tigres de la Malasia, de Emilio Salgari.

«Todo comenzó para Castelli en 1971 ‒escribe Antonio D’Orrico en el Corriere della Sera‒ cuando empezó a colaborar con Corriere dei Piccoli, donde Pratt ya había trabajado desde principios de la década de los sesenta, a menudo emparejado con Mino Milani. Los dos, entre otras cosas, habían publicado en el Corrierino una memorable versión de La Isla del Tesoro, de Stevenson. Pratt, según recuerda Castelli, daba la vuelta al mundo, pero cuando regresaba a Italia siempre iba a la redacción de via Scarsellini. Allí tenía una oficina, compartida con otros dos ilustradores, Aldo Di Gennaro y Mario Uggeri, y estaba muy cerca de Giancarlo Francesconi, el editor gerente. (…) El guión [para Sandokán] de Milani estaba listo desde hacía tiempo. «Pratt había empezado a dibujarlo en 1969», recuerda Milani, «y empezó con gran entusiasmo: el mundo de Salgari formaba parte del acervo literario de ambos. Trabajar con Hugo fue un placer. Nos entendimos perfectamente».

Sin embargo, la obra maestra de Pratt iba a ser otra, no demasiado alejada del universo salgariano. «Sobre las páginas de la revista Sgt. Kirk ‒continúa Fossati‒ (nacida en Génova, en la segunda mitad de 1967, de la pasión de Fiorenzo Ivaldi por los cómics, y dirigida por el crítico Claudio Bertieri) Hugo Pratt (…) crea La balada del mar salado, una larga saga para la que crea un universo entero de personajes, todos de óptimo nivel. Entre ellos está Corto Maltés, un héroe romántico a la manera de Conrad, que, transformado en protagonista de una larga serie de aventuras realizadas por Pratt para el semanario francés Pif partir de 1970, dará a su autor una merecida fama internacional. Las historias de este personaje, ambientadas en los cuatro extremos del mundo, durante los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, son tanto fruto de largas búsquedas como de apasionantes trasposiciones. Están colmadas de citas, de cosas escuchadas y vividas por el autor durante sus largos viajes alrededor del mundo (a tal punto que a muchos críticos no les ha sido difícil sostener que Pratt es Corto Maltés)».

«Cuando a un dibujante como Hugo Pratt ‒señala Marco Steiner‒, que vivió la vida de película que hemos visto, con las experiencias que ha acumulado, se le deja, a los cuarenta, la libertad de crear lo que quiera sin pensar en contratos, sin planes y estrategias editoriales, pues bien, en caso tal, surge una obra maestra: La balada del mar salado, el cómic que se gana por primera vez en la historia del tebeo la apelación de «literatura dibujada», y aquel marinero se convierte en un personaje de culto no solo para los amantes del mar, palmeras y piratas, sino para todos aquellos que aman la libertad».

Los estudiosos de la historieta suelen considerar La balada del mar salado como la expresión más acabada del viajero metido a dibujante. Además, ese cómic supone para los lectores el descubrimiento de este héroe encantador: Corto Maltés, nacido en Malta el 10 de julio de 1887, hijo de una gitana de Sevilla y de un marino oriundo de Tintagel, que decía ser nieto de una bruja. Consciente de su carisma, Pratt lo convirtió en protagonista de títulos inolvidables, como Bajo el signo de Capricornio, Siempre un poco más lejos, Tango… Y todo a media luz, Corto Maltés en Siberia, La juventud, Fábula de Venecia, La casa dorada de Samarcanda, Las helvéticas, Tango y Mu.

«Corto Maltés ‒le dirá Pratt a Javier Coma en 1980‒ es consecuencia de los encuentros que tuve con otros individuos a lo largo de mi vida y de mis viajes, a lo largo de lo que puede constituir la suma de mis experiencias. Coadyuvada, claro, por la experiencia profesional. Agarrando todas estas experiencias y hecha una síntesis, sale Corto Maltés. Creo que de todo aquello elegí lo que me parecía más importante. Cuando emigré de Italia a Argentina, estaba bajo las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Los primeros conflictos histórico-económicos efectivos los viví en mi casa. La extracción de mi familia es popular, con aspiraciones burguesas: mi abuelo, socialista; mi padre, fascista, y yo, todo lo contrario: libertario. Hubo un momento en que había que elegir una actitud política u otra. Yo elegí la otra. No podía ser nazi. (…) Corto Maltés ve los problemas desde su condición de aventurero. Antes que nada es un individuo y vive en consecuencia dentro de una cierta ética… que es suya y no la mía. No quiero permitir que Corto Maltés sea mi alegato personal. Mientras realizaba sus historias, muchas veces me daba cuenta de que Corto hacía o decía cosas contrarias a mi manera de ser».

Al tiempo que continúa con la saga de Corto, Pratt produce otros tebeos de enorme calidad: Los escorpiones del desierto (1973), Sven (1976), La macumba del gringo (1977), Al Oeste del Edén (1978), Jesuita Joe (1980) y Cato Zulú (1984). Asimismo, emprenderá en su última etapa proyectos en colaboración, como Verano Indio (1983) y El gaucho (1991), realizados junto a Milo Manara.

En todas estas obras, la sensibilidad y casi diría que la arquitectura narrativa remiten a la literatura clásica de aventuras (Jack London, James Oliver Curwood, Robert Louis Stevenson, Joseph Conrad, Zane Gray…), pero muy especialmente ‒y por razones que ahora descubriremos‒ al cine. No en vano, Pratt fue puliendo su discurso sin abandonar nunca esa cinefilia que le llevaría incluso a participar en varios rodajes como actor.

«Las épocas de la infancia y adolescencia de Hugo Pratt ‒escribe Florian Rubis, antiguo colaborador suyo‒ fueron fundamentales para su posterior trabajo gráfico. De niño, descubrió el cine de Hollywood de los años treinta y cuarenta en el cine Malibran de Venecia. Después de cada proyección, su abuela le animaba a que escribiera en un papel lo que había visto en la pantalla. Más tarde, las anécdotas que leía en libros y artículos sobre cine se convirtieron en una de sus más importantes fuentes de inspiración. Dos de sus series de cómics son particularmente representativas en cuanto a su atracción por el séptimo arte: Corto Maltés y Los escorpiones del desierto. En este ultimo trabajo, Koïnsky, un oficial polaco de origen judío, lucha en las filas del Ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial, en una África que Hugo Pratt conoció de adolescente. Aunque para nosotros Corto Maltés en Siberia apunta directamente y por encima de todo al Shanghai Express (El Expreso de Shangai, 1932) de Josef von Sternberg, también podemos percibir resonancias de The Shanghai Gesture (El embrujo de Shanghai, 1941), y de Morocco (Marruecos, 1930), ambas del mismo director. Sin embargo, las principales influencias cinematográficas de Hugo Pratt siguen siendo The Lives Of A Bengal Lancer (Tres lanceros bengalíes, 1935), de Henry Hathaway, y The Charge Of The Light Brigade (La carga de la brigada ligera, 1936), de Michael Curtiz, dos largometrajes a los que siempre se refiere en sus álbumes. Pero no nos olvidemos de The Drum (Revuelta en la India, 1938), The Four Feathers (Las cuatro plumas, 1939) y The Jungle Book (El libro de la selva, 1942), todas de Zoltan Korda«.

«Hugo Pratt ‒añade Rubis‒ creció despreciando el colonialismo en África. Sin embargo, anglófilo como era por cultura y abolengo, no dejó de fascinarse en toda su vida por cierto tipo de cine que glorificaba el Imperio británico. El veneciano hubiera sido el primero en admitir tamaña paradoja. Su imagen ficticia del imperialismo anglosajón debe mucho a directores cinematográficos cuyos orígenes son austriacos y húngaros… En las obras de Hugo Pratt se citan muchas otras películas, bien porque se acercan al enfoque ahora mencionado, o porque son buenos ejemplos del eclecticismo cultural que guiaba sus intereses. Entre otras, están King Kong (King Kong, 1933), de Merian C. Copper y Ernest B. Schoedsack, o películas de John Ford como The Lost Patrol (La patrulla perdida, 1934) y The Informer (El delator, 1935). Debido a su amor por el cine, el joven Hugo Pratt fue tan lejos como para robar las bobinas del film Munchhausen (Las Aventuras del Barón Munchhausen, 1943), de Josef von Baky, de un cine reservado a los soldados alemanes en los días de la República de Saló, aun cuando no disponía de medio alguna para proyectarlas. En otro tipo de registro, John Huston fue un realizador que influyó constantemente al dibujante. The Maltese Falcon (El Halcón Maltés, 1941), una adaptación de la novela de Dashiell Hammett, explica en cierto sentido el apellido Maltés dado a Corto. El álbum La casa dorada de Samarcanda nos recuerda The Man Who Would Be King (El hombre que pudo reinar, 1975). (…) En cuanto a los actores, Hugo Pratt admiraba a Orson Welles, particularmente por su intervención en The Third Man (El tercer hombre, 1949), de Carol Reed. Igualmente consideraba su labor como director cinematográfico. Le rinde homenaje en Corto Maltés en Siberia cuando Corto y el Barón von Ungern-Sternberg recitan el poema Kublai Khan de Samuel T. Coleridge, una imitación de Orson Welles en Citizen Kane (Ciudadano Kane, 1941)»

Durante la década de los ochenta, la intelectualidad europea convierte la figura de Pratt en una verdadera leyenda. Umberto Eco es uno de los más entusiastas: “Cuando quiero relajarme leo ensayos de Engels, pero cuando quiero algo más exigente leo Corto Maltés”.

“Un estudioso moderado y riguroso –escribe Eco por esas fechas– (si os dijera quién es, y si conocierais sus obras científicas, os preguntarías cómo un visionario de mundos casi matemáticos puede soñar con los océanos y los desiertos de Pratt) al que una tarde le dije que podía acompañarme al bar a conocer a Pratt, soñaba. No creo que quisiera ver al autor de tantas historias de continentes lejanos. Quería ver a quien había estado (como él, lector encantado) en aquellos continentes”.

En 1988, el propio Pratt dejó claro que su principal personaje tenía asegurada la posteridad: “Habrá un final para Corto, pero no pienso hacerlo yo, porque Corto Maltés encontrará otro dibujante que le dé vida”. Un año antes, había traspasado a su propia corporación, CONG, los derechos de autor de toda su obra, cediendo a dicha empresa el control de su patrimonio artístico.

En 1994 Casterman publica Saint-Exupéry: Le dernier vol, que en su versión española se titulará Saint-Exupéry, el último vuelo. Como quien cierra un ciclo, en 1995 Pratt escribe y dibuja sus últimos trabajos: Morgan y la tercera parte de Wheeling. Víctima de un cáncer, fallece en un hospital de Lausana el 20 de agosto de ese mismo año.

Muchos pensamos entonces que, junto a su autor, también nos abandonaba para siempre el propio Corto Maltés. Sin embargo, el mundo editorial se resistió a ello, y tras varios años de rumores, en 2014 saltó la noticia: por invitación de Patricia Zanotti, colorista de Pratt y directora de CONG, el guionista Juan Díaz Canales y el dibujante Rubén Pellejero retomaban el legado de Pratt. De esa colaboración artística surgiría una nueva serie de álbumes: Bajo el sol de medianoche (2015), Equatoria (2017),  El día de Tarowean (2019)…

Entrevistado en El País, Díaz Canales explicó lo que había sentido tras aceptar el encargo de Zanotti: “Me pareció que no se podía rechazar. Corto es un viejo amigo. Leerle en mi adolescencia fue una revelación, ha sido el que más me ha influenciado (…) No tengo un sentido tan sagrado de los personajes. Corto es ya un clásico, un poco patrimonio de todos. Generación tras generación, habrá autores que lo irán retomando. Renunciar a esto significaría renunciar a personajes como Ulises, Quijote o Batman».

«Corto Maltés era hijo de Mayo del 68, de esa filosofía que rompió tantas barreras ‒dice Díaz Canales‒. Su publicación significó un cambio de paradigma en los cómics, tanto por el contenido como también por el continente, con historias mucho más largas. No supuso una ruptura total, porque se inscribe en una vieja tradición de cómics de aventuras, pero sí marcó un antes y un después».

Lo cierto es que, como tantos otros lectores que se reconocerán en las peripecias del personaje, podemos volver a ellas con nostalgia, como quien regresa a terreno conocido, o bien sentir que el mundo de Pratt sigue vivo, más allá del horizonte, y que tardará mucho en volverse pasado.

Imágenes: CONG SA tiene la propiedad y la exclusiva del ejercicio de los derechos de autor de toda la producción pasada y futura de Hugo Pratt.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.