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«Recuerdos del Imperio del Átomo» (2013), de Thierry Smolderen y Alexandre Clerisse

Tras la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos –y, con ellos, el bloque occidental capitalista– se sumieron en una esquizofrénica ambivalencia a la hora de imaginar el futuro. Por una parte, la Guerra Fría y la proliferación nuclear dieron lugar a una praanoia generalizada y un justificado miedo al apoalipsis atómico. Por otra, el avance de la tecnología en múltiples ámbitos y su disponibilidad para franjas cada vez más amplias de la población, hacía que muchos soñaran con una mañana brillante en el que todo sería posible y donde, gracias a la ciencia, se cumplirían todos los sueños de modernidad y desaparecerían los principales males que nos aquejan como especie y civilización. Ambas vertientes, la optimista y la recelosa, encontraron su reflejo en la ciencia ficción de la época, que literariamente vivió una de las etapas más brillantes de su historia.

Y a esos tiempos inseguros pero apasionantes, a sus iconos visuales y a los soñadores de utopías y pesadillas es a lo que rinde un magnífico homenaje Recuerdos del Imperio del Átomo (Souvenirs de l’empire de l’atome), uno de los comics de ciencia ficción más interesantes de la última década, una historia verdaderamente original en unos tiempos, los nuestros, en los que cada vez resulta más difícil encontrar tebeos y editores que se atrevan a separarse de lo que consideran apuestas seguras.

Paul es un americano corriente que vive en los años cincuenta del pasado siglo. Tiene una bonita casa y es un buen marido y padre. Sin embargo, tras su fachada de ciudadano ordinario, incluso aburrido, esconde dos cosas que lo hacen especial. La primera, que trabaja para el Pentágono como especialista en guerra psicológica para el continente asiático, donde pasó parte de su infancia. La segunda, que desde su niñez y sin que nadie lo sepa, ha venido padeciendo un desorden de pesonalidad por el que experimenta extrañas visiones que sólo él es capaz de comprender y en el transcurso de las cuales se ve trasladado al Imperio de las Estrellas.

Allí, a 121.000 años en el futuro, contacta telepáticamente con Zarth Arn, antiguo héroe galáctico, ahora ya maduro, al que la Reunificación del Imperio ha forzado a encontrar otras ocupaciones o bélicas, reconvirtiéndose en historiador. Debido a un accidente sufrido años atrás, su conciencia se proyectó hacia la Tierra del pasado, «fusionándose» con la de un Paul todavía niño. A partir de ese momento, ambos compartieron un nexo, pudiendo uno vivir las experiencias del otro, manteniendo conversaciones e investigando juntos la Historia de sus respectivas épocas. Paul se da cuenta de este modo de que todos los fantásticos relatos que aparecen en las revistas de CF de su época son en realidad profecías de un futuro lejano. ¿Es todo un delirio psicótico o hay algo de real en ello? ¿Existe –existirá– Zarth Arn o bien Paul ha llevado un paso demasiado lejos su pasión por la ciencia ficción y la ha utilizado para escapar de una realidad cuya sensible mente no es capaz de asimilar emocionalmente?

Cuando sus superiores del Departamento de Defensa descubren su seceto y aunque Paul promete «pasar más tiempo en la Tierra», lo envían durante unos meses a visitar a un psiquiatra neoyorquino, quien publica un artículo sobre su caso que lo convierte en una celebridad a su pesar. Ello, a su vez, le granjea el interés de Gibbons Zelbub, un megalomaniaco empresario multimillonario con contactos en el gobierno que, creyendo que sus viajes mentales son reales, quiere utilizarlo para contactar con ese Imperio del futuro y adquitir así conocimiento tecnológico con el que desarrollar armas avanzadas. Zelbub, con la excusa de participar en un seminario, invita a su refugio privado en Vermont a un grupo de destacados sabios –incluido Paul– y, sin ellos saberlo, les droga, sugestiona e hipnotiza para que le aporten ideas que le permita instaurar en el siglo XX un Imperio del Átomo con él a la cabeza. Manipulando y controlando la consciencia de Paul, obliga a Zarth Arn a desvelarle los secretos tecnológicos del futuro, convirtiéndolo así en un traidor al Imperio de las Estrellas.

Recuerdos del Imperio del Átomo es, en primer lugar, un canto a la nostalgia y un apasionado homenaje al a Edad de Oro de la ciencia ficción, a las historias, personajes, convenciones y autores que desfilaban por las páginas de revistas pulp como Astounding Science Fiction, Galaxy Science Fiction o Amazing Stories; o cineastas cuyas películas cautivaron al público de sus épocas. El belga Thierry Smolderen, un gran conocedor del noveno arte (es profesor en la Escuela de Bellas Artes de Angouleme), también es especialista en historias de ciencia ficción y en este cómic reúne ambas pasiones en un caleidoscópico cocktail de los años cuarenta, cincuenta y sesenta por una parte, y del cómic europeo y la cultura popular norteamericana por otra.

Así, el propio Paul es un sosias de Cordwainer Smith, seudónimo de Paul Myron Anthony Linebarger, un erudito especialista en Asia y en guerra psicológica que trabajó para la inteligencia militar norteamericana y que en secreto y bajo el mencionado nombre falso imaginó y publicó la maravillosa saga de Los Señores de la Instrumentalidad. Pero también hay referencias a H.G. Wells, Hugo Gernsback, Edgar Rice Burroughs, Edmond Hamilton (Zarth Arn era el nombre del protagonista de su space opera Los reyes de las estrellas, quien intercambiaba mentes con uninsignificante funcionario neoyorquino), algunos cuentos del propio Smith (el misterio alrededor del planeta–prisión Shayol, la extraña figura de Sto Odin)… Y directores como Fritz Lang o, especialmente, William Cameron Menzies, cuyo film La vida futura (1936) sirve como base visual a la hora de imaginar el futuro que el protagonista vislumbra en sus viajes telepáticos. Incluso el propio Zarth Arn tiene los rasgos de Raymond Massey, actor protagonista de esa cinta. Además, la sombra de Buck Rogers, John Carter o Flash Gordon se proyecta sobre varias escenas e ideas de esta historia. El héroe Zarth es una síntesis explícita de todos ellos y se le llega a apodar «El Héroe de las Mil Caras», referencia directa al libro del mismo título escrito por Joseph Cambpell en 1949.

Pero más allá de esa variopinta colección de homenajes (que, a diferencia de otras aproximaciones similares a esa época, nunca cae en la parodia), el guión tiene entidad propia. Su inspiración se encuentra en un famoso caso psiquiátrico de los cincuenta. En su libro The Fifty-Minute Hour (1955), el doctor Robert M. Lindner expuso las sesiones que había mantenido con un paciente conocido como «Kirk Allen», cuya verdadera identidad nunca fue revelada pero ha habido persistentes rumores que dicen que en realidad se trataba de Cordwainer Smith. Científico y empleado del gobierno en un proyecto secreto durante la Segunda Guerra Mundial, su obsesión con las novelas de ciencia ficción era tal que empezó a integrarlas como parte de su propia biografía y, dando un paso más allá, contactó con un personaje del espacio y experimentó sus aventuras como propias. Sus responsables advirtieron su condición psicótica y le exigieron que se sometiera a tratamiento psiquiátrico. «Allen» acabó curándose pero no sin antes arrastrar a su terapeuta al torbellino de sus perfectamente construidas neurosis.

Recuerdos del Imperio del Átomo toma como premisa inicial este hecho real sobre un individuo muy inteligente y sensible perdido entre la fantasía y la realidad para tejer una compleja pero bien controlada intriga que inserta amplias elipsis y salta hacia delante y hacia atrás en el tiempo. Comienza durante una excursión de Paul y su hija en México, en 1964, momento en el que empieza a rememorar sus vivencias, empezando por el Shanghai de los años 20 y siguiendo por la Exposición Universal de 1958 en Bruselas, el Washington de 1953… e incluso el futuro lejano. La acción va asimismo alternando entre diferentes lugares del planeta (Asia, Mexico, Washington) o fuera de él; e incluso entre planos de la realidad (el onírico y la vigilia; o quizá la cordura y el delirio).

Es, por tanto, una narración fragmentada y no lineal que puede despistar al lector poco atento y que requiere de él una especial atención para poder establecer la cronología adecuada que permita conocer la correcta secuencia de acontecimientos y sus consecuencias. El avanzar y retroceder en el tiempo crea confusión, sí, aunque éste bien podría ser un efecto premeditado que aspira a que el propio lector comprenda mejor el tormento que sufre Paul. Además, no sólo es una forma de mantener vivo el misterio hasta el final para que no decaiga la atención sino que hace que el cómic admita bien sucesivas relecturas con las que descubrir más detalles y claves desperdigadas por las diferentes piezas de ese puzle desordenado.

En cualquier caso, es un cómic que transcurre de forma fluida y que incluye interesantes reflexiones acerca de temas de calado, como lo efímero e insustancial de las civilizaciones humanas frente a la inmensidad del tiempo y el espacio; el poder que ejerce la ficción sobre la mente del hombre; o la capacidad combinada del diseño y el marketing para moldear los deseos, las aspiraciones y la visión de toda una época. Lo que en mi opinión no es Recuerdos del Imperio del Átomo es una historia de personajes. Con su memoria dispersa por el tiempo, Paul, un hombre inteligente pero atormentado, trata de reconstruir la cronología de los acontecimientos que han marcado su vida, controlar sus ansiedades y mantener vivo el enlace telepático con Zarth. Pero su situación es tan particular y tan retorcida la forma en que está contada su peripecia vital y mental, que resulta difícil empatizar con él, comprenderle y muy complicado dilucidar si es o no un demente. El resto del reparto queda aún más desdibujado. Es la intriga, la originalidad del argumento y su arte lo que hace de este un cómic recomendable.

El dibujo de Alexandre Clérisse crea una atmósfera que combina y alterna lo retro y lo futurista. Sin duda, el original guión de Smolderen le inspiró para investigar las tendencias de las modas y el diseño de los periodos históricos en los que transcurre la acción. Destaca especialmente el estilo Googie o Doo-Wop una derivación de la arquitectura futurista que nació en Estados Unidos a tenor del entusiasmo por la carrera espacial y el auge del automóvil.

Fue también este un estilo que adoptó Franquin en determinada etapa de Spirou y Fantasio, algo que no se les escapa a los autores y que, de hecho, recuperan explícitamente. No sólo remedan el mobiliario, interiores, decoración y edificios que aparecían en aquellos comics sino que homenajean conceptual y gráficamente al principal villano de esa serie, Zorglub, en la figura de Zelbub, sus maquiavélicos planes, base secreta, automóvil, aeronave, secuaces y rayos hipnóticos (también tiene algo de Mesmaeker, el detestable empresario de Gastón el Gafe). El propio Franquin hace un cameo humorístico en la figura del Señor André.

Clérisse, que ya era un experto en la siempre difícil disciplina de la ilustración de cuentos infantiles, demuestra sentirse igualmente cómodo repreentando paisajes naturales, ciudades de mediados del siglo XX o entornos futuristas. Cada una de las 140 páginas del álbum es una prueba de su virtuosismo a la hora de estudiar, asimilar y reinterpretar, introduciendo pequeños toques personales y variaciones, ciertos estilos y escuelas gráficas de los años cuarenta, cincuenta y sesenta.

Los edificios están inspirados en la Bauhaus, las obras de Niemeyer, Frank Lloyd Wright o Robert Mallet-Stevens; los papeles de pared y cortinas en las ideas de la diseñadora textil británica Lucienne Day; los prototipos de vehículos y maquinaria en las ilustraciones de Frank R. Paul para las revistas pulp de los años treinta o las portadas de publicaciones científicas como Popular Mechanics; algunas composiciones de página y diseños de personajes remiten a las vibrantes portadas de discos de jazz que Jim Flora creó en los cuarenta y cincuenta; hay referencias a Picasso, Dalí o Miró; y recreaciones del dibujo naif de Dick Calkins para las primeras planchas dominicales de Buck Rogers.

Gráficamente, Recuerdos del Imperio del Átomo es una joya. Su dibujo sintetizado, estilizado y con un pie en el surrealismo ofrece soluciones de composición y representación muy imaginativas y elegantes ayudándose de la aplicación de una suave paleta de colores y jugando con las transparencias, las tramas y la infografía (el tebeo fue totalmetne dibujado y coloreado por ordenador, una técnica con la que el autor había cultivado abundantemente). Todo el álbum es un gran homenaje al poder del diseño, ya sea industrial, comercial, publicitario o de moda para suscitar reacciones estéticas, narrar historias o evocar el espíritu, real o idealizado, de una época.

Recuerdos del Imperio del Átomo no es una historia convencional de ciencia ficción. Nos propone una imaginativa y fascinante mezcla de homenaje a iconos, personas y temas del género extraídos de una época concreta cuya realidad reproduce a través del filtro de la nostalgia y la idealización, una intriga de espionaje, una space opera y el psicoanálisis de un delirio esquizofrénico, todo ello dibujado y narrado con brillantez. Es este un cómic inteligente y atípico del que sacarán el máximo disfrute los lectores adultos que, además de acostumbrados al cómic gráfica, temática y narrativamente poco ortodoxo, sean amantes y conocedores de la ciencia ficción clásica, cuyos referentes, imaginería y homenajes podrán identificar con tanta facilidad como satisfacción.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".