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«Tintín en el país de los soviets» (1929), de Hergé

Si hay un pionero e icono del cómic de aventuras y personaje señero de la historieta europea, ése es sin duda Tintín. Ochenta años después de su nacimiento, sus peripecias continúan reeditándose para ser disfrutadas por nuevas generaciones de lectores, algo que sin duda dice mucho de la calidad y atemporalidad de las mismas y del genio que las creó: Hergé.

Georges Remi nace en un barrio de Bruselas el 22 de mayo de 1907. Ya en la escuela, mientras no lejos de su hogar se libran las terribles batallas de la Primera Guerra Mundial, sueña con la figura del niño-héroe, garrapateando en sus cuadernos dibujos de un jovencito luchando contra los alemanes. Continuó y terminó sus estudios secundarios en un colegio religioso y por aquella misma época se une a los boy-scouts, institución cuyos valores le marcarán profundamente. Fue un estudiante modélico…¡excepto en la asignatura de dibujo! Seguramente porque nunca mostró interés por el academicismo. Años más tarde, sus padres le inscribieron en la prestigiosa escuela de arte Saint-Luc, pero cuando el primer día se enteró de que iba a tener que dibujar figuras de yeso colocadas sobre un pedestal, no volvió a aparecer por allí.

Tras terminar el colegio, Georges entra a trabajar en el departamento de suscripciones del diario bruselense Le Vingtième Siècle, actividad que interrumpe para, entre 1926 y 1927, cumplir el servicio militar licenciándose como sargento. Durante este periodo, colabora con la revista escultista Le Boy-Scout Belge con las aventuras de un joven scout, Totor, además de trabajos de ilustración para las publicaciones de Acción Católica.

Al regresar a la vida civil, Georges Remi –que había empezado a utilizar el seudónimo Hergé ya en sus historietas para las revistas de los boy-scouts– retoma su empleo en el periódico, pero ahora como reportero fotográfico e ilustrador. Dirigido por el padre Norbert Wallez, Le Vingtième Siècle era una publicación de orientación claramente católica, conservadora y cuya ideología parafascista tenía a Benito Musolini como gran líder político. Era, por otra parte, reflejo de las tendencias de un sector importante de la sociedad belga, feroz y activamente anticomunista.

A Hergé, el trabajo en el periódico le permite adquirir nuevos conocimientos relacionados con la reproducción gráfica y fotográfica y el funcionamiento de una redacción periodística. Wallez adopta al joven Hergé como su protegido, transmitiéndole no sólo la autoconfianza en su talento, sino el amor por la perfección y el continuo aprendizaje. Tras una infancia y adolescencia que él mismo calificaría de gris y anodina, sin estímulos artísticos ni intelectuales, ahora por fin aprende a mirar en su interior y descubrir quién es y qué es lo que le gusta.

Poco tiempo después, Wallez decide publicar un suplemento juvenil al diario principal. Se titulará Le Petit Vingtième y aparecerá todos los jueves –día de vacaciones en las escuelas belgas– a partir del 1 de noviembre de 1928. Hergé, a sus poco más de veinte años, se convierte en su redactor jefe, pero ello no quita que deba también aceptar órdenes del padre Wallez e ilustrar trabajos escritos por otros miembros de la redacción que nada le interesan. Es por esta época cuando, a través de periódicos traídos desde México, entra en contacto con los cómics de prensa norteamericanos. De forma particular, la serie Bringing Up Father, de George McManus, le influirá poderosamente.

Por fin, a finales de 1928, Wallez le encarga a Hergé una historieta en la que el héroe protagonista viaje a la URSS para realizar un reportaje. Sugiere al autor que retome dos personajes, un muchacho y su perro blanco, que ya había utilizado puntualmente para una historieta de dos páginas publicada en el periódico Le Sifflet, y los inserte en una historia cuyo objetivo debe ser advertir a los jóvenes belgas de los horrores del bolchevismo. Así nacerá Tintín en el país de los soviets.

Es difícil hablar aquí de una trama argumental propiamente dicha. Más bien se trata de una sucesión de peripecias en las que el reportero del Petit Vingtiéme, Tintín, y su perruno compañero Milú, van superando diversos desafíos y peligros, impregnado todo ello de una inequívoca crítica hacia el régimen soviético.

Informados de la llegada de Tintín y temerosos de que salga a la luz la verdadera naturaleza de la glorificada revolución y sus consecuencias, los rusos envían un agente secreto para sabotear el tren en el que viaja el joven periodista y, cuando no consiguen enfriar su determinación y ya con Tintín en el país, intentan por todos los medios –infructuosamente, claro– que vea los desmanes que se cometen: la farsa de las elecciones, los niños que mueren de hambre, las mentiras del milagro económico estalinista…

Hergé era a todos los efectos un autor novel. Carecía de auténtica experiencia en la narración de historias largas, un formato que, por otra parte, era todavía algo casi inédito en el panorama del cómic europeo. Hasta la publicación de El loto azul, no hizo un planteamiento general de la historia y se limitaba a ir solventando cada semana la entrega que correspondiera. Esta improvisación, por tanto, no podía sino dar lugar a una cadena de gags intercalada con denuncias algo burdas del totalitarismo soviético. El suplemento juvenil con las dos planchas de Tintín entraba en imprenta cada miércoles por la tarde y el propio Hergé admitió que a veces ese mismo día por la mañana todavía no había pensado lo que iba a dibujar.

Como era de esperar, este «sistema» de trabajo hizo que el protagonista acabara metido en situaciones inverosímiles de las que había que salvarlo recurriendo a artificios claramente forzados y fantásticos, como que acabe convertido en un bloque de hielo que se funde gracias a un saco de sal milagrosamente encontrado por Milú en mitad de la estepa; o que escape sin daño alguno de nutridas descargas de fusilería. Esa falta de coherencia, de planificación y de meta clara, impide el establecimiento de un ritmo adecuado y aproxima la aventura a las comedias cinematográficas mudas tan populares en la época.

Evidentemente, Hergé no tuvo oportunidad de viajar a la Rusia bolchevique para comprobar de primera mano la situación del país. Tampoco, dada la premura con la que hubo de trabajar, dispuso de tiempo para manejar una documentación medianamente sólida al respecto. Se vio obligado a tomar la mayor parte de su inspiración y enfoque ideológico de un panfleto que le proporcionó el padre Wallez titulado Moscú desvelado, escrito por Joseph Douillet, antiguo cónsul belga en Rusia, en el que criticaba con virulencia todos los aspectos del comunismo y el gobierno soviético. Hergé iría apoyándose, a veces de forma casi literal, en cada uno de los puntos desarrollados por Douillet para plantear las escenas que componen la aventura. Otras fuentes que pueden citarse son la novela El general Dourakine, de la condesa de Ségur, de la que extrajo las imágenes de la estepa nevada; o, ésta menos conocida, los artículos escritos por el periodista Albert Londres en 1920 sobre la trágica situación de la Rusia posrevolucionaria.

Se le ha reprochado a Hergé su parcialidad ideológica y su superficialidad a la hora de aproximarse a lo que en esos años estaba teniendo lugar en la Unión Soviética. Resulta curioso, eso sí, que en el momento de su publicación original no se despertara polémica alguna, ni siquiera entre los círculos comunistas. Las controversias, más artificiales que otra cosa, vendrían suscitadas por críticos posteriores y sólo gracias a la fama y repercusión que acumularían el personaje y su autor.

Es cierto que ulteriores aventuras de Tintín harían uso de una abundante documentación y una mayor sutileza en la denuncia de ciertos comportamientos y regímenes políticos. Pero a la vista de lo que ahora sabemos de los crímenes, atrocidades y mentiras en los que se apoyó el bolchevismo –y que fueron «obviados» o «disculpados» durante décadas por todo un sector de la intelectualidad europea tan politizada como el Petit Vingtième–, Hergé se quedó corto. Su visión del régimen comunista es claramente de animadversión, pero caricaturesca y ligera en relación a la devastadora realidad de hambre, frío y miedo que se vivió entonces en Rusia.

En cualquier caso y a diferencia de la mayoría del resto de álbumes de la serie, Tintín se limita al papel de mero observador del entorno. Ocasionalmente, interviene para ayudar a algún infeliz, pero no busca transformar el mundo ni la situación político-social, ni siquiera salvar la vida de alguien. Aquí es todavía más un periodista –profesión admirada y soñada por Hergé– que un héroe. Su declarado objetivo inicial –y excusa para la aventura– es escribir un artículo para el Petit Vingtième e incluso le vemos –por primera y última vez en toda su carrera– redactarlo.

Ya aquí descubrirá Tintín lo que acabará siendo una constante en sus aventuras: que la percepción que la gente tiene de sus gobiernos no es más que una fachada. Por ejemplo, la fábrica falsa que visitan los sindicalistas ingleses; o la casa «encantada» en la estepa que sirve en realidad como escondite para los tesoros robados por Lenin y Stalin.

En Tintín en el país de los soviets, los únicos personajes que merecen tal nombre son Tintín y Milú. El resto –la mayor parte rusos en el papel de enemigos– no son más que excusas para desarrollar un gag o impulsar la historia hacia delante. No obstante, ambos titulares están aún lejos de su forma definitiva; son todavía bocetos algo desdibujados de lo que llegarán a ser. Sus personalidades en este álbum todavía muestran cierta inconsistencia, oscilando entre la valentía y una ingenuidad rayana en la estupidez. En descargo de Hergé puede argumentarse que nunca imaginó que Tintín pudiera convertirse en una serie de álbumes, por lo que no se molestó en construir detalladamente a sus personajes.

Existen muchísimos estudios y artículos escritos por expertos tintinólogos dedicados a escarbar en busca de las raíces de Tintín. Su conexión con el boy-scout Totor, creado años antes por Hergé, parece evidente, como también la que existe con el propio hermano del autor, Paul Remi, del que Hergé afirmó haber copiado su personalidad, sus gestos, su actitud e incluso cierto parecido físico. Hay estudiosos que han querido ver en Tintín rastros de Tom Sawyer, reporteros auténticos como el ya mencionado Albert Londres, Robert Leurquin o Joseph Kessel. Incluso el líder pronazi belga, Leon Degrelle, quiso atribuirse parte del mérito, afirmando haber enviado desde México varios cómics americanos a Hergé, lo que era cierto, aunque esos ejemplares llegaron a manos del creador un año después de la publicación de Tintín en el país de los soviets.

Sea como fuere, la creación de Tintín no fue producto de una sesuda reflexión. Hergé afirmó haberlo imaginado en cinco minutos: su figura es extraordinariamente simple, sus facciones están reducidas a lo esencial y aunque tiene aspecto juvenil, su edad es difícil de determinar. Se nos dice que su oficio es periodista, pero tras un par de álbumes ya nunca le volveremos a ver escribir ni preocuparse por ganarse la vida; no se nos aportará información sobre su situación personal, laboral o familiar o datos sobre su pasado. Esa simplificación extrema no sólo le facilitaba el trabajo a Hergé, sino que permitía una identificación universal de los lectores con el personaje: Tintín podía ser todo el mundo. Hergé pulió el diseño añadiendo algunos rasgos característicos, como los pantalones de golf –que el propio autor vestía a veces–, y ese gracioso tupé rubio que rompía el óvalo de la cabeza.

La personalidad de Tintín era tan sencilla como su aspecto físico. Tan sencilla, en realidad, que apenas está definida y carece de entidad fuera de la aventura que corre en ese momento. Es un joven valiente, fuerte y generoso, pero no posee verdaderas emociones o sentimientos, características que algunos asocian con las virtudes alabadas por los movimientos de extrema derecha de los años treinta.

Hijo de su época y del entorno en el que fue concebido, Tintín se opone tanto al comunismo soviético como –tal y como se revelaría dos álbumes después– al capitalismo americano. Eso sí, nunca se envolvió con bandera alguna y jamás presumió de ser un patriota belga ni un defensor de determinadas ideologías, aunque sí de ciertos valores comúnmente aceptados como deseables: la lealtad, la honradez, la templanza, el valor, la generosidad…

Por su parte, Milú es el foxterrier blanco que acompañará fielmente a Tintín en todas sus aventuras. Su nombre proviene del de una amiga del autor, Marie-Louise Van Cutsem, a la que se conocía cariñosamente como Milou. En estos primeros álbumes, Milú tiene un papel de coprotagonista, una especie de joven y leal amigo de Tintín que está dotado de raciocinio humano y el don de la palabra –aunque sólo el lector puede entenderlo–. Mientras que Tintín servía de modelo para los lectores algo más adultos, Milú apelaba al sentido lúdico de los más jóvenes.

En Tintín en el país de los soviets, cada plancha se compone de cinco a seis viñetas, intercalando de cuando en cuando un plano panorámico. No sería hasta que Hergé estrenara su otra serie, Quick y Flupke, que empezaría a diversificar el tamaño de las viñetas.

Pero la verdadera innovación de Tintín consistió en ser la segunda serie de cómics europea tras el Zig y Puce de Alain Saint-Ogan, en utilizar el dibujo y los globos de diálogo para contar la historia, prescindiendo mayormente de las didascalias o textos explicativos situados normalmente en la base de la viñeta y que constituían la base del cómic en aquellos tiempos pioneros. Eso sí, Hergé todavía no diferenciaba entre globos de diálogo y pensamiento, lo que creaba algunas confusiones, especialmente en el caso de Milú. Los dibujantes americanos que publicaban sus series en la prensa de aquel país también le sirvieron de referente en cuanto a la claridad y síntesis narrativa.

Asimismo, Hergé experimentó con la representación gráfica de sonidos mediante onomatopeyas con o sin globo de diálogo o, directamente, recursos estilísticos, como manchas negras para expresar silencios tensos o plasmar los insultos en lengua extranjera en alfabeto cirílíco. Igualmente destacable es su capacidad para reflejar la velocidad (en coches, trenes o barcos), inspirado en el Futurismo italiano (como, por ejemplo, la deformación de las ruedas de una moto a toda velocidad). En cuanto a los animales, que constituyen una parte importante de la aventura, Hergé se inspiró en las ilustraciones de Benjamin Rabier para las Fábulas de La Fontaine que había leído en su infancia.

El estilo gráfico de Hergé está aquí en su etapa más primitiva. Aunque en Le Vingtième Siècle había incrementado considerablemente sus conocimientos sobre técnicas gráficas, era muy consciente de que sus dibujos debían sufrir un proceso de manipulación a la hora de imprimir el periódico. Así, no habría ningún problema con los trazos más gruesos, pero las líneas más finas podrían desaparecer. Así, inicialmente Hergé no se complicará la vida: el trazo es uniforme, constante, evitando sombreados o tramados. Excepto en lo que se refiere a las ropas de Tintín, los tejidos se representan de forma muy sencilla.

Poco a poco, irá introduciendo técnicas más complicadas, como por ejemplo el punteado para simbolizar el tweed inglés, o el tramado para la escena de las falsas elecciones. Hacia el final de la historia, Hergé ya ha pulido considerablemente su estilo inicial, basado en gran medida en el de Alain Saint-Ogan, un proceso que en los siguientes años y aventuras de Tintín alcanzará un alto grado de perfección.

La historia fue serializada al ritmo de dos páginas semanales en el citado suplemento, desde enero de 1929 a mayo de 1930, y el éxito fue fenomenal. El día que salía el suplemento infantil, el periódico multiplicaba sus ventas por seis. Un miembro de la plantilla del Petit Vingtième tuvo la idea de teatralizar un ficticio regreso de Tintín al término de su peripecia en las viñetas y así, tras una campaña de publicidad para anunciar el evento, el 8 de mayo de 1930, Lucien Pepermans, un scout de 15 años que encarnaba al intrépido reportero, llega a la Estación del Norte de Bruselas. Es recibido por una multitud de lectores que lo acompañan a las oficinas de la redacción del periódico y escuchan y aplauden su discurso. Fue un éxito tremendo que demostró a todos el potencial de la serie creada por Hergé, quien, por cierto, ya había anticipado el acontecimiento en la escena final de la historia, publicada aquel mismo día.

Tintín en el país de los soviets fue serializado en 1930 en Francia dentro del semanario Coeurs Vaillants y no tardó en aparecer un álbum recopilatorio que se convirtió en otro éxito inmediato. La edición constó de tan solo 5.000 ejemplares que pronto quedó agotada en las librerías. Su precio en el mercado coleccionista se cifraba en miles de francos, por lo que enseguida pasó a ser víctima de copias de mala calidad que se vendían en el mercado negro.

Tintín en el país de los soviets fue la única aventura de Tintín que no fue redibujada por los Estudios Hergé a partir de los años cuarenta. En parte, ello respondió a la pereza que sentía Hergé a la hora de abordar el extenso trabajo de documentación que sería necesario para actualizar la obra. Pero la verdadera razón era la pobre opinión que el propio autor tenía de esta aventura. Dijo no arrepentirse de haberla hecho y afirmó que era un producto de su época, pero en el fondo y a tenor de la evolución posterior de Tintín, siempre la consideró como un error de juventud. Nunca quedó conforme ni con la simplicidad de los personajes ni con el enfoque claramente politizado de la peripecia.

Pero a finales de los sesenta la demanda de los lectores se había convertido en un clamor y Hergé, finalmente, aprendió a aceptar a Tintín en el país de los soviets como hijo suyo.

En 1973, decidido a acabar con las ediciones pirata, acuerda con Casterman recuperar el álbum en una nueva edición –junto a otros de la primera época– para su distribución masiva (unos años antes se había realizado una tirada muy limitada de 500 ejemplares repartidos exclusivamente entre amigos del autor). Sin embargo, el mercado negro no descansa y para desarmar las nuevas ediciones piratas, Casterman lanza en 1981 una edición facsímil que venderá la impresionante cifra de 100.000 ejemplares en tan solo tres meses.

A pesar de las reservas de su autor, Tintín en el país de los soviets supuso un gran avance formal para el arte del cómic europeo, el debut de dos personajes, Tintin y Milú, claves en la historia del noveno arte, y la constatación de que Hergé tenía un auténtico talento para narrar historias con su dibujo. No era consciente de ello, ni siquiera pensaba en el cómic como un arte, pero su papel pionero y canalizador de múltiples influencias es innegable.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de viñetas y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".