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James Bond en «Misión de honor» (1984)

Sigo en mi misión posible pero pastrula de leerme todas las novelas oficiales de James Bond, en este caso la etapa del autor John Gardner, el primer relevo del creador original, Ian Fleming, quien en su lecho de muerte se lo puso fácil a sus sucesores al escribir las peores entregas.

Gardner es un autor malo-bueno, de esos que disfrutas cuando se suelta sus cuatro pelos y hundes el mentón consternado cuando se pone serio. Su fuerte son las competiciones por ego a mitad de las historias entre Bond y el villano de turno y su ejecución de los clímax argumentales tampoco está nada mal. Ah, su 007 es más majete que el original, lo que a mi edad sensiblera se agradece, porque no disimula que es un sucedáneo apeliculado; pero siempre promiscuo y asesino, como debe ser Bond para seguir siendo Bond. Lo demás… digamos que al autor se le va un poco de las manos.

Tras un debut cojonudo de veras en 1981, muy à la Frederick Forsyth y apología de la sardana incluida, con Licence Renewed (Licencia renovada para matar la titularon en España, ¡para que quede clarito que no concernía a la renovación del carné de conducir!), Gardner tropieza con Por servicios especiales (1982) y patina (je) con Operación Rompehielos (1983), dos novelas excesivamente breves, elementales y rutinarias. Estoy seguro que tras el laborioso esfuerzo de la primera, los dueños de la franquicia le pegaron un pescozón: «No te lo curres tanto, hombre, simplifica, que esto es para vender pelis y entretener al personal en el avión’.

Y es en la cuarta, Misión de honor (Role of Honour, 1984) donde vuelve a haber cachondeo y diversión a raudales: ¿Os acordáis de la peli Juegos de guerra y esa fiebre por los juegos de simulación y su posible incidencia real en la guerra fría de misiles que se dio a inicios de los 80? Bueno, pues Misión de honor se apunta al carro de esa moda, hasta el punto de que (lo mejor de la propuesta) la preparación de 007 para su misión encubierta consiste en transformarse en todo un friqui de la programación de ordenadores ¡en un solo mes de «entrenamiento»! Es como ver a James Bond haciendo de Clark Kent…

La premisa es decente: el MI6 finge despedir a Bond del servicio secreto por indicios de corrupción, lo que le convierte en fichaje apetecible para una banda de ladrones de altos vuelos que basan sus golpes en simulacros programados por un genio informático, el Dr. Holy. Pero lo mejor, insisto, es la conversión de Bond a experto en ordenatas: un festival de risas, fase proveedora de tal desenfado pop a la trama que hubiera hecho las delicias del propio Fleming.

¿Los otros puntos álgidos de Misión de honor?

El primero, sin duda, el episodio del desafío de egos inapelable en el primer tanteo de fuerzas que establece 007 con el maloso: en esta ocasión, el duelo sin víctimas mortales entre villano y «héroe» no consiste en una partida de golf, de póker ni bacará o de ruleta, sino en un juego de ordenador por el que ambos recrean las batallas decisivas de la Guerra de la Independencia entre las colonias americanas y el Reino de Gran Bretaña. Bond juega por Gran Bretaña, claro.

Lo más gracioso: ¡Bond gana y, por tanto, América del Norte continúa siendo territorio colonial británico! Esto es como si Roberto Alcázar recuperara el Peñón de Gibraltar jugando al cinquillo con Churchill. Ay, cómo nos gustan los fachas anglosajones y cuánto los podemos disfrutar sin tener que dar explicaciones ideológicas…

El objetivo de los malos es desmantelar las armas nucleares de los USA y la URSS mediante una transmisión enviada por un zepelín (¿¿¿???), meta inicialmente positiva para cualquier persona de paz y buena voluntad, pero que los ingleses y su adalid Bond consideran acción nefasta porque trastocaría el equilibrio de poder mundial, abriría la puerta al caos, bla bla bla (exactamente las mismas razones belicistas que esgrimen también los británicos en el reciente filme The King’s Man: la primera misión para promover la Gran Guerra, convirtiendo de paso a los malos históricos en buenos y a los razonables en malos. Qué miedo me empiezan a dar los razonamientos imperialistas de los británicos…). En cualquier caso, la tensión dentro de ese zepelín está manejada con mucha altura (doble je) y, como ya pasara con License Renewed, invoca de maravilla el suspense sofisticado de los mejores desenlaces fílmicos de la saga 007.

El Doctor «Holy Terror» es el mejor villano ‒por inteligente, más que por pintoresco‒ de Gardner hasta el momento y su ex, la audaz Percy Proud, una agente secreta muy divertida: sobre todo cuando se folla a Bond y éste se pone a analizar cándida y fríamente qué le han parecido las modificaciones de cirugía estética adoptadas por su compañera de cama para emprender una nueva vida como desertora.

Ah, y vuelve Spectra. Pero bueno, ha vuelto tantas veces ya que…

La crítica destrozó la novela, claro, e incluso uno de sus más fieros detractores (un reseñista yanqui, seguramente cabreado por haber perdido la Guerra de la Independencia por culpa de Bond) llegó a afirmar que se parecía a cualquier viejo episodio de la serie británica Los vengadores.

Exacto.

¡Por eso mola precisamente!

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Hernán Migoya

Hernán Migoya

Hernán Migoya es novelista, guionista de cómics, periodista y director de cine. Posee una de las carreras más originales y corrosivas del panorama artístico español. Ha obtenido el Premio al Mejor Guión del Salón Internacional del Cómic de Barcelona, y su obra ha sido editada en Estados Unidos, Francia y Alemania. Asimismo, ha colaborado con numerosos medios de la prensa española, como "El Mundo", "Rock de Lux", "Primera Línea", etc. Vive autoexiliado en Perú.
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