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Elogio del monstruo gigante

Monster moviemonster filmcreature feature o kaiju eiga… Es verdad que son muchas las etiquetas con las que nos referimos al cine de monstruos gigantes y de humanos minúsculos. Desde que en 1925 Harry O. Hoyt rodó El mundo perdido (The Lost World), se ha ido enriqueciendo una nómina de producciones que comienza con King Kong (1933) y llega hasta Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2014), Kong: La Isla Calavera (Jordan Vogt-Roberts, 2017) o Godzilla: Rey de los monstruos (Michael Dougherty, 2019).

Habrá quien crea que el tamaño no importa, pero es falso. El cine ha demostrado en más de una ocasión que la vida de uno cambia de manera radical dependiendo de sus dimensiones. La literatura ya había narrado los peligros que encierra el mundo que nos rodea cuando se tienen unos escasos centímetros de altura en el cuento de Pulgarcito o en la genial novela de Jonathan Swift Los viajes de Gulliver.

Esta novela, por cierto, ha conocido innumerables versiones y adaptaciones, casi ninguna fiel (se suelen centrar exclusivamente en las visitas del protagonista a Liliput y Brobdignag). Destaca entre ellas, la dirigida por Jack Sher en 1960, con la inestimable ayuda de Ray Harryhausen creando con su consabida maestría unos efectos especiales, que, en todo caso, tampoco logran sacar provecho a la obra original, una ingeniosa sátira social casi siempre transformada en cuento para niños.

En realidad, la mejor adaptación de la novela original se realizó para la televisión en 1996, protagonizada por Ted Danson. Una de las mejores tv-movies de todos los tiempos, fiel a su original literario y con un prodigioso uso del montaje que es todo un ejemplo de cómo se deben hacer las cosas.

De talla liliputiense son las personas encogidas por un Lionel Barrymore travestido en Muñecos infernales, una extraña película dirigida en 1936 por el sobrevalorado Tod Browning. La película narra la venganza de Paul Lavond (Barrymore), un banquero parisino que ha pasado 17 años en prisión por culpa de unos asociados bribones. Cuando escapa de la cárcel con un compañero científico, aprovecha los experimentos de este para planear su mini-venganza.

Con unos efectos especiales más que buenos para la época, el film es algo caótico en su desarrollo. Relega el asunto de los encogimientos a un segundo plano, y desemboca en un drama ñoño y disperso. Por otro lado, resulta más que sospechoso que la idea de los animales y personas a escala hubiera sido usada por el doctor Pretorius un año antes con sus homúnculos de La novia de Frankenstein, dirigida por James Whale. Este último es el mejor de los films clásicos de terror de la Universal, que no dejan de ser bastante malos en su mayoría, pero esa es otra historia.

Habría que esperar a la década de los 50 para que los terrores y maravillas de la Era Atómica pusieran todo del revés. Los todavía desconocidos efectos de la radiación nuclear propiciaron el hecho de que el público acudiera a los autocines para ver crecer o encoger todo tipo de seres. Las hormigas que pululaban por Álamo Gordo durante las primeras pruebas de la infame bomba nuclear se transformaron años después en monstruos del tamaño de elefantes en La humanidad en peligro (Gordon Douglas, 1954), la mejor muestra del subgénero de “bichos gigantes” e influencia importante para gran parte de la ciencia-ficción posterior.

La niña catatónica superviviente de un ataque a su familia o los soldados armados con lanzallamas quemando la cámara de las hormigas reinas son cosas que resultarán familiares a más de uno. Por otro lado, la película lidia bien con su escaso presupuesto (apenas dos o tres hormigas-marioneta) mediante un buen uso del suspense y la consabida crítica al mal atómico. Un film de culto con fundamento y olor a ácido fórmico.

El éxito de esta película supuso un aluvión infinito de series B de similar argumento, en las que lo único que cambiaba era la criatura agrandada.

Hablamos de cintas como la popular Tarántula (Jack Arnold, 1955), la primera araña gigante de una larga lista que llega hasta hoy en día; The Deadly Mantis (Nathan Juran, 1957), con una Santa Teresa prehistórica (y por lo tanto gigante, según la lógica de este tipo de cine) descongelada y cabreada; o The Beginning of the End (Herbert I. Gordon, 1957), cuyo apocalíptico título esconde un puñado de saltamontes desubicados y sobreimpresionados.

En la mayoría de estas entrañables películas, el truco era el mismo: cuando los monstruos aparecían, en realidad eran insectos reales, colocados en la pantalla mediante burdos trucajes. En ocasiones, se trataba de marionetas de risible efectividad, estafando las expectativas de los chavales que habían picado ante un póster espectacular y sensacionalista que ofrecía destrucción, monstruos de impacto y sexo gratuito.

La falta de tiempo, dinero e interés hizo que pocos usaran la laboriosa animación fotograma a fotograma menos en casos como The Black Scorpion (Edward Ludwig, 1957) o It Came from Beneath the Sea (Robert Gordon, 1955), donde los legendarios Willis O’Brien y Ray Harryhausen introducían un poco de elegancia y arte dentro de tanta tontería de programa doble.

No sólo los invertebrados sufrieron en sus carnes mutaciones volumétricas. Algunos humanos recibieron personalmente la lección dada por instancias divinas de que hay cosas con las que el hombre no debe jugar. El más famoso de estos cabezas de turco (más bien de jíbaro) fue El increíble hombre menguante.

El diminuto protagonista tuvo que vivir en una casa de muñecas, y de él podemos aprender mucho, teniendo en cuenta los crecientes precios de la vivienda, cuyo estirón poco tiene que envidiar al de The Amazing Colossal Man (Bert I. Gordon, 1957), la evolución natural del subgénero en la que un militar (Glen Langan), radiación mediante, se convierte en un gigante calvo y cubierto con algo parecido a pañales.

Su nueva faceta de fenómeno atómico le crea problemas matrimoniales y de riego sanguíneo al cerebro, lo que provoca su locura y la posterior destrucción parcial de populares carteles de Las Vegas (o al menos de pobres maquetas que los representan).

Su caída final desde las alturas de la Presa Hoover después de un tratamiento ocular a base de misiles no impidió que el gigante volviera al año siguiente, a las órdenes del mismo director, en War of the Colosal Beast. Esta vez era interpretado por otro tipo, lo cual daba igual sobre todo porque un maquillaje pre-terminator ocultaba gran parte del rostro de gigantón.

Resulta más popular, gracias a su famosísimo y erótico cartel, la versión femenina del hombre colosal: Attack of the 50 Foot Woman (Nathan Juran, 1958). En este caso, se narra la absurda historia de una mujer que, tras un fortuito encuentro con alienígenas, se convierte en una furiosa belleza de largas piernas, que usa su nuevo poder para vengarse de su promiscuo marido.

Todo un alegato feminista en plena época puritana que tuvo un remake televisivo en 1993, dirigido por Christopher Guest (uno de los Spinal Taps) y protagonizado por una patilarga Daryl Hannah. Esta nueva versión fue estrenada en nuestros cines, en una de esas extrañas decisiones de los distribuidores que desembocan en fracaso comercial.

Más original en sus planteamientos resulta Viaje alucinante (Richard Fleischer, 1966), thriller de ciencia-ficción con la Guerra Fría muy presente, donde un grupo de científicos es reclutado para una misión super-secreta para salvar la vida a un importante diplomático.

Reducidos a tamaño microscópico junto a un moderno sumergible, son inyectados en el torrente sanguíneo del hombre, con la idea de llegar al cerebro y usar un “láser” para operar el daño.

El cuerpo humano se presenta como un nuevo mundo lleno de maravillas y peligros casi extraterrestres, un “espacio interior” lleno de prodigios ante los cuales los protagonistas no dejan de soltar cansinas reflexiones filosóficas. Con la presencia inestimable del omnipresente y eterno “tipo raro” Donald Pleasance y de una Raquel Welch continuamente asaltada por anticuerpos (recordemos que por entonces Welch era llamada El Cuerpo) la película ha envejecido bastante mal, pero sigue siendo un film clave en la evolución del género.

Durante los ochenta, Joe Dante recicló la idea en El chip prodigioso, una deliciosa comedia fantástica.

Con menos agobios existenciales que El increíble hombre menguante, el gamberro dúo Stuart GordonBrian Yuzna triunfaron, sorprendentemente, con la historia de Cariño, he encogido a los niños, dirigida por el artesano “spielberguesco” Joe Johnston en 1989.

En la archipopular película, Rick Moranis es un inventor despistado creador de un “láser” capaz de encoger o agrandar lo que sea y cuanto sea. El obligatorio accidente hace que sus hijos y los de los vecinos encojan al tamaño de una pulga, corriendo mil aventuras en el jardín de la casa, una auténtica selva con escorpiones malvados, hormigas buenas, bombardeo de goterones de agua y cabalgadas sobre abejorros.

La inevitable secuela, Cariño, he agrandado al niño (Randal Kleiser, 1992), resultó ser un inconfeso remake del “hombre colosal”, con el hijo bebé del protagonista transformado en gigante y zascandileando en Las Vegas, con resultados menos trágicos y más humorísticos que en la vieja película radiactiva.

El aficionado a la serie B tirando a Z recordará las aventuras de un duro detective a lo Harry El Sucio procedente de un planeta liliputiense (el planeta Arturus!!!) en la película Dollman (1991), dirigida por el inefable Albert Pyun para la productora estrella del videoclub y portadora del la antorcha del fantástico barato durante los 90, la Full Moon. Todo un candoroso despropósito que continuaría en el psicotrónico crossover Dollman Vs Demonic Toys (Charles Band, 1994).

Con más dinero pero igual (o menor) repercusión, se estrenó The borrowers (Peter Hewitt, 1997), cinta infantil basada en las novelas de Mary Norton, protagonizadas por minúsculas criaturas que viven entre nosotros sin que los veamos, una especie de okupas que asientan su residencia donde lo suelen hacer los ratones o las cucarachas.

El multiusos y casi siempre desaprovechado John Goodman encarnaba al típico malo torpón y especulador que quiere acabar con el inmueble donde viven estos personajillos, que resistirán el asedio con cómicos resultados.

Otra serie B, pero con más medios fue la sorprendente vuelta a las arañas enormes tipo años 50 en la divertidísima Arac Attack (Ellory Elkayem, 2002), película llena de arácnidos saltarines y con bastante mala idea que asedian el típico pueblo norteamericano.

Gracias a directores criados en la serie B, como Peter Jackson o Guillermo del Toro, las recientes superproducciones no evitan la presencia de criaturas gigantescas. Al contrario, parece que ese tipo de monstruos forma ya parte de nuestro imaginario y nunca lo abandonarán.

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Vicente Díaz

Vicente Díaz

Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Europea de Madrid, ha desarrollado su carrera profesional como periodista y crítico de cine en distintos medios. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic y la cultura pop. Es coautor de los libros "2001: Una Odisea del Espacio. El libro del 50 aniversario" (2018), "El universo de Howard Hawks" (2018), "La diligencia. El libro del 80 aniversario" (2019), "Con la muerte en los talones. El libro del 60 aniversario" (2019) y "Alien. El 8º pasajero. El libro del 40 aniversario" (2019).