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«Adam Strange» (1958). de Julius Schwartz

Viajemos en el tiempo y el espacio hasta el año 1957. El lugar: una sala de reuniones en National Periodical Publications, más conocida hoy como DC Comics. Allí, un grupo de editores deciden la creación de dos nuevas series de ciencia ficción que debutarían en uno de los títulos genéricos de la casa, Showcase. Una de ellas narraría las aventuras de un luchador contra el crimen del futuro; la otra seguiría las peripecias de un hombre contemporáneo arrastrado a las más increíbles aventuras en otro planeta.

El desarrollo de la primera de esas ideas recayó en el veterano editor Jack Schiff, quien lo convertiría en Space Ranger, básicamente un justiciero enmascarado en un tiempo futuro. Naturalmente, tenía una identidad secreta (el hombre de negocios Rick Starr, hijo del fundador de Empresas Solares Unidas), un inteligente y leal ayudante (Cryll, un metamorfo alienígena), una novia (su secretaria Myra Mason), un cuartel general secreto (en el interior de un asteroide entre Marte y Júpiter) y una pintoresca galería de villanos.

En algunos aspectos, Space Ranger recogía los puntos principales preconizados por el gran editor del género, John W. Campbell, Jr: aventuras pensadas para no desentonar en una supuesta revista policiaca del futuro, casos que hubieran podido caer en las manos de Perry Mason o Nero Wolfe, los grandes detectives de ficción americanos de finales de los cincuenta.

Space Ranger obtuvo una cálida acogida desde su debut en Showcase nº 15 (julio de 1958) gracias a historias firmadas por Edmond Hamilton y Gardner Fox y dibujadas por Bob Brown. El personaje no tardó en ser trasladado a Tales to the Unexpected nº 40 (agosto de 1959), escrito allí por Arnold Drake, y luego a Mystery in Space (nº 92, 1965), donde se mantuvo hasta el nº 103 (julio de 1965), momento en el que su editor Julius Schwartz fue relevado de sus tareas en las colecciones de ciencia ficción de la casa para encargarse de los títulos de Batman.

El segundo concepto surgido en aquella reunión fue pulido por el propio Julius Schwartz, quien junto a Gardner Fox (creador de Flash y Hawkman), plagió u homenajeó (elíjase la palabra que mejor le parezca a cada cual) los relatos de John Carter escritos por Edgar Rice Burroughs. En una entrevista de 1984, Fox declaró: «Supongo que John Carter estaba en mi subconsciente. Tenías que dar con alguna forma interesante de trasladar al personaje desde la Tierra al planeta Rann antes siquiera de comenzar a trabajar el argumento».

De hecho, de las docenas de series en las que participó Gardner Fox en aquellos años, Adam Strange fue siempre una de sus favoritas. Y ello tuvo su reflejo en la respuesta de los aficionados. Las aventuras del primer Hombre del Espacio de la Tierra, un involuntario visitante del lejano planeta Rann, el maravilloso mundo de cielos verdes en el que, siguiendo la más genuina tradición pulp, la ciencia más avanzada coexistía con el salvajismo más primitivo, sedujo a miles de lectores, que acabaron admirando a Adam por su ingenio y envidiando su historia de amor con la encantadora Alanna de Ranagar.

Así que, siguiendo esa premisa, Schwartz y Fox trazaron el argumento de las tres primeras historias del personaje, se las pasaron a los artistas Mike Sekowsky, Bernard Sachs y Joe Giella, las publicaron entre los números 17 y 19 (noviembre de 1958-enero de 1959) y esperaron a la respuesta de los lectores. Las primeras dos entregas estaban encabezadas con el título Aventuras en otros mundos, pero ya la tercera utilizó el nombre de Adam Strange.

Mientras explora la ciudad inca de Caramanga, en los Andes peruanos, un rico arqueólogo americano llamado Adam Strange se encuentra perseguido por unos nativos. De repente, es trasladado al planeta alienígena Rann, en la órbita de Alfa Centauri, la estrella más cercana a nuestro sistema. Allí, Strange conoce a Sardath, el jefe científico de Rann, y gracias a él se entera de que ha sido transferido por medio de algo llamado Rayo Zeta, un invento ideado con la intención de comunicarse con la Tierra que, de forma inesperada, ha resultado ser un sistema de transporte interestelar. También conoce a Alanna, la bella joven de pelo azul hija de Sardath. Los tres unen fuerzas para derrotar a unos invasores alienígenas conocidos como Eternos. Aunque no tiene superpoderes, el científico terrestre recibe una mochila cohete que le permite volar y una pistola de rayos.

El ataque es rechazado y cuando Adam y Alanna comienzan a intimar, es súbitamente transportado de vuelta a la Tierra. Sin embargo, esta vez contaría con un calendario de fechas y localizaciones en las que podría aprovecharse de ese fenómeno y regresar a Rann aunque siempre temporalmente. A menudo tendría problemas para acceder a esos lugares, normalmente de interés arqueológico o natural. Al volver a la Tierra se materializaba en cualquier parte del hemisferio austral, ya que Alfa Centauri sólo puede verse desde allí.

La mayoría de las historias de Adam Strange comenzaban en la Tierra. Lo veíamos realizando cálculos matemáticos para determinar el punto y momento precisos de incidencia del Rayo Zeta. Luego, sería transportado a las cercanías de la mayor ciudad de Rann, Ranagar, donde Alanna lo recibía poniéndolo al día de los acontecimientos sucedidos en su ausencia. Entre ellos se contaría alguna nueva amenaza planetaria que los ranarianos se veían incapaces de combatir. Adam y Alanna se enfrentaban al peligro y el primero terminaba hallando alguna solución pseudocientífica al problema, ejecutándola él mismo o dirigiendo con tal fin a los ranarianos.

De forma impredecible, pero siempre a tiempo para interrumpir una escena romántica entre Adam y Alanna, el Rayo Zeta lo devolvería a la Tierra. Cualquier herida sufrida en Rann se curaría en el proceso, regresando a nuestro planeta exactamente en el mismo estado físico que tenía cuando lo había abandonado.

Estrictamente hablando, Adam Strange se ajustaba más al perfil de aventurero que al de un personaje de ciencia ficción. No era Buck Rogers, no comandaba ninguna nave en exploraciones espaciales…Su papel era el de protector planetario, una especie de superhéroe científico. Era más duro y valiente que los ranianos, capaz de arrostrar cualquier peligro armado tan solo con su pistola de rayos. En último término, encarnaba la idea de la libertad, con su elegante silueta volando por los cielos merced a su mochila-cohete. Disfrutaba de la belleza de la ciudad de Ranagar y su avanzada tecnología; pero siempre parecía hallarse algo desplazado en ese ambiente un tanto irreal, paradisiaco.

Ya comentamos en otra entrada que el punto fuerte de Gardner Fox no era la caracterización, y Adam Strange no fue una excepción. En más de medio centenar de historias no encontramos más personajes secundarios que el padre de Alanna, Sardath; los habitantes del planeta son meros figurines sin nombre –a menos, claro, que vayan a revelarse como el villano de turno–. Lo que los lectores siempre recordaban de aquellas aventuras era la intensa relación de la pareja protagonista y los inteligentes argumentos.

Adam Strange, como muchas otras narraciones en la historia de la literatura, nos cuenta las peripecias de un extranjero en una tierra desconocida para él pero que adopta como suya, se enamora de una de sus habitantes y se convierte en su campeón, salvando a su mundo adoptivo de los más variados peligros. Sí, es la historia de John Carter, pero también la de Moisés.

Es el propio Adam el que marca la diferencia. En los cómics de ciencia ficción anteriores, como Buck Rogers o Flash Gordon, los personajes se dividían en dos categorías: los hombres de acción y los hombres de ciencia. Buck y Flash pertenecían claramente a los primer grupo, dispuestos siempre a actuar primero y preguntar después, satisfechos de dejar que sus maduros aliados científicos, el Dr. Huer o Zarkov, se ocuparan del aspecto intelectual, siempre menos importante que el combate.

Adam Strange también tenía su propio consejero científico, Sardath, el padre de Alanna, pero el cerebro de la serie era él. Enfrentado siempre contra problemas científicos aparentemente insuperables o enemigos dotados de armamento más sofisticado o potente, su principal baza era su mente. Además, su amada era una competente y valiente luchadora, no una carga gimoteante con propensión a ser secuestrada. Los amantes combinaban sus cerebros, coraje y habilidad para resolver juntos las amenazas que continuamente se abatían sobre el planeta Rann.

La buena acogida de los lectores no le garantizó a Adam Strange su propia colección, pero sí la continuación de sus aventuras. Así, cinco meses después de su última aparición en Showcase (nº 19, marzo de 1959), Adam debutó en el título Mystery in Space (nº 53, agosto de 1959), ahora dibujado por Carmine Infantino. Meses después, el entintador Murphy Anderson se unió al equipo creativo. Por cierto, que fue Anderson quien diseñó originalmente el característico uniforme rojo del personaje. Su parecido con el de Buck Rogers no es casual: por aquellas fechas Anderson dibujaba las tiras diarias de prensa de este último.

Adam Strange se convirtió en la principal serie de Mystery in Space, el protagonista de la mayoría de sus portadas (aunque cada número contenía también historias de otros personajes) y uno de los héroes más populares de finales de los cincuenta.

En un episodio memorable, Adam Strange se encontraba con la Liga de la Justicia, convirtiéndose en el primer héroe que rechazó el honor de ser miembro de ese equipo. La historia, publicada en Mystery in Space nº 75 (mayo de 1962), fue en realidad consecuencia de un error en la continuidad del universo DC: Flash sugirió el nombre de Adam como miembro potencial durante una reunión de la Liga –a pesar de que uno y otros jamás habían cruzado previamente sus caminos–. Un avispado fan descubrió el gazapo y envío una carta a la editorial, obligando a Gardner Fox a escribir una historia en la que la Liga se desplazaba a Rann, siendo Adam quien les salva de las trampas dispuestas para ellos por el villano Kanjar Ro.

Aunque Infantino, el principal soporte gráfico de la Silver Age de DC, hizo su mejor trabajo en las páginas de Adam Strange y Flash, en el fondo no sentía afecto alguno por estos personajes. Años después confesaría: «Nunca me gustó dibujar a Batman. Es raro, pero aquellos personajes por los que soy más conocido nunca me gustaron. Adam Strange no me emocionaba, Flash era difícil y jamás me gustaron los westerns». Aun así, su profesionalidad se impuso y aunque no disfrutaba con ello, su trabajo para Adam Strange fue ejecutado con notable pericia. El entusiasmo desplegado por los lectores compensó la falta del suyo propio.

Desde Mystery in Space nº 69, la columna editorial Maravillas del Espacio, que hasta ese momento había estado dedicada a responder a preguntas científicas enviadas por los lectores, se destinó a publicar cartas comentando las series publicadas, especialmente Adam Strange . En el número 72, el título de la columna se cambió a Via Rocket Mail, y Julie Schwartz empezaría a regalar guiones y páginas originales a aquellos lectores que enviaran las mejores cartas. La mayor parte de las páginas originales de aquellos viejos cómics fueron destruidas; puede que en el momento Schwartz no se diera cuenta de ello, pero su iniciativa consiguió salvar muchas páginas de Adam Strange para las generaciones futuras.

Dado el éxito conseguido y el entusiasmo de todo el mundo –menos Infantino–, no había razones para pensar que Adam Strange y Mystery in Space no mantendrían la misma trayectoria indefinidamente. De hecho, en el número 87, Schwartz incorporó a sus páginas el personaje de Hawkman. Aunque su origen –en la encarnación de la la Silver Age– hundía sus raíces en la ciencia ficción (era un policía del planeta Thanagar enviado a la Tierra a capturar a un fugitivo y estudiar las técnicas criminológicas de nuestro planeta), la mayoría de sus aventuras estaban ambientadas en la Tierra contemporánea, a diferencia de las otras series de Mystery in Space, que transcurrían en el futuro. Quizá Julie solo quería darle una nueva oportunidad a Hawkman de ganar su propia cabecera; el personaje ya había tenido dos apariciones previas de tres números cada una, y no había obtenido éxito. Sea cual fuere la razón, Fox estaba encantado: tenía ahora en sus manos, en el mismo título, dos de sus series favoritas, creadas con veinte años de diferencia.

Otro ejemplo de que nadie pensaba que Schwartz y su equipo serían retirados de Mystery in Space es que Alanna recibió un nuevo uniforme en el nº 88, el tipo de innovación que no llevaría a cabo un creador a punto de dejar su trabajo.

Aunque Schwartz había escrito una nota de despedida a los lectores en Strange Adventures nº 163 (abril de 1964), el número correspondiente a ese mes de Mystery in Space, el 91, no registra nada parecido. Así, los lectores de esa colección se quedaron de una pieza al comprar el nº 92 y encontrarse con que Schwartz, Fox e Infantino habían desaparecido. Y aunque Adam Strange siguió siendo la estrella de la colección, en el fondo ya no era el mismo. No es que el nuevo equipo creativo, en principio, tuviera nada de malo (el editor Jack Schiff, el guionista Jerry Siegel –cocreador de Superman– y el dibujante Lee Elias), pero, inevitablemente, las cosas cambiaron.

Tras la salida de Hawkman de la colección (consiguió, por fin, título propio), Adam compartía protagonismo ahora con Space Ranger. Ambos, como dijimos, habían sido creados en mismo día, y ahora no sólo compartían el mismo título sino a veces la misma historia. Al final, ambos fueron expulsados del título por el grotesco Ultra el Multi–Alien en Mystery in Space nº 103 (julio de 1964), un militar mutado de tal forma que cada cuarta parte de su cuerpo adoptaba la forma de una especie extraterrestre diferente. Fue un intento de emular el éxito de otro extraño personaje de DC, Metamorfo, pero Ultra no contribuyó en nada a mejorar las ventas de la colección, que se desplomaban con rapidez. El número 110 (septiembre de 1966) fue el último del primer volumen de la serie.

La vida de este primer Adam Strange se extendió durante cinco años y medio. Entre los nombres que narraron sus aventuras estuvieron, además de los nombrados anteriormente, podemos citar a John Broome, France Herron, Denny O’Neil, Gil Kane o Sid Greene.

Con la marcha del editor Julius Schwartz, Adam Strange perdió su hogar en Mystery in Space, pero había demostrado ser capaz de ganarse el aprecio de los lectores, por lo que nunca llegó a desaparecer del todo. Se le vio como «estrella invitada», por ejemplo, en Hawkman nº 18 (febrero de 1967), en la historia titulada «El mundo que desapareció», escrito por Gardner Fox y dibujado por Murphy Anderson. En ella, Strange recibe en Rann a un Hawkman incapaz de encontrar su planeta natal, Thanagar. Además, Sardath inventa una máquina que permite a Adam permanecer indefinidamente en Rann en lugar de seguir sometido a los caprichos del Rayo Zeta. Este giro supuso un cambio sustancial respecto al planteamiento inicial del personaje.

Las apariciones subsiguientes de Adam fueron alejándose cada vez más de su origen de arqueólogo terrestre con una vida secreta como aventurero en Rann. El Rayo Zeta se convirtió en un medio de transporte más controlable, permitiendo al personaje pasar más tiempo en Rann y profundizando en su relación con Alanna. Sin tener que enfrentarse a una amenaza mensual, la vida de Adam en Rann se tranquilizó, se casó con Alanna y se acomodó en una vida doméstica sólo interrumpida por esporádicas intervenciones en otros títulos de la casa.

A finales de 1986, el guionista británico Alan Moore, llevó al personaje del que se encargaba entonces, La Cosa del Pantano, al espacio exterior, aprovechando esa nueva línea narrativa para redefinir algunos personajes de la casa, entre ellos Adam Strange, encontrando, mostrando y explicando algunas de las incongruencias que habían ido acumulándose en su trayectoria previa: ¿Por qué los ranianos eran incapaces de defenderse por sí solos a pesar de su avanzada tecnología? Después de todo, el arsenal de Adam era muy reducido y a menudo tenía que confiar en su propio ingenio y conocimiento científico. ¿Por qué el campeón de Rann tenía que ser humano? ¿Cómo era posible que un artefacto destinado a las telecomunicaciones transportara a Adam accidentalmente a Rann? ¿Y cuál era la verdadera naturaleza de la relación entre Adam y Alanna, hija del creador de ese artefacto?

Moore respondió con inteligencia y originalidad a esas cuestiones, pero mantuvo al héroe ignorante de las respuestas. Para los lectores, Adam resulta ser tanto un héroe como un peón involuntario de fuerzas que desconoce… La civilización raniana se había recuperado de los efectos de una guerra nuclear librada miles de años atrás, pero no había sucedido lo mismo con el planeta, cada vez más ahogado por el avance de los desiertos. La Cosa del Pantano terraforma en secreto una parte del planeta, pero deja el destino final de éste en manos de Adam y los ranianos. Éstos, por su parte, tienen un grave y secreto problema.

Adam Strange siempre había sido presentado como un gran héroe reverenciado por los agradecidos ranianos. Pero lo cierto es que muchos de ellos lo miran con resentimiento, como un alienígena advenedizo y protegido por Sardath. También critican el que Adam haya construido su fama sobre hazañas que la propia policía raniana podría haber culminado con éxito; sin embargo ésta nunca había sido recompensada por su coraje. La razón de todo ello es que los ranianos son una especie estéril a pesar de toda su tecnología, o quizá a causa de ella. Así, la verdadera misión de Adam, secreta incluso para él, es la de servir de semental, insuflar nueva virilidad a la sangre raniana. Salvaría al planeta después de todo, sí, pero no de la forma en que él –y los lectores– habían creído.

En 1990, treinta años después de su nacimiento, Adam Strange obtuvo, por fin, su primera serie, una colección de tres números en formato prestigio escrita por Richard Bruning, a la sazón director de diseño de DC a cargo de los recopilatorios de la casa, e ilustrado por Andy y Adam Kubert, conocidos únicamente entonces por ser los vástagos del gran Joe Kubert. La miniserie iba a titularse originalmente «La caída de Adam Strange», pero terminó llamándose, simple y aburridamente, Adam Strange . Eso sí, en su edición recopilada se denominó: El hombre de dos mundos, una frase que remitía a su etapa clásica.

Dicha ambivalencia, lo antiguo y lo moderno, se hallaba presente en otros elementos del cómic además del título. El estilo del guión y los cartuchos de texto propios de los cincuenta contrastaban con los elementos distópicos característicos de la ciencia ficción de los ochenta. En su introducción al volumen recopilatorio, Bruning afirmó haber compartido las ideas de Moore antes incluso de que la versión de éste último hubiera aparecido publicada. Sea cierto o no, la miniserie toma como punto de partida esos números de la Cosa del Pantano.

La historia comienza con Adam en la Tierra, arreglando sus asuntos y despidiéndose de su familia como paso previo a su definitivo establecimiento en Rann. Allí, sin embargo, las cosas distan mucho de ser idílicas. Alanna, embarazada, se entera de que el suyo es el primer bebé concebido en el planeta durante los últimos veinte años. Además, un grupo de ranianos resentidos con la celebridad acumulada por su marido, ha formado un grupo de resistencia.

Por fin, Strange llega a Rann merced al Rayo Zeta, pero en esta ocasión el viaje le ha causado unas extrañas alucinaciones que le llevan a atacar y herir a Sardath. El terrícola es reducido y abandonado en el desierto mientras Ranagar es víctima de ataques terroristas. Entra entonces en escena Delaken, un policía que rivaliza con Strange por los afectos de Alanna…

El resto de la historia supuso la destrucción de toda la base en la que se había apoyado la etapa clásica del personaje. Sardath resulta ser un cruel manipulador; Ranagar es encerrada en un campo de fuerza, arrancada del planeta y llevada al espacio; Alanna muere al dar a luz y Adam, con su hija en brazos, ha de buscar apoyo en Eve, una antigua amante de la Tierra que logró perseguirlo hasta Rann utilizando el Rayo Zeta.

La respuesta de los aficionados a esta labor renovadora no fue unánime. Muchos alabaron la historia por su carácter modernizador y la incorporación de una sensibilidad más acorde con los nuevos tiempos a un personaje que había languidecido durante décadas. Tanto el guión como el dibujo merecen alabanza por su éxito al actualizar, de una forma oscura y atrevida, el espíritu del serial de ciencia ficción propio de cuatro décadas atrás. Muy diferente, claro, era la valoración que hicieron los nostálgicos, quienes criticaron al guionista por haber privado al personaje y su entorno de su inocencia original; aunque tenían razón, lo cierto es que era eso precisamente lo que pretendían los autores.

Sea cual sea la opinión de unos y otros, todos coincidían en lo insatisfactorio del final. La muerte de Alanna parecía innecesaria y la idea de transformar a Ranagar en una colonia espacial o convertir a Sardath en un tirano postmoderno carecían de la gracia de las viejas historias.

Tras esta miniserie, nadie pareció tener demasiado interés en continuar las aventuras de Adam Strange. Y es que, de alguna forma, el personaje había alcanzado el final de una etapa. De oscilar entre la Tierra y Rann, pasó a residir en éste último de forma permanente y encontrar su verdadera misión. Pero ahora Alanna había muerto y la personalidad de Sardath se había visto radicalmente alterada. El núcleo de las historias clásicas se había esfumado. Los nuevos personajes femeninos, Eve y la madre de Alanna, no tenían ni de lejos el encanto de su fallecida esposa y los guionistas de la casa no pudieron imaginar historias de Adam Strange ejerciendo de padre soltero, trasladando sus sentimientos de Alanna a Eve o dirigiendo el gobierno de la colonia flotante de Ranagar. El romance y la aventura inherentes al personaje habían desaparecido, pero no se habían reemplazado por nada que abriera nuevos caminos a su trayectoria vital.

Adam Strange permaneció abandonado en un rincón del universo DC hasta que el guionista Mark Waid lo recuperó para un arco narrativo de dos números (nº 20-21, julio y agosto de 1998) de la Liga de la Justicia. Waid, un gran aficionado a la etapa clásica de DC, decidió prescindir mayormente de la miniserie anterior: Ranagar ya no era una colonia espacial y Alanna estaba viva; no se mencionaba a la madre de ésta, a la esterilidad de los ranianos o al plan de Sardath de utilizar a Strange como semental para su hija. Pero aunque la miniserie de Brunning quedó así fuera de la continuidad oficial del Universo DC, lo que sí hizo Waid fue conservar a la hija de Strange y Alanna, Aleea.

Fue esta versión actualizada la que escogieron el guionista Andy Diggle y el dibujante Pascual Ferry para otra miniserie de ocho números publicada en 2004: Planet Heist. La aventura nos presenta a un Adam Strange en sus horas más bajas, deambulando por la Tierra mientras espera trasladarse a Rann, cuando se entera de su destrucción. Tratando de averiguar lo que se esconde tras esa tragedia, vuelve al espacio, cruzándose con otros personajes cósmicos y mundos alienígenas del Universo DC: un gulag thanagariano, los Omega Men, L.E.G.I.O.N, los Darkstars… Sin embargo, para una serie cuyo propósito parece ser reintroducir a ciertos personajes espaciales de la editorial, no se les presta la debida atención, y en su mayor parte no dejan de ser peones poco definidos: sólo Tigorr de entre los Omega Men tiene cierta presencia; L.E.G.I.O.N está compuesta por robots a excepción de Vril Dox y la participación de los Darkstars se liquida rápidamente.

Planet Heist es una space opera que recurre a clichés muy familiares para todo aquel que haya visto Star Wars o Indiana Jones, pero consigue mezclarlos de forma amena y separarse de algunos de los aspectos más caducos del personaje. El resultado no habría sido tan digno de destacar, sin embargo, si del apartado gráfico se hubiera ocupado otro artista. Pascual Ferry realiza una labor brillante, tanto en el diseño del nuevo traje del protagonista – combinación de elementos futuristas y retro– y alienígenas diversos, como en la ambientación de los diferentes segmentos de la historia: un dibujo más detallado para los pasajes en la Tierra y un estilo más suelto y fluido para el espacio, apoyado por unos colores con cierta calidad onírica a cargo de Dave McCaig.

En realidad, Planet Heist es, sobre todo, uno de los prólogos (el otro fue Linterna Verde: Renacimiento) de otra miniserie, La Guerra Rann–Thanagar (2005) que, a su vez, preludió uno de esos grandes eventos (más en su extensión que en su calidad y/o interés) paridos por las grandes editoriales americanas, Crisis Infinita. A partir de ahí, Adam Strange pasó a estar más estrechamente relacionado con otros superhéroes de la casa: en la multisaga 52 (2006) y la serie Cuenta atrás a la aventura (2007) compartió destino con Animal Man y Starfire. Sus peripecias posteriores estarían más relacionadas con el mundo del superhéroe que con la ciencia ficción, por lo que escapan al objeto de este espacio.

No se puede afirmar que la trayectoria editorial o creativa de Adam Strange sea particularmente gloriosa, pero sí continúa siendo uno de los héroes de ciencia ficción de DC más longevos y apreciados. Es un héroe claramente enraizado en los cincuenta: su estética –incluidos su pistola de rayos y su mochila impulsora–, su claro sentido de la moralidad, los monstruos a los que se enfrentaba, las aventuras propias del romance planetario… a lo que había que añadir su elegante dibujo. Perpetua «estrella invitada», sus intentos de modernización no han tenido el éxito esperado, quizá porque los lectores de superhéroes no reciben de tan buen grado como podría uno imaginarse a los cómics de ciencia ficción, por muy heróicos que sean. Quizá algún día llegue su hora…

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".