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«El quinto elemento» («The Fifth Element», 1997), de Luc Besson

Francia puede presumir de haber ofrecido al mundo la primera película de ciencia ficción: Viaje a la Luna (1902), de George Méliès. Desde entonces, el género nunca ha desaparecido del todo del cine galo, e incluso de vez en cuando ha aportado al canon películas interesantes, a menudo caracterizadas por su irreverencia hacia las convenciones del cine y la propia ciencia ficción. La aproximación francesa al género es fascinantemente retorcida e iconoclasta si la comparamos con lo habitual en el cine anglosajón.

Ejemplos los hay a montones. Entre los más ilustres encontramos Lemmy contra Alphaville (1965), de Jean-Luc Godard, que subvierte con cierto desprecio los tópicos de la ciencia ficción al rodarla en lo que obviamente era el Paris de mediados de los sesenta y sin integrar efectos especiales de ningún tipo. Algo después llegó Barbarella (1968), dirigida por Roger Vadim a partir del cómic homónimo de Jean-Claude Forest publicado en 1962. La protagonista, interpretada por una exuberante y joven Jane Fonda, inyectó en vena una buena dosis de sexo a la ciencia ficción cinematográfica, un aspecto éste que nunca se había tocado hasta entonces. En 1973, se estrenó el film coproducido con Checoslovaquia, El Planeta Salvaje, sobre el levantamiento de una raza esclava contra sus amos. Fue la primera vez que se utilizó la animación para narrar una historia larga de ciencia ficción.

En 1983, Luc Besson subvirtió el paradigma de acción postapocalíptico configuado por Mad Max con su película de arte y ensayo Kamikaze 1999, que eliminaba casi todo el diálogo y cuyo momento más impactante no era uno de acción y violencia sino el plano de una mano femenina extendiéndose. Y luego, también de la mano de Besson, llegó El quinto elemento, quizá una de las mayores oportunidades malgastadas en la historia del cine de ciencia ficción.

A priori, había mucho que esperar de esta película. Venía dirigida por quien hasta el momento se había revelado como uno de los mejores directores mundiales del cine de acción en películas como Nikita (1990) o León, el profesional (1994), cintas en las que, además de tiros y persecuciones, había un fuerte elemento emocional que conectaba con el espectador. Antes de eso, el director galo había destacado con películas estéticamente depuradas como Subway (En busca de Freddy) (1986) o la mística El gran azul (1988) así como en la mencionada incursión en la ciencia ficción postapocalíptica. Podría haberse esperado que, con esa trayectoria y contando por fin con un abultado presupuesto, Besson iba a realizar un film tan revolucionario como Blade Runner (1982) lo fue en la década de los ochenta. Y, ciertamente, el trailer llevaba a albergar tales esperanzas dado que presentaba la más pura encarnación que hasta la fecha habían tenido en el cine los cómics de ciencia ficción de la legendaria revista Métal Hurlant. Por desgracia, no fue así.

En 1914, un arqueólogo descubre en Egipto un antiguo templo cuyas paredes están decoradas por runas que hablan de cuatro elementos (agua, fuego, tierra y aire) que se combinan con un misterioso quinto para crear la Vida. Estos signos también hablan de cómo, cada cinco mil años, tres planetas se alinean y se abre un portal transdimensional del que surge “El Maligno” para amenazar la Tierra, un peligro del que solo la Luz Divina conjurada por la reunión de esos cinco elementos puede salvarnos. En cuanto el sabio ha descifrado el mensaje, llegan en una nave los Mondoshawans, los alienígenas amistosos que escondieron en ese templo las piedras que contienen los elementos, y le confían a un sacerdote (y a sus descendientes en los siglos por venir) la misión de custodiar las piedras sagradas hasta que ellos deban regresar otra vez con ocasión de la llegada cíclica del Maligno.

Momento que, efectivamente, se produce trescientos años más tarde, cuando las fuerzas espaciales terrestres detectan un planetoide dirigiéndose hacia el Sistema solar y que el ultimo de la dinastía de aquellos sacerdotes, el Hermano Cornelius (Ian Holm) identifica como la encarnación de la anti–vida, el Maligno. Los alienígenas protectores de nuestra especie regresan pero su nave es derribada por los mercenarios Mangaloreanos pagados por el traficante de armas millonario Jean-Baptiste Emanuel Zorg (Gary Oldman) que, a su vez, trabaja para el Maligno como agente en la Tierra.

Pero una parte de los restos de la nave sobrevive y es trasladada a unos laboratorios gubernamentales donde tras analizarla, se descubre que contiene un ADN docenas de veces más complejo que el humano. A partir de esta muestra, construyen el cuerpo que corresponde a esa codificación genética y que resulta ser una chica con capacidades físicas e intelectuales extraordinarias, Leeloo (Mila Jovovich, con un inquietante parecido a Pippi Calzaslargas).

Confusa y asustada, Leeloo escapa del laboratorio y se lanza al vacío cayendo en un taxi volador conducido por Korben Dallas (Bruce Willis) quien, aunque reacio al principio, decide protegerla de la persecución de la policía primero y de los mercenarios de Zorg después. Tras encontrarse con el Hermano Cornelius y averiguar la naturaleza de Leeloo (ser supremo y puro) y si auténtica misión (juzgar y, si así lo estima, salvar a la humanidad) se embarcan en una aventura desesperada para recuperar las cuatro piedras perdidas y que son la única esperanza de la Tierra ante la llegada del ser alienígena destructor de toda vida.

Es difícil imaginar qué es lo que Besson tenía en la cabeza cuando hizo El quinto elemento. En una escena parece que se lo está tomando todo muy en serio y en la siguiente que se está riendo del género o, al menos, de la forma que tiene Hollywood de abordar las aventuras espaciales. El tono general, tanto en la historia como en la estética, oscila entre la acción y aventura realistas y la space opera barrocamente camp con un pie en lo grotesco. Se describe un futuro que bien podría calificarse de distopía (contaminado, superpoblado, ahogado por el consumismo cutre y dominado por corporaciones) pero la atmósfera colorista y ligera que vemos no es acorde con aquélla. La puesta en escena y el diseño de producción parecen orientados hacia el realismo, pero Besson utiliza esos mismos elementos para hacer gags dignos de unos dibujos animados infantiles, como cuando Zorg se atraganta con una cereza o todas las escenas en las que aparece el histriónico presentador radiofónico Ruby Rhod (Chris Tucker). Son momentos fascinantemente malos. Incluso el buen ojo de Besson para la acción y la pirotecnia parecen haberle abandonado.

Y luego está la historia…o la ausencia de ella. El quinto elemento parece ciencia ficción imaginada por gente que no tiene ni idea de en qué consiste el género. El argumento no es más que un batiburrillo desordenado de gags y acción al nivel de los dibujos animados más básicos, realismo futurista cyberpunk inspirado por Blade Runner, misticismo alquímico, Profecías milenarias, la eterna lucha entre el Bien y el Mal absolutos y las caducas teorías de Erich Von Däniken y sus “Carros de los Dioses”.

Según declaró el propio Besson, la idea para El quinto elemento data de 1975, cuando, todavía adolescente, estudiaba en un instituto en las afueras de París. Aburrido y necesitado de evasión ante una situación familiar difícil (sus padres se habían divorciado cuando tenía diez años y vuelto a casar con otras personas, quedando él alienado de ambos), empezó a imaginar una historia que mezclaba personajes y situaciones inspirados en sus comics favoritos.

Siguió trabajando en ello durante años y para 1990, ya establecido como cineasta de prestigio, el libreto había seguido añadiendo referencias (de, por ejemplo, En busca del arca perdida, Star Wars o Blade Runner) hasta alcanzar las cuatrocientas páginas, una extensión claramente imposible de trasladar a una película. Con la ayuda del guionista Robert Mark Kamen (que había escrito, por ejemplo, Karate Kid o Gladiator), la redujo a unas 125 páginas. Puede que el guion se hubiera condensado, pero no perdió ese aire a fantasía propia de un adolescente que ha vertido en ella, sin demasiado orden ni coherencia, aquellas imágenes de sus libros, cómics y películas predilectos.

Y así, todo tiene un sabor rancio y trillado, empezando por el villano, que se llama Zorg, como si lo hubieran rescatado de una space opera pulp de los años treinta; los malos son feos y los buenos atractivos; el protagonista es un antihéroe cínico que tras convertirse en una máquina de matar en los marines espaciales, ha decidido malganarse la vida como taxista en Nueva York y que, tras involucrarse en la acción cuando la chica atraviesa indemne el techo de su vehículo tras una caída libre de cien pisos, es capaz de lanzarse de cabeza y sin torcer el gesto a salvar el universo.

Los agujeros de guion y los detalles implausibles abundan por doquier. La heroína se convierte en experta en artes marciales leyendo un libro pero sin hacer ni un solo ejercicio físico y su perfección genéticamente codificada parece incluir un horrible pelo naranja. El libreto repite generosamente términos como “La Maldad Definitiva del Universo o el “Ser Supremo”, que, a la postre, carecen de peso o significado. El Maligno no es más que una mancha negra que no hace otra cosa que avanzar hacia la Tierra y estallar espectacularmente al final; el Ser Supremo es una endeble mezcolanza de habilidades e inteligencias no muy sobrenaturales cuyo propósito es igualmente incierto.

Tampoco saca provecho Besson del buen reparto de actores que consiguió reunir para este proyecto. Por entonces, Bruce Willis estaba emergiendo como héroe del cine de acción que se diferenciaba de otros (Stallone, Schwarzenegger, Van Damme, Norris etc) por tener un aspecto y constitución de tipo normal, un sentido del humor socarrón que no temía reírse de sí mismo y una mayor capacidad interpretativa que muchos de sus colegas de género. Pero esas virtudes no brillan en su papel de El quinto elemento, que podría haber sido desempeñado por cualquier otro actor. Originalmente, de hecho, Besson no contaba con Willis al considerar que su caché estaba por encima del presupuesto disponible. Pero al actor le gustó el proyecto y aceptó una remuneración razonable y un porcentaje de la recaudación, jugada que, como veremos, le salió más que bien.

Ian Holm, como siempre, demuestra ser un consumado profesional; Gary Oldman adopta su modo de villano histriónico tan común para él entonces; y en cuanto a Chris Tucker, es difícil imaginar quién y cómo podría haber hecho una interpretación más pasada de rosca. Su exageradamente afeminado personaje –innecesario además desde el punto de vista dramático, ya que no aporta realmente nada aparte de momentos supuestamente cómicos– es tan repelente, excesivo y chirriante que resulta difícil apartar la vista de él cuando aparece en pantalla.

Brilla especialmente y dentro de las limitaciones del guion, Milla Jovovich, que por entonces tenía 22 años y estaba casada con Besson, su segundo marido y del que se divorciaría un par de años más tarde. Leeloo tiene momentos cómicos bastante logrados, sobre todo cuando aún no se ha desprendido de su inocencia primordial y trata de asimilar la cultura y costumbres humanas (su continua exhibición del “Multipass”, por ejemplo, es muy divertida). Besson, que siempre ha sentido predilección por las mujeres fuertes y/o guerreras (ahí tenemos a sus Nikita, Juana de Arco, Lucy, Laureline, Aung San Suu Kyi o Adele Blanc-Sec) nos presenta a una criatura al tiempo ingenua y sabia, un ser perfecto que encarna una visión romántica de lo femenino al tiempo que le dota de una nada sutil carga sexual. Por desgracia, Leeloo, como el resto de los personajes, viene lastrada por la indefinición y nunca llega a concretarse qué es exactamente, cómo es su personalidad y cuál puede ser su destino más allá de salvar al mundo.

Si hay algo que puede –según el gusto del espectador, claro– redimir la película son los detalles que llenan los fondos y esquinas de las escenas y que sirven para construir ese mundo del futuro, visualmente muy bien construidos y llenos de textura, detalle y vida, como las naves ultralumínicas y calles repletas de tráfico aéreo, incluyendo McDonalds flotantes y juncos voladores que venden comida china de ventana en ventana. Dallas vive en un diminuto pero original apartamento en el que todo –la ducha, la cama, el frigorífico– se pliega y oculta en las paredes para ahorrar espacio.

Gran aficionado a los cómics desde siempre, no es de extrañar que Besson se esforzara por involucrar en su proyecto los talentos como diseñadores de dos grandes dibujantes de ciencia ficción: Jean-Claude Mézières, que cocreó (junto al guionista Pierre Christin) a Valerian; y Moebius, que maravilló a lectores de todo tipo y gusto con los mundos que plasmó en obras como The Long Tomorrow ‒escrito en 1976 por Dan O’Bannnon‒ o El Incal. Tampoco escatimó gastos Besson en el apartado de vestuario, cuyos llamativos, atrevidos e incluso extravagantes diseños fueron encargados a uno de los grandes de la moda, Jean-Paul Gaultier.

El quinto elemento fue una producción francesa ambientada en una Nueva York futurista y rodada principalmente en Inglaterra, donde se construyó una enorme maqueta de esa ciudad compuesta de veintidós edificios de alrededor de cinco metros de altura y que llenaba dos hangares de los Estudios Pinewood, en las afueras de Londres.

Pero si Besson quería llevar a término su historia en los términos en los que él la visualizaba, iba a necesitar, además de un gran presupuesto y efectos especiales tradicionales, un trabajo digital de vanguardia. Así que contrató a Digital Domain, la empresa con base en Los Ángeles fundada por James Cameron y Stan Winston. Fueron ellos los que, combinando miniaturas, gráficos por ordenador, cámaras con control de movimiento y avanzadas técnicas de composición, dieron vida al planeta malvado o los coches voladores, algunos de los cuales fueron diseñados con formas extrañas o exageradas para crear la sensación de que en esa Nueva York del futuro el tráfico aéreo era tan denso como hoy es el de superficie. Se tardó un año en realizar las 8.000 imágenes que conformaron el storyboard, las previsualizaciones, los diseños de fondos, vehículos y objetos varios para dar vida a la megalópolis, estableciendo en su momento un record al integrar más de ochenta elementos individuales en un solo fotograma.

Insertos en la incoherente y alocada trama, encontramos momentos con encanto, como aquél en el que Cornelius se emborracha junto a un robot programado para darle la razón en todo; o la “fabricación” de Leeloo en el laboratorio, que fusiona ideas e imágenes de Metrópolis o Barbarella; también gadgets estupendos, como ese arma personal multiuso que vende Gary Oldman a los matones extraterrestres, o el aparato de la policía que escanea los apartamentos con rayos x. La carrera contra reloj para reunir las piedras y hallar el modo de activarlas funciona durante un rato pero se alarga demasiado y resulta en exceso predecible. En general, un guion más ajustado y centrado, la supresión del humor estridente y una mayor contención en ciertos pasajes hubieran ayudado a modelar un producto más consistente.

Independientemente de los fallos del guion y la incoherencia general, El quinto elemento gustó al público generalista. Ciertamente, el norteamericano, acostumbrado por entonces a otro tipo de ciencia ficción y alejado culturalmente de la estética de los dibujantes de cómic europeos, no respondió con entusiasmo y sólo se recaudaron allí 63 millones. Pero el recorrido internacional arrojó resultados muy diferentes y la recaudación total ascendió a unos espléndidos 263 millones que compensaron con creces los 90 invertidos en la película. También ganó un premio BAFTA (los máximos galardones británicos del cine) a los Mejores Efectos Especiales y tres de los siete César (el equivalente en Francia) a los que estuvo nominado, incluido el de Mejor Director.

El quinto elemento no es una película que se pueda recomendar sin reservas, a todo público y para todo momento. Su historia, ya lo he dicho, es irregular, incoherente y muy simplona y sentimental en su moraleja (el Bien contra el Mal y el Amor como elemento redentor de los vicios de nuestra especie). Los personajes están toscamente perfilados y el tono oscila entre el realismo, la parodia, lo camp, lo infantil, lo absurdo, lo chillón y lo ridículo. Pero también es cierto que el espectáculo visual (diseño, vestuario, fotografía) es sobresaliente y que ha aguantado el paso del tiempo y los avances tecnológicos mejor de lo que podría esperarse. Visto con los ojos y la mentalidad adecuados (puede que incluso con la edad precisa), Besson nos propone un película muy dinámica, con algunos momentos verdaderamente logrados y con la que pasar un rato entretenido siempre y cuando se esté dispuesto a pasar por alto los abundantes defectos mencionados.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".