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«Perfect Sense» (2011), de David Mackenzie

David Mackenzie es un director británico en alza desde comienzos de los dos mil, especialmente a raíz de su tercer film, el drama criminal Young Adam (2003). Otras películas firmadas por él han sido Obsesión (2005), Hallam Foe (2005), American Playboy (2009), Rock´n´Love (2011) o la aclamada Comanchería (2016), nominada al Oscar a la Mejor Película. Todos estos títulos son dramas o comedias y es en Perfect Sense donde se interna en el cine de género fantacientífico.

En la ciudad de Glasgow, la epidemióloga Susan (Eva Green) se enfrenta al brote de una enfermedad de origen inexplicable en la que los pacientes se ven invadidos por una fuerte emoción de tristeza para, a continuación, perder el sentido del olfato. Se reciben cada vez más numerosos informes de casos similares por todo el mundo, pero no parece haber un nexo entre las víctimas ni un origen claro del fenómeno.

La propia Susan acaba infectada, como también Michael (Ewan McGregor), el chef de un restaurante junto al apartamento de ella. Ambos se conocen y se hacen amantes. Poco después, la gente se ve afectada por un intenso sentimiento de pánico seguido de una incontrolable ansia por comer todo lo que puedan de cualquier cosa a su alcance. Tras esta secuencia, pierden el sentido del gusto.

Ante un presente que ha cambiado radicalmente la sociedad y un porvenir poco tranquilizador, Susan y Michael, como el resto de la población, luchan por salir adelante y mantener la cordura. Ella, aunque cada vez con menos esperanzas, investiga una posible vacuna; Michael se esfuerza por adaptar su restaurante a la situación, tratando de hacer que los comensales disfruten de otros aspectos de los alimentos distintos al aroma o el gusto, como la temperatura, el color o la textura. Los dos se proponen afianzar su relación en un escenario progresivamente más siniestro que empeora cuando la epidemia adopta la forma de un arrebato imparable de ira que afecta a Michael y ahuyenta a Susan. Al poco tiempo, las víctimas –prácticamente todo el mundo– descubren que han perdido el sentido del oído. Lo siguiente será la vista…

Perfect Sense recuerda mucho a la anterior A ciegas (2008), en la que el mundo quedaba afectado por una epidemia de súbita ceguera. Ambas películas tocan el tema de una enfermedad apocalíptica en virtud de la cual la población empieza a perder sus sentidos; asimismo, en ninguno de los dos films se aporta una explicación sobre la fuente y mecanismos del mal. Pero hay más semejanzas: el origen de una y otra no están en el campo de la ciencia ficción mainstream sino que provienen de directores no americanos más bregados en el cine independiente y que fueron exhibidas en primer lugar en el circuito de festivales (Perfect Sense tuvo una entusiasta acogida en el de Sundance, por ejemplo). También ambas recibieron financiación de múltiples compañías e instituciones: en el caso de Perfect Sense, se trata de una coproducción británico-danesa-irlandesa-sueca (estuvieron involucradas, por ejemplo, la BBC Films y Zentropa Entertainments de Lars Von Trier). Consecuentemente, el reparto es asimismo plurinacional.

La idea de una pandemia muy contagiosa que afectara a los sentidos de las víctimas es lo suficientemente inquietante y potente como para que otros cineastas también quisieran dar su interpretación. En los años siguientes, se estrenarían la española Los últimos días (2013), sobre una agorafobia global que provoca el desplome de la civilización; Embers (2015), con una disfunción neurológica que causa amnesia; Un lugar tranquilo (2018) y The Silence (2019), en las que todo el mundo se ve obligado a guardar silencio tras sendas invasiones de criaturas alienígenas que matan a todo aquel que hace un ruido; o A ciegas (2018), en el que mueren aquellos que osan quitarse la venda que les aísla del mundo exterior.

Ya desde su comienzo, Perfect Sense no es lo que el espectador espera de un film apocalíptico al uso. Evita tanto la sensación de colapso generalizado como la inserción de personajes diversos con sus dramas particulares que suelen ser la norma en el género de catástrofes. En cambio, se centra exclusivamente en la relación que se forma entre Susan y Michael. Eso sí, la película no tarda en acumular tensión e interés conforme van desapareciendo los sentidos de la población. Hay, ya la he mencionado, una escena extraordinaria por su intensidad y capacidad de provocar incomodidad y asco, en la que gente ordinaria por toda la ciudad se ve invadida por un frenesí de voracidad que les lleva a engullir todo lo que tienen alrededor, desde lápiz de labios al pescado crudo de un mercado o conejos vivos en un laboratorio.

Quizá el tema predominante de la película sea el de “la vida continúa”, la forma en que tras cada cambio catastrófico (natural, económico, familiar), las personas recogen los pedazos y tratan de reconstruir su vida, su cotidianeidad. Así, vemos cómo tras la pérdida generalizada del gusto y el olfato y algunos momentos de pánico generalizado, todo el mundo se esfuerza por recobrar una nueva normalidad (expresión tristemente en vigor en los tiempos covid que corren). En concreto, los restaurantes se reinventan para ofrecer a sus clientes nuevas experiencias para los sentidos restantes; o a Susan y Michael juntos en la bañera, jugando a comer espuma de afeitar o jabón. En el mundo tras la desaparición del oído (pasajes en los que, muy acertadamente, también desaparece la banda sonora), encontramos un momento sobresaliente en el que Michael va a un concierto en el que los músicos tocan los instrumentos y el público aproxima sus cabezas a enormes altavoces colocados frente al escenario, para así al menos sentir lejanamente las vibraciones sonoras y experimentar lo más cercano a escuchar; o cómo los grupos de amigos que acuden al restaurante de Michael empiezan a usar el lenguaje de signos para comunicarse…

El deterioro de la situación es imparable y desemboca en la secuencia final (Atención: espóilers), en la que todo el mundo pierde el sentido de la vista tras experimentar un súbito estallido de amor. El cierre de la historia es poco previsible, dado que consiste en el reencuentro y reconciliación de los dos amantes, que empiezan a perder la vista justo cuando corren a los brazos del otro, dejando implícito que lo único que le quedará a los supervivientes es la capacidad para sentir al prójimo, quizá la sensación más pura e íntima de todas.

No es tal conclusión algo que invite al optimismo, por mucho que esa escena final pretenda transmitir calor y dulzura. Si a la gente sólo le queda el sentido del tacto, ¿cómo evitar el colapso inmediato y completo de la sociedad y la muerte de toda especie humana? Sería imposible organizarse o siquiera comunicarse (recordemos, ya nadie tiene oído tampoco). Sin olfato ni gusto, ¿cómo encontrar comida viable? ¿Quizá la guionista (la danesa Kim Fupz Aakeson) quería terminar lo que sin duda iba a ser el preámbulo al apocalipsis final con un momento de calor humano? ¿Es en realidad esa conclusión una metáfora sobre la importancia del amor sobre todo lo demás?

Ya comenté que ni la guionista ni el director se muestran interesados en explorar el origen de la pandemia. Da igual que éste sea un virus mutado, un escape industrial, un fenómeno natural o consecuencia de una intervención alienígena. Puestos a imaginar algo, parece más bien una ironía cósmica al estilo de las que abundan en el Viejo Testamento: dado que hemos fracasado a la hora de apreciar nuestro mundo como se merece, alguien ha decidido que ya no tenemos lugar en él y nos lo arrebata poco a poco para que seamos cruelmente conscientes de lo que vamos a perder.

Y es que, además de un canto a la capacidad de adaptación del ser humano y el papel central del amor incluso ante la inevitable muerte, la película nos anima a reflexionar sobre la importancia que tienen nuestros sentidos a la hora de relacionarnos con el mundo, disfrutar de lo que nos ofrece y cómo aquéllos condicionan también la interacción personal y social. No es casualidad que el protagonista, Michael, trabaje en un restaurante caro: la comida juega un papel importante en la historia pero también en nuestras vidas dado que no sólo la utilizamos para alimentarnos, sino que la disfrutamos y la utilizamos como centro alrededor del cual relacionarnos socialmente.

La película nos recuerda también que los sentidos están íntimamente relacionados con la memoria: perder unos significa perder el acceso a los recuerdos asociados a aquéllos. Asimismo y de una manera metafórica y algo indirecta, parece advertirnos sobre la diferencia que existe entre el disfrute de los sentidos y los excesos hedonistas. Probablemente no sea casual que la pérdida de cada uno de los sentidos venga precedida por estallidos emocionales incontrolados, como si ese frenesí recibiera a continuación un castigo.

Es probable que muchos espectadores encuentren que el principal inconveniente de la película sea que la mayor parte de sus escenas transcurran en la cocina del restaurante o el apartamento de Susan. Y algo de razón tienen. No hay nada malo en plantear en términos minimalistas una película que gira alrededor de una idea de grandes dimensiones que afecta a todo el planeta, en este caso un virus apocalíptico. El problema es que el espectador, mientras atisba interesantes flashes del gran panorama que tiene lugar en los márgenes de la acción principal, se ve obligado a pasar mucho tiempo en la intimidad de dos personajes que ni son muy interesantes ni, ya puestos, simpáticos o carismáticos.

De hecho, las razones para este castigo bíblico parecen materializarse en los dos protagonistas, más definidos por sus trabajos que por sus personalidades. Ambos admiten abiertamente ser “una pareja de capullos”. Susan es una mujer solitaria, cortante y fría que tras varios desengaños amorosos no disfruta del mundo ni de la gente; el trabajo de Michael consiste en satisfacer con sus refinados platos el gusto de sus clientes y él mismo es un hedonista sexual que, aunque se acuesta con muchas mujeres, es incapaz de plantearse un futuro estable con ninguna de ellas. En buena medida, tanto Susan como Michael son personas desilusionadas con el prójimo y que están sobre todo enamorados de sí mismos. Si los dos se aproximan el uno al otro y se entregan a la pasión, no es tanto por una conexión auténtica como por la desesperada necesidad de no afrontar solos el negro futuro. Es poco creíble que una pareja compuesta de individuos ya tarados de por sí, tenga esperanzas de perdurar cuando, además de a los desafíos tradicionales (fertilidad, confianza, estabilidad emocional) tienen que enfrentarse a la pérdida de los sentidos y el posible fin del mundo.

McGregor y Green son actores sólidos y hacen un buen trabajo, pero hay poco en sus personajes que les permita sobresalir. Interpretan solamente a gente ordinaria luchando por encontrar normalidad en un mundo vuelto del revés. Su romance no es arrollador pero al menos está lo suficientemente bien llevado como para que no expulse al espectador de la película.

Aunque Perfect Sense se publicitó tanto en el cartel promocional como en los trailers, como un drama romántico, fue una estrategia equivocada que quizá afectó a su mediocre e inmerecido recorrido comercial. Porque lo cierto es que su fortaleza reside principalmente en otra parte. Más que la previsible y banal relación sentimental, el interés de la película está en ver cómo evoluciona la pandemia y la forma en que, al reflejar de forma brillante lo que significa la pérdida progresiva de los sentidos de la población, nos lleva a reflexionar sobre lo que aquéllos significan de verdad para nosotros y la importancia que tiene oler, gustar, escuchar, ver y tocar las maravillas que el mundo nos ofrece (da igual que sean paisajes, comida, arte, personas…) con la mente abierta y conscientes del privilegio del que disfrutamos.

Una película, en resumen, pesimista, sin héroes que vayan a salvar nada, sobria y poco pretenciosa pero muy eficaz, que crea una atmósfera desasosegante acorde con la historia sin utilizar pirotecnia visual, que se aleja de lo convencional, de metraje adecuado y que no ofrece finales felices ni reconfortantes pero sí ideas y mensajes sobre los que reflexionar a fondo.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".