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Los comic books de ciencia ficción en los años sesenta

En la década de los sesenta del siglo pasado, la televisión descubrió la ciencia ficción y los comic books descubrieron la televisión. Nunca antes ni hasta mucho después, habría tantos programas de TV basados en conceptos y personajes de ciencia ficción. Al mismo tiempo, las editoriales de comic books, que durante mucho tiempo habían considerado a la televisión como la competencia por la captación del mismo público infantil y juvenil, empezaron a adaptar docenas de series muy populares a su propio formato narrativo.

Aunque en los años cincuenta ya se habían emitido varios programas de ciencia ficción destinados a público no adulto (Capitán Video, Buck Rogers, Patrulla Espacial y Tom Corbett, Cadete Espacial) y otros cuantos dirigidos a una audiencia más madura (Tales of Tomorrow, Out There, Science Fiction Theater) ninguno tuvo el impacto de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone), producida y escrita por Rod Serling, que empezó a emitirse el 2 de octubre de 1959. Durante cinco años, una media de casi 18 millones de personas se sentaba cada semana delante del televisor para disfrutar del programa. En 1960, Dell Comics, que ya había adaptado otros espacios televisivos muy conocidos como I Love Lucy o Bonanza, se hizo con los derechos para publicar una colección de comic books titulada La Dimensión Desconocida (marzo de 1961).

La serie televisiva totalizó 156 episodios, llegando a su final en 1964. Los cómics, sin embargo, sobrevivieron otros catorce años. Durante sus dieciocho años de publicación ininterrumpida, sus páginas ofrecieron casi el doble de historias de las que pudieron verse en la pequeña pantalla. Aunque ninguna fue adaptación directa de otra vista ya en la televisión, sí seguían la misma fórmula, presentando a gente normal enfrentada a situaciones extraordinarias. “Doce del mediodía. Una escena ordinaria, una ciudad ordinaria. Hora del almuerzo para miles de personas ordinarias. Para la mayoría de ellas, es la hora de descanso, una agradable pausa en la rutina diaria. Para la mayoría, pero no para todos. Para Edward Hall, el tiempo es un enemigo y la hora siguiente será cuestión de vida o muerte”.

Tras la estela de La Dimensión Desconocida, el segundo programa más visto de la ciencia ficción televisiva de comienzos de los sesenta fue Más allá del límite / Rumbo a lo Desconocido (The Outer Limits), emitido por la cadena ABC a partir de septiembre de 1963. A diferencia de La Dimensión Desconocida, que en bastantes episodios combinaba ciencia ficción, fantasía y terror, esta nueva antología prefería abordar el primero de esos géneros bajo un enfoque realista. Por allí desfilaron mutantes, visitantes galácticos e invasores extraterrestres, material todo ello perfecto para los cómics.

Para cuando se emitió el cuarto episodio, en octubre de ese mismo año, los espectadores podían también comprar el primer número del correspondiente comic book (enero de 1964). La única forma de que apareciera tan pronto después del estreno del programa es que las historietas hubieran sido realizadas antes de que el guionista y el dibujante hubieran tenido oportunidad de verlo en televisión. Y aún así el material de aquel número inaugural, encajaba perfectamente en el espíritu y la fórmula de la serie.

Al mismo tiempo que Rumbo a lo Desconocido, la ABC tenía en su parrilla otra serie de ciencia ficción, Viaje al fondo del mar, producida por Irwin Allen. Ambientada diez años en el futuro, contaba las aventuras submarinas del almirante Harriman Nelson y la nave que comandaba, el Seaview. Inspirada por la película del mismo título, dirigida por Allen en 1961, fue también rápidamente adaptada a las viñetas por Gold Key (1964).

Y más ciencia ficción en la ABC: Los invasores (The Invaders, octubre de 1967), en la que Roy Thinnes era el héroe que descubría una invasión alienígena silenciosa pero era incapaz de convencer a las autoridades de la amenaza. Aunque la trama de todos los episodios era prácticamente la misma, esta fantasía paranoide caló lo suficiente como para perdurar 43 episodios y cuatro números de su propia serie de comics, editados también por Gold Key.

Tras el éxito cosechado por Viaje al fondo del mar, Irwin Allen presentó a la CBS una idea que era la traslación de Los Robinsones Suizos al espacio. Perdidos en el espacio se estrenó en septiembre de 1965, presentando a la familia Robinson, al doctor Zachary Smith y a Robby el Robot. El programa era tan parecido en su premisa a un cómic que Gold Key ya tenía en su catálogo, Space Family Robinson, que en 1965, tuvieron que añadir el subtítulo Perdidos en el espacio para aprovecharse de la popularidad de la serie de TV. En 1973, el cómic fue oficialmente rebautizado Perdidos en el espacio, aunque nunca llegó a contar ni con el doctor Smith, ni con el Robot ni con ninguno de los personajes televisivos.

La siguiente incursión de Irwin Allen en la ciencia ficción televisiva fue El túnel del tiempo (The Time Tunnel, 1966-1967). Esta serie acerca de unos agentes gubernamentales que viajaban por la corriente temporal le pareció un material con posibilidades a Gold Key, que lanzó su propio título en febrero de 1967, esperando que funcionaría tan bien como Viaje al fondo del mar o Perdidos en el espacio. No fue el caso. La serie de TV finalizó con su primera temporada y sólo llegaron a publicarse dos números del comic book.

Hubo otra serie de los sesenta, sin embargo, que llegaría mucho más lejos que sus contemporáneas; de hecho, tan lejos que ningún hombre había estado allí antes.

“Esta es la Enterprise, una nave de la Flota Estelar. Su misión de cinco años: adentrarse en los límites más lejanos del espacio, buscar lo desconocido y desentrañar sus misterios, viajar allá donde ningún hombre ha ido antes”. Esta no es la entradilla de la famosa serie de televisión Star Trek, sino la que aparecía en el primer número de su comic book, publicado –de nuevo– por Gold Key a partir de julio de 1967.

Los primeros comic books de Star Trek se servían de fotos de la serie para componer sus portadas y de los actores para abrir los episodios. En el primer número, junto a una foto de un perplejo William Shatner se había colocado un texto que describía a Kirk como “un hombre de excepcional carácter y habilidad. Cuenta con la lealtad y confianza de toda la tripulación. Le seguirían de buen grado hasta el fin del universo. Y puede que sea allí donde tengan que ir antes de que su misión haya finalizado”.

Uno de los factores para el éxito de Star Trek fueron, sin duda, sus personajes principales: el capitán Kirk, el señor Spock y el doctor McCoy. Aquellos cómics intentaron de trasladar a las historias sus personalidades y dinámicas. Cuando Kirk regresa a bordo de la Enterprise habiendo dejado al mando a Spock, su primer oficial le dice con sorna: “De hecho, Jim, me gusta tanto ser el capitán que puede que no te devuelva el mando”. Pero, como nos dice el texto inmediatamente, el lógico vulcano añade serenamente mientras un asteroide se acerca como un rayo a la nave: “¡Pero será sólo teoría si no salimos pronto de su alcance!”

En su mayor parte, sin embargo, las historias de los cómics nunca tuvieron la oportunidad de perfilar como se merecían a los hombres y mujeres de la Enterprise. Sulu y Chekov era prácticamente intercambiables; Scotty y McCoy desempeñaban papeles insignificantes y la teniente Uhura, una de las primeras mujeres negras en aparecer regularmente en una serie de TV a color, fue coloreada “blanca” hasta mediados de los setenta.

El primer número de los cómics de Star Trek apareció en verano de 1967 y el segundo casi un año más tarde. Lo cierto es que la serie de televisión distaba de ser un éxito y desde el final de la primera temporada estuvo al borde de la cancelación. No sería hasta mediados de 1969, después de que la serie fuera efectivamente cancelada, que en su cuarto número el cómic pasó a tener una cadencia bimensual. ¿Por qué sobrevivió? Pues porque en su corto recorrido, Star Trek había conseguido reunir en torno a sí un sólido núcleo de fans que, al quedarse sin el programa, se volcaron sobre las novelas y los comic books ansiosos por devorar nuevas historias de sus personajes favoritos. Gold Key continuó publicando los comic books de Kirk y compañía de forma ininterrumpida hasta 1979, lanzando además diversas compilaciones a mediados de esa década.

Hubo otros comic books que ya en los setenta siguieron la misma política de no inventar nada sino aprovecharse del éxito, demostrado o esperado, de programas de televisión: Espacio: 1999 (1975), La fuga de Logan (1977), Battlestar Galactica (1979) o Buck Rogers (1979).

Independientemente de su popularidad, los comics de ciencia ficción basados en series televisivas son a menudo productos derivados en los que los autores tienen muy poca libertad. Y en el caso de Star Trek, además, se añadía el inconveniente de que no había forma de trasladar a las viñetas los matices y encanto de la interacción personal entre los protagonistas, por no hablar de los largos diálogos y la sofisticación de algunos argumentos. Marv Wolfman, guionista y antiguo editor de los cómics de Star Trek, lo resumía perfectamente: “Nunca vamos a ser tan buenos como el programa de la televisión, porque no tenemos a los actores pronunciando sus diálogos, incluso aun cuando tuviéramos mejores guiones, que es posible pero no probable. Lo que tratamos de hacer, sin embargo, es sacar ventaja de un formato que se publica todos los meses. Estamos haciendo historias que van apoyándose unas en otras, que tienen continuidad, que desarrollan la leyenda de Star Trek, historias que no tienen que estructurarse en cuatro actos”.

Aunque con total seguridad no habrían existido comic books de Star Trek sin la serie televisiva, es asimismo probable que tampoco hubiera existido ésta sin que cómics pioneros como Buck Rogers o Flash Gordon hicieran de la ciencia ficción un género popular leído por millones de personas.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".