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«A ciegas» («Blindness», 2008), de Fernando Meirelles

A ciegas fue el quinto largometraje del director brasileño Fernando Meirelles, que alcanzó fama internacional con su tercera película, Ciudad de Dios (2002), un retrato sofisticado y violento de la vida en las favelas de su país. A ciegas fue su segundo film en inglés tras el thriller de espionaje El jardinero fiel (2005). En esta ocasión y como demuestran los créditos, A ciegas puede considerarse una película independiente, ya que ha recibido financiación de diecisiete productoras diferentes de cuatro países distintos (Canadá, Brasil, Japón e Inglaterra).

El guion, adaptado de la novela Ensayo sobre la ceguera (1995), de José Saramago, está firmado por Don McKellar, un actor canadiense que interpreta al personaje del ladrón y que ya había ejercido de guionista para, por ejemplo, Highway 61 (1991), Sinfonía en soledad: un retrato de Glenn Gould (1993) o El violín rojo (1998), además de dirigir otras, como la interesante cinta apocalíptica Last Night (1998).

Un hombre japonés (Yusuke Iseya) entra en pánico al volante de su automóvil cuando súbitamente pierde la vista y lo único que percibe es una borrosa niebla blanca. Un peatón (Don McKellar) se ofrece a llevarlo a casa pero tras dejarlo allí, le roba el coche. La esposa del japonés (Yoshina Kimura) lo lleva al oftalmólogo (Mark Ruffalo), pero éste es incapaz de encontrar ninguna lesión en los ojos.

A la mañana siguiente, el doctor también ha quedado ciego y deduce correctamente que su paciente del día anterior tenía alguna enfermedad contagiosa. La epidemia se extiende rápidamente y el gobierno decide actuar de manera contundente, deteniendo a los infectados e internándolos en centros custodiados por el ejército donde deberán arreglárselas solos, sin asistencia ni supervisión médica de ningún tipo. El doctor y su esposa (Julianne Moore), que ha fingido haber quedado ciega para acompañarlo, acaban en uno de estos complejos junto al matrimonio japonés, el ladrón, una prostituta (Alice Braga) y un niño (Mitchell Nye) que también había estado en la consulta del médico el día que llegó el paciente cero.

Las instalaciones no tardan en recibir más afectados y quedar saturadas. Cualquier intento de salir de ellas es respondido con disparos de los soldados, cuya ayuda se limita a dejarles cajas de comida en el patio exterior. Los pacientes reciben la ayuda de la esposa del doctor, cada vez más agotada, pero el problema de la higiene se agrava hasta extremos insufribles. Un día, uno de los ciegos de otro pabellón vecino se proclama rey (Gael García Bernal) y con ayuda de sus secuaces –entre los que se cuenta un ciego de nacimiento que se maneja mucho mejor que todos los demás (Maury Chaykin)– se apropia de toda la comida y, armado con un revolver, decide que solo la compartirá a cambio de objetos de valor. Pero cuando éstos se acaban, exige los favores sexuales de las mujeres del resto de pabellones.

Dejando aparte la novela de Saramago, la historia de A ciegas remite inmediatamente a El día de los trífidos (1951), el clásico de John Wyndham llevado varias veces a la pantalla grande y pequeña. En esa obra, se describía una pandemia de ceguera provocada por una lluvia de meteoritos y a resultas de la cual se desintegraba rápidamente la civilización. A ciegas no va tan lejos como para introducir algo como las plantas comehombres y andarinas que imaginaba Wyndham, pero ambas ficciones tienen muchos puntos en común. La diferencia es que la película de Meirelles se centra más en describir el colapso de los valores éticos y la desintegración social en un entorno reducido, mientras que el libro de Wyndham examinaba posibles modelos para reconstruir la civilización a partir de sus pedazos adaptándola a la nueva situación.

Las dos obras abordan el apocalipsis social desde ángulos opuestos. La novela de Wyndham trataba sobre la búsqueda de un lugar en el que la clase media decente pudiera establecerse y vivir en paz tras el derrumbamiento del modelo de gobierno tradicional; la película, en cambio, se ceba en el colapso del orden social a causa de una enfermedad y cómo el espíritu liberal y honesto representado por el doctor demuestra ser incapaz de hacer frente al autoritarismo respaldado por la violencia del “rey” del Pabellón 3. En este sentido, A ciegas recuerda a El experimento (2001), la película alemana basada en el Experimento de la Prisión de Stanford, que estudió las reacciones e interacciones de un grupo de personas confinadas y sometidas a intenso estrés.

Durante muchos años, José Saramago se negó a vender los derechos de adaptación de su novela ante el temor de que verla convertida en una película comercial que desvirtuara su espíritu. Su férrea reticencia no desanimó a Meirelles y McKellar que, tras muchas súplicas y negociaciones, convencieron al escritor portugués. Una de las condiciones que éste impuso fue que la ciudad en la que transcurriera la historia no fuera claramente identificable. Así, la película se rodó en lugares tan diversos como Toronto y Sao Paulo, escogiendo un reparto de procedencia étnica igualmente variada. Como ya había hecho McKellar en su guion para Last Night, el apocalipsis está descrito y desarrollado sin efectos especiales ni piruetas visuales, centrándose exclusivamente en los personajes y cómo éstos se adaptan –o no– a su nueva condición. No se aporta explicación alguna sobre los posibles orígenes de la enfermedad y ni siquiera los personajes tienen nombre. Meirelles dirige con una fría serenidad, dejando que la cámara observe detalladamente el dramatismo de muchas escenas. Para representar la ceguera, elige un interesante método que consiste en utilizar planos subjetivos desenfocados o saturados de difusos destellos de luz blanca.

La parte más intensa de la película arranca una vez los personajes son confinados en el antiguo manicomio reconvertido en centro de confinamiento. Es entonces cuando la cohesión y el orden sociales empiezan a venirse abajo. Meirelles crea imágenes muy impactantes y realistas. Los pabellones empiezan a llenarse y el personaje de Julianne Moore ya no puede atender a todos, por lo que la basura y los restos orgánicos se acumulan por los corredores y la gente camina desnuda y desorientada. La situación se enturbia todavía más cuando el “rey” establece su dictadura y confisca la comida. Son momentos que sin duda incomodan al espectador tanto por su bajeza moral como por la forma en que están rodados. Las protestas del doctor apelando al sentido común y la rectitud son ignoradas y varios de los personajes principales se verán abocados a afrontar las repercusiones morales de los actos que llevan a cabo. La escena de la orgía en las tinieblas del Pabellón 3, en la que los secuaces del rey abusan de las mujeres, es un trabajado y austero montaje de imágenes desenfocadas en el que Meirelles sólo deja ver detalles sueltos y formas y cuerpos medio iluminados acompañados de jadeos, gritos y lloros. No hace falta más.

Los mensajes de la película son claros. Por una parte, el ya manido “la unión hace la fuerza” (en este caso, la asociación de unos completos extraños para apoyarse y sobrevivir); o ese otro tan utilizado también desde que la ciencia ficción existe y que es que la civilización es sólo una delgada capa que puede desaparecer ante una catástrofe lo suficientemente extensa, revelando que todo aquello que dábamos por sentado (el gobierno, las instituciones, las leyes, la moral) retroceden para dejar paso al puro y descarnado instinto de supervivencia. Pero también que la gente puede adaptarse a cualquier cosa, una capacidad que puede ser tanto una bendición como una maldición. Porque cuando el lunático del Pabellón 3 se erige en rey y exige tributos humanos en forma de mujeres, los ocupantes del Pabellón 1 callan y dejan que sean ellas las que se ofrezcan a ser violadas, adaptándose a la nueva situación para sobrevivir y convenciéndose de ello unos a otros aun cuando su cobardía les convierta en cómplices de una atrocidad.

La historia mantiene el interés una vez los protagonistas consiguen salir del recinto para descubrir que las cosas no están mejor fuera que dentro. La ciudad entera está cubierta de basura, reina el caos, los perros se comen los cadáveres y los supervivientes, convertidos en carroñeros, se aferran a la vida olvidando cualquier resto de humanidad. La película pasa, por tanto, de un drama-thriller a una trama postapocalíptica algo más convencional, perdiendo la claustrofobia y el thriller psicológico a favor de una narrativa más directa.

La escena más intensa de este último tercio es aquella en la que la esposa del doctor entra en un supermercado donde todo ha sido saqueado y la gente deambula desesperada por los pasillos palpando las vacías estanterías en busca de alimento. Cuando encuentra un almacén en el sótano que no ha sido todavía descubierto y llena bolsas para llevárselo a sus compañeros que esperan en otro lugar, los ciegos, al oler la comida, se le echan encima dispuestos a matar por un trozo de cualquier cosa que lleve. Hay otros momentos de gran belleza y evocación, como cuando el anciano (Danny Glover) y la joven prostituta admiten su atracción mutua y preguntan en voz alta si hay alguien cerca, concluyendo por el silencio reinante que así es e intercambiando a continuación sus confidencias. La cámara retrocede y vemos que todos sus compañeros están allí, sentados en el apartamento, escuchando conmovidos y respetuosos.

La mejor actriz de todo el reparto es, sin duda, Julianne Moore, que hace un papel extraordinario como la esposa del doctor, quizá porque es la única del reparto que puede utilizar sus ojos para transmitir emociones o porque, a pesar de su evidente agotamiento, consigue mantener su fortaleza y dignidad conforme la situación va deteriorándose en el manicomio. Su rabia y su pena durante y después de la violación en grupo son sobrecogedoras.

Otro actor, este secundario, que le da una vida especial a su personaje es Maury Chaykin, como contable del “rey” del Pabellón 3. Tiene obvios sentimientos encontrados al ayudar al criminal a robar la comida de todos, pero encuentra la forma de racionalizarlo siendo exageradamente educado. Cuando organiza la violación de las mujeres del Pabellón 1, se reviste de un disfraz de insultante galantería, presentando la inminente agresión como una divertida cita. Durante la escena de la violación, mientras las mujeres gritan de dolor y miedo, se le puede oír de fondo diciendo cosas como “¿Puedo tocar tus pezones, por favor?”. Es nauseabundo, pero al mismo tiempo verosímil. Por su parte, la interpretación de Danny Glover no acaba de encajar bien, como si, tratando de parecer el anciano dulce y sencillo, se hubiera pasado de rosca. Algo parecido le ocurre a Gael Garcia Bernal, en exceso histriónico en su papel de villano.

Resulta sorprendente que ciertos críticos reaccionaran tan negativamente a la película. El Consejo Americano de los Invidentes emitió un comunicado condenatorio por presentar a los ciegos comportándose como seres embrutecidos y por la implicación –según ellos– de que la ceguera saca al exterior lo peor de cada ser humano. Otros acusaron al film de desagradable e incluso intolerable.

Dejando aparte las críticas justificadas a ciertos agujeros de guion (por ejemplo, el por qué el personaje de Julianne Moore no impedía los abusos que cometían los residentes del Pabellón 3 siendo que su vista le otorga “superpoderes” en este nuevo mundo de ciegos), este tipo de ácidos comentarios parecen inspirados sobre todo por el desagrado que produce asistir durante casi dos horas a la cruda descripción de una sociedad en plena descomposición y la degeneración moral de sus miembros, algo que nada tiene que ver con la calidad cinematográfica del film sino con la sensibilidad de cada cual.

Personalmente, creo que A ciegas es una interesante e infravalorada película de ciencia ficción, modesta y austera, conmovedora y, sí, muy dura en los temas que trata y cómo los plasma en pantalla. Pero ni hace de su violencia un espectáculo gratuito ni recurre a efectos especiales para epatar al público, sino que utiliza una premisa inquietante para lanzar una mirada crítica al ser humano y cómo se comporta individual y colectivamente bajo situaciones de presión en las que desaparecen las cortapisas sociales.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".