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«La cosa» (1982), de John Carpenter

John Carpenter comenzó a llamar la atención de los fans en 1974 con Estrella oscura, una ingeniosa deconstrucción de Star Trek que realizó cuando aún era estudiante de la Escuela de Cine de la Universidad de California del Sur. Siguió una trayectoria ascendente con la policiaca Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976) y La noche de Halloween (1978), ésta última un resonante éxito que renovó el género de terror e impactó a todo aquel que la vio. Fue uno de los films independientes más exitosos jamás rodados hasta la fecha e iniciador del subgénero de grotescos asesinos en serie que tomaría por asalto las pantallas en la década de los ochenta.

Tras ese título, vendrían la historia de fantasmas La niebla (1980) y la aventura distópica 1997: Rescate en Nueva York (1981). Su siguiente proyecto fue La cosa, quizá su obra maestra. Aunque desde entonces sus películas han ofrecido grandes momentos, y en general, son bastante disfrutables, ninguna ha recuperado la inventiva e impacto de La cosa.

El personal estacionado en una base norteamericana en la Antártida ve interrumpidas sus actividades por la aparición de un helicóptero procedente de una cercana base noruega que intenta abatir a tiros a un perro husky. Antes de que puedan conseguirlo, los tripulantes del aparato provocan accidentalmente una explosión con una granada y mueren. Los americanos, perplejos por lo sucedido, adoptan al perro y le permiten entrar en la base, sin sospechar su verdadera naturaleza.

Mientras tanto, el piloto MacReady (Kurt Russell) y otros compañeros se trasladan en helicóptero a la base noruega y descubren que todos han muerto. También se enteran de que éstos habían encontrado una nave alienígena enterrada en el hielo, y que de su interior habían extraído una criatura deforme. cuyo cadáver trasladan a su base para estudiarlo.

Durante la noche, se hace dolorosamente claro que una forma de vida alienígena se ha infiltrado en las instalaciones, infectando otros organismos y adoptando su forma. Pronto, empieza a duplicar y reemplazar a los hombres de la base, dando comienzo una carrera por la supervivencia en la que la tensión y la paranoia no hacen más que aumentar. Ya nadie puede estar seguro, no sólo de si sus compañeros son aún humanos, sino de si él mismo lo sigue siendo. MacReady se erige como líder de lo que cada vez más se parece a una caza de brujas.

La cosa se adscribe a la floreciente moda que en los ochenta favoreció la producción de remakes de películas de ciencia ficción de los cincuenta. Muchos eran los directores que habían pasado su infancia viendo aquellas películas y que ahora deseaban recuperarlas para una nueva audiencia disfrutando de un mayor presupuesto y mejores efectos especiales. En concreto, Carpenter se fijó en El enigma de otro mundo (1951), el primer film de invasiones alienígenas de la Guerra Fría. El reciente éxito de Alien: El octavo pasajero marcó el camino a seguir en cuanto al tipo de personajes que debían utilizarse: un puñado de individuos cínicos, descontentos y egoístas, cuyas filas empezaban a menguar conforme el alienígena los cazaba.

Ahora bien, en honor a la verdad hay que decir que La cosa no es un remake de una antigua película de serie B, sino una nueva versión del relato original en que se basó aquella: “¿Quién hay ahí?” (1938), escrito por John W.Campbell Jr.

Campbell es una de las figuras más importantes de la historia de la ciencia ficción, no tanto como escritor, sino en su faceta de inteligente editor. Ocupó ese puesto en Astounding Science Fiction (más tarde rebautizada Analog) de 1939 a 1971 y fue el descubridor e impulsor de muchos de los principales escritores de lo que se ha dado en llamar “Edad de Oro de la Ciencia Ficción”. Renovó el género, lo llevó a la madurez y supervisó la creación y publicación de algunas de sus mejores historias.

“¿Quién hay ahí?” fue el clímax y casi el punto final de su trayectoria como escritor antes de centrarse exclusivamente en las labores editoriales. Pero su traslación inicial a la pantalla como El enigma de otro mundo distó mucho de respetar lo que hacía grande a esa historia, conservando sólo su esquema básico: una base en zonas polares y un grupo de humanos atrapados y acechados por un alienígena hostil. En cambio, descartó la capacidad metamórfica del extraterrestre y la paranoia que cundía entre los científicos acosados por él.

Carpenter y el guionista Bill Lancaster (hijo de Burt Lancaster) conservaron algunas referencias directas a ese primer film, como la cinta de video encontrada en la base noruega que muestra a los hombres tomados de la mano rodeando la silueta de la nave sepultada en el hielo. Pero en lo demás Carpenter y Lancaster se mantuvieron fieles a la obra de Campbell y, de hecho, las únicas desviaciones respecto a la misma son la adición de los noruegos persiguiendo al perro al principio y un final más pesimista (mientras que Campbell hacía que los hombres derrotaran al alien, Carpenter opta por una conclusión más ambigua). También el enfoque varía, probablemente para mejor: la novela se centra en un grupo de hombres de acción tratando de utilizar la lógica y la ciencia para detectar al alienígena, mientras que la película ahonda en el miedo y la paranoia que sienten unos individuos corrientes, y subraya lo inhumano de la naturaleza de ese ser extraterrestre.

El que la historia de Campbell pueda ser susceptible de diferentes interpretaciones y enfoques sin variar su contenido esencial es lo que la convierte en una obra capaz de saltar más allá de su tiempo. La versión cinematográfica de los años cincuenta es vista por muchos como una alegoría del peligro “rojo” en su forma de infiltración en la armoniosa y ejemplar sociedad norteamericana (personalmente, soy cauteloso respecto a este tipo de intencionalidad política, dado que no existe alguna declaración de los creadores en este sentido). Pero en los ochenta, tras dos guerras (Corea y Vietnam), un magnicidio (Kennedy), un gran escándalo político (Watergate), una crisis económica mundial (la del petróleo en 1973) y el fracaso del ideario de los movimientos juveniles de los sesenta, la historia de Campbell se aborda desde una óptica mucho más oscura y pesimista. Así, La cosa es tanto una película que combina ciencia ficción y terror como una crítica al aislacionismo cultural norteamericano. Sobre todo, se trata de un agudo estudio del comportamiento colectivo de un grupo expuesto a una situación límite, que expone cómo la tensión rompe la cohesión del mismo, despertando una irracionalidad que nos puede llegar a cometer actos verdaderamente “inhumanos”.

Lo que resulta interesante de ambas adaptaciones es cómo sus respectivos directores supieron distraer la atención de los fallos de sus respectivas películas. La versión de los 50 escondió sus cutres efectos y bajo presupuesto tras sus personajes y el suspense de su historia; la de los ochenta ocultó sus personajes insulsos e historia ya poco original con su presupuesto de serie A y efectos especiales. Al final, ambas opciones funcionaron muy bien. Pero incluso aunque ambas cuentan la misma historia, no pueden ser más diferentes en cómo la hacen funcionar. Es lo que significan treinta años de diferencia, tanto en tecnología cinematográfica como en gustos populares.

He dicho que los personajes eran insulsos. Ninguno de ellos resulta verdaderamente memorable y MacReady no es más que el típico líder duro de tantas películas: adusto, con recursos, despiadado cuando hace falta y sensible si el guión lo requiere, que sabe siempre lo que hay que hacer, que controla su miedo y hace lo necesario para cumplir su misión. Si MacReady carece de facetas, aún menos tienen sus comparsas, meros peones utilitarios, cuyas predecibles muertes no importan a nadie más allá de la curiosidad por saber de qué repugnante manera serán escenificadas. A diferencia de Howard Hawks y sus ayudantes, que eran novatos en el género allá en los cincuenta, Carpenter ya era perro viejo en el fantástico y estaba satisfecho trabajando de acuerdo a lo que los fans esperaban de él.

La sensación de aislamiento, de estar rodeado por una naturaleza hostil, viene reforzada por el reparto exclusivamente masculino (no hay ni una sola mujer presente, contrastando con la soltura con la que Carpenter dirigió a sus ninfas en La noche de Halloween) y la fotografía de Dean Cundey, en la que dominaban los blancos azulados y que daba al film una pátina de deprimente desolación. La cosa fue la cuarta colaboración entre Carpenter y Cundey tras La noche de Halloween, La niebla y 1997: Rescate en Nueva York –esta última también protagonizada por Russell‒, pero fue la participación del gurú de los efectos especiales Rob Bottin lo que verdaderamente le dio a la película un toque distintivo.

La cosa fue quizá la mejor representante de la moda que nació en el cine fantástico de los ochenta por los efectos que reproducían transformaciones físicas desagradables. Había empezado con dos éxitos gemelos, relacionados con licántropos: Aullidos (1981), de Joe Dante, y Un hombre lobo americano en Londres (1981), de John Landis. En ambas aparecían metamorfosis de hombre a hombre lobo que mostraban con impactante detalle el crecimiento de pelo, hocico y dientes. John Carpenter contrató a Rob Bottin, el genio de 21 años que había creado las transformaciones de Aullidos, para que diseñara los efectos de La cosa.

En la película original, El enigma de otro mundo, el alienígena no era más que un tipo grandote (James Arness) con la cabeza rapada y vestido con un traje de goma que le daba una vaga imagen a lo monstruo de Frankenstein. Además, todas las muertes sucedían fuera de cámara. Treinta años después, esa solución no asustaría a nadie y se le indicó a Bottin que diseñara algo nuevo, más visceral e inhumano. El resultado fue algo extravagante, pero perfectamente adecuado al tema y argumento de la película: un engendro parido por los efectos especiales y bañado en sangre y carnaza que hubiera sido inadmisible treinta años atrás.

De hecho, Bottin consiguió que los espectadores se quedaran pegados a las butacas con unos efectos y maquillaje que recordaban a las pesadillas más enloquecidas de El Bosco o H.R. Giger: el cuerpo de un perro revienta, descubriendo una masa de carne tentacular que atrapa a otros perros para acercarlos a sus fauces. La cabeza de un hombre poseído se parte en dos. Otro, infectado también por el alienígena, hunde sus dedos bajo la cara de un compañero pudiéndose ver cómo los mueve bajo la piel… En la escena más impactante, le vuelan la cabeza a una criatura grotesca que luego saca de su cuerpo una especie de lengua, la enrolla a la pata de una silla y la utiliza para arrastrarse a cubierto antes de que de ella surjan una especie de patas de araña que le permiten salir de la habitación corriendo.

En una época en la que aún nadie soñaba con efectos digitales, Bottin marcó un hito en el cine fantástico con sus realistas muñecos, repletos de vísceras y sangre. Tanta fue su dedicación, que tras trabajar durante un año sin descanso, siete días a la semana, hubo de ingresar en un hospital por agotamiento en cuanto terminó la posproducción del film.

La cosa es un extraño caso de película generalmente considerada como pobre en el sentido cinematográfico –argumento lineal, música simple, montaje a veces confuso, caracterización mínima‒ que, sin embargo, todo el mundo coincide en alabar. En cierto sentido, no es tan diferente de Viernes 13 (1980) y sus secuelas e imitadoras: un grupo de víctimas más bien anónimas, que son despachadas consecutivamente con abundante sangre. A pesar de lo pobremente que están perfilados los personajes –que eran más numerosos y estaban retratados con mayor profundidad en la obra de Campbell‒, Carpenter sabe construir una intensa atmósfera de tensión y paranoia equivalente a la que podemos ver en otro clásico, La invasión de los ladrones de cuerpos (1956). La escena del análisis de sangre, por ejemplo, es una obra maestra del suspense. Aunque los personajes sean escasamente memorables, el director sí sabe manejarlos con total convicción como grupo atenazado por el miedo, la desconfianza y la irracionalidad (y ello a pesar de que el guión –o el montaje‒ descuide la continuidad en varios momentos de la historia, y no resulte fácil rastrear y descubrir quién ha sido poseído por el alienígena).

Desde su estreno, La cosa fue acumulando estatus de película de culto. Sorprendentemente, no obtuvo gran éxito cuando se estrenó. Posiblemente el problema fue que aquel año nadie pudo competir con E.T. El extraterrestre y su cálida visión de la amistad interplanetaria. La cinta de Spielberg, estrenada dos semanas antes que la de Carpenter, se convirtió en la película más taquillera de la historia, impidiendo que nadie se fijase demasiado en otras interesantes propuestas de ciencia ficción que se estrenaron a su sombra. Además, se la comparó desfavorablemente con su predecesora, El enigma de otro mundo, que para entonces ya era considerada como un clásico intocable, o incluso con Alien. Para colmo y como muestra de la miopía de los críticos y la falta de perspectiva con la que lanzan sus comentarios, La cosa recibió un abundante número de opiniones negativas que acusaban a Carpenter de haber perdido la cabeza y no haber rodado más que un escaparate de efectos especiales y gore. Sin duda, la visceralidad de Rob Bottin fue demasiado para ellos en ese momento, aunque los espectadores no tardarían en irse acostumbrando a ella a lo largo de la década conforme más y más películas siguieran su estela.

A lo largo de las tres décadas siguientes a su estreno, hubo rumores esporádicos de una secuela, mencionando a menudo a Rob Bottin como posible director. Finalmente, en 2011, llegó no una secuela, sino una precuela que narraba los acontecimientos que desembocaban en el comienzo de la de Carpenter. De ella hablaremos en otra ocasión.

La idea de una criatura metamorfa se usó desde entonces en otros films, como por ejemplo el remake de The Blob (1988), Leviatán: El demonio del abismo (1989), Proteus (1995) o Harbinger Down (2015). Otras cintas han tomado para sus historias el concepto de un grupo de personas enfrentadas a una amenaza en una base remota, como Alien Hunter (2003), The Last Winter (2006), El infierno bajo tierra (2009), Deshielo (2009) o el episodio “Hielo” de Expediente X (1993).

La editorial Dark Horse publicó varias miniseries de cómic basadas en las ideas de la película, y muchas otras cintas y episodios de TV han rendido homenaje a La cosa o han tomado prestados algunos de sus hallazgos.

El paso del tiempo ha permitido apreciar debidamente sus méritos y hoy, como su predecesora El enigma de otro mundo, La cosa está considerada como un clásico del cine híbrido de ciencia ficción y terror que, independientemente de su calidad cinematográfica, cumple todos sus objetivos: entretener, provocar el suspense, aterrorizar y plantear un interesante thriller psicológico.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".