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La ciencia ficción de Stanley G. Weinbaum (1902-1935)

Las primeras revistas pulp de ciencia ficción sufrían una dicotomía que lastraba sus resultados artísticos. Por una parte, algunos autores y editores ponían un énfasis en exceso pretencioso en el didactismo científico, y el resultado era una ficción estilísticamente floja, deslavazada y marcada por un continuo deseo de provocar el asombro mediante la introducción de tecnología y entornos imposibles. Por otra, escritores que tejían relatos de aventuras planetarias o galácticas de corte romántico, cargados de tópicos y totalmente previsibles.

Había una tercera vía, pero exigía valentía y talento a partes iguales. Valentía para adentrarse en los terrenos menos transitados; y talento para violar las convenciones reinantes respecto a personajes y tramas aprovechando la libertad que a menudo dejaban las revistas pulp siempre y cuando el autor invocara imágenes de tecnología futurista. Stanley G. Weinbaum fue uno de ellos.

Dice Asimov en su introducción a la antología The Best of Stanley G. Weinbaum (1974) que en los años previos a la Edad Dorada de la Ciencia ficción (canónicamente inaugurada en 1938), hubo dos autores norteamericanos clave que actuaron como estimulante inspiración para los escritores noveles que se abrían paso en el competitivo mundo de las revistas pulp. Ambos eran ya maduros cuando comenzaron a escribir ciencia ficción, ambos habían desempeñado oficios diferentes al de escritor y ambos son todavía recordados con cariño por los aficionados.

El primero fue E.E. Doc Smith, cuyas space operas de escala cósmica (La Alondra del Espacio, Los Hombres de la Lente) llevaron el romance espacial a alturas hasta entonces desconocidas: conflictos galácticos, superarmas, inmensas batallas con alienígenas, héroes cuasidivinos y villanos perversos inauguraron un nuevo subgénero cuya vigencia aún permanece. El otro fue Robert A. Heinlein, y aunque su éxito no fue quizá tan instantáneo como el de Smith, la originalidad, calidad y verosimilitud de sus relatos le granjearon pronto y para siempre el título de maestro.

Pero hay un tercer nombre, cuenta Asimov, que ejerció una influencia similar. Lo único que impidió que el nombre de Stanley G. Weinbaum fuera más recordado por futuras generaciones de lectores fue su temprana muerte y la brevedad de su obra.

Weinbaum nació en 1902 y su interés por la ciencia ficción se despertó a temprana edad: a los quince años publicó en el diario escolar un relato titulado The Lost Battle, en el que preveía que la Primera Guerra Mundial llegaría a su fin en 1921. Sin embargo, su carrera profesional no se inició hasta la década de los treinta, cuando vendió bajo seudónimo femenino una novela romántica, The Lady Dances (1934). En realidad, escribió aquella obra tras haber visto rechazada otra de ciencia ficción, The Mad Brain. Entretanto, formó parte de los Ficcionarios de Milwaukee, un grupo de escritores aficionados entre los que figuraban Robert Bloch, Ralph Milne Farley o Raymond A. Palmer.

Por fin, en el número 6 de julio de 1934 de la cabecera Wonder Stories, apareció su primer relato de ciencia ficción: «Una odisea marciana» («A Martian Odyssey»)… y lo cambió todo. Se hizo inmensamente popular desde el momento de su publicación, ha sido reeditada docenas de veces en antologías, sólo superada por Anochecer (Isaac Asimov, 1941) como favorita entre los cuentos de ciencia ficción. Se trata, además, de la única historia corta de los años treinta votada para figurar en el Science Fiction Hall of Fame por los Escritores de ciencia ficción de América, la organización que agrupa a los profesionales del género. Así, ¿qué tiene de especial «Una odisea marciana»?

Quien no sea lector habitual de ciencia ficción o esté acostumbrado a estilos literariamente más pulidos, puede que no entienda el por qué de tantos elogios. El estilo y caracterización de Weinbaum, aunque brillante, fluido y fresco cuando se comparaba con lo que habitualmente ofrecía la revista Wonder Stories, parece hoy algo inmaduro. Por otra parte, el Marte que describe, con sus áridos barrancos y sus desiertos multicolores, no se aleja mucho del Barsoom de John Carter. La diferencia hay que buscarla en otra parte: en su biología y su cultura.

Hasta que llegó Weinbaum, el tipo de extraterrestres que podía esperar encontrarse el lector de ciencia ficción en un relato cualquiera se reducía a dos: los humanoides (aunque fueran tan grotescos como Thar Tharkas, el compañero de aventuras de John Carter) o los monstruos (normalmente, además de desagradables, muy malos). Weinbaum, al imaginar en «Una odisea marciana» al estrafalario Twell, que disfruta saltando por el aire y clavándose en el suelo con su pico pero cuyo intelecto es tan bueno como el del protagonista, se alejó totalmente de los estereotipos marcianos de Burroughs o Wells. En un entorno tan racista como el de los años treinta, crear una nueva categoría de ser alienígena, extraño en sus reacciones, con procesos mentales incomprensibles, pero claramente inteligente y amistoso, no fue un logro menor.

«Una odisea marciana» nos cuenta las peripecias de Jarvis, un astronauta miembro de la primera expedición terrestre a Marte. Cuando la lanzadera en la que viaja por el planeta en misión exploratoria se estrella, debe regresar a pie a la nave nodriza. En el transcurso de ese viaje entrará en contacto con extrañas formas de vida, como el mencionado Twell, algunas inteligentes, otras no, pero siempre claramente no-humanas en su comportamiento. Pese a las especulaciones que sus compañeros hacen sobre la naturaleza de esas criaturas al escuchar el relato de Jarvis, aquéllas son claramente inaplicables.

La experiencia de un terrícola humano es completamente insuficiente a la hora de entender la evolución y adaptación de criaturas nacidas en otro planeta con condiciones radicalmente diferentes a las de la Tierra. La aventura marciana de esos astronautas continuó en otro cuento, «Valley of Dreams» (Wonder Stories, 1934), esta vez con menos éxito.

Weinbaum siguió poblando otros planetas de nuestro sistema con extrañas ecologías e inteligencias no humanas y exóticas, como en su saga de Oscar, la planta-filósofa de Venus que aparecía en el excelente relato «Lotófagos» («The Lotus Eaters», Astounding Stories, 1935). En él se presenta a una pareja de astronautas que han aterrizado en Venus para explorarlo. Allí se topan con un extraño ecosistema en el que destacan unos seres vegetales extraordinariamente inteligentes, pero cuya actitud vital, fisiología y entorno son tan distintos de los nuestros que el lector no puede por menos de sentir intriga primero y sorpresa después.

«La luna loca» («The Mad Moon», Astounding Stories, 1935) describe la estrafalaria y surrealista fauna de Io, la luna de Júpiter. Planteamientos similares encontramos en «Vuelo sobre Titán» («Flight on Titan», Astounding Stories, 1935) y «Planeta parásito» («Parasite Planet», Astounding Stories, 1935).

La idea básica triunfó hasta tal punto e influyó en tantos escritores que, como uno de ellos, John Russell Fearn, confesó años más tarde, «todo el mundo imitaba a Weinbaum y el editor estaba harto». A esas nuevas razas de seres racionales les acompañaban curiosas floras y faunas que no se parecían a nada de lo que hubiera en la Tierra: «Cristales espinosos y cactiformes, brillando con su propia luminiscencia interior, le rodeaban con una altura hasta su pecho y cubriendo el suelo de la grieta como una maraña de joyas grotescas. Se rompían con sonidos frágiles y tintineantes a medida que él se abría paso entre ellos. Largas, delgadas y peludas secciones palpaban la oscuridad y le tocaban de una forma mitad hambrienta mitad inquisitiva».

Weinbaum propuso aventuras asombrosas que despertaban el sentido de la maravilla tanto como las que más, pero lo hizo respetando ciertas líneas «científicas» y optando por escenarios menos convencionales. A diferencia de muchos de sus colegas de la época, él contaba con formación científica (aunque no llegó a graduarse, cursó dos años de ingeniería química en la Universidad de Wisconsin) y procuró ambientar sus relatos en lo que entonces se consideraba la parte potencialmente más habitable de nuestro sistema solar: los satélites de Júpiter, las selvas de Venus (entonces aún se imaginaba como un planeta húmedo y exuberante) o las desérticas planicies de Marte.

Además, en contraste con la irrealidad y fantasía que rodeaba a los héroes de las space operas y romances planetarios, Weinbaum opta por reflejar el aspecto menos glamoroso del viaje espacial. En «Una odisea marciana», por ejemplo, los astronautas (miembros de una expedición multinacional y no sólo americanos) arriesgan el equipo y la vida para recuperar unas grabaciones cuya exhibición en los cines de la Tierra servirán para cubrir los gastos de la expedición.

En «Redemption Cairn» (Astounding, 1936) se describe la peculiar y aburrida vida de los pilotos de naves espaciales; la situación laboral del minero autónomo en «La luna loca» es bien poco inspiradora…

Entre sus otros relatos podemos encontrar una temprana especulación sobre la ingeniería genética ‒»La Isla de Proteo» («Proteus Island», Astounding, 1936)­‒, superhumanos ­‒»Máxima adaptabilidad» («The Adaptive Ultimate», Astounding, 1935), «El Nuevo Adán» («The New Adam», Ziff-Davis, 1939))­‒, catástrofes apocalípticas ‒»Mares cambiantes» («Shifting Seas», 1937)‒ y el ciclo humorístico del excéntrico profesor Manderpootz ‒»Los mundos Sí» («The Worlds of If», 1935), «El Ideal» («The Ideal», 1935) y «El punto de vista» («The Point of View», 1936)‒, en el que que mezcla inventos maravillosamente imposibles con las paradojas que provocan.

Weinbaum fue, pues, un autor que se alejó de las fórmulas y estereotipos en mucha mayor medida que sus colegas de profesión, la gran excepción al tono arcaizante y occidentalizante de la frontera espacial en la ciencia ficción pulp de los años de la Depresión.

Por desgracia, falleció de cáncer de garganta en diciembre de 1935, tan solo un año y medio después de empezar a publicar sus relatos. Su carrera fue tempranamente truncada antes de que siquiera pudiera ampliar y refinar su talento.

Pero su legado le sobrevivió. Fantastic Adventures, una publicación hermana de Amazing Stories inaugurada en mayo de 1939, mostraba en su primera contraportada un hombre de Marte, tan «extraterrestre» como el veterano Frank R. Paul podía dibujarlo. En las contraportadas de números subsiguientes y dentro de la serie de ilustraciones Vida en otros mundos, Paul iría imaginando criaturas de Venus, Mercurio, Saturno, Neptuno, las lunas de Júpiter, etc. No se trataba ya de amenazadores monstruos dedicados a perseguir atractivas jovencitas (como sí ofrecían las portadas de esa misma revista) ni variaciones del tema «cowboys contra indios». En su lugar, se trataba de situaciones de «primer contacto», con un terrícola en traje espacial descendiendo a la superficie de un planeta para ofrecer su amistad a los alienígenas locales, o abocetando en el suelo las órbitas planetarias concéntricas de nuestro sistema y situando una piedra para indicar el planeta del que procedía. No es casualidad que aquel mismo año la labor de Paul fuera reconocida por los aficionados eligiéndolo invitado de honor en la primera World Science Fiction Convention.

A comienzos de los cuarenta, sin embargo, las revistas siguieron publicando de vez en cuando el tipo de relatos inspirados por Weinbaum, aunque de forma mucho más esporádica de lo que cabría imaginar habida cuenta de la moda que llegó a inspirar tan solo unos años antes. Una de las razones de ese cambio fue la decisión de los editores, que exigían a sus autores historias más ancladas en la Tierra y con menor presencia de alienígenas (aunque estos gozaron de mayor apreciación por parte de los lectores durante años).

Con todo, Weinbaum fue uno de los escritores más influyentes del género en su etapa anterior a la eclosión de la revista Astounding Science Fiction en 1938. Asimov así lo reconoce: «¿Y qué habría ocurrido si Weinbaum hubiese vivido? (…) ¿Y si hubiese permanecido, a lo largo de los años, en las revistas de ciencia ficción como lo han hecho otros grandes talentos como Arthur C. Clarke, Poul Anderson e incluso Robert A. Heinlein? En ese caso, creo que nunca habría habido una Era de Campbell. En 1938, cuando John W. Campbell asumió el control completo de Astounding, orientó el género hacia un realismo mayor y, al mismo tiempo, hacia un humanismo mayor (…). Con ello, promovió a una serie de autores, incluyendo a Heinlein, Van Vogt y a muchos otros, entre ellos yo mismo. Pero Weinbaum era un ‘autor Campbell‘ antes de Campbell. Si Weinbaum hubiese continuado escribiendo, no habría habido ninguna revolución Campbell. Campbell se habría limitado a reforzar lo que indudablemente habría terminado llamándose la «revolución Weinbaum». Y a la sombra gigantesca de Weinbaum, todos los autores Campbell se habrían encontrado en pedestales menos notables. Si Weinbaum estuviese vivo ahora (…), seguramente ocuparía el primer lugar en la lista de los escritores de ciencia ficción favoritos de todos los tiempos».

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".