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«Licencia renovada para matar» (1981): James Bond según John Gardner

Advertencia: este texto se toma varias licencias para reír

Vaya sorpresón. Me adentré en la etapa 007 de John Gardner pensando que iba a tener que bajar muchísimo el listón de exigencia con respecto a las novelas originales de Ian Fleming, la última de las cuales había aparecido en 1965, seguida por una emulación muy lograda pero de argumento plúmbeo a cargo de Kingsley Amis en 1968.

Sabiendo que el también británico Gardner, la pluma sustituta en los años 80, confeccionaría más adelante un par de novelizaciones del James Bond cinematográfico, me esperaba en su debut con el famoso agente secreto ese “contenido rebajado” de que suelen adolecer dichas adaptaciones y, en general, las sagas de ficción heredadas por “juntaletras de alquiler”.

Pues bien: publicada en 1981, License Renewed (Licencia renovada para matar en su edición en castellano, por aquello de que la gente no se crea que se trata de un lujoso melodrama centrado en las andanzas de varios empresarios de franquicias en Madison Avenue con vistas a aficionados de Dinastía) es para mi sorpresa una estupenda novela de entretenimiento y, sobre todo, un enorme esfuerzo por parte de su autor en ocupar los incómodos mocasines del creador de James Bond.

Vale, el tío no escribe muy bien ni posee la elegancia de Fleming. Tampoco es que Fleming fuera el no va más de la calidad literaria y la elegancia: lo que tenía era mucha clase, a su manera brutal. Y por lógica este Bond es un poco más edulcorado: por edulcorado quiero decir menos racista y sexista, rasgos que como entenderéis tampoco se echan de menos. No sólo su primera amante en esta nueva etapa ‒la interesante Q’ute, flamante fichaje del Servicio Secreto a cargo de su rama de investigación tecnológica‒ se lo liga en igualdad de condiciones y llevando la iniciativa, sino que poco tiempo después Bond rechazará espantado y con melindres de pisaverde a una señora insomne que se le ofrece en plena noche… ¡A veces este hombre está irreconocible!

En conjunto, un poco de la mala leche sadomaso de las obras fundacionales ‒a menudo involuntaria por parte de Fleming‒ sí se echa de menos aquí. Con decir que la historia empieza con Bond ideando una velada picante en casa junto a su ligue fijo y que una inesperada convocatoria al despacho de su superior le fastidia el plancito, ya os podéis hacer idea del sentimiento tipo “M, espero que el asunto sea importante, porque me acabas de joder mi finde de ensueño” que permea el arranque de la misión.

¡Qué miedo, al principio este tío parece un Bond español! Ese James Bond superlopeziano y aburguesado de cenita y polvete no se diferenciaría mucho de su parodia ibérica Jaime Bonet ‒excepto en el hambre de lustros‒. Luego, por suerte, remonta ‒con perdón‒ un poco en garra y glamour, aunque sin la audacia casi porno del modelo inaugural.

Volviendo a los peros formales, también es verdad que Gardner empieza a escribir frases que ni él sabe cómo va a terminar, y que frecuentemente aplica la irritante costumbre de intentar agilizar los diálogos con arbitrarios estilos indirectos. Veamos un ejemplo inventado pero ilustrativo:

“‒¿Cómo se llama, caballero?

Bond le repuso que Bond, James Bond.

‒Ah, encantado. ¿Le sirvo algo?”.

Pero si uno se esfuerza en vadear ese ligero bache estilístico y algunas parrafadas farragosas, encontrará frente a sí una competente obra de evasión, muy trabajada en su documentación ‒recordándonos aquellos formidables tiempos de Octopussy o Diamantes para la eternidad‒ y que reverencia al mito que se trae entre manos, añadiéndole apenas una curiosidad un tanto friqui por los últimos adelantos en maquinaria bélica, acorde con su tecnificada imagen en la gran pantalla, que lo obligó por los restos a enarbolar el último grito en abalorios de matar, aturdir o despistar.

El sentido del entretenimiento en Licencia renovada es tal y en ocasiones tan efectivo que apuesto a que muchos lectores que no mitifiquen al Bond primigenio encontrarán más divertida y disfrutable esta novela que todas las previas.

Gardner traslada sin despeinarse a un Bond maduro y con alguna que otra cana desde los rompedores 60 a los tecnológicos 80: uno se puede imaginar perfectamente al Sean Connery de Nunca digas nunca jamás, pero con pelo natural y con mayor alegría en su cuerpo. El agente macareno, ya sin licencia para masacrar, ha cambiado su Bentley por un SAAB 900 Turbo, y abunda en tantas demostraciones de cariño al coche que uno juraría que la compañía automovilística puso dinero para que el escritor le dedique párrafos entusiastas a ese presunto prodigio mecánico. O sea, nos encontramos ante un flagrante “emplazamiento de producto” en una obra literaria. ¡Qué maravilla, ¿no?!

Por supuesto, los críticos de la época se le echaron encima al pobre Gardner, básicamente por lo de siempre: porque Bond ya no era el de antes y porque su autor, obviamente, no era Fleming (como sucede hoy con ABBA, en pleno fenómeno Bond la crítica no ahorró saliva en proclamar que el trabajo de Ian era basura; y, una vez muerto, ¡que el nuevo material no llegaba ni a la suela de su legendario pasado!). O sea, hubieran deseado que nuestro espía semisecreto favorito siguiera siendo un carroza carpetovetónico con mentalidad de playboy de los 50 en medio de los 80, como Life in Mars pero al revés.

Al parecer, de Licencia renovada tampoco les contentó la superficialidad de alguna que otra descripción hardboiled à la Fleming de sus personajes femeninos, tipo “senos firmes e impertinentes bajo el vestido, en espléndida proporción con el resto de su cuerpo” con que Gardner nos presenta a la partenaire de 007 en esta aventura. En resumen, el único que en su momento pilló el rollo fue un crítico del Time Magazine, quien elogió “una trama cuya absurdidez admiraría incluso Ian Fleming”.

Ah, eso, ¿y la trama? Pues está muy bien e involucra un plan totalmente estúpido, como debe ser: va de un reputado físico nuclear que, para demostrar al mundo que la energía en cuyo estudio se especializó es nefasta para el ser humano, decide infiltrar un comando en las centrales más relevantes con el objetivo de hacerlas estallar en su totalidad. O sea, el tipo pretende destruir el mundo para advertirlo de la amenaza que supone aquello con que lo destruye… Irresistible, ¿no?

Ojo, esto fue cinco años antes del desastre de Chernóbil, así que algo de mérito sí tiene. Es como si Tom Clancy se hubiera estrenado como escritor un lustro más joven, pues lidia con crisis atómicas, manejadas por un villano como es debido: el “científico loco loco loco” y diseñador de moda “porque él lo vale” Dr. Anton Murik, una especie de Danny de Vito pero con melena blanca. Y a su cargo pululan subvillanos igualmente apasionantes, como un terrorista madrileño de nombre inolvidable: Franco Quesocriado.

Con un malvado con ese nombre ningún escritor puede fracasar.

La chica Bond de la novela, pese a llamarse Lavender Peacock y parecerse “a una joven Lauren Bacall”, no sobrepasa el cliché de muchacha-heredera-desvalida, por lo que culminamos la lectura deseando que la enérgica y resoluta Q’ute vuelva a aparecer en el futuro.

Licencia renovada es una pieza de ocio ligera pero, como digo, muy trabajada en su estructura y muy ambiciosa, con un tercio más de peripecias para lo que resulta habitual en esta saga: a bote pronto, destacaría una premisa inicial deliciosa, con un Bond más parecido a El Santo que a 007 (¿influencia de Roger Moore, el Bond de celuloide con quien la marca convivía entonces?), estrenándose de carterista con el fin de robar y acto seguido devolver unas joyas como pretexto para conocer a los malos; una persecución en coche extraordinaria, que te reconcilia con el hiperpublicitado SAAB y te hace pegar emocionados brincos en el sillón; y un doble clímax trepidante, en especial el que se desarrolla en plena Noche de San Juan en Perpiñán, con Bond participando de un tenso duelo entre francotiradores mientras el narrador se dedica a cantar las excelencias de la sardana y la buena onda que simboliza, definiéndola como “una danza de paz y alegría; un símbolo de Cataluña”.

No hay nada más saludable para un autor pulp que permitirse un himno al pacifismo de un párrafo de extensión en medio de una sinfonía de violencia, caos y muerte de 400 páginas.

Escenas tan gozosas como las recién enumeradas son las que confieren todo el sentido al género.

Ah, y el castillo escocés donde se desarrolla la parte central de la historia también mola.

Imagino que los puristas de Ian Fleming odian esta novela, pero si os gustan las pelis del agente 007, Licencia renovada os proporcionará un entretenimiento bastante más digno que algunas de ellas.

Eso sí, Sr. Gardner, sospecho que los herederos de Fleming le debieron de dar un fuerte estirón de orejas para atarle en corto: su siguiente entrega sí se corresponde a un formato convencional y previsible, bastante menos audaz y fastuoso…

Lástima.

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Hernán Migoya

Hernán Migoya

Hernán Migoya es novelista, guionista de cómics, periodista y director de cine. Posee una de las carreras más originales y corrosivas del panorama artístico español. Ha obtenido el Premio al Mejor Guión del Salón Internacional del Cómic de Barcelona, y su obra ha sido editada en Estados Unidos, Francia y Alemania. Asimismo, ha colaborado con numerosos medios de la prensa española, como "El Mundo", "Rock de Lux", "Primera Línea", etc. Vive autoexiliado en Perú.
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